Tantadel

septiembre 30, 2015

¿Ayotzinapa, crimen de Estado?

Hace unos días publiqué en la revista Emeequis, un largo artículo sobre los estudiantes desaparecidos. Lo titulé “Ayotzinapa, crimen de Estado”. Luego he podido ver una discusión sobre el complejo término Estado. Unos lo usan para sólo acusar al gobierno de Peña Nieto, otros para salvarlo. Tengo la severa impresión de que no queda clara la definición y cada quien la utiliza a su antojo.

Estado, del latín status, es según un diccionario normal, no especializado, una forma de gobierno, por ejemplo: un Estado republicano. Asimismo es una nación o grupo de ellas, sometidas a un solo gobierno, un buen ejemplo es Estados Unidos en cuyos dominios hay toda suerte de nacionalidades y algunas lejos del territorio propiamente norteamericano: Alaska, Hawái, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico… Para los marxistas por lo regular es un monstruo nacido para proteger la propiedad privada y mediar entre las clases sociales antagónicas, sin eliminarlas. Es un instrumento de poder de la clase dominante, en consecuencia una aberración que debe desaparecer. De manera semejante piensan los anarquistas. Basta un simple recorrido por la historia para probar la afirmación de ambas corrientes revolucionarias. Las primeras formas de Estado estuvieron en manos de poseedores de esclavos. Y más adelante, el estado feudal fue destinado para que la nobleza mantuviera dominados a los campesinos y a los siervos. El Estado actual, según precisa Engels es un instrumento para llevar a cabo la explotación del trabajo, controlado por un sistema capitalista, el que parece ya algo natural.

El estado no existió siempre. Es creación humana para proteger la propiedad privada, luego de salir del comunismo primitivo. Ha sufrido varias transformaciones a lo largo de la historia, pero en todos los casos es una máquina opresiva. En nuestra realidad, en un mundo globalizado y dominado por el capitalismo, es una entidad sobrepuesta y poderosa que domina a la sociedad. Marx decía en la Crítica de la filosofía hegeliana del derecho, que la burocracia es el formalismo de Estado de la sociedad civil. Es la conciencia del Estado, la voluntad del Estado, la fuerza del Estado en cuanto es una corporación… Por tanto una sociedad particular, cerrada, en el Estado.” Como tal, pone a salvo los medios de producción en manos de particulares y mantiene las contradicciones. La libertad es puramente formal, palabrería en boca de los políticos, en México apabullantemente demagogos y charlatanes.

El estado es para Lenin la organización política de la clase económicamente dominante que tiene por fin salvaguardar el régimen económico existente y reprimir las resistencias de las otras clases. Concluye el revolucionario ruso: “El Estado es una máquina destinada a mantener la dominación de una clase sobre otra”.

Por gobierno deberíamos entender al grupo o autoridad que conduce al Estado. En el caso mexicano, algo común en otros países del mundo, el poder lo comparten los partidos políticos y no es propiedad de un grupo o partido en particular. Es un conjunto gelatinoso, la suma de todos los partidos, con notable ausencia de participación de las clases desposeídas y oprimidas. El Estado está conformado por los partidos que nos controlan, y que en jerga mexicana llamamos “partidocracia” y se ha convertido en la fuerza que se reparte el poder del gobierno, sin considerar los reales interés del pueblo, para fortalecer el sistema económico y político existente. Es, en apretada síntesis (el asunto es más complejo), el Estado, monárquico, republicano, parlamentario, existe para mantener la situación en manos de una clase dominante y no permitir que las contradicciones estallen.

Eso entiendo por Estado. No veo sólo al PRI y al presidente sino al conjunto de partidos y políticos que mantiene las cosas bajo control. No hallo a los revolucionarios que tratan de eliminar tal situación, al contrario, todos, desde el PRI hasta Morena, pasando por el PRD y el PAN, se asocian en términos reales y acuerdan de diversos modos, distribuirse el botín. Ayotzinapa está en esa lógica, no hay malos ni buenos, sino una perversa conjunción de intereses de baja estofa, empeñados en mantener al país como está, como un sistema capitalista dentro de un bien organizado sistema, una pieza más del capitalismo global.

Con este alegato, que requiere mayor debate y espacio, señalo que el crimen de los 43 jóvenes y muchos más que no han provocado tanto ruido, es responsabilidad no sólo de los distintos niveles de gobierno sino de todo el sistema en su conjunto, esto es, del Estado mexicano. Tan culpables son unos como otros, todos aquellos que por las razones que sean, participan en la distribución del poder. Marx lo dijo de otra manera, no debemos buscar sus orígenes, sino su transformación.

La desaparición de docenas de personas de todas las edades es culpa del Estado y dentro están todos los partidos y todos los niveles de gobierno. El gobierno federal es una parte, es la que da la cara, atrás de él, están miles de tortuosos seres que tienen lazos severos de complicidad, aunque no lo parezca. El problema es que las clases como la obrera o el campesinado, no han logrado convertirse en una fuerza capaz de oponerse a los partidos y dirigentes establecidos que sólo quieren su parte del perverso poder. No será sencillo que los dolientes de Ayotzinapa se conviertan en un partido distinto, ya tienen lazos con algunos de los existentes.

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