Tantadel

noviembre 29, 2015

La ruta del suicidio

Creo que Yukio Mishima es buen ejemplo para entender las razones por las que alguien se mata. El escritor japonés lo hizo por honor.

Mi novela Réquiem por un suicida resultó de un proceso de investigación bibliográfica y de campo; fue un proceso complejo, largo, poco sabía sobre el tema. Durante la lectura pública del primer capítulo, una mujer, conmovida, se acercó y me dijo: No vaya a suicidarse. No, señora, se matará mi personaje. Tenía yo un tema atractivo y acaso el tono adecuado, ¿y el resto? Medité en todo lo que había escrito. El tema de la muerte voluntaria aparecía con regularidad. En mi novela anterior, La canción de Odette, el hermoso personaje femenino se libera, envenenándose, de los dolores y de la vejez que detestaba. No obstante, mi conocimiento sobre el tema era limitado. Me propuse averiguar más para continuar la obra.
A lo largo de diez años hurgué sobre el tema en novelistas, siquiatras, filósofos, laicos, creyentes, en las religiones, en el imaginario de los mexicanos y hablé con dolientes de suicidas. No muchos aceptaban la muerte liberadora. Pero mientras la sociedad y sus autoridades buscan contenerlo, el número de suicidios va en aumento por diversas razones. El pasado jueves leí una noticia oficial: los suicidios en México se incrementaron en 58 por ciento.
Quienes mucho me ayudaron en la novela fueron HemingwayMishimaHoracio Quiroga y Albert Camus. Los primeros con sus dramáticas muertes y el cuarto con sus reflexiones al respecto: el suicidio es un acto de libertad. El listado es inmenso, pero sólo recordamos a los artistas e intelectuales afamados. La historia poco se apiada de aquellos que mueren solos y miserables arrojándose a las ruedas del Metro. Concluí que la muerte voluntaria, asistida o no, es un derecho humano. Me interesan aquellas figuras de carácter fuerte que se matan. Las razones podrían ser diversas: indigencia, fracasos, desamor, soledad, crisis. La depresión, en su última fase, conduce al suicidio. Para combatirlo han inventado instituciones y frases baratas. El problema es que la gente piensa más en familiares y amigos que en la persona que opta por morir. Vale añadir que la novela fue finalista del Premio Planeta, apareció en España en 1993 y allí tuvo cuatro ediciones antes de publicarse en México.
La reacción aquí fue curiosa. Nadie me acusó de hacer una apología de la muerte voluntaria, salvo mi entrañable amiga Elena Garro a quien, por cierto, la novela está dedicada. En un artículo aparecido en Excélsior advierte a los jóvenes que no caigan en “mi invitación a matarse”. Pero la novela no es una apología del suicidio, es un alegato literario sobre la libertad de decidir por la muerte. Al contrario, he recibido y sigo recibiendo cartas y correos de personas que por esta ruta perdieron a un ser querido. Recuerdo las líneas de una madre que me explicaba que gracias a la obra había entendido la muerte de su hijo. Hace unos meses, en un homenaje a Óscar de la Borbolla, una mujer me dijo que miRéquiem le fue importante al tratar de explicarse la muerte voluntaria de su esposo.
Creo que Mishima, en tal sentido, es buen ejemplo para entender las razones por las que alguien se mata. Él lo hizo por honor, porque los valores en los que depositaba su fe habían dejado de existir luego de la Segunda Guerra Mundial. Mishima era realmente un samurái, el último que hemos visto y como tal murió no en combate sino por el afilado cuchillo que él mismo empuñó. Dejó una extensa obra artística fundamentalmente en prosa narrativa y diversos enigmas sobre su homosexualidad y patriotismo. Pudo no haberse dado muerte, pero era una hermosa forma de protestar públicamente, asistido por la lealtad de su “ejército”. El auténtico Mishima está no en su postrera lucha política sino en la intensidad de sus novelas y relatos. Su mente creativa y compleja convirtió su vida en una larga agonía cuyo lógico final fue el suicidio. Cuando se ha perdido el amor o el talento, cuando los sistemas políticos brutales se imponen, no existe otra ruta más que la muerte voluntaria, pareciera decir Mayakovski. No es un acto de cobardía como la gente común supone, es exactamente lo contrario. En las páginas de mi novela relato la experiencia que muchos han sentido al apurar el veneno, desangrarse, tirarse de un edificio o darse un pistoletazo en la sien. Imposible no pensar en el Hemingway incapaz de cubrir una guerra o de aventurarse en África en busca de grandes presas, disparándose con una escopeta para evitar los dolores preludio de un atroz final.
El poeta ruso Esenin debió reflexionar mucho sobre la solución última aun antes de percatarse de que los nuevos tiempos no eran los suyos. Por desgracia el genio de un creador no siempre es insensible a los vientos sociales, políticos o amorosos. Al contrario. Sabemos que no todos son felices desdentados y sin cabello, soportando dolores y el ingrato sabor de los medicamentos, arrumbados en una habitación, lejos de los ruidos e inquietudes mundanas. Si ahora hablamos de muerte asistida, algo hemos avanzado.
Lo extraño de Réquiem por un suicida es que el personaje Gustavo Treviño nace y vive exitoso, pero lleva, como Quiroga, los gérmenes de la inmolación, pues nunca será feliz. Así como en un cuento de Kafka, un hombre muere de hambre porque no le gustó comer, mi protagonista deja de existir porque no amaba al mundo y era incapaz de transformarlo.

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