Tantadel

diciembre 23, 2015

Sacrificios humanos y canibalismo

Para muchos, seguramente para la mayoría, los sacrificios humanos son aborrecibles. Pero ésta es una mirada tardía. En su momento, ninguna sociedad los rechazó, ni siquiera cuando se trataba de canibalismo. En la medida en que los pueblos fueron desarrollándose los sacrificios desaparecieron o, mejor dicho, fueron sustituidos por otro tipo de asesinato, el de la conquista. Los persas, los romanos, los hunos, los mongoles o héroes como Julio César, Alejandro Magno, Napoleón o villanos como Hitler, dejaron a su paso tantos muertos como nunca pudieron sacrificar los aztecas en cien años. Si vemos las cosas dentro del mundo actual, más vidas se perdieron, más sangre fue derramada en nombre de religiones que predican la paz y el amor, que aquéllas que fueron sacrificadas en aras de creencias severas. El sacrificio humano fue parte de un ritual religioso que gradualmente evolucionó hasta desaparecer. O fue sustituido por guerras e invasiones hechas por las potencias.

Nigel Davies escribe en su obra Sacrificios humanos que “en esencia, el sacrificio humano era un acto de piedad. Tanto el sacrificador como la víctima sabían que el acto era necesario para salvar al pueblo de calamidades y al cosmos de derrumbarse”.

Davies no deja de tener razón, todavía a fines del siglo XIX y principios del XX en algunas islas del Pacífico, hoy bajo dominio norteamericano, solían sacrificar doncellas para que los dioses fueran favorables o para aplacar la violencia de volcanes en erupción; a nadie le asombraba la muerte de las jóvenes mujeres. Era una costumbre benéfica para la sociedad. Uno siempre imaginará que la víctima sufría intensamente los instantes previos a la muerte, pero no es así, es imposible comparar el temor de una persona al pie del cadalso, antes de sufrir el peso de la cuchilla de la guillotina o la brutal descarga eléctrica o las balas de un pelotón de ajusticiamiento o la cámara de gases o la asfixia de una soga en el cuello, con los sentimientos de alguien que marcha hacia su muerte para que sus dioses sean generosos y propicios. Mucho más adelante, en nuestra época, vimos pilotos de combate japoneses llamados kamikazes ir gozosos hacia la muerte y a vietnamitas, musulmanes, palestinos e iraquíes dar su vida por la libertad o por la causa en la que creen.

Es ridícula, en consecuencia, tanta estupidez y gazmoñería de aquellos que ven la cultura azteca como criminal y bárbara: actuaron conforme a sus tiempos y a sus valores, del mismo modo que ingleses, españoles, alemanes, franceses, portugueses o norteamericanos han masacrado en nombre de sus respectivos imperios a millones de nativos, compatriotas, colonizados e invadidos en nombre de la fe cristiana, de la “libertad”, la “democracia” y “civilización” o por necesidad de mayor espacio.

El canibalismo es algo distinto. Diego Rivera habló largamente de lo nutritivo que resultaba la carne humana obtenida en alguna morgue, en este caso, una simple carnicería. Escandalizó, ciertamente, pero nadie lo refutó en términos científicos. Era sin duda una broma.

Hay un recuerdo que no me abandona: cuando yo era adolescente, doña Eulalia Guzmán, quien había asumido la defensa de lo prehispánico como un castigo doloroso, le decía a mi padre, también historiador, con mucha aflicción: Nunca, profesor Avilés, los españoles vieron un sacrificio humano en estas tierras. Eran prácticas abandonadas para esos años.

El sacrificio humano era ocasional y con frecuencia los prisioneros de guerra eran ejecutados, lo que equivalía en cierto modo a sanciones y castigos. La Santa Inquisición, que nada tuvo de santa y sí mucho de inquisitorial, en cambio, en nombre de Cristo, asesinó y torturó a miles y miles sólo por sospechar que eran herejes o blasfemos.

El canibalismo sigue apareciendo de vez en cuando en los países de mayor desarrollo económico. De pronto la policía descubre que alguna persona fue devorada como parte del ritual de un hombre desquiciado, la noticia sale en algún diario y obtiene más lectores o alguien escribe un libro que resulta premiado. Es decir, el canibalismo sigue teniendo un resultado, eso sin contar que disminuye aunque sea un poco el exagerado incremento de población que nos ahoga. El cine lo fomenta.

El sacrificio humano nunca es un acto de canibalismo, y éste es una simple y brutal acción gastronómica para paladares muy distintos de los nuestros y culturas diferentes. En lo personal, jamás me comería a un semejante.

Esto nos conduce al mundo de las grandes ideas. Hasta la fecha, Malthus continúa vigente. Sin embargo, en algo falló su teoría. Todas las corrientes de pensamiento moderno, el marxismo incluido, han satanizado al pobre Malthus por sus afanes de querer llevar a cabo un desmesurado control de la natalidad, de intentar la hazaña de ponerle un alto a la fatal consigna de creced y multiplicaos. La población humana crece de manera geométrica, es exacto y allí vemos los resultados: un mundo semidestruido y en vías de extinción.

Si el sacrificio humano es algo obsoleto (ya ninguna deidad los demanda), no ocurre lo mismo con el canibalismo; éste podría ser una loable solución para mejorar la calidad de vida de la humanidad. Los sobrevivientes —tal vez— podrían convertirse en personas útiles y educadas, capaces de crear una cultura universal sólida, distinta a la que hemos padecido todos estos milenios. Pero no lo tomen en serio. Es Navidad, seleccionen pavos y lechones.


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