Tantadel

octubre 26, 2015

Con la zarzuela por dentro

Con altas y bajas, la pasión por la zarzuela en México fue intensa, parte esencial del pueblo español que nos ha quitado pero asimismo nos ha legado y ha sabido esparcir su cultura. También, habrá que aceptarlo, ha tenido sus detractores. Pero el llamado género chico en general ha vencido y convencido. Salvador Velarde, de padres españoles, nacido en Buenos Aires, escribió una espléndida obra al respecto: El mundo de la zarzuela. En ella nos narra sus tres siglos de historia, desde los remotos orígenes allá por 1620, con Lope de Vega y Calderón de la Barca, dos monstruos del Siglo de Oro, hasta llegar al convulso siglo XX, donde parece naufragar, luego de conocer sus momentos de mayor excepción, alrededor de 1940, pasando por soberbias épocas.

El género que tanto impresionara aun a músicos “serios” como Manuel de Falla, encontró la colaboración de grandes escritores. Pienso en el notable autor de sainetes, Carlos Arniches, un hombre que supo recoger el habla popular y el gracejo madrileño. La música española, y la zarzuela en particular, es algo profundamente propio. Su peso y sus sentimientos son tales que no importa si el creador es nacido en esas tierras de apasionado folklore y de provincias llenas de personalidad, o si es, como Glinka, Mussorgsky, Bizet o Tchaikovsky, extranjero, sus aires inalterablemente delatan la presencia de un pueblo lírico que suele expresar sus sentimientos en coplas, canciones y, desde luego, en zarzuelas.

Salvador Velarde dice: “Es la zarzuela con su azarosa existencia, sus periodos brillantes de vida cortesana, su alegre reinado en los corrales donde hace las delicias del pueblo; la zarzuela con sus victorias y sus derrotas, con sus apariciones y sus eclipses, la que nos intriga y apasiona, como una mujer coqueta que conoce el poder de su atractivo. A medida que vamos conociendo su historia, le vamos perdiendo el respeto, pero no la admiración y el cariño. Muchas de sus joyas y galas sabemos que no son suyas, pero ¿qué importa si las luce con tanta naturalidad y elegancia, que parece que las llevó siempre, heredadas de sus mayores y no tomadas del vecino?”.

La zarzuela más de una vez ha parecido derrotada y siempre ha vuelto a un plano destacado. El citado Velarde explica que, luego de un periodo de éxito, la zarzuela pierde terreno ante nuevas manifestaciones musicales, algunas venidas del extranjero, y antes de aceptar la derrota emigra al Nuevo Continente. Explica, de este modo, digamos, la salida del maestro Moreno Torroba, Penella y Balaguer, hacia Buenos Aires, alrededor de 1934, en busca de un clima más propicio para el género. En esta parte es cuando la zarzuela comienza a viajar con mayor intensidad, pues va de la mano de sus autores y mejores intérpretes y brinda, más adelante, la presencia de Moreno Torroba en México y de tal suerte la llegada de Pepita Embil y Plácido Domingo, padre, a tierras nacionales.

Zarzuelero o zarzuelista no es, como indica cualquier diccionario: aquél que escribe zarzuelas; con más rigor se trata de un magnífico intermediario entre el pueblo y la música, entre el ingenio popular y el gusto más refinado, alguien que en suma supo entender las necesidades artísticas de naciones enteras de habla española. Sus obras reflejaron épocas espléndidas llenas de encanto y candor, de música elegante y letras agudas o poéticas. Dicho en palabras de Antonio Villa, en la desaparecida revista Jueves de Excélsior: “Ese género chico que es un modelo del buen hacer, buen decir y buen cantar. En ese reducido espacio de una hora se han conseguido joyas que hoy tienen rango universal, sobre todo en género tan difícil como el sainete, que es espejo de la vida misma.” Cómo olvidar La verbena de la paloma; Doña Francisquita; Gigantes y cabezudos; La del manojo de rosas; Las leandras y, obviamente, la obra más representada en la historia de la zarzuela, Luisa Fernanda, de Federico Moreno Torroba, obra favorita de Plácido Domingo y Pepita Embil.

Cierto, en los nuevos tiempos la presencia de la cultura popular anglosajona ha hecho estragos y diezmado tradiciones. La benéfica influencia de España, como la de Francia, se ha visto disminuida. Recuerdo que durante mi adolescencia solía escuchar zarzuelas en casas de amistades de españoles emigrantes. No sólo ello, más de una vez, en aquellas fiestas de infinita cursilería de quince años donde se bailaba un vals para presentar a la joven en sociedad, algunos padres decidían sustituir el tradicional número de baile, por un trozo de zarzuela.

En México tenemos el libro Plácido Domingo y Pepita Embil. Lo abren Rafael Tovar, presidente de Conaculta y Pepita Serrano. El afamado tenor Plácido Domingo, hijo, y su hermana, María José Domingo, nos cuentan sus recuerdos sobre sus padres y hablan largamente del género. La obra concluye con una breve historia de la zarzuela, un recorrido de varios siglos y una lista detallada de las principales zarzuelas que va del año 1629 a 1975, que nos hace notar no sólo la presencia de músicos excepcionales, asimismo la parte escrita: de Lope de Vega y Calderón de la Barca a Juan Ramón Jiménez y Antonio Gala. Vale la pena leerlo. No es malo estimular la nostalgia.



No hay comentarios.: