Tantadel

diciembre 18, 2015

Gastón García Cantú

El pasado miércoles, durante el cordial desayuno de fin de año de Crónica, quedé sentado junto al talentoso Raúl Trejo Delarbre. Tuvimos una plática rica en matices y de pronto apareció el nombre de Gastón García Cantú. Un intelectual por mí querido y amigo de muchos lustros. Leyó el original de mi novela Réquiem por un suicida y recibí consejos suyos que me orientaron mejor. La conversación me dejó pensativo. Recordé que el Centro de Estudios Filosóficos Vicente Lombardo Toledano hizo una antología de sus memorables ensayos y me pidió el prólogo, un texto que no alcanzó a leer el historiador y ensayista. Tomo de ese extenso trabajo un fragmento para recordarlo como un brillante mexicano que hoy no figura en la lista de los notables de la cultura oficial.

La muerte de Gastón García Cantú produjo una oleada de dolor y de sentimientos encontrados: no es posible sustraerse al fallecimiento de un mexicano excepcional, notable por su obra y su vida ejemplar. Las reacciones fueron diversas y en ningún caso hubo desinterés. Los medios dieron la noticia y periodistas y escritores externaron opiniones que reflejaban la pérdida irreparable que el país había sufrido. Entre las muchas opiniones y comentarios destaca la del científico Eduardo Césarman, quien dijo que Gastón había sido un profundo y rendido enamorado de su patria: “tenía una profesión: amar a México”. Ello, añado yo, no es poca hazaña entre tanta ruina moral como padecemos. En efecto, México fue su gran pasión, quienes lo conocimos y estuvimos cerca de él por diversas razones, lo sabemos. Le preocupaba en consecuencia el avance de la derecha, la globalización, la prepotencia norteamericana y el desplome de los valores nacionales. Para argumentar, inalterablemente recurría a su poderosa inteligencia y a su conocimiento de la historia. Si en esta materia su lucidez era poco común, en literatura llegaba a niveles sorprendentes. Era, en esencia, un crítico literario. Es verdad, su atención se centraba en el estudio del pasado para analizar el presente y vislumbrar el futuro, pero no podía poner distancia con sus orígenes literarios. No olvidemos que Gastón arranca su camino hacia la notoriedad con un libro de relatos francamente hermoso: Los falsos rumores. No sólo ello, su amistad con el poeta Rubén Bonifaz Nuño estaba justamente cimentada por el entusiasmo de ambos hacia dicha manifestación artística. Su prosa excelente y de enorme elegancia prueba que nunca abandonó el respeto por las letras. Recuerdo un desayuno hace muchos años donde estábamos Rubén y yo con Gastón. La plática se centró en la literatura del siglo XIX y principios del XX. Fue un día mágico. Gastón habló como pocas veces (lo he consignado en mi libro de memorias Recordanzas) de novelas y poemas. La mañana dio paso a la tarde, oscureció y en la noche Gastón nos había dado un repaso por el mundo desconcertante y prodigioso de las letras. Rubén y yo, como en la conocida broma de Jorge Luis Borges y Juan José Arreola, pudimos intercalar algunos silencios.

Gastón era un hombre generoso, distante de envidias y muy pasional. Creía en la palabra impresa. Si en el ensayo vemos la presencia de un hombre profundamente nacionalista que analiza con frialdad los hechos, en el periodismo era demoledor. Argumentaba con profunda cultura y encontraba con agudeza los defectos del sistema. Sabía que el fundamento del periodismo es la crítica y allá iba con irremediable inteligencia. Más de una vez se vio envuelto en grandes polémicas y por ese periodismo honrado y agudo, siempre crítico, Gastón se alejó de amigos y colegas, se creó enemigos y también amigos y admiradores que lo miraban desde la distancia que él permitía.

La obra de Gastón es formidable y supone un gran número de páginas, páginas de inteligencia, cultura y devoción por la patria. En tal sentido, nunca estuvo lejos de un pensador de la estatura de Vicente Lombardo Toledano, como él, poblano ilustre, como él, decidido enemigo del imperio y sus atrocidades, como él un hombre en búsqueda de un México más justo y equilibrado.

Gastón García Cantú trató a las grandes personalidades del país. Su relación con Fernando Benítez fue intensa y sólo se acabó porque el primero estaba distante de la frivolidad del segundo. Con Alfonso Reyes fue asimismo una relación próxima, pero en este caso, Gastón veía a Reyes como el maestro de las letras que fue, al hombre sabio y bondadoso, mientras que con otro personaje, Jesús Reyes Heroles, lo ligó el afecto y la admiración (ambos habían escrito obras fundamentales de la historia), pero lo distanciaba la adicción al poder del brillante funcionario. En la polémica con Fuentes, no recibió más que majaderías.

Gastón nació en Puebla en 1917 y murió aquí el 3 de abril de 2004. A pesar de diversos estudios formales, podría decirse que fue autodidacta brillante y agudo, libros como Utopías mexicanas, El pensamiento de la reacción mexicana, El socialismo en México en el siglo XIX y Las intervenciones norteamericanas en México lo convierten en un clásico de la historia. Como periodista fue certero, su trabajo en México en la cultura (Novedades) y en La cultura en México (Siempre!) y más adelante sus artículos editoriales en Excélsior y Proceso lo muestran como un analista crítico del sistema, inteligente y apasionado. Su cultura estaba al servicio de la reflexión política y sus artículos y ensayos eran de enorme profundidad. Vale la pena releerlo.

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