Tantadel

noviembre 06, 2015

Marcelo Ebrard: del poder a la cárcel

Siempre he tenido problemas con aquellos políticos de ambición desmedida y que no les importan ni partidos ni ideologías, miran fijamente el poder y ello se convierte en un hecho patológico. Jamás desean el bien del país, les gusta pasionalmente dar órdenes, disponer de México como si fuera un botín. Ahora el asunto es peor, no hay valores de ninguna índole, sólo el deseo de triunfar para enriquecerse, para hacer el famoso patrimonio familiar más abultado que aquellos que lo obtienen sin perversiones ni mentiras, sin hacer negocios con el poder.

La historia de Marcelo Ebrard es para un libro para ingresar a “La historia universal de la infamia”. Comenzó al lado de Manuel Camacho. Eran jóvenes ambiciosos, priistas comprometidos con Carlos Salinas. De hecho, la amistad era tanta que Camacho, regente capitalino, jugaba en todas las tareas del país, apoyándolo. Lo mismo manejaba la SEP que la CTM. Era el hombre eficaz, hábil y de una aceptable cultura política. El compromiso era que el siguiente Presidente de México sería él y así trabajaron con pasión para asegurar Los Pinos. Llegado el momento, su figura estaba gastada y Salinas pensó para sucederlo en otra persona que moriría trágicamente: Luis Donaldo Colosio.

La historia es conocida y el grupo que encabezaba Camacho (y Ebrard) salió del PRI en busca de mejor fortuna. No la tuvo. Pasó por varios cargos antes de formar un partido de centro (su verdadera postura) y al fracasar asimismo, optó por sumarse al PRD y así, de salto en salto, el equipo llegó a la “izquierda”, desde donde maniobraron para que Camacho mantuviera su rango. Pero su mejor momento había pasado y la estafeta quedó en manos del audaz Marcelo Ebrard, quien hizo alarde de autoritarismo y demagogia. Realizó lo que le vino en gana con el DF y como todos, lo saqueó para contar con dinero: las campañas presidenciales demandan recursos económicos.

En su paso por el DF cometió pifias y más pifias; tras su carácter severo y duro se ocultaba un tiranuelo. Un proyecto de dictador, de líder agazapado. Sus caprichos fueron al estilo de AMLO. Le dio la gana arruinar el Monumento a la Revolución, un sitio fúnebre y le puso un elevador y fuentes saltarinas y los infaltables ambulantes, allí, donde están enterrados varios de los revolucionarios, el general Cárdenas entre ellos. Los expertos le dijeron que no lo hiciera, que lo respetara, Marcelo se impuso. Ahora el inmenso monumento funerario tiene un elevador inútil, que no va a ningún lado. No sirve.

Estaba engolosinado con su poder y la posibilidad de alcanzar Los Pinos. La Línea 12 del Metro le dio la oportunidad de sacar más dinero para vivir mejor y tener recursos en caso de ser el candidato presidencial de la “izquierda” para Los Pinos.

Mancera, al recibir la ciudad, notó las escandalosas irregularidades de una pésima gestión. Para esos momentos ya pocos recordaban al audaz político que impresionaba a masas de ingenuos capitalinos. Recuerdo que a una Feria del Libro en Minería llegó a la inauguración. Universitarios y muchos intelectuales temblaban de emoción y le aplaudían como focas. Me pregunto qué pensarán ahora del político prácticamente prófugo, que vive ostentosamente en París, gastando los recursos mal habidos del DF.

Ahora Marcelo está casi solo, las grandes figuras que lo rodearon mientras era el dictador capitalino y pesaba mucho en el PRD huyeron a contar su dinero mal habido o, como Camacho, fallecieron. Uno más está en la cárcel. Él vive pendiente de los actos de Mancera y está amparado. Los diarios cuentan en detalle las cifras que gasta para vivir como jeque en esa costosa ciudad. Sus cercanos dicen que regresará a México, pero todos los días aparece alguna prueba de su mala tarea en la ciudad capital y el desprestigio aumenta. La misma “izquierda” le cierra las puertas o lo evita. Se acabaron sus defensores.
En caso de regresar, lo hará sin su habitual arrogancia y estará al garete, perdió su capital político y una nueva legión de políticos lo ha sustituido. López Obrador no tiene mayor interés en un hombre desleal y que por añadidura goza de mala fama. No es un apoyo, sino un desprestigio. En síntesis, Ebrard carece de posibilidades para recuperar las dimensiones que tuvo cuando logró disfrazarse de “izquierdista” y utilizó al PRD para sus fines personales.

No tiene más camino que dedicarse a negocios personales. Desprovisto de recursos no está, pero quizás le queda la posibilidad de ocupar una cátedra en donde estudió: El Colegio de México. Vaya manera de perder la ruta que tuvieron algunos de los fanáticos de Salinas, una vez que rompieron con él. Su camino fue contrario al de Nelson Mandela, quien de la cárcel salió y obtuvo el poder para hacer una historia positiva.

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