Tantadel

noviembre 08, 2015

Los escritores, ¿tienen o no vida privada?

Estas cartas excepcionales, cursis o eróticas, ¿tienen derecho a ser leídas por ojos a los que no estuvieron destinadas? Lo ignoro.

¿La correspondencia particular de los escritores debe ser conocida o permanecer engavetada? Algunos afirman que todos tenemos derecho a leer las palabras descarnadas, pecaminosas y bellas que escribieron sobre el amor a una mujer o a un hombre. Otros piensan que el derecho a la privacidad es una suerte de ley y como tal debe ser respetada. Con honestidad nunca he pensado en mi caso. Mis cartas suelen pasar de la realidad a la ficción. Las cartas, decía Truman Capote, son un placer fugaz. El tema es inagotable y poblado por misivas correctas o incorrectas.
Me refiero a las cartas que fueron escritas con prudente secrecía y han parado en museos, en archivos que pueden ser consultados o, algo peor, en las manos toscas de coleccionistas de joyas del morbo. Las que Elena Garro le envió a un hombre que amó, Adolfo Bioy Casares, están al alcance de cualquiera en la biblioteca de una universidad de EU. Las que respondió el autor de La invención de Morelquedaron en su archivo personal e imagino que pueden ser leídas por cualquiera. En México las dolidas misivas de Rosario Castellanos a su exmarido Ricardo Guerra fueron publicadas por sus herederos. Mostraron a una feminista atormentada por los celos y sus admiradoras pusieron rostros de decepción por tal faceta. Mi admirado Alejo Carpentier le envió epístolas amorosas a Machila Armida, las conserva un editor en espera de publicarlas. Las que Henry Miller le escribió a Anaïs Nin son una especie de autobiografía y las eróticas que le puso aBrenda Venus, artista de cine que iniciaba, circulan en forma de epistolario. Entre los papeles que legó Trotsky estaba su correspondencia íntima con su mujerNatalia Sedova, que contiene sugerencias eróticas. El viejo guerrero sentía pasión por ella. Ignoro si a Frida, con quien tuvo amores, le redactó algunas cartas. Las infidelidades del revolucionario asesinado en México las contó su secretario y guardaespaldas: Jean van Heijenoort, en De Prinkipo a Coyoacán. Pero con su esposa sí las hubo y fueron intensas (Correspondencia, 1933-1938), líneas combativas junto a palabras sensuales.
El caso de Anaïs Nin es distinto. No era tímida: contó en detalle sus amores en los más bellos Diarios que han sido escritos alguna vez, plenos de perfección y sinceridad. James Joyce mantuvo una sugerente correspondencia matrimonial con palabras que escandalizarían a una dama victoriana y que Nora Barnacle sin duda disfrutó. Bukowski no tenía necesidad de ocultar sus misivas personales, ¿para qué?, en sus libros, predominantemente autobiográficos, aparecen sus impudorosas relaciones eróticas que han enriquecido las letras, como lo hizo Nabokov con Lolita.
Pero la mayoría de los escritores supone que va a eternizarse y por lo tanto sus cartas íntimas deben ser decentes y bien escritas. Se esmeran pensando en que luego de su muerte serán recogidas en volumen y los lectores sabrán cuán respetuosos fueron al expresar sus pasiones y acciones infrecuentes. Al estilo Gustavo Adolfo Bécquer, romántico sincero.
Las novelas epistolares han desaparecido prácticamente. Internet contribuyó a ello, pero por ese medio circulan millones de palabras amorosas, serias o con afanes de sexo, lucro y algunas para paliar la soledad; en general, en las redes prevalece la frivolidad. Algunas obras literarias están edificadas con cartas propias y ajenas, otras pertenecen al mundo de la ficción. Es evidente que si un escritor tiene en sus manos una poderosa herramienta para convencer, la palabra, la utilizará asimismo para fines amorosos. Estas cartas excepcionales, cursis o eróticas, obvias o sugerentes, hechas para mostrar sentimientos y deseos sexuales a una mujer o a un hombre, ¿tienen derecho a sobrevivir y ser leídas por ojos a los que no estuvieron destinadas? Lo ignoro. Si debemos aceptar que los famosos carecen de vida privada y sus acciones pertenecen a la esfera pública, ni remedio, serán editadas y consultadas por biógrafos puntillosos o periodistas morbosos. De lo contrario, puede ser el propio autor el que solicite o lleve a cabo la incineración de esos invaluables documentos. Borges recordaba que Kafka, en el lecho mortuorio, le rogó a su mejor amigo destruyera toda su obra. Si realmente hubiese querido desaparecerla (cartas a Felice incluidas), él mismo hubiera cometido la acción demoledora. Hizo la petición confiando en que sus manuscritos serían conservados: así fue y ahora tenemos la revolución literaria kafkiana. Algo que le dio un enorme giro a la literatura.
La comunicación íntima no fue pensada para lectores comunes, sino para alguien que le provocaba pasiones y era diferente, como la de Wilde a Lord Douglas, la de Napoleón a la Walesa, la de Byron a sus amantes o la angustiosa de Saint-Exupéry a una joven casada, a punto de ser madre que no le correspondió. Sin embargo, es seguro que esas cartas “prohibidas” arrojan luces y sombras sobre aquellos seres admirables que fueron capaces de grandes hazañas y supieron mantener con palabras amorosas y formas audaces de expresar las pasiones que la sociedad no suele aprobar. Fueron actos de coraje y valentía, de arrebatada fogosidad erótica que vale la pena mostrar al mundo. El amor, en cualquiera de sus manifestaciones, tiene derecho a ser conocido.

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