Tantadel

septiembre 06, 2015

De Quincey, Poe y Baudelaire, espíritus afines (3/3)

Los tres padecieron el desdén de su tiempo, la estupidez de la crítica, la perversión del espíritu humano y la pasión por las drogas.

Thomas de Quincey solía escuchar la gran música para reconstruir su vida y darle un sentido positivo a sus actos. “Cuántas veces —insistía Baudelaire— debió volver a ver en este segundo escenario, interiormente iluminado por el opio y la música, los caminos y las montañas recorridos en su época de estudiante emancipado…”
Baudelaire desmenuza las memorias de Thomas de Quincey y las interpreta con inteligencia y sensibilidad, en especial su amor por la ópera italiana, imaginándolo en los intermedios operísticos: “¡Después, en la sala, durante los entreactos, las conversaciones italianas y la música de una lengua extranjera en boca de mujeres, venían a añadirse, también, al sortilegio de la velada; ya se sabe que la ignorancia de una lengua hace el oído más sensible a su armonía!”.
No se trata de hacer una apología del opio o del alcohol ni de algunas otras drogas, nada más alejado de ello. Tanto uno como el otro padecieron sucesivas intoxicaciones y desintoxicaciones. Baudelaire habla de los horrores del opio, de “las torturas del opio”; cuando éste pasa de amigo generoso a enemigo mortal y no será sino hasta mediados del siglo XX, que otro enorme artista, Jean Cocteau, vuelva a escribir de las atrocidades que significan las drogas y las dificultades para concluir positivamente el proceso de liberación: Opio (diario de una desintoxicación), del mismo modo que el estadunidense William Styron narra en Esa visible oscuridad el coraje que necesitó para independizarse de la agonía que le provocaran su adicción al ativán y a otros somníferos, salir de la depresión profunda en que transcurría y de la posibilidad del suicidio que parecía inevitable o una posibilidad liberadora.
La admiración de Charles Baudelaire por Edgar Allan Poe lo condujo a escribir varias posibilidades sobre su persona y su literatura. En casi todos los trabajos señaló que Poe, como Balzac, llevaba en la frente un extraño tatuaje: “Mala suerte”. Su vida entera fue sombría. Para Edgar, Estados Unidos era una enorme cárcel, “una gran oficina de contabilidad”, un país con “hedor a almacén”, “satisfecho de su potencia industrial y algo envidioso del viejo continente”.
“¿Apiadarse de un poeta a quien el sufrimiento y la soledad podían llevar a la locura? Para eso no tiene tiempo. Siente tanto orgullo de su joven grandeza, tiene una fe tan ingenua en la omnipotencia de la industria, la cual, en su convicción, acabará por comerse al Diablo, que siente una cierta conmiseración ante todas esas extravagancias”, como en realidad le aconteció.
Ciertamente, así fue la vida (muy corta, en verdad) del poeta, ensayista y narrador: marcada por la mala suerte. Vivió en perpetua pobreza, cayendo en el alcoholismo una y otra vez, alucinando seres monstruosos e historias infernales, alimentándose de pesadillas y desengaños, siempre distante de la felicidad, del amor y naufragando a cada paso en el amplio mar de la soledad. Murió como un indigente en un hospital, “vencido por el delirium tremens” en algo equivalente a un suicidio, concluye Baudelaire. Su genio de golpe consiguió darle al cuento las mil posibilidades de las que ahora disfruta; dicho en otros términos, lo reinventó y como poeta maldito pudo ingresar en un mundo oscuro del que jamás pudo salir; más correctamente, quiso que fuera parte íntima suya.
Sin embargo, Poe tuvo golpes insuperables de fortuna: el propio Baudelaire le dio uno al convertirse en su noble traductor al francés. Un siglo después,Julio Cortázar le daría otro al traducir su obra completa al castellano. Hoy no se entiende el relato breve sin sus cualidades bienhechoras y capacidades creativas. Inventó o rehizo todos los géneros de límites reducidos.
Baudelaire veía a Poe como a Balzac. Pero con el tiempo, Poe ha quedado muy cerca del escritor genial de Las flores del mal (el propio Baudelaire decía que era un “hombre que tenía cierto parecido conmigo”) y asimismo de Thomas de Quincey. Los tres padecieron el desdén de su tiempo, la estupidez de la crítica, la perversión del espíritu humano y la pasión por las drogas y el alcohol. Son vidas paralelas, almas afines, seres atormentados y felizmente para el arte, desdichados.
De Quincey y Baudelaire gozaron y padecieron aquello que implicó el opio. Dejaron constancia memorable de sus dificultades, pero asimismo de la utilidad estética que la flor maligna concede a muy alto precio. A su vez, Poe batalló siempre con el alcohol, el de los groseros efectos, según Baudelaire. Ello les hizo ver más allá de lo permisible. Rompieron barreras de toda índole, su literatura significó una revolución estética. Reunido todo les acarreó censura e incomprensión, miseria y deudas.
Los tres escritores vivieron pésimos tiempos, su transcurrir fue ingrato e injusto y sus muertes dolorosas; sin embargo, nada les impidió alcanzar los sitios más significativos de la literatura universal y dejar honda huella en el arte y en la vida. Pocas veces la cultura produjo vidas sublimes, capaces de transformar el arte sin que les importara su propio dolor.

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