Tantadel

noviembre 20, 2015

El discurso político-universitario

Hace unos cincuenta años, los revolucionarios cubanos luchaban con todas las armas para defender y promover su inmenso movimiento social. Siempre recurrían a la terminología ideológica marxista. Si se hablaba de arte y literatura, utilizaban un lenguaje político, si era de arquitectura o de medicina, igual lo hacían. Cualquier camino nacía e invitaba a seguir su ruta. Pero el lenguaje se gastó y hoy apenas lo usan para defender algunos logros. En México ha sido igual con el idioma surgido de la Revolución de 1910. Para el medio siglo, ya era tedioso, pues uno veía claramente que los políticos nada tenían que ver con el movimiento social épico y sí mucho con la demagogia. La Revolución Mexicana había muerto y alrededor del féretro aparecían palabras nuevas vinculadas a un capitalismo cínico y brutal. El camino hacia la derecha se consolidó.

Los rectores de universidades públicas son académicos, a veces notables, otras no tanto. Pero suele existir una costumbre: al concluir su mandato, no regresan a las aulas, a sus investigaciones. Por regla general buscan un alto empleo para continuar sus carreras políticas. Sobre todo en los estados donde las universidades públicas están vinculadas al gobernador y en general al aparato político. La rectoría es un paso en el camino hacia el poder.

En su lucha por adquirir un alto cargo, prometen, políticos y académicos, infinidad de mejoras y la superación de los problemas que las instituciones de alta educación padecen en buena medida por la ineptitud del poder en cualquiera de sus niveles. Inalterablemente los discursos iniciales están repletos de compromisos difíciles de llevar a cabo. Despolitizar a las universidades, tratar al menos de que los partidos políticos no intervengan en las tareas académicas, es algo imposible. Las universidades, no sólo las públicas, sino también las privadas, están penetradas por los partidos, de una u otra forma, están allí, dentro, haciendo su trabajo político (recordemos lo sucedido a Peña Nieto en la Iberoamericana). No dejemos de lado que allí estudian millones de jóvenes y rara vez carecen de postura política. Los gobernantes no ven estudiantes como tales, cuentan como votos y para hacer proselitismo.

La UNAM, por sus dimensiones colosales, es un blanco perfecto para el trabajo de los políticos y funcionarios militantes o no, la revoltura es impresionante. Pero el caso es que los problemas crecen y van desde el cada vez menor apoyo económico hasta vicios y costumbres que son obsoletos por completo. A las universidades, más que despolitizarlas, hay que permitirles una auténtica y real modernización. No son cotos de caza para aprovisionar a los partidos ni al poder económico y político. En apariencia las posturas ideológicas son muy claras, a diferencia de las instituciones académicas privadas que pretenden aparecer casi impolutas. No obstante, en unas y otras, se tejen los entramados que permiten el acceso al poder. Unos piensan en la autonomía (¡Ug!), otros en el presupuesto y algunos hasta intentan limpiar de personas que se dedican al narcomenudeo y a la venta ambulante. Tienen razón. El problema es eliminar problemas que para las universidades privadas son inexistentes. Están diseñadas para evitarlos y saben vender sus productos e investigaciones, no le temen a la iniciativa privada y menos les preocupa la globalización y el capitalismo salvaje, es lo suyo. Saben que ellas son las que ahora poseen la ruta del oro, es decir, hacia el poder político y económico. Buena parte de los actuales gobernantes proceden de universidades particulares.

Me parece, lo digo como profesor universitario con más de cincuenta años de laborar en la UNAM y la UAM, que debemos hacer un trabajo serio, responsable y profundo para mejorar los niveles educativos, limpiar sus campus de vendedores ambulantes y buscar un sistema que nos permita modernizarnos sin alejarnos de los principios sociales que nos dan fundamento. Para ello es indispensable dejar de preocuparse por los vínculos con los partidos políticos, con gobiernos de cada estado y del poder federal. Es tiempo de replantearse el camino sin llorar por el pasado. Se fue y no volverá o cuando regrese, si es que lo hace, tendrá características distintas a las que hoy estamos empeñados en darle.

Estamos de acuerdo con las palabras del nuevo rector de la UNAM, pero no dejemos de lado que son las mismas que han dicho todos sin excepción. Lo deseable es una universidad moderna, eficaz, que produzca los mejores cuadros para que el país recupere u obtenga al fin un éxito abrumador, como el que tuvo la misma UNAM hace varias décadas, antes de que el gobierno se inclinara a la derecha y nosotros cayéramos en manos de charlatanes y corruptos que se formaron en un partido que por décadas ha edificado, y muy mal, a la nación. Para ello es deseable que los rectores vivan de tiempo completo para su tarea y al concluirla, no busquen la presidencia del país ni una secretaría de Estado, sino que regresen a su vida académica. Los necesitamos por su experiencia y para poner a salvo a la nación. Hay que reorientar el rumbo y eso se podrá hacer si dejamos de depender éticamente del gobierno.

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