Tantadel

octubre 05, 2015

¿El 68 no se olvida?

Como todos los años, el 2 de octubre es conmemorado con marchas, plantones y acciones violentas, a diferencia de las marchas que el Movimiento Estudiantil llevó a cabo, todas ellas pacíficas, a grado tal que una de ellas fue silenciosa e impresionante. Pero han pasado muchos años y el movimiento subsiste en la memoria de los jóvenes como una atrocidad borrosa, difícil de precisar. Saben generalidades. Es todo. Hace 13 años una encuesta reveló que conocían los sucesos de aquella trágica noche el 64%, ahora, Parametría llevó a cabo otra encuesta y el resultado fue una sensible disminución: únicamente el 54% sabe lo que sucedió en una masacre que costó unas 500 vidas y docenas de encarcelados y jóvenes que irían al exilio o a las guerrillas a morir en una guerra desigual y feroz.
Por ser autor de una novela sobre el tema, El gran solitario de Palacio, publicada en Buenos Aires en 1971, y reeditada unas 25 ocasiones, suelo ser invitado a platicar de mis experiencias durante el 2 de octubre y al acudir me encuentro que cada vez son menos los que tienen una idea más o menos precisa del movimiento brutalmente reprimido. Eso acaba de sucederme en Puebla el pasado 2. Pareciera ser que la memoria del hecho sangriento vive más en donde sucedió, en el DF y no en las demás ciudades del país.

Claro, hay excepciones notables, el joven escritor poblano Ricardo Cartas trabaja en una tesis sobre la literatura del 68; ello no es una novedad, pero sí la manera en que analiza el tema. Seleccionó, según me dijo, unas 40 obras que pueden ser consideradas novelas significativas sobre el 68. De todo lo escrito sobre el tema, separó los libros de tipo periodístico, como los de Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, y conservó los que tienen elementos de ficción y son utilizados para darle mayor peso a la historia. Aprovecha su investigación para revalorar algunas novelas. Rescata libros de calidad que no figuran más en el catálogo memorioso del país. Por ejemplo, considera que una de las principales es la de María Luisa Mendoza, difícil de obtener en este tiempo, Con él, conmigo, con nosotros tres. Y tiene razón, es notable, llena de audacias formales y observaciones inteligentes. Hay que añadir que fue testigo presencial, vivía en Tlatelolco.

Antes Gonzalo Martré hizo su propia selección, pero en ella resultaba juez y parte, pues él publicó exitosamente Los símbolos transparentes. Coincido con Cartas en cuanto a su apreciación de la novela de La China Mendoza. Pero así son las cosas en un México sin crítica literaria, donde cada quien escribe lo que puede y con la subjetividad que se le ocurra. Es posible que cuando el tema quede en manos de investigadores literarios serios, haya una buena apreciación de todo lo escrito sobre el 68 y ponga cada obra en su correcta dimensión.

Como autor de un libro sobre el tema y lector de los restantes tengo mi opinión personal, mis preferencias. Hay que pensar que libros como Palinuro de Fernando del Paso sólo toca el movimiento tangencialmente, pero con particular talento y profundidad. Pero si bien tenemos claridad sobre la llamada novela de la Revolución Mexicana, donde están algunos de los más brillantes narradores del siglo XX, Martín Luis Guzmán entre ellos, no hay estudios serios sobre el valor estético de la literatura del 68. Lo claro es que sirvió para juzgar a un sistema represor y criminal y su utilidad en la conservación de la memoria colectiva ha sido decisiva. No fueron los medios, no fueron las autoridad
es posteriores, a los asesinos los juzgó y condenó el arte, la literatura.
Hasta ahora, lo han dicho algunos analistas literarios confiables, no hay una gran obra sobre el tema, no en el campo estético, donde no hay acuerdo, sino simpatías y antipatías personales. Lo inobjetable es que todas esas novelas fueron de enorme utilidad para que los mexicanos no olvidaran la matanza de estudiantes y asimismo para juzgar a los principales responsables.

El resto, el ver los méritos estéticos de cada novela, no ha sido cuestión de valores literarios, sino de afectos personales. Ya aparecerán las reflexiones serias y habrá una mejor manera de ver sus valores y el papel histórico que jugaron en mayor o en menor medida.

El 68 fue un parteaguas, no es el mismo México el que hoy vivimos. Sin embargo todavía debemos hacer un mayor esfuerzo para utilizar aquel movimiento estudiantil en beneficio de una transformación más profunda, que nos quite de encima un sistema político y económico injusto y nos permita dotarlo de una ideología racional, capaz de edificar una nación sin injusticias, democrático.

De lo contrario, de nada habrá servido ese movimiento innovador, que supo enfrentar con inteligencia y sensatez a un régimen autoritario. Los jóvenes de aquella época pagamos caro el enfrentamiento. Pero sin duda valió la pena. México ha mejorado, por más que falte un buen trecho para que seamos una democracia de carne y hueso.

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