Tantadel

noviembre 01, 2015

Su majestad: La Catedral Metropolitana

El dios al que le fue ofrendada tuvo más fortuna que los anteriores.

El Templo Mayor fue una obra arquitectónica y espiritual, símbolo, asimismo, del poder azteca, que aspiraba a la eternidad. Pero los dioses no son por lo regular consecuentes con aquellos que les rinden pleitesía. Otra deidad, severa y vengativa, habría de destruirlo y lo hizo impiadosamente. Arrasó con la espectacular edificación político-religiosa y en su lugar, con las mismas piedras y la misma mano de obra ahora esclavizada, erigió uno más, soberbio y arrogante. Al respecto, Francisco Covarrubias y Juan Benito Artigas comentan: “La primera Iglesia Mayor en México-Tenochtitlan fue edificada entre 1524-1532. Hernán Cortés no sólo trazó el primer templo de la ciudad, sino lo construyó frente a la Plaza Mayor, con la participación del alarife maese Martín de Sepúlveda, quien utilizó en el cimiento algunos monolitos del antiguo teocalli indígena”. No hay en todo el continente americano un edificio de semejante belleza. Construido para catedral de un inmenso imperio, tardó siglos en mostrarse con todo su esplendor. El dios al que le fue ofrendado ha tenido más fortuna que los anteriores. Su enorme masa, su asombroso tonelaje, no le ha afectado pese a que su basamento, sobre los restos del Templo Mayor, es tierra lodosa, restos de un lago que fue hermoso, extraño e impresionante.
Eduardo Matos Moctezuma narra la tragedia de los aztecas, del mismo modo queMiguel León Portilla, en La visión de los vencidos, rescata los cantos de dolor, el llanto que surgía de aquellos que en poco tiempo vieron destruido por completo el imperio que era el ombligo del mundo. Arrancan los violentos esfuerzos de los conquistadores por sustituir una cultura por otra, por eliminar una religión para imponer una nueva, sin duda opuesta a la nativa. La tarea evangelizadora no fue sencilla. La religión azteca estaba fuertemente arraigada y fue indispensable el constante uso del fuego, la espada, las salas de tormentos y las apariciones milagrosas para obligar a los mexicas a aceptar una religión distinta, monoteísta y por completo ajena a sus valores, tan esmeradamente cultivados por siglos. Ninguna religión es sana, pero tolera la creatividad, la estimula.
Para el conquistador había algo evidente. No bastaba la derrota militar del pueblo azteca, era fundamental borrarlo de la faz de la tierra, mostrar la nueva grandeza y para ello resultaba indispensable la creación de una majestuosa catedral que soportara el creciente peso de la nueva religión y sus aspiraciones de eternidad. La obra resultó más grande de lo que sus diseñadores originales imaginaron y al final tuvo más majestuosidad que los modelos y planos.
El ambicioso proyecto duró siglos en ser concluido, pero nunca ha quedado exento de problemas. Abajo se inquietan las tumbas y los fantasmas de toda una cultura que se resiste a desaparecer. Incendios, campanas “asesinas”, terremotos, descuidos… Sin embargo, la Catedral sigue firme, resistiendo el tiempo y mostrando su belleza y originalidad. La historia de la Nueva España está allí, la del México independiente también. La Catedral ha visto pasar tres siglos de dominio español y más de dos de un país independiente, invadido, mutilado y frustrado. La derrota de quienes se asentaron primero la hicieron posible, el surgimiento de un nuevo país, distinto de aquel que llegó en busca de fortuna. Un catolicismo que mucho tiene de pagano, siempre agitado políticamente y con una tenaz miseria de grandes masas. No heredamos una nación estable y la Catedral lo sabe: frente a ella han desfilado presidentes, dictadores, ejércitos españoles, estadunidenses y franceses, emperadores y presidentes, revolucionarios y reaccionarios. Fue testigo de la larga tiranía del general Porfirio Díaz y, aunque las grandes batallas se dieron por lo regular fuera de su alcance, supo de la perpetua conmoción en la que ha vivido el pueblo nacido de la forzada fusión de dos culturas y que ha desatado la imaginación, sobre todo, de multitud de artistas plásticos, historiadores, filósofos y poetas.
Consolidada la Revolución, la Catedral se cimbró con el choque de sus fieles y aquellos que querían ver el fin de la subordinación del poder civil al religioso. Nadie sabe más de México, sus luchas y sus quebrantos, que la Catedral Metropolitana. Ha escuchado desde los lamentos de miserables indígenas que buscaban esperanzados encontrar a sus dioses detrás de toda la santería que trajeron los españoles, ha sido testigo de la instauración de dos imperios y tiene como vecino suyo al símbolo del poder civil: Palacio Nacional, donde el liberal Benito Juárez falleció atormentado por el dolor de una severa angina de pecho en una habitación a unos cuantos metros de la imperturbable Catedral. No fue testigo pasivo durante los conflictos entre Estado e Iglesia ocurridos en todo el país en distintos momentos, en la Reforma y en la Guerra Cristera. Pero nada la dañó más allá que pequeños fuegos, algunas cuarteaduras y rozones de disparos de insurrectos instalados en el Zócalo, tratando de entrar al Palacio que le da sentido al poder civil mexicano.
Pese a los daños y las pérdidas, la majestuosa obra deslumbra en un contexto monstruoso y una desaforada aglomeración humana, donde el automóvil reina. Como ha escrito Martha Fernández: “La capital ha pasado de ciudad de los palacios a mancha urbana”, ahora víctima de la charlatanería política que se ejerce a su alrededor.

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