Tantadel

octubre 30, 2015

Cultura, antes y después

Una frase que siempre detesté fue la que de niño escuchaba: Todo tiempo pasado fue mejor. Implicaba, entre otras cosas, que los tiempos en que no había electricidad, agua corriente, automóviles, acelerados avances científicos, fueron maravillosos. Pero si nos referimos a la política, es posible que quienes la utilizan tengan razón en tan espinoso asunto. Si retrocedemos al siglo XIX, buena parte de la clase gobernante tenía lecturas, no sólo políticas sino literarias, hablaban correctamente y de pronto eran capaces de escribir libros o de conmoverse ante los hermosos sonidos de un concierto o una ópera. La situación actual es atroz. Vemos a los políticos hablando un lamentable castellano y dedicados a conmover espíritus banales fomentando el deporte y no la cultura, la educación. En defensa de la frase hecha, y refiriéndome a mi niñez y juventud, lo que a muchos mexicanos les provocaba nostalgias eran los tiempos de Porfirio Díaz, la larga paz de los sepulcros, una dictadura que no tuvo mucho de generosa (estar contra la democracia nunca tiene algo positivo). Para colmo, el cine se ha encargado de hacerla culta y virtuosa. La agitación y la violencia revolucionaria trajeron cambios positivos, pero para el conservadurismo nacional, los mejores tiempos fueron los pasados. Ahora muchos reviven la idea pidiendo que traigan los restos del general Díaz, el que murió en París, triste, claro, porque desde el destierro, todo pasado fue mejor.

En materia de cultura yo podría decir que acepto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. Mi generación, por ejemplo, fumó mariguana a placer y vivió una época de di sí a las drogas. Hoy escucho idioteces sobre su posible legalización o no, cuando el sensato Gabriel García Márquez propuso despenalizarla. Pero pensemos en libros, música sinfónica, ópera, exposiciones plásticas y arte en general.

En mi gaveta de buenos recuerdos, tengo uno extraño, pues yo he sido ajeno del poder, me inquieta y me aburre por anticipado platicar con un gobernador, un senador o algo peor, un presidente de la República, para no tenerlo que hacer con esos seres lamentables que pululan en el senado, en la Cámara de Diputados o en la Asamblea Legislativa del DF. Alguna vez, un ex presidente, Emilio Portes Gil, nos invitó a cenar a Juan José Arreola y a mí, muy joven, a su casa. Fue una noche inolvidable. Arreola y don Emilio, autor de muchos libros, mantuvieron el interés de los pocos invitados hablando de poesía. Fue un torneo espléndido. Uno recordaba un poeta, repetía sus mejores versos y el otro respondía de igual manera. Para mí, fue una clase magistral donde mucho aprendí de literatura.

La última vez que platiqué con un político de altura, fue con Luis Donaldo Colosio, en el cumpleaños de un querido compañero mío de generación, Jesús Salazar Toledano. En la fiesta predominaban los intelectuales. Colosio ya era candidato y estaba sentado entre Eraclio Zepeda y yo. Pensé que hablaríamos de política, pero digamos que a propuesta de Eraclio, comenzamos a platicar de literatura. Colosio recordó versos de “Los amorosos” de Sabines y por allí siguió el tema. Ah, también estaba Carlos Monsiváis, muy amigo de Jesús, Chucho, como solíamos decirle al anfitrión.

Digamos que eso fue el antes. Ahora y desde Ernesto Zedillo, pasando principalmente por los panistas, Fox y Calderón, la cultura huyó despavorida. No hemos tenido más gobernantes educados y capaces de leer a los clásicos y a uno que otro contemporáneo de talento. Pueden conocer algunos nombres de novelistas o poetas afamados nacional e internacionalmente, pero de eso a que los hayan leído, es otra cosa. El villano favorito de los “progresistas”, Carlos Salinas, es un lector serio y un hombre capaz de sostener una conversación literaria de largo aliento. Me tocó escucharlo en una reunión previa a la creación de Conaculta, convocada por mi maestro de Teoría del Estado, Enrique González Pedrero, entonces en el PRI. El candidato presidencial habló con docenas de escritores, pintores y músicos sin titubeos, sabiendo quién era cada uno de nosotros. Es pues un villano culto y que escribe con fluidez y buena prosa.

En cambio, hoy en día, los gobernantes están empeñados en correr los cien metros planos, medios maratones, maratones completos, nos quitan la sal de la mesa y nos cuidan la dieta. De acuerdo, es su deber mantenernos saludables. Pero y la literatura, por ejemplo. Peña Nieto y Mancera, digamos, ¿no podrían organizar torneos literarios y maratones culturales? No importa que no lean, a la nación le hará bien. Ellos pueden seguir en la oscuridad cultural, México no. ¿Por qué no recibir en Los Pinos a escritores destacados, en lugar de únicamente a deportista ignorantes que patearon un balón en nombre de la patria? Ya no me cabe duda: los tiempos pasados fueron mejores.

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