Tantadel

noviembre 15, 2015

Wilde y Joyce: antípodas irlandeses

El sepulcro suele ser visitado por admiradores, más preocupados por el debate sobre su homosexualidad que por su valiosa obra.

Uno de los literatos que mayor impresión me produjo en la infancia fue Oscar Wilde. Entre la niñez y la adolescencia leí sus cuentos y más adelante me introduje de lleno en El retrato de Dorian Gray, sus piezas teatrales tan llenas de ingenio, sus ensayos y frases agudas. Sobre la parte anecdótica me puso al tanto un amigo mío que lo idolatraba. Nada de Wilde me desagrada. He leído muchas veces sus cuentos, entre ellos, especialmente, El fantasma de Canterville. Podría contar cualquiera de sus deliciosos relatos. Hasta su frivolidad retadora me parece encantadora, llena de elegancia.
Uno de los primeros actos que llevé a cabo en París, cuando estudiaba el posgrado, fue visitar el Cementerio de Père-Lachaise en busca de su tumba y, devoto, me di a la tarea de encontrar el hotel, en Quartier Latin donde en 1900 murió, ajeno ya al mundo victoriano que lo aplaudió y al final lo hundió, pero le dio fuerza para transitar a una dolorosa literatura. Di, en mis búsquedas de sus analistas con un conmovedor libro en francés: Oscar Wilde, escrito por su hijo bajo el nombre de Vyvian Holland. El sepulcro suele ser visitado diariamente por admiradores, más preocupados por el debate sobre su homosexualidad que por su valiosa obra.
Wilde enfrentó a la sociedad victoriana sin más armas que su agudeza y un valor temerario que acabó por destruirlo. Prendado de un joven, lord Alfred Douglas con un amor que no podía decir su nombre, sacrificó su brillante carrera, perdió a su familia y se inmoló. Aunque los mayores críticos de las letras inglesas apenas le dan razón a su existencia, en el gusto de los lectores, apoyados por filmes morbosos, han contribuido a consolidar su prestigio internacional.
Dos irlandeses que han alcanzado notoriedad por su literatura original y brillante,Bernard Shaw y James Joyce, lo analizaron. El primero con abierta cordialidad, el segundo con rudeza, más dirigida a su público que a él como escritor. Quizás el autor de Ulises sea uno de sus más agudos y lúcidos críticos. En un ensayo poco leído, James Joyce (incluido en Escritos críticos, compilado por Ellsworth MasonRichard Ellman), hace un inteligente examen de su coterráneo en un análisis publicado en 1909, Oscar Wilde, el poeta Salomé. El arranque es demoledor: “Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wild. Estos eran los altisonantes nombres que con juvenil orgullo puso bajo el título de su primer volumen de poemas, y en este altanero gesto, con el que intentaba alcanzar el rango de nobleza, están las semillas de su vanidad y del destino que ya le aguardaba…” A lo largo del trabajo, Joyce señala los puntos clave de la tragedia de Wilde, quien acosado por espías al servicio del marqués de Queensbury, “rompería las lanzas de sus fluidas paradojas contra el cuerpo de los convencionalismos prácticos, y oiría como exiliado sin honor el coro de los justos mencionar juntamente con el de los impuros”.
Sabemos del alborozo que produjo su caída entre los victorianos, celebraron su ingreso a la cárcel; perdió la potestad de sus hijos y sus bienes le fueron arrebatados porque no tenía forma de pagar sus muchas deudas. Su madre, famosa en vida por su conducta avanzada y por sus textos feministas, murió. Las cartas íntimas de Wilde a sus amigos o parejas fueron exhibidas. La prensa lo hizo descender de su pedestal y lo enfangó con placer canalla. Joyce precisa: pudo defenderse con palabras que antes Wilde escribió: Es de dudar que “muchos de aquellos que lapidaron a Wilde estuvieran limpios de culpa. En realidad, todo el mundo se siente incómodo cuando habla de este tema con otros, temeroso de que quien escucha pueda saber más que él mismo. La defensa que de sí mismo publicó Oscar Wilde en el Scots Oberver sigue siendo válida para todo crítico objetivo”. Ante mordaces comentarios puso en el diario “que cada cual ve su propio pecado en Dorian Gray (la más popular novela de Wilde). Nadie dice y nadie sabe cuáles fueron los pecados de Dorian Gray. Aquél que los adivina los ha cometido”.
Joyce señala a Wilde, convertido al catolicismo, como responsable de su propia tragedia y a la madre como aquélla que permitió el desarrollo de la conducta del literato. Lo ve en su final como un Cristo agnóstico, resucitado, sin duda arrepentido de una vida que tomó a la ligera dentro de un país de doble moral.Joyce aclara: “Pero la verdad es que Wilde, lejos de ser un perverso monstruo inexplicablemente surgido de la civilización de la moderna Inglaterra, es el lógico e inevitable producto del sistema anglosajón, con sus inhibiciones y sus secretos”.
El joven arrogante que inició una deslumbrante carrera literaria en la Oxford University, murió desdeñado y vejado por los ingleses. Con el tiempo, su nombre ha superado ofensas y calumnias y hoy, como esperaba Joyce, goza de un profundo respeto y su literatura es venerada por millones, lejos de pensar en sus estrafalarias vestimentas y exageradas teorías sobre la belleza. Unos piensan que el sufrimiento sublimó su talento. Pero las obras más exitosas fueron escritas antes del escándalo que provocaran sus amoríos con un hombre apuesto de escaso talento y luminoso título nobiliario. Con los trabajos redactados en prisión:Balada de la cárcel de Reading y De profundisWilde buscaba la redención. 

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