Tantadel

septiembre 04, 2015

El presidencialismo ayer, el presidencialismo hoy

El presidencialismo, ese culto desaforado que hemos heredado de caciques, dictadores, altezas serenísimas, emperadores y caudillos, en Díaz Ordaz o en Echeverría fue duro, autoritario en exceso. Pero en otros mandatarios ha sido menos brutal, no tan opresor. Sin embargo, es un mal que los mexicanos jamás hemos podido superar. Suponer que la salvación del país está en las manos de un político iluminado no es una ingenuidad, sino una pésima patología que nos daña y nos bloquea el camino a la democracia.
Con la llegada de un caudillo pueblerino, modesto y simple, como fue Vicente Fox, pareció que al fin se terminaría el atroz culto a la personalidad del presidente en turno. No. Era sólo el debilitamiento de una suma de cualidades que hacen del habitante de Los Pinos, un súper héroe. Cuando toda la maquinaria estatal y buena parte de los medios de comunicación arrancan los elogios y en consecuencia los desaforados aplausos, quiere decir que seguimos mal, que el país requiere de un cómodo diván para que el analista lo trate como un paciente al borde del desahucio.
Si antes la reacción de un presidente ante un conflicto popular era la abierta violencia, hoy es una tormenta de elogios a su persona. Es decir, el presidencialismo hoy es una deplorable imagen de aquel vigoroso político que nos dirigió con mano férrea y en ocasiones brutal y al que en respuesta aplaudimos y elogiamos sin medida con la boba esperanza de salir del atraso, eliminar las injusticias, convertirnos en una democracia y finalmente ser una nación democrática plenamente donde los gobernantes actúan conforme a las exigencias populares.
Hay una característica que jamás ha sido abandonada por los políticos mexicanos: la ausencia total de autocrítica actualmente, en tal sentido, Peña Nieto ha respetado esa tradición. Le faltan los aciertos de Lázaro Cárdenas o la habilidad y el tacto políticos de Ruiz Cortines y López Mateos. En su informe presidencial habló y habló y a muy pocos convenció. Sabe, debe saberlo, que su popularidad está a tres años del fin de su gestión, en niveles muy bajos que nunca otro mandatario ha tenido. No debió hacer cambios superficiales, enroques, era necesario llevar a cabo modificaciones profundas. Puso en la mira de los periodistas morbosos y que les encantan las tareas del futurismo un tema francamente inútil: el PRI ya tiene una serie de aspirantes a la Presidencia dentro del gabinete, como es la costumbre. Pero los dos años que faltan para realmente dar la lucha ya sin encuestas en excesos anticipadas que únicamente confunden y crean pésimos debates políticos serán de mucha actividad. Ninguno de los “nuevos” personajes tiene honestamente los tamaños 
de gran estadista. En el mejor de los casos, medio cumplen. Trabajan mirando a Los Pinos y no hacia la población. La corrupción y la impunidad persisten y la incapacidad reina.
Se les olvida que si hoy la oposición es débil, está fragmentada, en cualquier momento, por los errores del PRI, que no son pocos,  puede crecer, ya lo ha hecho. La sucesión, el partido que de nuevo intenta ser “oficial”, no la tiene ganada. A duras penas el gobierno podrá recuperar algo del prestigio perdido. El malestar de la sociedad, principalmente de los jóvenes, cuenta y ésa es una pérdida difícil de recuperar.
La democracia mexicana requiere eliminar el presidencialismo, el severo y el suave, no es ya una opción de gobierno, debe hurgar en otras formas con mayor decisión para convertir a México un una democracia donde las decisiones no las tome una cúpula de políticos en verdad distante de los problemas sociales que se agudizan. Pero el tiempo ya se le fue a Peña Nieto. El miércoles lo comprobamos. Sus palabras fueron una versión de sus discursos iniciales solamente dichas con mayor seguridad. Me dicen que el Presidente sabe escuchar. De acuerdo, la pregunta es: ¿les hace caso y acepta consejos sabios? La juventud por sí misma nada soluciona, necesita ir acompañada por la audacia y la sabiduría y vemos un gabinete de “todólogos”, cuyo ideario proviene de un conservadurismo muy pasado de moda.
Si la idea del gobierno actual es mantener el control de Los Pinos, tengo fuertes sospechas de que a menos que saque a una suerte de Colosio, perderá las elecciones en 2018 a pesar de la debilidad de la oposición, la que puede crecer, como lo hace Morena, o puede reunir fuerzas sumando a la derecha panista con la imaginaria izquierda que por ahora perdió el rumbo completamente. El presidencialismo que le dio en una época vigor a México, hoy lo daña sin remedio.

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