Tantadel

octubre 23, 2015

Luciano Pavarotti en el cielo

Cuando hace años recibí la noticia del fallecimiento de Luciano Pavarotti, sentí tristeza. Era una voz privilegiada que a diferencia de otras encontró la época adecuada para perpetuarse a través de la tecnología, en este caso el disco y el video. Los dolidos comentarios oscilaban entre el elogio fácil de los medios comerciales que celebraban su actitud de vulgarizar la ópera, hasta aquellos que decían que no debió hacerlo, que el lugar natural de la ópera no es un estadio de futbol sino la sala de conciertos. Es difícil tomar partido entre ambas posturas. Se debe pugnar por llevar la música culta hasta donde sea posible. Jamás, por desgracia, llegará a las masas, a las multitudes, como todo arte, es de minorías. La cultura popular, apoyada básicamente por los medios electrónicos de comunicación no necesita más apoyo, por ahora cuentan con un soporte decidido y produce un placer estético dudoso. El gran arte, por desgracia, está destinado a una elite. Lo mismo ocurre en el capitalismo triunfante que en el socialismo que vio sus mejores momentos en la extinta Unión Soviética, donde no competía con el espectáculo que Vargas Llosa desdeña y todo mundo podía entrar al Bolshoi.

Como si fueran pocas las críticas a la “vulgarización” de la ópera por Pavarotti (más bien de ciertas arias), varios críticos señalaron que no sabía solfeo, que en las partituras que colocaban sobre el atril figuraban las letras, pero no así las notas.

Pavarotti era un tenor de nuestra época, una época marcada por el escándalo y por la tendencia a la frivolidad, cantó con la espléndida soprano Joan Sutherland, pero también lo hizo con las Spice Girls y Liza Minelli. Fue parte básica del famosísimo conjunto los tres tenores (para mí el de mejor voz) con Plácido Domingo y José Carreras. Se dio gusto a sí mismo cantando con todas las estrellas de la cultura pop. Lo hizo con Bono de U-2, Meat Loaf, Michael Bolton (que sí tiene pretensiones de tenor), Zucchero, Ricky Martin (uf), Elton John, Stevie Wonder, Michael Jackson, Sting y Bryan Adams; más de uno sonrió con cínica vergüenza al notar, junto a la suya, los alcances de la voz educada del tenor. Nunca quedaba un sitio disponible cuando se presentaban Pavarotti y sus amigos, todos ellos cantantes famosos que pertenecían a un mundo ajeno al del tenor que era capaz de alcanzar las notas más altas. Los discos se vendían a granel, quizá sigan siendo muy exitosos ya no tanto por quienes lo acompañaron sino por el recuerdo bonachón del cantante italiano. Los defensores de esta faceta del tenor alegaban que difundía la ópera, la ponía al alcance de las mayorías, hacía pedagogía operística ante las multitudes. Sin embargo, sus críticos observaban, un tanto conservadores, que la ópera es para sitios cerrados, no es un espectáculo mezclado con manifestaciones populares y finalmente es algo reservado para quienes la conocen y aman. Que, en todo caso, aquélla era su faceta de artista banal y exhibicionista, muy lejana del tenor memorable que fue.

Gonzalo Alonso, un hombre que vio a Pavarotti de cerca a lo largo de su carrera escribió algo ejemplar: De los tres tenores, “la voz de Luciano era impresionante por el volumen y el brillo. Era la del típico tenor italiano: soberbio el agudo, cálido el centro… Así lo comprendieron Joan Sutherland, Richard Bonynguey y la DECCA cuando lo invitaron a grabar sus primeras óperas completas: Beatrice di Tienda, La hija del regimiento, etcétera. Más discos, actuaciones en vivo y un poco de publicidad hicieron el resto: Pavarotti se convirtió en el rey de los tenores. Un reino compartido con Plácido Domingo, con el que mantuvo una rivalidad real —de la que fui testigo— hasta que el dinero y Carreras les unió. Desde aquel terrible concierto de los tres tenores en Caracalla de 1989, se transformaron en amigos rivales. He escrito terrible porque fue el concierto que hundió la ópera. Justificado como un intento de acercar al género a los grandes públicos, lo que sin duda logró, tuvo un efecto perverso. Tenores y sopranos de primera fila descubrieron que se podía ganar mucho más dinero con un concierto bien promovido que cantando una ópera en un teatro. Para colmo no necesitaban estar ensayando durante un mes. Nunca en la historia se habían dado carreras como las de hoy, con una Renée Fleming que sólo canta un par de óperas al año y el resto son recitales. Y las casas de discos, cansadas de no vender estos, decidieron participar en los conciertos y dirigir las carreras en vivo de sus artistas. Un gran cambio y nada positivo para el género.”

Cuando falleció Pavarotti, Arturo Reverter dijo en un breve pero contundente artículo (“Entre el descaro y la hermosura”): “No era un belcantista, lejos, desde luego, de un Kraus, pero su arte, algo primario, su timbre mediterráneo, serán recordados durante años”.

Es complicado saber cuántos de quienes fueron a escucharlo cantar con roqueros afamados se aficionaron a la ópera completa. No es lo mismo escuchar dos o tres arias atractivas que resistir una ópera completa de Wagner o de Verdi.

Pese a la polémica, Pavarotti estará en los cielos cantando el “Ave María” de Schubert, coreado por ángeles, querubines y serafines que jamás pusieron un pie o una alita en el conservatorio, todos mal dirigidos por el Señor.

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