Tantadel

noviembre 22, 2015

Las mujeres que más he amado

Las recuerdo, yo niño y ellas jóvenes. Luego, la nada; borré el cine mexicano: las actrices de hoy parecen hechas con el mismo molde.

Tratando de poner orden en mis libros, qué dejo y qué elimino, encontré listas de mujeres que he amado intensa y pasionalmente. Hice los recuentos muchos años atrás, sin embargo, pienso que podría repetirlos. En lustros no he dado con una mujer que me atormente como lo hicieron las enlistadas. Uno de los capítulos lleva por título Las mujeres inalcanzables y lo inicio con El nacimiento de Venus deBotticelli, a quien vi por vez primera en Florencia, en la Galería de los Uffizi, en 1970. Adquirí una copia y, desde entonces, la he tenido cerca. Mi devoción hacia esa belleza compite con una que pintó ModiglianiDesnudo acostado. Son cuerpos hermosos y distintos, la primera es virginal y la segunda erótica. Pero es laVenus de Milo la que más he amado. He publicado minificciones en libros y en internet donde, pese a las diferencias de edades, narro mi amor por ella.
En la cinematografía también he tenido pasiones mayores. No en filmes mexicanos, aunque debo hacer una precisión: si bien no idolatraba a María Félix ni a Dolores del Río, por extrañas perversiones no podía dejar de lado los horrendos dramones campiranos o arrabaleros donde disfrutaba a Sofía ÁlvarezElsa Aguirre (a quien Rafael Solana me presentó alguna vez), Rosita Quintana yMaría Elena Marqués. Las recuerdo, yo niño y ellas jóvenes. Luego, la nada; borré el cine mexicano: las actrices de hoy parecen hechas con el mismo molde, carecen de la distinción de aquellas divas que tenían poderosas personalidades. Pocos han dejado de impresionarse con el rostro de la Félix fotografiado por Gabriel Figueroa.
Las soberbias mujeres vistas en los grandes cines, como el Roble, Manacar o el Palacio Chino, que me dejaron huella indeleble fueron otras: me soñé besando a Kim Novak o bailando con Cyd Charisse o con Ginger Rogers. Cuánto quise ser Fred Astaire para tomarlas de la cintura y moverme siguiendo cadencias memorables. No compartí la devoción de los Kennedy por Marilyn Monroe. Escribí: “…tuve la fortuna de enamorarme de Jean Harlow y no de Mae West, deMary Pickford y no de Theda Bara”. Al contrario de Carlos Fuentes, no me gustaba Gloria Swanson o de Bonifaz Nuño, quien le regaló versos luminosos a Lucía Méndez. Otros han sido mis gustos, otra mi idea de belleza femenina e incluye siempre sensibilidad y audacia para no esperar órdenes de los varones o disposiciones sociales. Me fue suficiente con ver a Claudia Cardinale y a Audrey Hepburn, tan opuestas, en filmes basados en novelas de Moravia y de Capote.
Los milagros no son frecuentes y en mi mundo no existen, nunca pude ver a esos amores. Pero en París los portentos ocurren: una vez, cruzando el jardín de Luxemburgo (con Iris, mi hermana), en una banca, estaba sentada la perfecta Catherine Deneuve, quien me cautivó al verla en Belle de jour, de Luis Buñuel. Mi descripción viene de esos días: “Hierática, imperturbable, perfecta, con estupendos problemas sexuales. Estaba sola, con las manos juntas, como una escultura de mármol cubierta por un chal rojizo y una larga falda negra… Su belleza era aún mayor que en la pantalla. Nadie se acercaba a ella. Ni siquiera sus compañeros. No me pasó por la mente la posibilidad de pedirle su firma en mi cuaderno escolar. Sólo la miré hasta que el sueño concluyó y Catherine desapareció lenta, elegantemente, majestuosa, con rumbo a la salida del jardín, hacia un automóvil oscuro. No maldije mi timidez, me bastó verla a corta distancia durante eternos minutos, que para mí fueron años, siglos”. Una amada reciente es Michelle Pfeiffer, aun madura, me encanta.
Si he de ser franco, en esta apretada síntesis, las mujeres que más he amado son aquellas que están en las páginas de la gran literatura. Amo, digamos, a Emma Bovary, a la Karenina, a lady Chatterley y a Lolita, adolescente perversa. A todas ellas les he puesto otras caras y diferentes cuerpos distantes de las actrices que las interpretaron y, cuando alguna “heroína” aparece en mis novelas, suele ser a mi gusto y siempre es bella, de cuerpo perfecto, morena, sensual, cabello sedoso… Son mis creaciones, puedo ponerlas como me dé la gana y así me placen.
La mujer que más admiro es hechura de Goethe: Clara. Su hermosura va de la mano de su sinceridad y coraje. Es capaz de enfrentar las críticas sociales y familiares y decirle a Egmont: “¡Oh!, dejadme morir, dejadme; no hay mayor goce que éste.” Pero Clara va más lejos cuando oye que su madre le reprocha el amor por el noble: “¿No es bastante mi dolor que seas una perdida?”, Clara, audaz, se defiende con argumentos distantes de su educación aldeana: “¡Una perdida! ¡La amante de Egmont una perdida!... ¡Qué princesa no envidiaría a la pobre Clara ese puesto en su corazón!... Madre, por Dios, no hables así… Querida mamá… sé indulgente… ¡Mamá!... Vaya con lo que el pueblo piensa y charlan los vecinos… este cuartito, esta casa es un paraíso desde que la habita el amor de Egmont”. Este momento de grandeza amorosa me cautivó. Goethe había creado una mujer distinta.
Desde niño pensé en mujeres, ignoro si todas eran como las recuerdo, guapas, deseables, pero al escribir sobre ellas he tratado de darles no sólo hermosura física, sino también cultura, inteligencia y la dignidad que otros autores les han restado.

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