Tantadel

octubre 12, 2015

Rubén Salazar Mallén y Octavio Paz (II)

Pocos lo recuerdan y sólo unos cuantos lo comprendieron. Fue un novelista memorable, de personajes y escenas crudas, que no gustó.

11 de Octubre de 2015
En el principio Salazar Mallén admiraba a Paz, pero le fue intolerable como el oportunista que escribe el poema ¡No pasarán! para obtener un boleto a España en 1937, no soportaba más al intelectual que se apoyaba en ideas de otros sin citarlos. Tampoco toleraba el caciquismo cultural (con el del PRI era más que suficiente) y Paz no sólo fue un caudillo cultural (sigo la terminología de Krauze), también fue un monarca que no quiso pares sino súbditos. A su alrededor florecieron aduladores y serviles. Paz fue un luminoso rey en un país de sombras.Rubén lo combatió como un intelectual que, de mostrar simpatía por la izquierda de los años anteriores a la Segunda Guerra, terminó en brazos de Salinas y Zedillo. La lectura de Memorias de España, de Elena Garro, da con la pista de las ambiciones políticas del poeta.
Salazar Mallén fue un hombre crítico por naturaleza, incapaz de servilismo y logró ser diferente a los demás, en su época, antes y después. Para dar la pelea seleccionó dos armas: el periodismo y la academia, desde ambos lugares disparó misiles y en ambos lados encontró incomprensión y odio. Lo han olvidado porque era un intelectual y un artista incómodo. Nos recordaba mucho nuestros vicios y defectos en un país donde se busca el éxito a cualquier precio y se ofende y arremete sin provocación, donde los rencores gratuitos son frecuentes. Javier Sicilia, en la cuarta de forros de un libro interesante, Rubén Salazar Mallén y lo mexicano, reflexiones sobre el neocolonialismo, compilado y comentado por José Luis Ontiveros, editado por la UAM, lo señala como “el más atípico y escandaloso” de los escritores mexicanos. Su franqueza era brutal y no se detenía ante ninguna jerarquía burocrática, menos ante sus pares. Crítico por excelencia, defendió la paternidad de sus ideas que más adelante Octavio Paz haría suyas sin otro argumento que la arrogancia: el león devora a los corderos. El cordero era Salazar Mallén. Sólo que Paz se indigestó cuando Emmanuel Carballo denunció el plagio en el suplemento México en la cultura en 1959, precisó no sólo esto sino que puso en evidencia el escamoteo intelectual del futuro premio Nobel de Literatura de los trabajos de Samuel Ramos y Ermilo Abreu Gómez. Al intervenir en la polémica entre Paz y Carballo, en la cual entró Edmundo O’GormanRubén indicó las fuentes del hurto: un ensayo sobre el machismo publicado por éste en 1939 y otro más sobre el malinchismo. Respecto a las ideas de Paz sobre Sor JuanaSalazar Mallén en un artículo publicado en Excélsior en 1977 las calificó no como plagio sino como “calca de mi ensayo Apuntes para una biografía de Sor Juana”, publicado en 1952. El plagio (como el ninguneo) se ha desarrollado entre nosotros con fuerza.
Rubén, autor de páginas intensas, novelas que anticiparon el futuro, críticas que hurgaron en temas ignotos: lo mexicano y figuras excepcionales como Sor Juana. Sus reacciones fueron severas ante el escamoteo intelectual y ello parecía sano para el funcionamiento del cuerpo intelectual. Pocos lo recuerdan y sólo unos cuantos lo comprendieron. Fue un novelista memorable, de personajes y escenas crudas, que no gustó porque la suya era una literatura profunda, renovadora, muy humana. Lo paradójico de este asunto es que Paz escribió sobre el plagio y el desdén gratuito. La utilización de ideas y trozos de obras ajenas se ha generalizado y, merced a las modernas tecnologías, es un abuso en las investigaciones y tesis. Sobre el tema, victimarios y víctimas, en El laberinto de la soledadOctavio se autocritica sin percatarse. El artista pasó la mayor parte del tiempo entre la fidelidad a su persona y admirable trabajo y la claudicación de los principios que manejó por temporadas.
Años ha redacté un texto sarcástico: En defensa del plagio, donde ironizo a quienes lo practican e hice un par de variantes cuando se llegó al exceso con Sealtiel Alatriste. A veces el hurto se da en párrafos breves o en ideas que se toman por su importancia u originalidad. A veces es una coincidencia, desafortunada. Vicente Leñero escribió una nota: Un plagio inocente de Alfonso Reyes, en la que recupera una historia olvidada. Reyes da a conocer un artículo en Revista de revistas casi idéntico al ya publicado en The Saturday Review por un autor poco conocido:George Kent. “Los buscadores de pifias —explica Leñero— que habían leído ambos textos, los marginados del pontificado cultural ejercido por Reyes por tantos años, postulado entonces al premio Nobel, lo acusaron a voz en cuello de: ‘¡plagio, plagio!’. Era un plagio en realidad, imposible negarlo”. Entre quienes lo señalaron estaban Jorge MurguíaJesús Arellano y Ramón Rubín. Las represalias de los admiradores de don Alfonso fueron feroces. El plagio, pues, no es una novedad: la acusación la han recibido autores como Luis Guillermo PiazzaGustavo Sainz y el propio Carlos Fuentes, por citar tres casos más. El señalamiento contra Piazza lo hicieron Alejandro Finisterre y Manuel Mejía Valera. El primero hizo una broma al respecto: si México fuera un país respetuoso de los derechos de autor, Piazza estaría encarcelado escribiendo Mis prisiones, de Silvio Pellico. El plagio, si el autor tiene éxito, es mera coincidencia o simplemente se trata de un león devorando corderos.

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