Tantadel

diciembre 14, 2015

Estado, cultura y negocios

México ha sufrido profundas transformaciones y el proceso ha sido tan veloz que nadie parece percatarse que muchas son retrocesos. Hablemos de la cultura que estimula el gobierno. Era poderosa y eficaz, el suyo era un propósito loable y había nacido de una profunda revolución social. Por años funcionó, con altas y bajas. En momentos estuvieron al frente de la educación y la cultura figuras monumentales como José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet o Agustín Yáñez. Pero el sistema fue colapsando y pocos se percataron. Si antes los presidentes eran distantes y hasta críticos con la empresa privada, ahora trabajan para los empresarios. El colmo es que el Senado le haya entregado la Medalla Belisario Domínguez a un multimillonario, Juan Bailleres, que puede “amar” a México por los dineros que le ha proporcionado, pero cuyas empresas han contaminado y explotado a trabajadores.

Hablar de cultura y negocios era inusitado. Hoy es común, en las universidades privadas forman profesionistas para obtener recursos para proyectos y empresas culturales. No hay dinero sólo en las artes plásticas, lo hay en todos los rubros porque así lo demandan los nuevos tiempos, lejos de ideologías sociales y dentro de las concepciones capitalistas. Pero si observamos bien las cosas, en tiempos remotos los nobles, con frecuencia adinerados, solían proteger a los escritores, músicos y literatos. Aquel fenómeno fue calificado como mecenazgo y resultó sumamente provechoso para el desarrollo de las artes. La Iglesia católica se especializó en cuidar de las haciendas de los grandes pintores y de los músicos sobresalientes, porque tenían un fin concreto: promover la religión entre el mayor número posible de personas. Las grandes catedrales tuvieron murales soberbios y cuadros sublimes y en sus interiores la música de Bach, Vivaldi o Mozart, conmovía a los fieles.

En México, se prefirió, luego de la Revolución Mexicana, darle al Estado poderes para promover las artes. Esta tarea quedó en manos de la naciente Secretaría de Educación Pública y más adelante en el Instituto Nacional de Bellas Artes. En países socialistas, mientras existieron, mantuvieron una tenaz situación al respecto. Las autoridades estimulaban la creación o la frenaban, según sus intereses políticos. Eso retrasó el avance artístico. La cultura se hizo panfletaria y la libertad de creación se vio dañada. El arte al servicio del Estado fue un desastre en términos generales. Acaso hubo avances musicales, pero eso se debió al carácter abstracto de tal arte.
En México se agotó el arte con mensaje protegido por el Estado. Fueron muchos los artistas plásticos y literarios que rompieron con esa escuela que encabezaron Rivera, Siqueiros y Orozco, orientando a muchos pintores y grabadores. Fue Carlos Mérida, pintor de origen guatemalteco, amigo personal de Klee, Picasso y Modigliani, el primero en caminar hacia el caballete y el abstraccionismo, antes de que la generación denominada la “Ruptura” hiciera de lado al arte con mensaje social.

El resto es complicado y al final los caminos del arte fueron muchos y diversos y el Estado agotó su papel rector de la cultura a pesar de que Conaculta es una fuerte realidad y Peña Nieto creó una Secretaría de Cultura. Al margen de esta situación o quizás por ella, no han sido muchos los empresarios poderosos que han decidido “apoyar a las artes”. Carlos Slim, Jumex y Banamex, por ejemplo, actúan en tal sentido, pero los resultados son discutibles e insuficientes. Es importante que, dentro de un mundo globalizado en el que ha triunfado, no sin resistencias, el capitalismo, se sigan los ejemplos que le han dado prestigio a países como Gran Bretaña y EU, donde los grandes museos y las mayores salas de conciertos, son el resultado de empresarios o patronatos de personas que han logrado hacer grandes fortunas y al mismo tiempo saben el valor de la cultura. En la entrada de esos sitios casi siempre hay una lista de benefactores o de agrupaciones privadas que mantienen la vida y el trabajo de esos recintos. No hay necesidad del Estado. Incluso la edificación o ampliación de un museo, es obra de particulares.

En esta nueva era, en pleno siglo XXI, México se debate en esta discusión. ¿Es tiempo de finalizar y de estimular a los empresarios para apoyar la cultura? ¿México sería mejor receptor de recursos e inversiones si se le ofrece al turismo, una larga cadena de empresas culturales y educativas? ¿No es tiempo de mirar a un Estado exhausto, en pésimas manos? Lo inteligente es fijarse en el futuro y apoyarse en los países que han tenido éxito en esta idea de invertir en cultura. No se trata de comprar cuadros para tener en casa, que es posible hacerlo, sino de impulsar al país promoviendo la cultura. Juan Bailleres, para sus propios fines creó el ITAM, para estimular la economía liberal, que no es precisamente un humanismo.

Llevo a cabo estas reflexiones ya que ha sido creada la Secretaría de Cultura sin una política cultural y considerando que la IP trabaja en cuestiones culturales. Creadores y consumidores tardarán en digerir la nueva situación.

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