Tantadel

septiembre 21, 2015

Intelectuales y sociedad

Hace algunos años, un impetuoso Carlos Fuentes declaró que los intelectuales ya no representaban a la sociedad. Con rigor, él mismo no era capaz de hablar por ella. Las preocupaciones sociales y políticas se fueron gradualmente extinguiendo hasta desaparecer de la voz y acciones de artistas plásticos, literatos y músicos. Ahora las preocupaciones intelectuales están centradas en el mercado y, como de costumbre, en el poder para gozar de los favores que éste dispensa: becas, premios, reconocimientos, homenajes oficiales…

Por otro lado, los gobernantes se han vuelto ágrafos y sordos. Recuerdo que en una época afortunada de Sogem, José María Fernández Unsaín, rodeado de escritores como Juan Rulfo, Rafael Solana y Luis Spota, solía invitar cada tanto a algún funcionario de alto rango, a un político señero, para conversar con escritores. Uno de los últimos en acudir fue Luis Donaldo Colosio, quien en algún momento habló en respuesta a una pregunta de Vicente Leñero, de la tradición de tener intelectuales convertidos en diputados, senadores y diplomáticos; es decir, que no se limitaran a ser artistas sino que contribuyeran al desarrollo del país aportando su inteligencia y cultura. Ninguno reaccionó favorablemente. Ya el Estado gozaba de un avanzado grado de descomposición. Si Amado Nervo, Federico Gamboa, Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, Silvio Zavala y Octavio Paz fueron dignos representantes de México, un país con un proyecto propio, desde hace tiempo que se desvaneció. Bien vistas las cosas, carecemos como nación de una política internacional inteligente, valerosa y que nos dé prestigio. El presidente en turno va tratando en vano de cubrir huecos en un mundo globalizado. Pero definitivamente, el país no goza más de su antigua reputación de buen actuar diplomático. Carecemos de personalidad.

No dudo que muchos intelectuales deseen altos cargos diplomáticos, más para hacer con calma sus obras que para trabajar en función de México. Piensan en la posible tranquilidad de una embajada en un país decoroso y punto. Con honrosas excepciones, el país tiene pésimos embajadores. En el Reino Unido tenemos una joya: Diego Gómez Pickering, inculto y nada profesional. Esto es, si antes los diplomáticos de carrera y los intelectuales de peso hacían brillantes papeles, hoy son motivo de ironías, de burla.

No cabe duda que México es un país enfermo, lo han desmejorado los políticos. Y la ausencia y distancia de los intelectuales con el poder ha agravado la situación. Los partidos políticos buscan deportistas, gente de la farándula y supuestos activistas sociales no afiliados a ningún organismo. Esta ruta ha dado lamentables resultados. Miguel Ángel Mancera, por ejemplo, como “independiente”, consiguió la votación más alta para gobernar el DF. Hoy, igual que Peña Nieto, está en picada. Si aspira a la presidencia, tendrá que hacer modificaciones profundas en su actitud e intentar que la desbalagada “izquierda” recupere peso.

López Obrador se hizo rodear de intelectuales, le fueron de gran ayuda, los premió, los trató bien aunque en el fondo, como político elemental que es, los despreciaba y es posible que sólo los tolere por su aportación mediática. Cuando Enrique Semo fue secretario de Cultura, estuve dentro del consejo cultural que formó. Éramos 16 y AMLO nunca quiso recibirnos para orientar nuestro trabajo en beneficio de la ciudad capital. Alguno de sus más cercanos admiradores, un narrador famoso, lo comparó con Vicente Fox, por su desdén a la cultura.

Para qué hablar del actual mandatario o de cualquier político de prestigio, todos son distantes de la cultura. Una de dos: o son realmente personas que oyen hablar de arte y sacan el revólver o no saben de la importancia de conversar con hombres y mujeres de amplia cultura y clara visión nacional e internacional. Luis Echeverría solía hablar con los miembros más distinguidos de la comunidad intelectual. Jorge Luis Borges, el nombre que jamás ha podido pronunciar correctamente Vicente Fox, lo mencionó como un presidente con el que habló de literatura. Dentro de mis muchos recuerdos, tengo uno en casa de Emilio Portes Gil, un presidente decoroso en épocas complejas; ya retirado, nos invitó a Juan José Arreola y a mí, aún joven, a cenar, para mi sorpresa fue un torneo ejemplar entre el escritor y el político de viejo cuño: hablaron toda la noche de poesía. Algo semejante me ocurrió durante un encuentro en Detroit, en un homenaje a Diego Rivera, con Mario Moya Palencia, y con un testigo de lujo: Dolores Olmedo. El funcionario mexicano habló largamente de Sabines y recordó sus mejores versos, Los amorosos.

Los intelectuales y políticos van por sendas opuestas, se desdeñan mutuamente, salvo en el caso de los intelectuales orgánicos que ahora lo son en función de los beneficios materiales que puedan obtener y no, como Reyes o Torres Bodet, por ser útiles a la nación. Eso no es tan grave, lo que alarma es que ningún intelectual sea capaz de dialogar inteligentemente con la sociedad. No la representan.

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