Tantadel

diciembre 04, 2015

Genealogías e ideología

Pocos escritores y artistas se escapan de la manía de escribir sus memorias o trabajos autobiográficos. José Luis Cuevas ha visto al ser humano con rostros semejantes al suyo. Borges respetaba los árboles genealógicos y trazó el propio en relatos espléndidos. No pude ser indiferente a esta manera de apreciar la vida utilizando la primera persona del singular. Al escribir cuentos y novelas el tufillo personal se aprecia, tal como pude notarlo en las recientes lecturas públicas de textos míos, que el INBA llevó a cabo a través de actores afamados: Ignacio López Tarso, Carlos Bracho, Edith González, Juan Ignacio Aranda, Arturo Rosales y otros en diferentes puntos de la República. Escuché la pregunta de algunos asistentes sobre si tal o cual cuento era autobiográfico. Algunos lo son, otros son producto de la imaginación. Al final cuentan por la forma, no por el origen. Mezclo fantasía y experiencias personales y sufren modificaciones al pasar a la novela o al cuento.

Soy hombre de letras. En lo político no me vi jamás como funcionario, me vi, en la militancia marxista, como opositor y crítico del sistema. He visto al Estado como lo que es: un monstruoso Leviatán. ¿En qué lugar cabe una persona de mis características? Únicamente en las universidades públicas, donde existe libertad de pensamiento y cátedra. En ellas me he desarrollado. Cuando me notificaron que la Universidad Popular Autónoma Veracruzana me concedería el Doctorado Honoris Causa, me produjo una honda emoción. Más al ver que en las invitaciones al ritual las autoridades habían hecho imprimir algunas palabras mías: “La única conclusión a la que puedo llegar, después de estos cincuenta años en la literatura, el periodismo y la academia, es que debemos replantear seriamente al país. No sé cómo, porque soy un dinosaurio atrapado en el hielo.”

De mi doble estirpe, Avilés y Fabila, soy más Avilés que Fabila. Entre mis familiares que del Estado de México llegaron al DF, estaban connotados integrantes del fantasmal grupo Atlacomulco, cuando lo conformó Isidro Fabela. No vivían lejos del poder. Yo sí he vivido distante del Príncipe. El primer Avilés que recuerdo, mi abuelo Gildardo F. Avilés solía decir, entre ellos a José Vasconcelos, que él no era subordinado de nadie y sí insubordinado de todos. Prefiero esa conducta, me va bien. Pero conlleva riesgos. Por ello la obra de mi abuelo se ha perdido. A un gobernador veracruzano le di un libro que pensé valdría la pena reeditar (publicado por la antiquísima Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística): la correspondencia entre el discípulo y el maestro, entre mi abuelo y el pedagogo Enrique C. Rébsamen, como ejemplo de los méritos del rancio magisterio. No hubo reacción. Si mi abuelo Avilés, mi padre y algunos tíos Fabila que hicieron tareas importantes en lo suyo han sido olvidados, no creo merecer mejor suerte que la de ellos a pesar de la oleada de homenajes que me han hecho al cumplir 75 años de vida, 50 dedicados a la escritura. Sí hay escuelas que llevan los nombres de mi abuelo Gildardo y de mi padre. Un tío Fabila está en la Rotonda de las Personas Ilustres del Estado de México y allí mismo hay una calle llamada Hermanos Fabila. Pero su recuerdo se borró. El mío lo han puesto en dos bibliotecas, en una preparatoria en Chalco y otra, en la Secundaria 107, “Amado Nervo” en Azcapotzalco.

Mi parte veracruzana parece dominar. Me subyuga el poema y la conducta aguerrida del poeta Díaz Mirón, quien se vanagloriaba de no inclinar ante nadie su “frente altiva”. En México eso tiene un costo y se paga. Nunca he tocado puertas ni adulado a nadie. Me regocijé cuando importantes editoriales comenzaron a publicar libros míos en distintos momentos, luego del escándalo que produjo mi primera novela, Los juegos, en 1967, un libro satírico que me acarreó un sinnúmero de aversiones entre los más afamados intelectuales del país, odio que aún me roza y con frecuencia me agrede. Sin embargo, sin ser religioso, pienso en un versículo bíblico del Deuteronomio: “Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti; por un camino saldrá contra ti, y por siete caminos huirán delante de ti.”

Cuando recibí la Medalla al Mérito Veracruzano y enseguida la UPAV fue más lejos al publicar una edición conmemorativa de mi novela El gran solitario de Palacio, sobre la matanza de Tlatelolco que presencié, escrita en París en 1969 y aparecida en 1970 en Buenos Aires por razones de censura, probé mi capacidad crítica. A pesar de circular a lo largo de más de cuarenta años, mantiene su espíritu fustigador, no obstante, carece de nuevo de editor. La Medalla al Mérito Artístico de la ALDF fue sin duda un golpe de fortuna apoyado por la manía de los legisladores de aprobar sin discusión lo intrascendente para ellos: la cultura. Es posible que la Medalla Bellas Artes por cincuenta años de quehacer literario, sea el punto más alto de mi carrera.

Sobrevivo insumiso en el capitalismo salvaje elegantemente llamado neoliberalismo. No he olvidado el pensamiento de Marx, quien señalaba el flujo y el reflujo en la lucha. Como el mar, las ideas socialistas van y vienen. Se derrumbó una mala puesta en escena, no lo fundamental del poderoso intelectual que dijo, osado y seguro, algo magnífico: Hasta hoy, los filósofos han querido explicar el mundo, yo quiero transformarlo. La idea, hermosa y atrevida, sigue esperando.

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