Tantadel

diciembre 13, 2015

Mitos y otros cuentos inquietantes

El problema es que todos los días, cuando intentaba el retorno, un tren infinito le impedía el paso.

Una aclaración innecesaria
En El fogonero, de Franz Kafka, a punto de desembarcar en Nueva York, el joven Karl Romann olvida en el camarote su paraguas. Para regresar a recogerlo le pide a un conocido de viaje le cuide la maleta que contiene sus escasas pertenencias.
La historia de Karl es bien conocida y tiene, podríamos decir, un final afortunado a causa del encuentro  con su tío al que, justamente, va a buscar. Pero ¿y la maleta?, me ha preguntado un amigo inquieto y enamorado de las simplezas. Kafka no dice dónde queda o si la recogen. Es obvio que la respuesta deliberadamente se la ha dejado al lector. Existen varias posibilidades. A) La maleta es robada por el tipo que quedó a cargo de ella. B) El encargado se toma tan en serio su papel que opta por quedarse junto a ella el resto de su vida, pues Karl y su tío han dejado el barco y Kafka el relato. C) Lo más natural: la maleta se queda por allí, al garete, se extravía y alguien muchos años después la encuentra y descubre que es propiedad de Karl, un personaje de Kafka. Lo único que le asombra es que en el interior hay un ejemplar de El fogonero. D) En otra parte del relato que no llegó a escribir Kafka, Karl regresa a buscarla, pero se da cuenta que de nuevo ha olvidado su paraguas, va por él y otra vez se encuentra con el fogonero y con Schubal, con la tripulación del barco y con su tío, Edward Jacob, quien podría ayudarle en “una brillante carrera” en caso de que logre sustraerse a las páginas condenatorias de Kafka y ya no repita más el círculo en que ha caído.
Idea inquietante
Leí un artículo provocador. El autor desarrolla una idea desconcertante: después de Borges, la literatura deja de existir.
Regreso al hogar
Apreciable lector, el siguiente relato breve tiene dos opciones, seleccione la de su agrado.
1: No tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una esposa insufrible, dos hijos latosos y un perro que sólo al verme gruñía agresivo. Por ello decidí cederle el paso al impetuoso ferrocarril. Fue una decisión afortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me quedé del otro lado de la ciudad para siempre.
2: Tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una maravillosa esposa, dos hijos encantadores y un perro que me adoraba. A pesar de mis deseos, fui respetuoso con el ferrocarril y no traté, también por precaución, de adelantármele y le cedí el escandaloso paso. Fue una decisión desafortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me quedé del otro lado de la ciudad para siempre.
Pero si usted ha quedado insatisfecho con ambas posibilidades, brindamos una tercera:
3: No quería regresar, le eran detestables tanto su esposa e hijos como la casa, pero, amante de la legalidad y el orden, necesitaba recuperar sus documentos de identidad, credenciales, pasaporte, licencia para conducir, tarjetas de crédito y chequera, olvidados en el escritorio. Se propuso, entonces, pasar rápidamente y sin consideraciones o formalidades recogerlos. El problema es que todos los días, cuando intentaba el retorno, un tren infinito le impedía el paso.
Mitos
“Georg contempló la imagen terrible de su padre.” Franz Kafka: “La condena”
—Padre, al fin he podido encontrar la forma de quitarte de mi vida. Tantos años de tortura, soportando tus regaños e ironías, a veces tus golpes, tus bromas pesadas y las ofensas que destilabas en cada conversación. No fuiste, como la mayoría, un padre justo y equilibrado; al contrario, fuiste duro en exceso, diría que brutal. De muy niño me golpeabas con facilidad, en la juventud pusiste todos los obstáculos para que yo pudiera tener los amigos que me diera la gana, las novias que deseaba. Fui a una universidad a estudiar la carrera que tú deseabas y no la que más convenía a mi vocación de escritor. Me condenaste al mundo nauseabundo de los negocios y ello me hizo un hombre inseguro, retraído y tímido ante la voracidad de banqueros, empresarios y mercaderes. A la fecha (tengo ya cuarenta años) sigo soltero, en espera de la mujer que me acepte con un padre que se entromete en mi vida diaria. Pero al fin puedo darme la vuelta y encontrarme con un mundo mejor, dejar de lado mi cobardía, rehacer en lo posible mi vida, darle algo de sentido. Sí, padre mío: basta cerrar con fuerza la cubierta del ataúd y dejarte en manos de los enterradores que te esperan sonriendo con absoluta discreción.
Una realidad desconocida
Hace poco leí una penetrante investigación sobre grandes personajes de las letras inglesas del doctor Lewis Huxley, sin parentesco con Aldous. El trabajo hace notar la relación de intensa amistad que hubo entre Sherlock Holmes y Bernard Shaw, hombres opuestos en apariencia, pero que estrecharon sus afinidades, el gusto por la música y el entrometimiento en las vidas ajenas, por ejemplo. Fueron amigos de muchas veladas, a grado tal que el segundo le obsequió al primero un violín Guarnerius en perfecto estado, le ayudó en pesquisas detectivescas, cuando Watson viajaba y Holmes retribuyó a Bernard con más de una opinión positiva para concluir alguna obra de teatro. De ello el doctor Lewis Huxley deja innumerables pruebas y añade una observación definitiva y enigmática: quien ocultó la simpatía, afinidades y aprecio entre ambos personajes fue Sir Arthur Conan Doyle.

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