Tantadel

diciembre 11, 2015

Una Secretaría de Cultura, ¿la necesitamos?

Invitado al programa radiofónico de Alejandro Cacho en MVS, hablé de la creación de la Secretaría de Cultura. Lo primero que el periodista me preguntó fue: ¿por qué una secretaría de esa índole? Lo ignoro, repuse. Imagino que es una aventura que de un lado logre eliminar la imagen que Peña Nieto tiene de enemigo de las artes, resultado del tropezón en la FIL de Guadalajara, cuando no supo responder una muy simple pregunta: ¿Cuáles son sus tres libros favoritos? Del otro, moverse hacia los intelectuales, que poco respeto le tienen, con el fin de estar lo mejor acomodado posible ante la sucesión presidencial y evitar una nueva derrota del PRI. Es, pues, un acto político más que cultural.
La creación de una Secretaría de Cultura es algo novedoso y desconcertante. A cambio, desde hace décadas he escuchado hablar de la ausencia de una política cultural. En lo personal he escrito muchas páginas sobre el tema. Realmente no la hemos tenido con los priistas y mucho menos en los dos periodos presidenciales del PAN, donde padecimos presidentes ágrafos, en particular Fox, quien no sabía ni pronunciar el nombre del más grande escritor argentino, clave en las letras castellanas y autor de una auténtica revolución literaria universal: Jorge Luis Borges. Quienes estuvieron al frente de Conaculta fueron dos mujeres: la primera, Sari Bermúdez, por completo incapaz y frívola; la otra, Consuelo Sáizar, autoritaria y corrupta. Ambas con deficiencias educativas y culturales.

Históricamente la creación del INBA fue un logro y un enorme avance en la promoción cultural. Un golpe político de Carlos Salinas permitió darle vida a una serie de ideas ajenas y resultó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. No hubo, como hoy se acostumbra, alguna consulta. El propósito era uno solo, recuperar a los intelectuales. Las elecciones de 1988 pusieron en evidencia que votaron masivamente por Cuauhtémoc Cárdenas. Era obvio: quienes estuvieron antaño estaban cerca del Estado, compartían el hartazgo de la sociedad. No más PRI. Y dejaron sentir su peso electoral, su poder de convocatoria. Son por lo regular personajes que tienen prestigio y acceso a los medios de comunicación. El Conaculta fue toscamente sobrepuesto al INBA, complicando el movimiento de difusión e impulso cultural, duplicando funciones y confundiendo la administración al depender de la SEP. En suma, hubo mayor burocracia cultural, pero carente de una amplia e inteligente política cultural.

Muy al estilo del viejo presidencialismo, la maquinaria estatal trabajó en la creación del Consejo. Al frente quedó un distinguido intelectual, Víctor Flores Olea, cuyo pasado era marxista. Bien recuerdo sus clases. Fui su alumno en la hoy facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Le añadieron adefesios y el Conaculta sepultó al INBA de excelente reputación hasta ese momento, en cuyas oficinas pasaron los mejores artistas y más prestigiados intelectuales del país.

La creación de la Secretaría de Cultura resulta desconcertante, en los momentos en que el gobierno mexicano es adelgazado, en plena época neoliberal. Podríamos avanzar dándole a la actual estructura cultural una organización inteligente, eficaz y proporcionarle una importante política cultural, resultado de consultas y conversaciones con aquellos que participan en el fenómeno de la creación artística, incluyendo, por ejemplo, a periodistas culturales, reconocidos consumidores de cultura y especialistas que trabajan en universidades. No, salió nuevamente de los políticos.

Lo que más llama la atención es que la futura creación estuvo en manos de legisladores célebres por su ignorancia y desdén a las artes. Aquellos que están al frente de las comisiones de cultura del Senado y la Cámara de Diputados no son destacados lectores ni han escrito algo memorable, tampoco se les ve en galerías de arte ni en salas de conciertos. Son, a lo sumo, políticos del montón. De tal suerte que en unos días, sin complejas discusiones y ninguna opinión inteligente o experta, el proyecto fue aprobado en ambas cámaras, acaso modificando algún renglón, una palabra por otra, y ya: ¡tenemos Secretaría de Cultura! Como en Francia o España, a donde ningún legislador fue a investigar cómo funcionan esas delicadas piezas estatales.

No hay realmente un proyecto inobjetable, tenemos un puñado de opiniones que con frecuencia son ocurrencias. No hay claridad al respecto, pero ya se preguntan quién será el titular del nuevo encargo presidencial. Algunos brindan con ligereza nombres. Otros ven dentro de los funcionarios que ya han trabajado con talento en Conaculta. Tendrá que ser alguien que conozca al presidente Peña Nieto y sepa aconsejarle en una materia que ignora por completo, en un país en manos de un sistema político por completo ajeno a la cultura.

Por lo pronto, el más aliviado es el secretario de Educación: no tendrá nada que le obstaculice sus tareas en beneficio de la niñez mexicana, podrá seguir visitando escuelas descuidadas y concentrarse de lleno en su “vocación magisterial”. Mientras que los eternos pedigüeños intelectuales buscarán congraciarse con quien esté al frente de la novedosa Secretaría de Cultura en busca de beneficios personales.

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