Tantadel

diciembre 06, 2015

La maravillosa literatura infantil

Mis recuerdos literarios iniciales me envían la imagen de un niño en un mundo sin televisión y con biblioteca en casa. Los primeros textos de literatura que mi familia puso en mis manos eran fantásticos. Cuentos infantiles, historias donde brujas y hadas combaten entre sí, los caballeros derrotan inexorablemente a los representantes del mal, dragones y hechiceros. Blanca Nieves, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, Pulgarcito y Pinocho, princesas encantadas y reyes justos, los valientes caballeros de la Tabla Redonda… Supe asimismo de los piratas de Salgari, de los osados aventureros de Verne, de los delicados personajes de Wilde, de los ingeniosos niños de PerraultAndersen, los hermanos Grimm y de la soledad de Robinson Crusoe. La mayoría de estas historias, llenas de imaginación y fantasía, me fueron leídas por mi madre y una tía. Al comenzar a leer, mamá puso en mis manos varios libros importantes para mi formación, entre otros: La Iliada y La Odisea de HomeroEl libro de oro de los niños y las fábulas de Esopo Lafontaine, los dos últimos en bellas ediciones de Jackson, ilustradas por Doré y los mejores trabajos de Swift. Por los primeros, supe de la mitología griega y eso me marcó profundamente. De otra parte, leí, bajo la influencia de mis abuelos maternos, la Biblia, pero, como eran creyentes liberales, la conocí como texto literario fantástico, no como obra sagrada, muchas de sus páginas me dejaron insatisfecho. Me propuse algún día rehacerla y enmendar muchos aspectos, vaya osadía. Para mí, por ejemplo, David era filisteo, Judas un héroe, Caín sería castigado con severidad: diariamente asesinaría a Abel, Noé un descuidado y olvidadizo a causa de la bebida y el arca un desastre. De este modo fue naciendo El Evangelio según René Avilés Fabila. Por último, recibí como preciados obsequios maternos, libros de terror fantástico: PoeHoffmann,NervalMaupassant, QuirogaLovecraft… Mi padre me dio El principito.
Descubrí que muchos de los cuentos que le permiten al niño consolidar su devoción por la fantasía, al menos antes de las pantallas, se encuentran en Wilde,SwiftLewis Carroll y Verne, estaban más pensados para adultos que para niños aunque, claro, los primeros tienden a perder la imaginación, el gusto por la fantasía y concluyen sus ciclos aficionándose a la realidad. A mí me encantaban como ahora. Al convertirme en escritor utilicé esas lecturas para crear mi propia literatura. Mis personajes y escenarios eran y son variantes de lo que leí. Sigo ignorando, en consecuencia, por qué Margo Glantz me etiquetó como parte de la Onda.
Con rigor, nunca pensé ver un libro mío en manos de un niño. En Buenos Aires, una exitosa autora de libros infantiles me invitó a imitarla, es una bella experiencia, dijo. No seguí sus consejos. Pero una vez, esperando en Chile mi avión para México, hubo una demora. Miré el cielo y de una amplia nube, un trozo se desprendió y pareció, a causa de los vientos, tomar rumbo propio. Imaginé todos los sitios de América que la pequeña nube recorrería en sus ansias por viajar y asombrarse con lo desconocido. Era y es mi único cuento infantil. Se llama La nube viajera.
Años después, de Monterrey, una maestra me escribió felicitándome por mis cuentos para niños. Repuse: “No tengo más de uno”. “No, René, tiene muchos, ya los seleccioné”. La académica hizo una antología con un par de docenas de relatos míos, que ella consideró útiles para promover la lectura entre niños y la Universidad Autónoma de Nuevo León decidió editarla con bellas ilustraciones. Fue presentado en el homenaje que me hizo tal universidad por mis 50 años de escritor.
Lo que hizo aquella distinguida maestra fue seleccionar, de entre todos mis libros, relatos que supuso adecuados para niños. Incluyó, por ejemplo, mis variaciones sobre cuentos que consideramos obligatorios en las listas de textos infantiles que al principio cité y otros que parecían deliberadamente escritos para que los niños se aficionaran a la lectura. Incorporó uno más, inédito, enviado por mí, sobre un diálogo entre un cocodrilo hembra y su hijo. El texto tenía más intenciones ecológicas que la idea de alcanzar a pequeños.
En general no se piensa, al menos yo, en el tipo de lector posible. Uno escribe lo que desea o se le ocurre, y listo. Más en el cine que en los libros he visto imágenes sentimentales de Wilde leyendo cuentos propios a sus hijos. Podría ser, pero yo no tengo hijos ni el gusto por los niños. De allí que jamás piense en lectores infantiles, escribo, en todo caso, repasando aquellos relatos para jovencitos que mi madre puso en mis manos.
He leído multitud de interpretaciones de críticos sobre los cuentos infantiles. Con frecuencia los hallan demasiado violentos para su imaginación no formada sobre valores universales. El de Marc Soriano, Los cuentos de Perraulterudición y tradiciones populares, y el de Jacqueline HeldLos niños y la literatura fantástica: función y poder de lo imaginario, son interesantes y esclarecedores de un fenómeno clave en la educación infantil. Otro me resulta desconcertante:Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim. Nadie puede escapar del análisis sicológico. Pero, como e escrito, pensando en el arte: Poe, sometido a la siquiatría y acaso sanado por un buen científico, hubiera terminado escribiendoMujercitas y no Los crímenes de la rue Morgue. Vaya horror estético.

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