Tantadel

diciembre 09, 2015

Deporte, cultura y bebidas alcohólicas

México es un país ruidoso, las grandes urbes como Guadalajara y el DF son caóticas y todo indica que van a empeorar, como las autoridades. El nacionalismo es preocupante y un indicador de la incapacidad que tenemos para reflexionar con mayores niveles de profundidad intelectual. En tal aspecto, EU es peor, pero podríamos decir en su favor que allí los ingenuos ciudadanos se dejan matar por la patria porque saben que Dios directamente se las dio para dominar al mundo. Con elegancia, le llaman el Destino Manifiesto. Nuestro nacionalismo se ve más bonito en el deporte: las masas claman, se desgañitan, se ponen tricolores, piden mariachis, podemos ir a guerra si los argentinos nos derrotan en futbol, con todo y el Chicharito y Guardado. Si la selección triunfa, vamos a maltratar al sufrido Monumento a la Independencia, cuyo ángel es una copia de una escultura francesa colocada en el célebre puente Alejandro III.

Pero esto no es el problema que atrae mi atención. Quiero dar un ejemplo de la doble moral a la que somos tan afectos. Entiendo, en primer lugar, la importancia del deporte. De joven practiqué la mayoría. Luego entré a literatura, los estudios y el periodismo lo dejé como deporte y ahora lo veo como espectáculo. Es más entretenido ver a dos boxeadores matándose que pelear con un gorilón en una cantina. El Estado mexicano promueve e invierte más en la promoción del deporte que en la cultura, aun suponiendo que la propuesta de Peña Nieto de crear una secretaría de cultura tenga éxito. La clase gobernante es poco o nada letrada. Hoy en día el interés por la educación y las artes ha venido a menos. Es una suerte de rutina que está a la baja. Promueven el ciclismo, las carreras de autos y las maratones. Casi a diario hay una incómoda carrera donde hasta de África vienen a derrotar a nuestros deportistas de fin de semana y hay ciclistas gravemente accidentados. Una cosa es promover, otra ser dueños de una cultura cívica que permita la coexistencia de conductores de automotores y de ciclistas.

El colmo es observar que en varios estados del país los gobernadores sepultan la cultura y estimulan el deporte. No está mal, todo depende del país que queremos. Sin embargo, si alguien encuentra una manera distinta de promover la cultura, a las autoridades les irrita. Voy al grano. Hasta hace poco funcionó en Insurgentes, casi esquina con Colima, una pulquería, tradición que parecía perdida luego de Diego Rivera y Frida Kahlo. El lugar se llama justamente “Pulquería los Insurgentes”, en el número 226, un tramo feo, sin mucho movimiento. Los dueños y el periodista y promotor cultural de larga militancia en tal tarea, Carlos Martínez Rentería, utilizaron el sitio y la concurrencia de jóvenes deseosos de conocer el sabor de los curados para promover la cultura. Todos los días se llevaban a cabo presentaciones de libros, mesas redondas, recitales de poesía. Especialmente diseñado para jóvenes, era, pues, una ventana refrescante y novedosa para la cultura. En algún momento yo mismo fui a recibir un reconocimiento al que provocativamente llamaron “Homenaje etílico a René Avilés Fabila”. Subieron la invitación a las redes y cayeron chavos de todas partes del DF y hasta de Puebla e Hidalgo. Me acompañaron David Gutiérrez y el propio Carlos Martínez Rentería, para hablar de mis libros y en general de mi carrera literaria. Fue un éxito y yo me sentí muy agusto a pesar de que el pulque no es de mi agrado. Sabedores de este problema, los organizadores me ofrecieron unos whiskies. De las docenas de reconocimientos que he recibido, éste fue el más emotivo y sincero.

Fue un grato momento que aprovecharon varios chavos para preguntarme por libros míos e incluso llevaron algunos ejemplares para que se los autografiara. También contesté inquietudes por alguna cuestión especial, como por ejemplo, mi mala o buena relación con otros escritores. Estimulados por el pulque, como en el pasado ocurría, discutimos temas culturales diversos. Fue una noche memorable.

El lunes me enteré de que el sitio fue clausurado. Las autoridades imaginaron que aparte de curado de tuna y de fresa, había drogas, lo normal en estos tiempos. La verdad es que ni mota encontraron, las drogas eran las deudas de Carlos Ramírez Rentería que gana poco dinero, pero procedieron a cerrarlo porque los vecinos (yo no vi muchos) protestaban por el ruido. Curioso que en esa escandalosa avenida alguien se moleste por el grito o música en un punto poco visible.

Sé que un grupo de escritores que no son abstemios, preparan algunas protestas. Conmigo cuentan. La abstinencia me molesta. Y si las autoridades no beben, pues que empiecen por cerrar restaurantes, bares, cantinas y tiendas que expenden alcohol en cantidades industriales y ahí sí venden droga. Este eterno juego tan mexicano de la doble moral me irrita. Por ello está detenida la discusión sobre la legalización de la mariguana. Y por el mismo motivo padecemos un aumento diario alarmante de criminales haciendo fortunas con las drogas. A mí no me irrita ver ciclistas abstemios ni maratonistas enemigos del alcohol y de la mota. ¿Por qué a ellos sí les molesta que muchos escritores bebamos y que también lo hagan jóvenes que al mismo tiempo se interesan por la literatura? No lo sé. Creo que ahora ni los políticos beben ni leen. Brindan con cocas light para estar a tono con el nuevo rostro del capitalismo y el autoritarismo y toda clase de moralinas para ganar votos y cuando oyen hablar de William Faulkner piensan que es un deportista.

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