Tantadel

octubre 04, 2015

Rubén Salazar Mallén vs. Octavio Paz (I)

Supongo que mi marxismo lo molestaba y en persona yo le era tolerable, pues teníamos más en común de lo que imaginábamos.

Fui afortunado, conocí a muchos personajes del pasado por mi padre: platiqué con Jaime Torres BodetMartín Luis GuzmánAgustín Yáñez y José Vasconcelos, fui amigo de José Revueltas y Juan de la Cabada, discutí con los estridentistas, particularmente con Germán List Arzubide. Heredé la relación conRafael Solana y traté a pintores como Rina Lazo y Arturo García BustosAndrés Henestrosa no sólo era buen amigo de mi padre, también lo fue de mi abuelo, el pedagogo Gildardo F. Avilés, discípulo de Rébsamen. Entre tantos mexicanos ilustres había uno irritable e inolvidable para mí: Rubén Salazar Mallén (1905-1986). Lo vi por vez primera alrededor de 1958 en la oficina de papá en pleno Centro Histórico. Presentaban un libro, bebió enormidades y, al final, terminó insultando a todo mundo. Me llamó la atención su extrema agresividad. Fue comunista y luego anticomunista. Era un hombre violento y cambiante. Vivió escándalos inauditos por sus críticas iracundas y fundamentadas. Decía buscar un socialismo con rostro humano. Lo tildaban de anarquista.
Poco a poco nos fuimos encontrando. Salazar Mallén era un magnífico escritor, un aguerrido periodista, soberbio cronista de su tiempo, bebedor infatigable y un excelente profesor de ciencias políticas de la UNAM, donde hacía temblar a sus alumnos. Pasó por el estalinismo y, como Revueltas, lo detestaba. Escribió libros, artículos y ensayos, algunos magníficos de literatura, como SoledadCamaradas,Cariátide (obra que produjo uno de los mayores escándalos de las letras mexicanas y por el cual cerraron la revista Examen de Jorge Cuesta, por el uso de groserías), ¡Viva México! (novela elogiada por Salvador Novo), Las ostras o la literatura y otros de reflexiva investigación sobre ciencia política. Era fastidioso para mí porque yo, de formación marxista, militaba en el Partido Comunista, como muchos que ahora se enriquecen en la nueva “izquierda”. Nos hicimos amigos difíciles, como lo señalo en mi primer libro autobiográfico: Recordanzas. Terminábamos siempre con ásperas discusiones. Beber, conversar o ambas cosas con él no era sencillo, en efecto. Por eso quedó dentro de un capítulo titulado “Las amistades difíciles”. Nunca fue mi maestro. Teoría del Estado e Historia de las ideas políticas, que él impartía, las tomé con Enrique González Pedrero. A cambio leía sus artículos periodísticos, con frecuencia notas críticas sobre libros. Algunas analizaron mi trabajo literario. Mi primer libro, novela contracultural, Los juegos, le pareció excesivo y lo escribió. En esto coincidía con otros intelectuales porque en el libro, además de satirizar a pintores y escritores famosos de la época, hice lo mismo con el presidente de la República Díaz Ordaz, por añadidura, aparecía el mismísimo Salazar Mallén. A pocos intelectuales les gustó la obra. ¿Y? Me divertí escribiéndola.
Luego vino Hacia el fin del mundo y tranquilizó a varios de ellos, entre otros aFrancisco Zendejas y al propio Salazar Mallén, quien redactó una excelente nota sobre mi nuevo libro, editado por el Fondo de Cultura Económica cuando yo tenía 28 años. Más adelante publiqué en Joaquín Mortiz La lluvia no mata a las flores y Salazar Mallén escribió pestes de la obra. Entonces yo vivía en París, y a mi madre no le gustó el artículo y le envió una carta diciéndole que era un hombre inestable: que de una nota a otra pasaba por diversos y encontrados sentimientos, ninguno literario. Ni remedio, era mi mamá.
Cuando regresé de Europa y comencé a dar clases en la Facultad de Ciencias Políticas, Rubén acrecentó sus pasiones sobre mí. De lejos parecía detestarme, de cerca era afectuoso. Supongo que mi marxismo lo molestaba y en persona yo le era simpático o tolerable, porque teníamos más en común de lo que imaginábamos. Recuerdo un montón de encontronazos. Lo mismo en sitios culturales que en los pasillos de Ciencias Políticas. Entonces las pláticas en general eran amenas; no cabe duda, el hombre sabía, era un lector profesional que de pronto encontraba aciertos en sus rivales y tenía la inteligencia de aceptar una idea novedosa o una inquietud razonable. Solía hablar de Cuesta y de quienes formaron Contemporáneos, lo hacía con suavidad y sólo a veces deslizaba una broma macabra. Fue, hay que añadirlo, cercano a tal generación.
Salazar Mallén era un pensador original, poderoso. De lo contrario, ni habría sido polémico y menos objeto de los plagios que Octavio Paz le hizo. Al respecto valdría la pena leer su artículo Recado, dirigido a Edmundo O’Gorman cuando el célebre historiador se puso del lado de Elías Trabulse, quien halló a Paz culpable de plagio, publicado en Excélsior. Una vez más, Rubén se defendía y trataba de rescatar la paternidad de las “ideas” del poeta que ya estaba en un punto muy alto y era aceptado sin discusión. Sin dudas, la “crítica literaria” se puso del lado del poeta. Sus “préstamos” literarios, señalados por diversos autores agraviados o lectores sagaces resultan paráfrasis de corderos muy mejoradas por un león osado, de hermosa prosa y mejor poesía. José Luis Ontiveros, recién fallecido, hizo dos libros sobre el tema y en la polémica participaron Emmanuel Carballo yJavier Sicilia. Pero aquel combate fue entre David y Goliat y éste ganó.

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