Tantadel

diciembre 28, 2015

El viejo e irritante sistema de partidos

Si todavía aceptamos como algo valioso y quizás único la idea de un solo partido, una vez que las clases sociales hayan desaparecido, significa que vamos a contracorriente histórica. El tiempo desechó una idea brillante, parte de una utopía. La humanidad no está hecha para ser regida por partidos únicos. Lo vimos de otra manera durante las monarquías absolutas y su famoso derecho divino, lo volvimos a ver en el comunismo ruso y el fascismo alemán e italiano. Lo vimos en México durante la larga noche priista. Llegó a tales niveles la desesperación que la ira popular estalló en votos sin precedentes para Cuauhtémoc Cárdenas y principalmente para Vicente Fox.

Los países anglosajones viven una realidad de ensoñación: el bipartidismo; en Inglaterra la lucha entre dos bandos igualmente conservadores y en Estados Unidos, la repartición del botín presidencial entre republicanos y demócratas, lo que un maestro mío de la UNAM, llamaba la guerra de la Pepsi-Cola contra la Coca-Cola. Parecen distintas bebidas, en el fondo son semejantes, casi lo mismo. Desde hace algunos años, en la superpotencia se gestan nuevas posibilidades electorales, tarde o temprano aflorarán.

España es todo un caso. Por siglos estuvo supeditada a la monarquía, luego apareció la República, no duró mucho tiempo, volvió la monarquía y finalmente regresó la República para ser aplastada brutalmente por la tiranía fascista de Franco, quien dejó en sus delirios finales, a un rey que resultó más bondadoso (salvo con los elefantes que asesinaba) que democrático. De este modo fue instalado un sistema monárquico conducido por un soberano decorativo, con una costosa nobleza, y un presidente que o bien sale del Partido Socialista Obrero Español o del Partido Popular. Aunque España goza de aceptables niveles de vida, la pluralidad inquieta a sus habitantes. Más todavía, naciones como Cataluña y el País Vasco muestran sus inconformidades con el reino español. Ni se sienten monárquicos y menos españoles: son solamente catalanes y vascos, con idioma propio, historia propia, bandera propia, himno propio, les falta la total autonomía, la que los partidos tradicionales rechazan.

En México hay también una decidida tendencia al multipartidismo. El monopolio priista fue mellado por la fundación del PAN, en 1939, pero es hasta el 2000 que aparecen otras fuerzas y de allí nuevos partidos. Por lo pronto ya no hay absoluta mayoría. Los partidos necesitan de las alianzas para ganar. Todas, aquí, son inauditas, escandalosas. El PRD, por ejemplo, fue formado por ex priistas, ahora mismo lo conduce otro. De hecho, es un organismo que ha estado casi siempre en manos de quienes se formaron en el PRI: Cárdenas, Ebrard, López Obrador y Agustín Basave. Los perredistas siempre se vieron a sí mismos como la “izquierda” porque su núcleo estaba formado por los viejos comunistas, socialistas y trotskistas. Sin embargo pesaron más los de origen priista. Hace algunos meses, le pregunté a Enrique Semo, notable académico marxista, Premio Nacional de Ciencias y Artes, autor de muchos libros, qué le había pasado a la izquierda histórica. ¿Dónde se extravió? Su respuesta, que aquí he consignado, fue escueta y no necesita más explicaciones. Tiene razón mi profesor y camarada. Se perdió cuando el priismo, resentido y oportunista, se sumó al proyecto que desde hacía años buscaban las fuerzas progresistas: conseguir la unidad de los más avanzados, marxistas o no. Su llegada y control sobre el PRD y en general por lo que ahora llamamos izquierda, fue desastrosa. En esos tiempos sólo existía un PRI, ahora hay muchos, tantos como partidos padecemos y ninguno está en la izquierda.

Por años, los perredistas se vieron como la “izquierda”. Al PRI y al PAN los miraban como lo que son, partidos no de centro sino de derecha. Pensaron que eran lo mismo y ambos detestables. Los bautizaron como PRIAN. Pues bien, ahora resulta que no hay tal, que el PRD ha formado alianzas con el PAN y ambas fuerzas, quizás no sus bases, sí los dirigentes, hablan de afinidades ¡ideológicas! y propósitos comunes para gobernar democráticamente, repartiéndose el botín.

Por ahora seguimos en manos de tres partidos mayores y uno que arrancó con fuerza en el DF, el principal bastión opositor al PAN y al PRI: Morena. Ninguno realmente convence y no hemos tenido la oportunidad de hacer surgir, como en España, partidos novedosos, de jóvenes con nuevas ideas, como Podemos, que obtuvo en las recientes elecciones parlamentarias, 69 curules y Ciudadanos que ganó 40 escaños. Nada mal en un reino bipartidista, donde PP y PSOE se repartían el poder.

España ha mostrado el camino de la pluralidad real, con fuerzas ideológicamente conformadas y sin ambiciones personales. Podemos y Ciudadanos, hasta hoy, son parte de un movimiento en verdad popular, que busca nuevas posibilidades para su país y no seguir la ruta de los partidos exhaustos, decadentes. México, por desgracia, no está en los umbrales de tales modificaciones que han sorprendido e inquietado a toda la Europa por completo metida en viejos modelos. Sin duda en España predominarán las alianzas para formar los gobiernos, pero con una monarquía cansada y tediosa, únicamente para las páginas de sociales, es posible que crezcan las nuevas fuerzas políticas y decidan lo inteligente: crear una república multipartidista.


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