Tantadel

octubre 07, 2015

La guerra y el amor

Encuentro entre mis papeles amarillentos notas seguramente escritas para algún diario o una revista. Deben venir, pienso, de la época en que comenzaba a impartir clases de historia universal en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, alrededor de 1972. Me llamó la atención porque Napoleón y Hitler son sin duda los políticos y guerreros que han recibido la mayor atención mundial. La bibliografía al respecto es infinita. Libros, tesis, ensayos, novelas, biografías… Justo hace un par de semanas compré una revista francesa, L’Obs, cuyo artículo principal se titula: “Les derniers secrets de la Seconde Guerre Mondiale”. Y no pasa una semana sin que la televisión transmita algo relacionado con esa trágica contienda militar y social. La diferencia es que este último es la encarnación de la locura y la maldad, mientras que Napoleón representó al principio los ideales de la Revolución Francesa. En el punto mayor de su gloria, creó una nueva nobleza, realmente a placer, con los mejores militares que lo acompañaron en sus legendarias batallas. Francia, no le halla mucho de negativo y lo ha glorificado. En París a cada paso hay elementos que lo recuerdan con veneración y las librerías tienen con frecuencia insólitas novedades sobre el genio militar.

Napoleón no fue afecto a escribir, pasó los mejores tiempos de su vida haciendo la guerra y gobernando. Leyó, eso sí, una gran cantidad de obras sobre el arte de gobernar, como El Príncipe de Maquiavelo, y las acotó. Dudo que haya leído El arte de la guerra de Sun Tzu. Pareció amar a muchas mujeres, cuando en rigor idolatraba al poder. Pese a ello, hay un libro interesante que lleva su firma. Lo publicó Editions Champ Libre y se titula Comment faire la guerre. Se trata de una serie de sentencias y máximas militares y de gobierno extraídas de sus discursos y proclamas. Sorprenden por su penetrante agudeza y talento. Evidentemente corresponden a las formas de combatir de la época. Luego de la Primera Guerra Mundial, todo sufrió modificaciones profundas.

Nadie duda que Napoleón era un genio militar y un gobernante hábil. Utilizó los restos de la impetuosa Revolución Francesa para destruir a la nobleza y el feudalismo por Europa entera. En donde quiera que sus tropas pusieron el pie, quedaron leyes y acciones más acordes con los tiempos de una burguesía en ascenso, una nueva clase social que todavía era republicana y revolucionaria. No son los historiadores quienes mejor han hablado de este hombre audaz y prodigiosamente inteligente que en la cinematografía han interpretado, entre otros, Charles Chaplin, Marlon Brando, Rod Steiger y Charles Boyer, son los literatos. Pensemos en Víctor Hugo: en su novela Los miserables, le dedica algunas páginas memorables al Emperador. Son una emotiva justificación a su derrota en Waterloo. Un poeta y un guerrero juntos. Nada más opuesto. Pero así son las cosas de la historia, o de la vida, para ser más sencillos.

Napoleón trató de destruir con grandes golpes militares el antiguo sistema. No tuvo tiempo de edificar uno nuevo: quedó sepultado entre las ruinas. Pero al irse a Santa Elena al destierro consiguió lo principal: transformar a Europa y dejar como un glorioso centro político y cultural a Francia.

En París todo, a los ojos del visitante atento, lo recuerda y festeja: desde la N con guirnaldas que aparece en muchos de los puentes del Sena, hasta el Arco del Triunfo pasando por la pequeña calle Bonaparte y la magnífica columna de Place Vendôme, hecha con los cañones tomados en la batalla de Austerlitz. Por último, al visitar Les Invalides, el mayor museo militar del mundo y la majestuosa tumba del Emperador, rodeada por los símbolos de sus grandes campañas hay que inclinarse para verla desde la parte superior. Esto hace que propios y extraños, admiradores y enemigos de Napoleón tengan que reverenciarlo respetuosamente. ¿Qué hubiera pensado ese genio de la guerra de la expresión hippie hagamos el amor y no la guerra? ¿La habría tomado en cuenta? Lo dudo mucho. Nadie como él encontró satisfacción sexual en los grandes movimientos bélicos. La Victoria en este guerrero nato debió ser equiparable al orgasmo, escribí hace tiempo, hoy lo ratifico.

En Hitler, no vemos más que su maldad, su inagotable racismo, su infinita capacidad de manipulación a un pueblo que tuvo un extraño desarrollo histórico, siempre con vigorosa presencia militar. El dictador no participó en todas las guerras que Alemania llevó a cabo, pero sí en las dos más sangrientas. La de 1914-1918 y la que conmocionara a la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. En ésta los millones y millones de muertos, los civiles asesinados y las ciudades destruidas a ras de suelo, son su responsabilidad al frente de un pueblo fanatizado por sus consignas y brillante oratoria. A diferencia de Napoleón, su trato con las mujeres fue distante y reservado, al parecer ajeno. El Führer amó al poder absoluto y fue suyo hasta la muerte. Al suicidarse con su esposa, dejó un caudal de cadáveres imposibles de contar.

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