Tantadel

noviembre 18, 2015

Yo, en San Juan del Río, Querétaro

El viernes pasado, grupos de jóvenes escritores de San Juan del Río decidieron hacerme un reconocimiento. Para hablar de mi literatura, invitaron al legendario Gonzalo Martré y al talentoso joven narrador Ulises Paniagua. Por alguna razón extraña. Tanto uno como el otro se centraron en mi primera novela, Los juegos. Gonzalo Martré, irónico y desenfadado como siempre, la señaló como “la mejor novela satírica del siglo XX”. Gulp. Dio sus razones. No había remedio. Me centré en tal libro. Ya en casa, encontré un largo artículo sobre Carlos Monsiváis escrito hace diez años y que nadie ha querido publicar. Tomo un pedazo:

“En 1967, escribí y publiqué mi primera novela, Los juegos. Qué escándalo. La historia ha sido repetida una y otra vez y yo he procurado esparcirla con cierta insolencia. En ella, una obra contracultural, critiqué a un grupo destacado de intelectuales, quienes se llamaban a sí mismos La Mafia y aunque eran una suerte de broma pesada para México, tenían un poder que ofendía el desarrollo armónico de la cultura nacional. Es curioso, y quizá Vicente Leñero me lo advirtió, las cosas no han cambiado un ápice. A lo sumo uno o dos de los mafiosos de aquella época (razones naturales) se han muerto de vejez o de inanición literaria. Es decir, nada ha cambiado desde entonces a pesar de que el PRI perdió el control del país, los medios de comunicación lograron hacerse más o menos independientes y los periodistas formados en aquella época oscurantista y represiva pasaron de sumisos a “independientes y rebeldes”, algunos hasta progresistas son hoy. A los intelectuales les sucedió algo semejante y se convirtieron en héroes de una izquierda ilusoria aplaudida por una sociedad en pañales.

En esa “mafia” destacaba un hombre un poco mayor que yo, que ya era famoso por haber sido un niño particularmente arrogante, fue niño catedrático y dueño de una memoria sin duda prodigiosa. Era Carlos Monsiváis, heredero de las glorias de todo grupo o persona que aspiraba a ser dueño de México o al menos a tener la razón por encima de todo. Con mi generación, que a pesar de la escasa diferencia de los años, tres o cuatro, no se entendió. Nos miraba con desdén y nosotros nos negamos a recibir sus consejos y directrices. José Agustín le hizo las primeras bromas hirientes no exentas de perversión: ‘Monsiváis a donde vais ni lo sabéis ni lo buscáis.’ Ante esta ironía de carácter infantil, Carlos respondió con fuego de alto calibre: nos desdeñó y, con la ventaja de no tener mayor respuesta (fuimos una generación desunida, a diferencia, por ejemplo, de la del Crack), precisó que habíamos ‘plebeyizado’ la literatura. Quizá tenía razón si el punto paradigmático era su propia generación: García Ponce, Gurrola, Pacheco, Arredondo, Melo, Elizondo…, pero nosotros éramos —guste o no— un grupo que veía las cosas de manera diferente a aquellos pretenciosos que todavía suponían que Europa era única e irrepetible.

Parménides García Saldaña fue el punto extremo. Es verdad, éramos distintos de la generación anterior, sin embargo, fuimos incapaces de ser tan amigos y solidarios como fueron por ejemplo Monsiváis, Pacheco, Fuentes, Benítez y Poniatowska. A la fecha, poco veo a mi entrañable José Agustín y cuando algo sé de él es porque está elogiando a otro distante del grupo original, pero me queda una idea suya, una certeza generacional: fuimos incapaces de ser unidos. Hasta donde sé, ninguno de nosotros logramos fumar la pipa de la paz (la mota de la paz). A Carlos Monsiváis que no fumó niDelicados con filtro, le dedico este trabajo, escrito a casi cincuenta años de distancia de la primera vez que, según sus amigos, lo “ofendí” o, digo yo, lo critiqué o lo describí. Es un sobreviviente único, inmortal, cada día que pasa su fama es mayor e imposible de refutar. Me gustaría haber puesto en la página inicial ‘A Carlos, por lo que ya sabe, total hemos conversado, comido, estado de acuerdo más de una vez y viajado por Europa y Estados Unidos’, pero me limité a dar mi opinión sobre estas cinco décadas de represión cultural, como diría sor Juana, yo, el peor de todos. Quizá el único que ha sido constante en el rechazo a todo tipo de tiranía, política o cultural y al que no le importaron jamás los riesgos que ello ha conllevado. El gran poeta Dionicio Morales dijo hace poco como conclusión de una época: Si René no hubiera escrito Los juegos, hoy casi sería respetable y tendría un éxito más amplio y muchas menos aversiones.”

Al concluir el homenaje queretano, el propio Martré me preguntó retador: ¿Te arrepientes de haber escrito Los juegos? No, repuse. Como la Piaf, no me arrepiento de nada. La novela no corrió con tan mala suerte y tuvo cinco ediciones. Es en efecto contracultural y crítica, políticos e intelectuales de genio salen mal librados. Escribirla fue divertido. El editor Joaquín Diez-Canedo me dijo: “Quémela y le publico lo que quiera”. Al aparecer, medio México me odió, pero como el otro no me conoce, sólo he tenido que soportar a lo largo de cinco décadas la aversión de los “puros”, los “cultos”, los “correctos”. Pero no me quejo. Fue muy grato ironizar a los más afamados artistas e intelectuales de México y con el paso del tiempo ver cómo, en efecto, se ponían al servicio del poder y ganaban todos los premios posibles.

Moraleja: Es preferible hacer una buena broma, aunque pierdas amigos y premios políticos.

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