Tantadel

diciembre 20, 2015

Cervantes engrandecido

Nadie más lejos de la academia que el autor de El Quijote, un hombre formado en la guerra, en las tabernas y en las prisiones

El escritor más sobresaliente del castellano en nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, hizo rectificaciones fundamentales para el análisis y comprensión del más afamado escritor de todos los tiempos del castellano, Miguel de Cervantes Saavedra: “Ningún otro destino fue tan dejado de la mano de su dios como don Quijote. Ninguna otra conducta de novelista fue tan deliberadamente paradójica y arriesgada como la de Cervantes...” El trabajo de BorgesLa conducta novelística de Cervantes, incluido en El idioma de los argentinos, aclara errores en la obra del español, errores que considera achicadores, es decir, que le restan méritos y valores. Vale la pena aclarar que, en efecto, Cervantes ha marchado triunfal por los siglos acompañado de la idea simplista de que sólo se trata de un texto que critica los escritos más ramplones de caballería (recordemos que salva, por ejemplo, Tirant lo Blanc, al señalar que “es éste el mejor libro del mundo”) o de una parodia. La obra es el arranque de toda literatura moderna castellana y ha logrado darle a Cervantes el honroso papel paterno de toda la literatura subsecuente, algo que en inglés sólo puede atribuírsele a Shakespeare, contemporáneo del escritor español. Parafraseando a Mario Vargas Llosa, podría señalar que Cervantes es uno de los primeros grandes suplantadores de Dios —FieldingBalzacDickensFlaubertTolstoiJoyceFaulkner— que pretende crear una realidad total.
Recuerdo que en una larga plática con Borges en Buenos Aires, en la Biblioteca Nacional, situada entonces en la calle México, me preguntó qué leía en ese momento: le repuse que UnamunoPérez Galdós y Azorín. Hizo alguna referencia sobre lo provinciano de la literatura española junto a las letras francesas, alemanas e inglesas. Quedé desconcertado. Mucho más adelante, del mismo modo que al Borges, acusado por periodistas frívolos, como racista, no era posible encontrarle una línea probatoria, descubrí su profundo manejo del Siglo de Oro, el que utiliza para disminuir la soberbia española y probar, merced a su enciclopédica cultura, que “la tradición española no es tradicional, como los tradicionalistas pretenden” y al mismo tiempo decir de Cervantes algo más allá de los lugares comunes a los que los pésimos críticos literarios nos han acostumbrado sobre la hidalguía y la bondad del Quijote, la panza de Sancho y la flacura de Rocinante que cabalga por todos los lugares del planeta.
La trascendencia de Don Quijote y la de Cervantes, para muchos una misma deidad, está en que fue el cronista de una locura y de un loco triste, que acepta su soledad, del mismo modo que Sancho acepta una ínsula en el prodigioso reino de la imaginación. El amor en este libro no es tal, es exactamente desamor.Cervantes y Shakespeare van a ser los historiadores de la imposibilidad de ser felices a través de la pareja perfecta. La eterna búsqueda del desamor es también parte de la desesperada locura del Quijote. De este modo, la literatura española arranca impetuosa hablando de tragedias que parecerían mover a risa cuando con toda severidad lo hacen para introducir al lector sensible en la tristeza. De todas las lecturas que he hecho de Don Quijote ninguna me ha hecho feliz ni me ha dado una sola sonrisa: verlo embestir molinos de viento me pone inalterablemente angustiado, me aflige la flacura de Rocinante, la torpeza inaudita del escudero Sancho Panza, los esfuerzos de Dulcinea por mitigar la locura del héroe huesudo y viejo, achacoso, y los amores imposibles del ingenioso hidalgo de la Mancha. Sus reflexiones solitarias son las mismas que se hizo Cervantes. En suma, es un libro inmensamente desgarrador.
Lo leí por vez primera en una edición de Jackson, ilustrada por Doré, en cuatro volúmenes, regalo de mi madre en plena adolescencia. Luego detesté la explicación cervantina en boca de mis maestros de literatura durante la secundaria y el bachillerato y al fin volví a reencontrarme con Cervantes por dos razones: una relacionada con Faulkner, quien contaba a un periodista que cada año volvía a la lectura de Cervantes; la otra era porque en París, en épocas de estudiante de posgrado, encontré en una librería de obras en español, la pequeña edición de Austral y la releí antes de viajar a España.
Sin embargo, conservé siempre la idea del Cervantes académico, del que hablaba Américo Castro o que estaba en boca y pluma de profesores angustiantes y tediosos filólogos que solían hallar toda suerte de interpretaciones. Esta versión por fortuna se derrumbó cuando entre nosotros, un escritor insolente y magnífico,Ricardo Garibay, me repitió lo que había dicho en un programa radiofónico:Cervantes debe ser puesto a salvo de los académicos, él no era sino un borracho blasfemo, jugador, pendenciero y soldado de fortuna que perdió la mano izquierda “de un arcabuzazo” en la batalla de Lepanto. Nadie más lejos de la academia que Cervantes, hombre formado en la guerra, en las tabernas y en las prisiones, en compañía de hombres rudos e ignorantes, al que le faltaban dientes a causa de los excesos y que —yo añadiría— no escatimaba elogios a los poderosos con tal de salir de la miseria y conseguir éxito literario, el anhelo de todo escritor, bueno o malo. Leemos las andanzas del Quijote de Cervantes desde hace más de quinientos años, ¿haremos otro tanto con los autores que pueblan nuestra literatura con pomposo éxito y una vanidosa presencia en los medios de comunicación que jamás existieron en el siglo de oro?

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