Tantadel

noviembre 02, 2015

El inagotable Juan Rulfo

Dos de los mayores escritores de México, Juan Rulfo y Juan José Arreola, amigos fraternos que el tiempo separó, parecieran a los ojos de la mayoría autores de únicamente dos libros. Podría ser, aunque, cada tanto, aparecen por allí joyas que ellos mismos no vieron sino como ejercicios o, como en el caso del segundo, obras que salieron de la oralidad, como es, por ejemploLa palabra educación.

Arreola fue traductor y autor de docenas, acaso cientos, de breves cuartas de forros en libros del Fondo de Cultura Económica. Curiosamente, Rulfo también fue traductor, como ahora lo señala Alberto Vital, para los lectores de La Crónica, del alemán al castellano. Tradujo, por ejemplo, Las elegías de Duino, de Rilke, en 1945, como una forma de “ejercicio literario”.

Ello significa que a pesar del enorme peso literario de Rulfo, no acabamos de conocerlo. Otra faceta poco explorada es el maestro. Por lustros fue uno de los mentores del legendario Centro Mexicano de Escritores. El año pasado fui invitado a hablar del maestro en la Cátedra Juan Rulfo de la UNAM y la Fundación Juan Rulfo. Mi texto fue poco atractivo, quizás porque el académico, por muchos años y logros que he tenido en la UNAM y la UAM, no es parte de mi estilo moverme intelectualmente. Me aburre por pedante y solemne. Quedan, pues, temas para hablar del narrador jalisciense.

Al parecer, dice Alberto Vital, Rulfo amaba el alemán y buscó la manera de  acercarse y leer a multitud de narradores y poetas de habla alemana. Aunque tuvo que apoyarse en las traducciones de un par de expertos, Rulfo le añadió su toque personal. Con frecuencia la interpretación de un literato sobre otro, es una buena forma de interpretarlo. Sin embargo, Juan Rulfo, sigue siendo enigmático. No he leído muchos trabajos que hablen de él como discreto empleado del viejo Instituto Nacional Indigenista, desde donde se empeñó en mostrar el dolor de los indígenas y tampoco aquellos que señalen las tareas del Rulfo gremialista, de su labor por defender los derechos autorales de sus colegas en la Sociedad General de Escritores de México, al lado de Rafael Solana, José María Fernández Unsaín y Luis Spota. Todo se ha concentrado en su complejo universo literario y en su natural tendencia fotográfica. Acaso sobre las muy polémicas versiones cinematográficas de sus cuentos y de Pedro Páramo. Sabemos que Rulfo poco estuvo de acuerdo con las películas que sobre sus temas hicieron cineastas despreocupados. En lo personal, no me gusta ninguna. Sé de las dificultades de convertir el lenguaje literario en fílmico, pero con frecuencia, los cineastas no pudieron siquiera transmitir la atmósfera mágica y misteriosa que su literatura posee. Un universo imposible de reproducir o de captar cinematográficamente. De todos los filmes sobre Rulfo, es probable que sólo La fórmula secreta de Rubén Gámez haya sido capaz de apropiarse de esa atmósfera terrible y hermosa, solitaria y densa de claroscuros, que el rigor del narrador sabía producir. Para conseguirla, Gámez se apoyó en Jaime Sabines y en el propio Rulfo.

Sobre el maestro, ya he hablado varias veces. Como Juan José Arreola, Juan Rulfo fue maestro de muchos escritores. El primero tuvo marcada vocación magisterial, el segundo no tanto, pero igual supo contribuir a formar docenas de prosistas y poetas en el Centro Mexicano de Escritores, donde fue por años asesor. Fue también un maestro a veces severo, otras benévolo. Pero siempre hizo su tarea con atención y amor a la literatura. Escuchaba cuentos, novelas, ensayos, poemas y obras de teatro en el Centro Mexicano de Escritores y solía dar buenos consejos. Juan Rulfo conocía una enorme cantidad de novelistas y los conocía a profundidad. Cada conversación con él era una auténtica clase de literatura. Lo conocí en tal sitio, cuando obtuve una de sus codiciadas becas, alrededor de 1964, entonces situado en la colonia del Valle, en la calle de Artemio de Valle Arizpe, en la casa que tenía arriba de la puerta el escudo de don Artemio: Nada vale tanto como vale un Valle. Pienso ahora que fui muy afortunado. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de tratar a un puñado de grandes escritores, quienes me han dado algo más que simple amistad, me han entregado algunos de sus secretos, Rulfo, entre ellos, y me acerqué a él porque su timidez me inspiraba confianza. Jamás me decepcionó, al contrario. Escuchar su voz suave explicando grandes y complejas novelas me enriquecía. En suma, no hay un Rulfo, son muchos.



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