Tantadel

octubre 16, 2015

Con Óscar de la Borbolla

Se ha hecho una cordial manía que Óscar de la Borbolla participe en mis presentaciones y yo en las suyas. Hemos llevado nuestra cariñosa amistad a campos humorísticos como aquél en que nos propusimos elogiarnos sin medida en Twitter. En una semana agotamos los adjetivos. En realidad no hacíamos otra cosa que reproducir los intercambios de adulaciones a las que Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis nos acostumbraron. Superamos el “te leo y me lees”, el “te admiro y me admiras”. Anualmente él me invita a conversar con sus alumnos de la FES Acatlán y yo hago lo mismo con los que tengo en la UAM-Xochimilco. Cuando Bellas Artes me entregó la Medalla de 50 años como escritor, lo invité a que hablara sobre mi trabajo literario, a él y a Jaime Labastida. Y cuando Óscar me lleva con sus alumnos y amigos o a algún homenaje suyo, intercambiamos bromas.

Soy su antiguo lector y admirador, uso sus textos en mis clases y su talento, cultura e ingenio, asombran a mis alumnos, quienes con frecuencia terminan escribiendo tesis sobre la obra literaria de Óscar. Filósofo, escritor, académico y periodista, ha hecho de todas sus tareas una sola y de este modo consigue que cada uno de sus libros, de poesía, prosa narrativa, filosofía o periodismo sean obras de arte. Dueño de una cuidada prosa, sabe mezclar, acaso lo haga intuitivamente, los géneros que alguna vez fueron imposibles de reunir. A sus célebres Ucronías suelo ponerlas como ejemplo de nuevo periodismo, textos donde la ficción y la realidad se dan la mano y resultan obras magistrales. Realmente Óscar es un escritor original, distinto, peculiar, con sentido del humor, algo extraño en un México que le encanta sufrir, y para la competencia, sin duda una figura mayor cuya obra provoca discretas envidias. Obras como Un recuerdo no se le niega a nadie, El amor es la clave, Nada es para tanto, Todo está permitido, Las vocales malditas, Los sótanos de Babel, por sólo citar un puñado de una amplia y variada bibliografía, lo colocan como uno de los literatos a seguir, como aquellos que se quedarán para disfrute de nuevas generaciones.

Me llama la atención que a pesar de su prestigio y altas ventas, sea un autor poco premiado, cuando su trabajo debería conducirlo a éxitos más elevados de los que hasta hoy ha obtenido. Óscar de la Borbolla es filósofo por vocación. Le gusta pensar, reflexionar más allá de lo común. Formalmente estudió en la UNAM e hizo el posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Su vida oscila entre la cátedra y la literatura, en medio están multitud de actividades como son la radiofonía, la televisión y la promoción cultural.
Como antes dije, me ha tocado presentar algunos libros suyos y en todos los casos pude notar el cuidado de su prosa o de su poesía, sus divertimentos y su eficaz manera de sujetarse a lo que Flaubert llamaba la palabra precisa, justa. Óscar es un filósofo que vive como literato, periodista en diversas variantes y que es por añadidura un notable profesor capaz de comunicarse con los alumnos de modo satisfactorio. Verlo interactuar con sus alumnos es algo grato, cordial y distinto de las enseñanzas tradicionales.

Óscar vive en constante experimentación, no tiene un libro que se parezca a otro suyo. Piensa el volumen de cuentos, la novela, el filosófico y luego de meditarlo pasa a la computadora a escribirlo. Unos libros le resultan más exitosos que otros, pero ninguno pasa desapercibido para sus muchos lectores. Su literatura siempre es fascinante y no está dirigida a una edad en específico, sino a toda suerte de lectores. Ha conjuntado con habilidad distintas variantes de la prosa narrativa y la poesía, y entonces la obra es siempre una sorpresa y una muestra de talento literario. Sin duda, la originalidad le viene de su práctica cotidiana de sus muchas pasiones literarias, filosóficas y periodísticas. A la compleja filosofía le ha añadido una literatura juguetona y al severo periodismo le ha quitado algunas de sus reglas de oro, como la de sujetarse a la verdad. Y aquí hay algo interesante: su periodismo, reflejado básicamente en las Ucronías, tiene un principio severo: partir de la ingenuidad de los lectores, claro no todos, pero la mayoría supone que un cadáver camina hacia la Cruz Roja en busca de ayuda o que en Tlalpan llovió sangre a cántaros provocando el desconcierto de los lectores poco avezados.

Formado científicamente, Óscar no tiene empacho ni dificultades para jugar arbitrariamente con Dios a los dados y menos para crear palabras con tal de hacer que en un texto triunfen las vocales. Si trato de ser profundo, diría que su dominio de los géneros literarios y periodísticos le permite crear algo distinto, de gran perfección. En radio y televisión, antes en colaboraciones en secciones editoriales, aparece el pensador juguetón, irónico, el que se burla con elegancia de los lugares comunes y los grandes equívocos de la humanidad. Como todo buen humorista, sus obras trascienden su ámbito natural para dejar críticas severas a las ideas atrasadas o a las conductas torpes y conformar paradigmas atractivos y provocadores. A él, como intelectual, lo veo justamente como un eterno provocador.

 La academia le es útil porque le ha dado libertad para crear y recrear. Sus seguidores lo saben y respetan, bien lo valoran. En un país donde predominan los malos literatos que a fin de cuentas resultan excelentes promotores de obras menores, el trabajo de Óscar se cocina en un restaurante de alta y delicada gastronomía.


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