Tantadel

noviembre 27, 2015

El DF, la joya de la corona

La visible decadencia y fracaso del sistema político permite vislumbrar mejor el caos que será 2018. Mientras la atención está centrada en los aspirantes presidenciales y los partidos buscan en sus filas e incluso fuera de ellas al candidato ideal para ocupar Los Pinos, son pocos los que reflexionan sobre el destino de una de las ciudades más populosas, desordenadas y conflictivas del mundo: la arrogante capital de México, corazón de un país condenado a la desigualdad y a la falta de real democracia.

Los aztecas lo que encontraron no fue la región más transparente, sino el futuro escenario de los problemas de una nación que carece realmente de identidad y a la que la recién llegada globalización sobre un proyecto neoliberal ha abrumado por completo.

Capital gobernada por el peor partido durante décadas, hoy no está en mejores manos, sino en las que sus habitantes no exentos de ingenuidad creen ser las indicadas: las del PRD, el que si en 1989 fue esperanzador, hoy es una realidad aterradora. En especial, ahora que un ex priista y ex perredista ha construido su propio partido y su primer triunfo fue conquistar medio DF. El masoquismo capitalino no proviene de que vean en López Obrador un estadista glorioso y mesiánico, sino en el temor que el regreso del PRI produce. Lo que no observan los defeños es que la totalidad de los jugadores políticos han sido priizados; es decir, todos, panistas, petistas, perredistas y hasta morenistas, están hecho con el modelo del PRI. Nadie escapa a esas reglas impuestas a punta de garrotazos y frases comunes. Usando terminología religiosa, todos los políticos mexicanos están hechos a imagen y semejanza del PRI. Impresiona escuchar a jóvenes políticos o funcionarios haciendo política a la manera de tal partido. Si los comunistas intentaron hacer una política distinta, basada en el pensamiento filosófico de Marx, Engels y Lenin, hoy, tirios y troyanos carecen de ideología o de un soporte capaz de permitir que otras reglas conduzcan la búsqueda del poder. Pero no podría decir cuál de los partidos es el peor. Todos son iguales.

El DF que vemos está en manos de una masa gelatinosa que llamamos “izquierda”, por carecer de términos adecuados para calificarla. En estos momentos le pertenece a una extraña secta que en su mayoría fue priista, luego perredista y “ciudadana” y hoy se dividió como amiba en dos. El PRI no existe en la capital y al parecer tampoco les importa mucho.
Pero la política es movimiento y alguien dentro del gobierno de Peña Nieto recordó que el DF es una refulgente corona a la que el resto del país mira con envidia y malestar por el centralismo histórico que padecemos, y ahora se menciona con timidez el nombre de alguien que pueda recuperar la capital, escenario de las grandes luchas políticas. El nombre es de una mujer conversa quizá por una pesada jugarreta histórica: Rosario Robles, a quien Peña Nieto rescató y ahora mueve de un cargo a otro sin mucha idea de lo que es México y cuál es su manera de imaginar la política.

Rosario Robles es política natural. Jamás ha tenido un cargo de elección popular, pero ha sido afortunada. Cárdenas la tuvo cerca y le dejó por un tiempo las riendas del DF. Poco después viene una historia que ha sido magnificada y discutida hasta el hartazgo y al fin, la audaz mujer cae en un pozo que parece sin fondo, sin pensar que justo era como la caja de Pandora: tenía fondo y allí estaba la esperanza. Rosario regresó de entre los muertos y Peña Nieto tuvo el acierto de ponerla en un lugar clave para que ella pudiera mostrar sus habilidades aprendidas en el PRD: mitigar la miseria, entre otras.

Rosario dejó atrás los insultos de sus antes colegas “izquierdistas” y de sus caudillos y pasó a formar parte destacada del gabinete de Peña Nieto. Vistas las cosas a la mexicana, con pragmatismo barato, hizo un buen papel. Cambió de hábitos y vestimenta, se pasó de proyecto guerrillero a elegante y reflexiva funcionaria. Sin razón aparente y buscando un candidato para sucederlo, Peña la cambió de cargo. Para muchos analistas la degradó. Podría ser. Pero ahora que el PRI busca candidatos en silencio y jurando que no piensan en el 2018, aparece la persona indicada, a decir de algunos periodistas, para recuperar el DF: Rosario es la candidata ideal para enfrentar a perredistas, fanáticos de López Obrador y panistas. Para colmo, podría ser, en esta época de género, la primera mujer en gobernar la capital.

Cuando leí y escuché la muy anticipada nota o comentario, me desconcerté, pero pensándolo bien, es cierto. De esta manera el PRI, que podría perder Los Pinos con tales posibles candidatos como tiene, a cambio estaría en posibilidades de obtener la preciada y sobrepoblada ciudad de México. No es una idea descabellada. Además, conoce no sólo las entrañas de su ex partido, sino su modus operandi. Rosario tiene asimismo cierto toque de “independiente”, lo que facilita las cosas en un país que está harto de los partidos y que supone que la ansiada democracia y justicia social podría llegar por esta vía. Podría ser. Si El Bronco triunfó en Nuevo León y ya existen miles de broncos en cierne en toda la República, ¿por qué no pensar en darle el voto a Rosario Robles, una vez que Peña Nieto y su poco eficaz equipo se quiebren inútilmente la cabeza para no perder de nuevo un gran proceso electoral? No es mala idea, al menos debe intentarlo si nada de valor tiene en las manos.

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