Tantadel

septiembre 20, 2015

La perversa conversación de literatos

El sentido del humor no es propiedad colectiva sino privilegio de algunos, significa un desafío cultural e inteligente.

Uno de los mayores narradores del siglo XX y lo que va del XXI fue Truman Capote. Desde joven se propuso revolucionar la literatura, lo consiguió y en ello dejó la vida. Modificó muchas reglas establecidas edificando nuevos paradigmas. Fue de los creadores de lo que ahora es una frase hecha: Nuevo Periodismo, término popularizado por Tom Wolfe, cuya obra se hizo una suerte de Biblia de la fusión de literatura y diarismo, aun para muchos, en cajones distintos. Sin embargo, Capote denominó Non fiction a su obra A sangre fría, algo que, imaginaba, borraría del mapa literario a la novela tradicional.
Truman le gustaba ironizar, burlarse de los colegas, actores y actrices afamados. Le era natural ser sarcástico. Hacía bromas en las conversaciones entre pares y por escrito en miles de cartas y recados. Nunca pudo resistir la socarronería, no le importaba perder un amigo o ganarse la aversión de naciones completas: “¿Qué tenía Córcega de malo? Todo, y los corsos en particular: reúnen las peores cualidades de los italianos y los franceses. Ya te los puedes imaginar”.
Gerald Clarke, su mejor biógrafo, recopiló su correspondencia y la tituló Un placer fugaz, frase del propio Capote. Es posible disfrutar de su infame buen humor en una traducción española, que para lectores mexicanos o argentinos se convierte en otra cosa y pierde fuerza. La ironía española, como bien se lo dijo Borges a Bioy Casares, es muy tosca.
En su celebérrima Anthologie de l’humour noirAndré Breton señala: “Il serait temps, dit Freud, de nous familiariser avec certaines caractérisques de l’humour. L’humour a non seulment quelque chose de libérateur, analogue en cela à l’esprit et au comique, mais encore quelque chose de sublime et d’elevé…”.
El voluminoso libro póstumo Borges, a cargo de Daniel Martino, donde Bioy hace un recuento pormenorizado de cientos de encuentros cordiales conJorge Luis, muestra un juego irónico que se hizo costumbre sin duda hiriente, pero sana y liberadora. Lo mismo le toca a Alfonso Reyes y Quiroga que a Ortega y GassetSabato y la Mistral. Ni siquiera las deidades quedan fuera de sus dardos: “Si comparas la muerte de Sócrates y la de Cristo —le dijo Borges a su entrañable Bioy— no hay duda de que Sócrates era el más grande de los dos. Sócrates era un caballero y Cristo un político que buscaba la compasión (…) con su efecto teatral falsamente grandioso de ‘perdónalos, no saben lo que hacen’… o maldiciendo una ciudad donde no le llevaron el apunte, no parece un individuo muy admirable”.
Con frecuencia los grandes y más cultos escritores (Wilde y Shaw en Gran Bretaña, Salvador Novo en México, por citar al azar un puñado) estaban dotados de extrema ironía y sabían utilizarla. Hay niveles de perversión que alteran a las buenas conciencias y divierten a las personas sagaces. Por desgracia, las bromas habladas se pierden como rimas de Bécquer (“los suspiros son aire y van al aire”), las palabras escritas suelen mantenerse y hacerse frases comunes. Las pugnas entre Novo y Luis Spota fueron célebres, según me cuentan, y arrancaron cuando el primero dijo que al serle presentada la mamá del novelista, saludó: ¿Spota? Mucho gosto. Más adelante, en represalia, Luis hizo un juego de palabras con los títulos de algunas obras del poeta y dramaturgo: A qué la culta dama, que de pájaros en la poesía mexicana se las sabe todas…
Muy joven, José Agustín escribió una suerte de poema sobre Carlos Monsiváis, que concluía: “Monsiváis a dónde vais ni lo sabéis ni lo buscáis.” Ello arrancó las diferencias entre el celebérrimo y todopoderoso Monsi y nuestra generación, la que Margo Glantz tuvo el desatino de llamar de la Onda. Lustros después escribí un largo artículo sobre el don de la ubicuidad de Carlos que jamás fue aceptado por ninguna publicación: Pesadilla de otoño o para documentar la biografía de Carlos Monsiváis. Lo subí a internet y allí fue muy leído; para mi sorpresa la reacción no me fue desfavorable.Carlos podía tener el aprecio del poder y de sus amigos, no el de todo México.
El sentido del humor no es propiedad colectiva sino privilegio de algunos, significa un desafío cultural e inteligente que con frecuencia va dirigido a personas que disfrutan de una amplia e insana reputación y provocan miedo.Chaplin lo utilizó para ironizar al dictador que todo el mundo temía: Hitler.Woody Allen, a la idiotez humana.
Jonathan Swift, a quien mucho admiro, escribió a propósito de su literatura: “El fin principal que me propongo en todos mis trabajos es vejar el mundo antes que divertirlo, y si pudiera cumplir este designio sin perjudicar mi propia persona o mi fortuna, sería el más infatigable escritor”.
Disfruté personalmente la memorable conversación de Borges, dos veces lo visité en la Biblioteca Nacional de Argentina, entonces en la calle México. Le escuché ironías magníficas, algunas las he transcrito en diversos libros. Luego leí una más en la citada obra de Bioy: “Bianco: ‘Le dije a Octavio (Paz) que yo no podía hacer un número de Plural con los jóvenes escritores argentinos. Primero porque no los conocía…’ Borges: ‘Y después porque los conocías”.

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