Tantadel

octubre 19, 2015

Parménides García Saldaña, autor de culto

Los autores “malditos” son de culto. Nunca han sido muchos. Empezaron por ser diferentes a los demás, a la sociedad misma que los rodeó. Murieron por regla general en el anonimato o leídos por unos cuantos seres afines que apreciaron su literatura. Estaban predestinados, o eso suponemos, a obtener el reconocimiento después de la muerte. Sus huellas, sus señales, fueron seguidas y al final, lograron el reconocimiento que en vida no tuvieron. Es entre nosotros el caso de Parménides García Saldaña.

De mi generación fue el primero en morir. Si hemos de aceptar el terminajo de la Onda, impuesto por Margo Glantz, él era el que más se ajustaba a esa palabra, que de ninguna manera es capaz de designar a una generación compleja, variada y de importancia apenas estudiada, todavía vista con dosis de desdén. En un país sin crítica literaria, no hay mucho por hacer sino aguardar a que el tiempo cubra el hueco histórico. Parménides tenía una obsesión principal: escribir, hacer cuentos, crónicas y novelas de todo lo que veía y le gustaba del mundo. Pero el suyo, era otro mundo y su estilo muy peculiar, se tomó muy en serio los indicadores que aparecieron en el tiempo en que fuimos jóvenes: el rock no comercial, las drogas, el alcohol, ciertas literaturas vanguardistas y autores que de muchas formas le atraían, la naciente Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam...

 Parménides era distinto incluso a nosotros mismos. En su futuro no estaba formar una linda familia ni conformar un patrimonio ni acariciar una mascota. Él vivió su futuro en el presente, no dejó nada salvo una apasionada literatura. Sus amigos estábamos imposibilitados para seguirlo. Platicar con él era hablar con el mejor representante de una época breve pero brillante, audaz y rebelde, acaso soñadora. Poco a poco fue dejando páginas memorables y muy personales, su estilo literario era inconfundible, natural, había nacido con él. Muerto, por lustros lo dejamos en una gaveta. Pero Parménides era demasiado inquieto y aún muerto, en plena soledad, tendría que salir al aire. Sus pocos amigos de verdad y su hermano Edmundo, dimos la pelea y ahora los libros de mi aguerrido camarada vuelven a circular, de la mano de su hermano Edmundo y Valentín Galas.

En el tiempo que estuvo oculto, sus lectores aumentaron, los nuevos lo leen esperanzados. No todo está perdido, es posible soñar y vivir de otra manera. Esto es, los jóvenes más impetuosos lo han convertido en un autor de culto. Al principio con ignorancia y timidez, ahora Parménides ha resucitado con vigor. Representa como ninguno de nosotros la más intensa actitud contracultural que México ha vivido en la literatura. Supo crear su propio lenguaje, su manejo natural del inglés y del español lo situaba en una cómoda posición para entender y explicar a su tiempo.

Cuando murió, yo dirigía el suplemento cultural El Búho, del diario Excélsior. Busqué a un buen periodista, Enrique Montes García, y le pedí que hiciera un reportaje sobre su muerte. Resultó un trabajo memorable: “Parménides: rey criollo, rey de la onda” y más adelante lo publiqué en forma de libro en la UAM-X. Es una investigación que muestra al Parménides de sus últimos meses, quien podía estar físicamente deteriorado por los excesos, pero su espíritu era vigoroso. El autor del reportaje decía que el mito crecería hasta hacerse un escritor legendario. Era visto como un escritor maldito y el más fiel representante de una época que muchos han denominado La década prodigiosa, la que va, más o menos, del momento en que aparecen los Beatles, los Rolling Stones y Bob Dylan, a las muertes de muchos de los integrantes de esa generación que revolucionó la vida cultural del planeta, por ejemplo Janis Joplin y Hendrix. En el 68, por ejemplo, hemos olvidado que las canciones de muchos de ellos, figuras icónicas ya, eran cantadas en las grandes marchas, en París y en México.

Políticamente Parménides era un joven de izquierda, de la histórica, donde campeaba el marxismo y la figura del CheGuevara, recién asesinado en su intento por transformar el mundo. Tenía lo mejor de los sistemas posibles. Por eso era difícil de entender. Recuerdo una de las últimas comidas que como generación tuvimos, Parménides recién había fallecido y yo hice un brindis en su memoria. Otro compañero, ahora afamado, me refutó con violencia: para él, Parménides era un miserable. El silencio de los demás, nos dejó en plena polémica y de pronto un vaso se rompió. Sin ser creyentes ni supersticiosos, la discusión siguió. Yo dije: cuidado, Nacho, Parménides está aquí, está molesto y es aguerrido. Pedí otro vaso con whisky para su espíritu y cambiamos de tema. Con esta historia simplona, trato de señalar que aún dentro de nosotros mismos, no era entendido cabalmente.

Hoy ha vuelto y su cara jovial, sonriente, cordial, su apostura resistió el tiempo y la muerte. Sus libros circulan, en diversas editoriales, y los lectores lo descubren o lo redescubren. No era un hombre fácil, pero nunca fue capaz de perversión alguna. Simplemente, insisto, era en verdad distinto de todos nosotros y de una enorme e intensa lealtad a los valores que asumió como propios. Parménides no descansó en paz y regresó de entre los muertos, con valores y méritos indiscutibles y ajenos a las muchedumbres.

No hay comentarios.: