Tantadel

abril 29, 2015

Rogelio Cuéllar, el artista inmenso

La invención de la cámara fotográfica no sólo produjo asombro, creó una nueva forma de arte. Hoy es testimonio y parte fundamental de la estética dentro de una concepción más amplia e inteligente. Quien mejor sugiere una nueva visión al respecto es Gilles Lipovetsky triunfando sobre aquellos que se empeñan en detener el tiempo en los clásicos, sin duda postura válida, pero inactual. La definición de cultura se ha enriquecido.

Algunos de los comentarios más lúcidos sobre la cámara fotográfica le corresponden a Susan Sontag. En su libro Sobre la fotografía, precisa: “El inventario comenzó en 1839 y desde entonces se ha fotografiado casi todo o eso parece. Esta misma avidez de la mirada fotográfica cambian las condiciones del confinamiento en la caverna, nuestro mundo. Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión. Por último, el resultado más imponente del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes”. Tal reflexión me obliga a recordar que durante mis años iniciales, conocí el mundo a través de imágenes. La palabra fue posterior, cuando aprendí a leer. Las tarjetas postales que mi padre me hizo llegar de Italia y Francia fueron un punto clave para entender la magnitud y complejidad del mundo que me rodeaba: Roma y París eran muy distintas a México. Más tarde vi fotografías de otro tipo, que me condujeron a una visión íntima: al conocimiento del cuerpo humano, femenino y masculino. Hasta entonces nunca lo vi con detenimiento, en detalle, no me parecía hermoso, era simple envoltura y nada más. Fueron las fotos de desnudos las que me hicieron reflexionar en el cuerpo como arte, no la pintura curiosamente. Las imágenes que vi fueron de Tina Modotti, ella misma, retratada por su esposo Edward Weston. La mujer artista y revolucionaria fue un asombroso descubrimiento: su plácida y rotunda belleza despojada de ropajes me cautivó.
Pese a las acciones de la censura, la fotografía y el erotismo se relacionaron muy pronto y muy pronto fueron arte, no simple provocación pornográfica. El desnudo es natural, parte de la historia, desde la antigüedad a la fecha, encontramos pueblos enteros que prescinden de ropa o utilizan sólo la necesaria más con fines de protección ante el clima que con motivos púdicos.

Siguen sucediendo cosas inexplicables. El desnudo femenino ha terminado por ser aceptado, ¿y el masculino por qué no? En alguna época dirigí el suplemento cultural, El Búho, donde solíamos mezclar las imágenes con los textos. Los artistas acostumbraban mandar mujeres desnudas. Pero un día un pintor envió el dibujo de un hombre desnudo. Las líneas eran de una enorme belleza y la postura tenía toques románticos. La publicamos. Tanto los directivos del diario como los lectores nos llenaron de protestas. Era posible soportar un cuerpo femenino sin ropas, pero no el de un hombre.

La mojigatería no sólo se ha ensañado con la literatura y la pintura, más recientemente con la cinematografía y la fotografía. De muchas maneras es la continuación de una pugna que nace en Occidente con la consolidación de los valores cristianos impuestos por una clerecía retrasada destinada a manipular los valores antiguos, venidos de muy hondo, de la Grecia Clásica, por ejemplo, y que busca mantener un predominio pleno utilizando paradigmas que ciertamente han funcionado. Nada hay que ocultar del ser humano, así pensaron Johnn Lenon y Yoko Ono al dejarse ver desnudos en su disco Unfinished Music 1: Two Virgins de 1968. La vestimenta es para protegerlo del clima, no para salvar almas. Los más arrojados artistas plásticos se atrevieron a mostrar los cuerpos desnudos, jamás los vieron pecaminosos sino bellos. Admirar la hermosura del desnudo es normal. En México la poeta Griselda Álvarez elogió abiertamente el cuerpo del varón despojado de ropas, para ella la perfección total, plena.

México ha producido fotógrafos de talla internacional, Manuel Álvarez Bravo y Dolores Álvarez Bravo, Pedro Meyer, Héctor García… Entre los que han destacado recientemente tenemos a Rogelio Cuéllar, en búsqueda siempre de la belleza desmesurada. La obra que ahora edita la UAM-X, muestra a un fotógrafo plenamente lúcido, maduro y sabedor del punto donde está la hermosura del cuerpo humano. Preocupado por la experimentación, ha sido capaz de mostrarnos la belleza del amor-pasión, de los seres desnudos, los momentos más notables del encuentro de la pareja. El desnudo es un tema muy frecuente, y siempre provocativo, en la historia de la fotografía: desde que Louis Jacques Mandé Daguerre usó su propio invento en 1839 para retratar esculturas desnudas hasta Rogelio Cuéllar, el cuerpo despojado de indumentarias, expuesto a la atención del público sensible o acaso morboso, las lentes, antiguas y modernas, con instantáneas o cuidadosamente posadas, los secretos del ser humano han sido mostrados. Fue en sus orígenes un negocio, pero asimismo un arte que continuaba la tradición de pintores y escultores de mostrar desnudos. Las relaciones lésbicas, el coito, el pene y la vagina aparecieron con claridad. Las prohibiciones y actos de censuras fueron inmediatas. Igual que todo lo prohibido prosperó y finalmente se convirtió en arte, en erotismo sincero. Como el que ahora hallamos en la obra de Rogelio Cuéllar, una distinguida manera de utilizar la lente.

Rogelio Cuéllar nació artista, consolidó su vocación con la fotografía. En lo personal no lo imagino sin ella desde hace lustros que lo conozco. Me gustan sus fotografías, sabe dónde está la luz adecuada y el momento exacto del clic, lo que no es fácil. Oprimir un botón no es complicado, pero conseguir que esa acción instantánea se convierta en obra maestra, es distinto. Las imágenes de Cuéllar son delicadas, poéticas. Son un paso en la historia de la fotografía, formas innovadoras, aunque viene en línea directa de las imágenes eróticas del viejo daguerrotipo, es visible el avance que corresponde a la visión del mundo moderno, menos conservador y en plena búsqueda de otro tipo de belleza.

abril 27, 2015

Un escritor memorable: Alejo Carpentier

El nombre de Alejo Carpentier es parte íntima de mi biografía literaria. No me atrevería a ponerlo como una influencia sobre mi trabajo, nada más complejo que inútilmente tratar de meterse en su delicado y puro barroquismo, de largas e impecables descripciones, una filigrana prosística impecable. Desde luego que no. Lo es porque desde joven lo leí y amé, porque me orienté cultural y políticamente por sus opiniones inteligentes y porque al final fue generoso con su tiempo y me dejó ser su amigo. No tengo otras pruebas que varios libros suyos con cálidas dedicatorias, a veces llenas del buen humor que lo caracterizaba.
Si he de comenzar por el principio, lo conocí en casa de un importante editor español asociado con Martín Luis Guzmán, supongo que alrededor de 1964. Entre los invitados, no más de siete, estábamos José Luis Martínez, Emmanuel Carballo, Gustavo Sáinz, José Agustín y yo. Oírlo era entrar a un reino maravilloso, de ingenio y sabiduría, inteligencia y buen humor. Narraba sus viajes, encuentros con grandes personalidades y anécdotas que todos festejábamos por la agudeza. Aunque el centro de la plática era la naciente Revolución Cubana y la manera en que esperábamos que cambiara América Latina y quizás África, Alejo intercalaba historias sobre Diego Rivera, Igor Stravinski y André Breton. Los más jóvenes éramos los más callados. Yo esperaba al final entregarle un papel con unas cinco preguntas sobre su literatura. Algunas eran pedantes e insufribles, otras de un simplismo total y todas padecían lo que Lenin pudo calificar como infantilismo de izquierda. No me atreví a darle la hoja de papel escrita en máquina.

Cuando llegué a París a principios de 1970, llevaba mi máquina de escribir, la dirección de Severo Sarduy, los saludos de Emmanuel Carballo para Alejo Carpentier y más nada. Lo busqué en la embajada y pregunté por él. Una secretaria me dijo en perfecto cubano que estaba ocupado escribiendo un prólogo sobre Thomas Mann, imposible recibirme. Dejé un recado. No acababa de salir cuando Lilia, su esposa, me alcanzó: “Chico, espera, una cosa es que no pueda recibirte esta semana, otra que no quiera verte. ¿Qué tienes en tu agenda para el viernes próximo?”. Acabo de llegar, no conozco a muchas personas y sólo tomo el Metro de Place Gambetta a Luxemburgo, donde recibía clases. Quedé en ir a su casa a cenar.

Qué deslumbramiento, acababa de llegar y ya tenía una invitación a cenar con Alejo Carpentier, autor de novelas dentro de la escuela que él mismo creó: lo real maravilloso, como El siglo de las luces, El reino de este mundo, El recurso del método, La consagración de la primavera, El acoso, Viaje a la semilla. Periodista por añadidura, musicólogo y excelente pianista, algo que me confirmaron músicos de la talla de Luis Herrera de la Fuente.

A esa reunión inicial se sumaron muchas otras. Siempre había personajes invitados, recuerdo una noche en que me correspondió sentarme junto a Julio Leparc, entonces celebridad del cinetismo. Evidentemente el eje de las pláticas era Alejo, un momento hablaba de Eremburg, en otro de Picasso y más adelante contaba alguna de las ruidosas bromas de Diego Rivera o de Artaud.

En 1971 obtuve uno de los premios de la Casa de las Américas y fue el pretexto para que Alejo me preguntara si ya conocía Cuba. No, es una pena, respondí. Se puede subsanar, dijo Alejo, y al mes estaba yo en La Habana, recorriendo emocionado sus calles y participando de una legítima euforia popular.

Años después, en Milwaukee, entablé una cordial amistad con el narrador norteamericano de origen cubano, Premio Pulitzer con su novela Los reyes del mambo tocan canciones de amor, Óscar Hijuelos. Lo primero que hizo cuando supo de mi amistad con Carpentier fue preguntarme cómo era personalmente. Le interesaba su prosa narrativa. Del otro extremo, el cubano Cabrera Infante, en su memorable novela Tres tristes tigres, hace una formidable parodia del estilo barroco de Alejo, al narrar la muerte de Trotsky.

Las cosas en Cuba han sufrido modificaciones y poco queda del optimismo revolucionario y de los llamados de Ernesto Guevara para crear el hombre nuevo. Alejo Carpentier ha muerto y a mí me quedan sus libros firmados, su sonrisa franca y su plática que inalterablemente era una clase de la más divertida cultura universal. Hace algunos años visité en La Habana la casa donde vivía su viuda, Lilia, pregunté por ella y un cuidadoso portero me dijo: la señora está muy enferma, no recibe visitas. Me entristeció saberlo.
Supongo que es una ociosidad decir que su valía está más allá de los premios, obtuvo el Cervantes y el Medicis Extranjero, pero no está de más señalar otra pifia de la penosa Academia Sueca: no haberle dado el Nobel a un hombre de especial talento y de serio y distinguido compromiso político.


abril 26, 2015

Un gigante llamado Diego Rivera

En el terreno político, el gran muralista mexicano osciló, tuvo diversas actitudes, todas ellas dentro del marxismo.

a ciudad de Detroit, impulsada justamente por la Ford Motor Company, en 1986 festejó el nacimiento del pintor como uno de los actos más espectaculares, en donde hubo, entre otras cosas, mesas redondas y conferencias sobre la vida y obra de Rivera. Todo concluyó con una magnífica cena de gala: los señores con smoking y las damas de largo, para brindar con champaña por un comunista.
Uno de los caminos por los que llegué al marxismo fue mi admiración porRivera y por Siqueiros. Al primero jamás le vi, me limité a contemplar cientos de ocasiones sus murales y cuadros. Al segundo, lo entrevisté por televisión (Canal 13) y, más adelante, lo traté en Cuernavaca y en París. La lucha política que ambos dieron, en especial Siqueiros, me pareció formidable, parte de un pasado irrepetible.
Diego Rivera en lo político osciló, tuvo diversas actitudes, todas ellas dentro del marxismo. Fue estalinista, pero en algún momento de su vida se acercó a la legendaria figura de León Trotsky, no sólo le ofreció la hospitalidad de su casa, sino que abrazó las posiciones del revolucionario ruso.
Finalmente, Diego se alejó del trotskismo y volvió al seno de la Tercera Internacional. Hasta su muerte, militó en las filas del perseguido, equivocado y heroico Partido Comunista. La suya fue una militancia decidida, no era simplemente un carnet, salía a las calles y combatía por sus ideas.
Quizá su actitud más firme, más decidida, fue el antiimperialismo. En murales, cuadros y proclamas manifestó su aversión por la “última fase del capitalismo”. Tuvo problemas en Estados Unidos y en México, pero jamás modificó su criterio. Sabía de la peligrosidad del imperialismo y lo combatió sin importarle las consecuencias. Tuvo la osadía de aceptar murales en distintos puntos de la Unión Americana, en donde pintó imágenes y símbolos progresistas. ¿Quién no recuerda sus obras solicitadas y destruidas por Rockefeller a causa del mensaje político que destilaban?
La vida de Diego Rivera fue apasionante. Es difícil separar la verdad de la leyenda, como señalaba Ilyá Ehrenburg. Su fabulosa mitomanía lo impide. Pero hay hechos concretos, parte de la historia que nos brinda elementos para juzgar su obra portentosa y su inquieta vida. Ciertamente le correspondieron tiempos complejos, tanto en el arte como en la política. Los comunistas de aquellas épocas eran dogmáticos, sectarios y de una ortodoxia poco común a causa del ascenso del fascismo, de la guerra y de las contradicciones nacionales e internacionales que los condenaban irremisiblemente a una vida de persecuciones y trabajo clandestino y agresiones.
En EU tuvo admiradores, el viejo Henry Ford fue uno de ellos; también tuvo enemigos irreconciliables. Lo más curioso es que dentro de estos últimos estaban comunistas estadunidenses, quienes lo condenaron por “haber pintado en edificios capitalistas”.
Los errores de la Unión Soviética, la fuerza de la Alemania nazi, el deterioro de las potencias europeas, el surgimiento de Estados Unidos como país plenamente imperialista, el cerco tendido a la URSS para estrangular al naciente socialismo, en fin, todo creaba un clima sofocante y la claridad en las luchas políticas y aun artísticas no era lo normal.
Pese a todo, Diego Rivera supo destacar, crear una fuerte leyenda en torno a su personalidad, en donde la política, un arte combativo, las mujeres y las declaraciones truculentas (como aquella de comer carne humana para mejorar el cuerpo y la mente), fueron unos cuantos elementos para escandalizar burgueses.
En un homenaje a Siqueiros, en la entonces Rotonda de los Hombres Ilustres, invitado por el INBA, hablé de la impresión que de niño me produjeron los murales de los llamados tres grandes de la pintura nacional. Ahora no estoy tan seguro de que me causen la misma emoción, en especial cuando a su alrededor únicamente miro turistas bobalicones, frecuentemente yanquis, tratando de descifrar sus mensajes obvios y hasta ramplones, mientras que los mexicanos pasan de largo sin conmoverse.
Lo más curioso en esta relación personal es que estuve en Detroit, en ese inaudito homenaje de cuatro días que la Ford (fiel a la memoria de su creador) le hizo a Diego Rivera. Fui, representando a Excélsior, elegante, tal como me lo exigió el protocolo por la obra de un artista marxista que luchó siempre contra el imperialismo estadunidense. Entre los cientos de invitados (una élite intelectual y artística internacional) no estuvieron, como en el lejano 1932, algunos trabajadores descendientes de los ocho mil obreros que defendieron los frescos de la destrucción que proponían las fuerzas anticomunistas.
Ver la totalidad de la obra de caballete de Rivera reunida en la antigua fábrica de autos, donde están algunos de sus mejores murales, fue algo emocionante en mi vida. Inolvidable.

abril 24, 2015

Arte y comunismo en México 2/2

Otro problema de los intelectuales de la primera mitad del siglo XX, fueron las confusas relaciones con el PCUS y la figura dominante de Stalin. Si bien es cierto que la situación internacional obligaba a cierta coherencia en la guerra contra el fascismo, faltó el espíritu crítico y ello paralizó en más de un punto al comunismo mexicano. Más adelante, la izquierda histórica vivió agobiada por el asesinato de Trotski. Sus camaradas y herederos siempre mantuvieron una total discrepancia con Moscú, mientras que los comunistas, cuyo origen venía de la Tercera Internacional, se sometían con facilidad a los dictados soviéticos en una URSS que había sucumbido a la personalidad de un hombre brutal: Stalin.

No obstante las diferencias del caso, la presencia de León Trotski, y su relación con Diego Rivera y Frida Kahlo resulta de enorme significación para la cultura nacional a causa de las nuevas posibilidades que abre. Imposible dejar de lado en este recuento, el célebre manifiesto “Por un arte revolucionario independiente”, fechado en México, DF, el 25 de julio de 1938, firmado por André Breton y Diego Rivera y probablemente redactado por Trotski y el propio padre del surrealismo. Su repercusión fue significativa, sobre todo por sus aportaciones al análisis serio de una estética marxista derivada no de las aficiones personales de los dirigentes, sino del conjunto de la obra de Marx, de su método y sus grandes intenciones.

Es un hecho, que de todos los marxistas, fue Trotski quien más agudamente trató los problemas del arte y la cultura. Explicó, por ejemplo, la imposibilidad de hacer un arte proletario a causa del breve periodo histórico que le correspondería y por la aspiración a eliminar las clases sociales, o rescató figuras que el estalinismo había condenado, como Céline, al juzgarlo como el gran literato que fue y no por sus simpatías con Hitler.

Las preocupaciones políticas, la amenaza de guerra en el mundo, los éxitos de Hitler y Mussolini y la guerra de España, dejan de lado la idea de definir la política cultural mexicana y proyectarla como arma de lucha social. Otras eran las dificultades principales. El PCM quería, como es normal, un cambio en la estructura económica, pues lo demás, la transformación de la superestructura, viene de modo natural. Pese a todo, los comunistas, aunque algunos lo fueron de modo ocasional, jugaron un papel clave en el desarrollo cultural de México. Repasemos con rapidez algunas de sus grandes creaciones:

La célebre LEAR, Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, fue fundada en 1933 en la casa del artista plástico Leopoldo Méndez. Entre sus integrantes estaban Juan de la Cabada, Pablo O’Higgins, Luis Arenal, Xavier Guerrero, Ermilo Abreu Gómez, Alfredo Zalce, Fernando Gamboa, Santos Balmori, Clara Porcet, Julio Bracho, y muchos más. Como es posible observar, no todos eran comunistas o lo fueron por poco tiempo, pero el peso de quienes provenían de la izquierda marxista era decisivo y muchos escritores y pintores de reconocida militancia comunista internacional, como Rafael Alberti o Pablo Neruda y Nicolás Guillén, tuvieron relación con esta notable agrupación de artistas revolucionarios, del mismo modo que, poco antes, la figura de S. Eisenstein, impresiona a diversos grupos de cineastas mexicanos, mientras filma ¡Qué viva México!

Los primeros presidentes de la LEAR fueron Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas y José Mancisidor. Su lucha contra el fascismo y el imperialismo fue larga e intensa y siempre se le dio a la actividad de los artistas militantes una función social que bien se aprecia en las creaciones de los muralistas. La LEAR tuvo como medios de difusión la Hoja Popular y Frente a Frente, otras dos publicaciones legendarias hechas por artistas e intelectuales comunistas.

La LEAR y otras organizaciones, como la Federación de Escritores y Artistas Proletarios, FEAP, y la Asociación de Trabajadores del Arte, ATA, estaban en manos de comunistas y, en consecuencia, el PCM jugaba un papel fundamental para que la cultura nacional avanzara. El trabajo político de todas estas organizaciones fue excepcional. También contribuyeron a la creación de brigadas culturales que buscaban elevar el nivel educativo y cultural del pueblo: hicieron talleres de arte, funciones de teatro y música; redactaron y editaron libros, volantes, revistas, folletos; celebraron mesas redondas y conferencias sobre diversos problemas de la cultura nacional.

El periodo de Lázaro Cárdenas, 1936-1940, le permite a los marxistas un mayor desarrollo, concediéndole uno de sus momentos de esplendor. En tal sentido, y mucho más adelante, en 1960, la abrupta aparición de la Revolución Cubana sacude al continente y a México le influye de manera notable, sobre todo a sus intelectuales y artistas más jóvenes. La Casa de las Américas y su defensa de una cultura comunista y antiimperialista ofrece una riqueza inusitada, el movimiento estudiantil de 1968 se alimenta de esta conducta, el comandante Ernesto Guevara se vuelve símbolo y mito. Las luchas juveniles y el trágico desenlace, la masacre del 2 de octubre, producen una nueva corriente literaria que algunos suelen denominar “literatura del 68”. Lo que los medios no consiguieron, maniatados como estaban por el Estado, la literatura lo logró.

El Partido Comunista, pese a sus vaivenes y pugnas internas o a su dependencia del PCUS, qué duda cabe, supo darle grandeza a la cultura nacional. Hoy, a muchos años de distancia, ya sin la existencia del socialismo real y con la extinción de los partidos comunistas, los tiempos parecen haber cambiado.

Los abuelos del PRI trabajaron de modo natural por la cultura y de muchas maneras consolidaron la tradición luminosa de un Estado promotor de la cultura. Gracias a eso, para bien y para mal, hoy México cuenta con una enorme estructura cultural, con frecuencia caótica, sin una política clara, que ha utilizado una y otra vez para cooptar intelectuales y artistas y no tanto para desarrollar de forma armónica la cultura y las artes. Esto es poco, acorde con las exigencias de adelgazar al Estado. El sistema en conjunto se aleja con celeridad del arte y la cultura, sobre todo con auténticos trogloditas que se reparten el poder.

abril 22, 2015

Arte y comunismo en México 1/2

Cuando concluyó la etapa violenta de la Revolución Mexicana, muchos intelectuales y artistas miraron los resultados y se preocuparon por el rumbo que ya se vislumbraba: una etapa de caudillos y mucha distancia con la democracia y la justicia social prometidas. Muchos pensaron en la naciente Unión Soviética y centraron su atención en crear el Partido Comunista Mexicano. Era 1919. El año I del socialismo nacional.

Participaron sí numerosos intelectuales y artistas. Pero por desgracia, lo que nunca tuvo fueron masas obreras. El fin fue anticipado por José Revueltas en un libro doloroso editado en 1962, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Luego de luchas estrepitosas y valientes, siguiendo el derrumbe del bloque soviético, el comunismo mexicano se desmoronó y formó sucesivas organizaciones que cayeron en los vicios y defectos del PRI. Sin embargo, en la parte estética, el viejo PC mostró mayor coherencia que otros organismos similares. Siempre existió la idea de definir políticamente la línea cultural, darle un amplio sentido social y poner las mayores expresiones artísticas al servicio del pueblo, de las masas trabajadoras.

Entre los recuerdos personales de mis casi veinte años de militancia en dicho organismo, las tareas que el Comité Central me asignaba en mi célula eran las de diseñar una política cultural. En este trabajo estuve cerca de personajes como Juan de la Cabada y Raquel Tibol. Lamentablemente las células de intelectuales y artistas eran inestables, el propio Comité contribuía a crear cierto desorden al cambiarnos de responsabilidades con rapidez y ligereza. Por ejemplo, de la célula de intelectuales y escritores me pasaron a una de periodistas, centrada en el naciente diario Unomásuno, y al poco tiempo me reubicaron en otra célula, que nacía junto con la UAM-Xochimilco. De allí, por recomendación de Enrique Semo, pasé a formar parte del cuerpo directivo de la legendaria revista de análisis marxista del Partido Comunista, Historia y Sociedad, la que al final dirigí con Sergio de la Peña.
Si el pensamiento socialista en México tiene una larga y hermosa historia (al respecto valdría la pena releer El socialismo en México, de Gastón García Cantú), es la Revolución Mexicana la que permite un mayor avance. Definida por don Jesús Silva Herzog y por los historiadores soviéticos N. M. Lavrov, M. S. Alperovich y B. T. Rudenko como un gran movimiento democrático burgués de acentuadas características nacionalistas y antiimperialistas, con celeridad encontramos uno de los mejores caminos artísticos y culturales: el país disminuye la presencia de la cultura francesa (dominante en aquella época), se redescubre a sí mismo en las clases despojadas y en la lucha que dieron contra la dictadura y por una dignidad nueva. De este modo aparece la novela de la Revolución, la Escuela Mexicana de Pintura, el muralismo, y en la música y la danza surge un rico nacionalismo que le dará prestigio a México.

En esos años los obreros eran escasos y sin formación ideológica, los campesinos una abrumadora mayoría que vivía alimentando el rencor y el deseo de cambio. Madero no era ciertamente Lenin, pero su levantamiento contribuyó a despertar las pasiones de una nación que dormía el inquieto y sórdido sueño de la paz porfiriana. A la Revolución Mexicana pronto se sumarían los aires positivos de una revolución de más empuje en su contenido social y político, en sus intentos de borrar el viejo sistema y de iniciar una vida nueva partiendo del año I del socialismo como lo señala el marxista Víctor Serge.

México no podía ser ajeno a la Revolución Rusa. Los libros de Marx, Engels y Lenin habían llegado a muchas manos. De este modo, en 1919 nace el Partido Comunista, nace con los errores que venían de Rusia, con la notoria ausencia de obreros y con una fuerte presencia intelectual y artística. La personalidad recia de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros es prueba de ello. Su escuela estética, para 1924, es ya una hermosa realidad y la convierten en credo político. En este año, por ejemplo, el Sindicato de Obreros Técnicos Pintores y Escultores crea El Machete, una publicación legendaria dirigida por Rivera, Siqueiros y Xavier Guerrero. Poco más adelante se convertiría en el órgano del Partido Comunista. Si hemos de aceptar los datos que muchos historiadores del tema ofrecen, El Machete llegó, en sus mejores momentos, pese a la persecución y al acoso, a un tiro de 50 mil ejemplares semanales.

Pero El Machete no estaba solo, ni las inquietudes de los artistas e intelectuales eran actitudes frívolas y de simple exhibicionismo. Fueron tiempos violentos y trágicos y los comunistas supieron dar la lucha y soportar la represión. Pronto otras organizaciones culturales aparecieron. Pese a los esfuerzos de los comunistas, en el PC se hallaban muchos artistas e intelectuales, académicos, hombres y mujeres de cultura, el gran ausente era, en efecto, la clase obrera. Pero el hecho de que los más grandes artistas fueran militantes comunistas hacía que las influencias fueran muy amplias y repercutieran en la cultura nacional. La lucha política y económica la llevaban a cabo ellos mismos. Y aquí resulta curioso percatarse de que el arte no era su mayor preocupación, lo era el transformar la estructura de México, modificar las relaciones de producción. En tal tarea ponen su mayor esfuerzo. En este sentido, recordamos más el trabajo de Tina Modotti como aguerrida militante comunista, que como la notable fotógrafa que fue.

abril 20, 2015

¿Persiste el compromiso del intelectual?

Viendo la política mexicana, tendríamos que aceptar que las ideologías han muerto y que la nueva historia se hace con el triunfo de una praxis seleccionada y montada con palabrería. El intelectual no cuenta más. Marx poco habló del compromiso político del intelectual. Más lo hicieron Lenin, de pasada, Trotski con mayor profundidad, y Gramsci estudió las relaciones entre el intelectual y el poder. El estalinismo le dio un peso excesivo y sin duda brutal al compromiso, le pedía demasiado al artista, pero sobre todo le exigía complicidad y silencio, le exigía mentir y la pena de muerte era el castigo a todos aquellos que se negaban a caer en el grotesco juego de Stalin. Por ello, durante décadas, en Europa y luego en América Latina, el tema se discutió infatigablemente con resultados absurdos. De pronto un mediocre poeta resultaba un gran creador por ser un hombre comprometido con las luchas políticas y al revés, un autor de la talla enorme de Borges fue descalificado por la izquierda de su tiempo al comprobársele que no admiraba a los soviéticos ni a los cubanos y sí, a cambio, aprobaba la guerra de Vietnam y la presencia de tiranuelos asesinos como Pinochet. Fue el comienzo de una guerra feroz que el narrador y poeta argentino miró con total desdén, seguro como estaba de su genio, de ser el único escritor del siglo XX que había creado una revolución literaria.

Hace muchos años entrevisté a docenas de escritores mexicanos, a todos les formulé la pregunta que más me gustaba: ¿qué tanto un intelectual debía comprometerse con la sociedad, servir de orientador en el cambio radical? La mayoría se veía a sí mismo comprometido políticamente con la izquierda, ésa que hoy no existe, la que se diluyó con los triunfos perredistas y derivaciones panfletarias como Morena. Augusto Monterroso me contestó preguntándome con agudeza qué le pedía a un bombero: ¿compromiso social o capacidad para eliminar el incendio? La respuesta es obvia: el bombero tiene como principal tarea apagar el fuego. Pero, y aquí estaba mi duda, qué ocurre cuando deja de ser bombero para convertirse en un ciudadano común, es decir, cuando no hay incendios: podría ser un crítico del sistema que mal le paga y lo mantiene en completa indefensión ante los elementos económicos sin control.

Es decir, el intelectual no sólo escribe, hace arte, también reflexiona socialmente y tiene que votar y dar clases y conferencias y hasta opinar sobre política por más ajeno que se diga o sienta a ella. Claro, aquél que se ha metido a trabajar al servicio del sistema no tiene voz o sus palabras carecen de valor o mérito en cuanto al tema político. Pero ¿y los demás? ¿A fuerza deben ser útiles al gobierno esté quien esté allí? ¿Qué necesidad tienen los artistas en vincularse de modo servil al poder? ¿No saben que la historia se recupera del desconcierto que los medios provocan y recapacitará ante la actitud de escritores como un Héctor Aguilar Camín o una Elena Poniatowska, quienes han puesto su talento al servicio de quienes tengan poder y sepan compartirlo?

El gobierno de Fox, sin proponérselo, dio una excelente radiografía de los artistas e intelectuales. Masivamente modificaron sus criterios ideológicos, de priistas más o menos avanzados, se pusieron a sus órdenes. Allí siguieron, en la diplomacia y en la burocracia cultural. Muy atrás quedaron los buenos ejemplos donde los artistas se mezclaban con la política crítica, como Sartre, Alberti, Simone de Beauvoir, Brecht, Bretón, Neruda, Revueltas y Vallejo. Mario Benedetti lo decía de manera más dura: “Se me ocurre que sería muy lamentable para cualquier artista auténtico la mera aceptación de la idea de que una de las posibles funciones de la obra de arte sea la de absolver mágicamente a su creador de todas sus cobardías. El hecho de que reconozcamos que una obra es genial, no exime de ningún modo a su autor de su responsabilidad como miembro de una comunidad, como integrante de una época”.

Es cierto que por ahora son las redes sociales quienes hacen la crítica más aguda y maniquea, pero también es cierto que, por necesidad de tener “héroes” y caudillos, han perdido de vista su tarea de denunciar corruptelas y manejos turbios de un escritor afamado. Hay literatos que hacen su carrera y fortuna a fuerza de adular. La lista es larga y canalla. La miramos en los medios con disfraz de mártires y dueños de la verdad absoluta.
La mayoría de nuestros intelectuales y artistas imaginan que basta con intentar la obra maestra, el resto no importa. Tal parece que el solitario acto de crear (pintar, escribir, componer, esculpir) no fuera un hecho social. Cierto, al escribir una novela o un poema estamos únicamente frente al papel. Pero ese papel, la pluma, la máquina, la computadora, han sido confeccionados por manos de trabajadores explotados y enajenados por sus patrones, líderes sindicales y por la pesada estructura socioeconómica existente. Y si pensamos en esto, la soledad disminuye o cobra un sentido diferente.

   Sin embargo, los tiempos han cambiado, pocos parecen recordar que la política y el arte pueden y deben tener puntos de contacto, pero no en el empleo burocrático y los apoyos materiales traducidos en premios y caricias oficiales, sino en la posibilidad de ser críticos e impulsar los mejores valores de la humanidad.  Nadie debe impedirnos pensar que la historia no recuperará la imagen difícil de aquellos novelistas y poetas que optaron por restarle tiempo a su arte y vivir con larga miseria para ser críticos del país y hacer tareas por todos aquellos que se han convertido en una preocupación fingida: los millones de pobres de México y los conflictos internacionales que nos afectan. Debemos recuperar las obsesiones de los surrealistas, quienes buscaban transformar el arte y también la vida.

abril 19, 2015

Carlos Fuentes, el éxito como vocación

El autor de Aura desdeñó el trono vacante por la muerte de Octavio Paz
A la mayoría de los grandes escritores del siglo XX los conocí a través de mi padre. A otros como RulfoArreolaPellicerBonifaz y Fuentes pude llegar por propio pie. El éxito abrumador de este último, de fantástico cosmopolitismo y elegancia abrumadora, me llamó la atención y, a mis poco más de 15 años de edad, leí La región más transparente, me deslumbró y fui a la librería El Caballito, donde firmaría ejemplares de su novela. Permitió que fuera uno de los primeros en recibir su autógrafo. Salí emocionado y he conservado el ejemplar con amor, se encuentra en el Museo del Escritor.
Fuentes se hizo notar con Los días enmascarados, libro de cuentos que Arreola revisó. En declaraciones iniciales dijo que se iría de México para encontrar las críticas indispensables para saber qué clase de obra hacía. Supuse que era una exageración. Pero lo cierto es que no tenemos una crítica seria que nos haga saber los méritos y los defectos de una novela o un libro de poemas. Emmanuel Carballo, amigo cercano, señaló, parafraseando a Vasconcelos, que leía a Fuentes de pie. Sus panegiristas son miles (a excepción del tonto Carlos Abascal, quien prohibió a su familia leer Aura), y lo estudian en distintas facetas. Pontificaba desde Europa sobre el México que apenas conocía.
El éxito de Fuentes despertó envidias y oleadas de admiración. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo, lo acusó de plagio y hasta dio pistas, tanto en La región más transparente como en Aura; en el primero la presencia del Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente; en el segundo, la de Henry James con Los papeles de Aspern y dio precisiones en un trabajo ciertamente ocioso, que más adelante retomaría Enrique Krauze. Nada ocurrió salvo que no le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Carlos reconocería no el plagio, sí las influencias. En sus primeras fastuosas intervenciones de autor exitoso precisó en Bellas Artes (ciclo “Los narradores ante el público”): que ya tenía alas propias para volar. Desde entonces desdeñó a sus críticos y se hizo amigo de todo aquel que pareciera tener talento. A diferencia de PazFuentes se negó a ser caudillo cultural. Aceptó participar en el reinado de Octavio, pero pronto, a pesar de la influencia de El laberinto de la soledad y de la admiración por Piedra de sol, rompieron abruptamente luego de la publicación de un texto perverso de Krauze, interesante y de tres bandas: El guerrillero dandy. Se acabó la amistad. El novelista se limitó a decir que una “cucaracha” había dado al traste con la espléndida relación.
En su libro autobiográfico, En esto creoFuentes nada dice acerca de sus relaciones con el poder, que las tuvo; tampoco acerca de sus enemistades peligrosas, alardea sus muchas lecturas de los grandes escritores que aplacaron o inquietaron su espíritu. Es parecida a las de Collingwood y Bobbio, autobiografías intelectuales, pero sin el toque de transformador que estas dos tienen. Fuentes respiraba aires de frivolidad. Desdeñó el trono vacante por la muerte de Paz. Como a este “ogro filantrópico” le gustaba el poder y lo ejerció. En México, los intelectuales que gobiernan políticamente a la poco mundana y excesivamente antidemocrática “república de las letras” pertenecen a la estirpe de los intelectuales orgánicos, quienes con habilidad ponen su talento al servicio del poder y reciben méritos exagerados: están sobrevaluados.
Fuentes obtuvo casi todos los premios y reconocimientos con su talento y autoexilio europeo. Podría decir, so pena de ser cursi, que gobernaba espíritus y no personas, que lo respetan o fingen respetarlo. Poco venía a México, y cuando lo hacía era por una razón poderosa: la publicidad. Cultivó esmeradamente su imagen. Daba la impresión de ser insensible o ajeno a las penas familiares. Gracias al infaltable Monsiváis sabemos sus gustos cinematográficos. La fama ante todo. Es leyenda. En París se habla de él, en Viena, Nueva York, Londres o Buenos Aires, no existe país donde no haya libros suyos. No tan célebre como Rivera y Frida, su obra es referencia mexicana o casi, porque un profesor estadunidense decía irónico que era el primer autor chicano. Su elegancia y distinción fueron proverbiales en un mundo que se globaliza en ropa no casual, sino en harapos como los que hicieron célebre a su tocayo Monsiváis. Un reportero lo describió: “Sólo bebe vino blanco y champaña. Le gusta comer en restaurantes donde el trato es cálido y, por ello, en Londres, su lugar preferido es el conocido como La familia...”.
Carlos Fuentes fue capaz de reunir a los partidos en pugna. Lo amaban el PRI, el PAN y el PRD. Cruzó pantanos sin mancharse. Fue embajador de Luis Echeverría en Francia, se desgañitó señalando, junto con Fernando Benítez, que era Echeverría o el fascismo. Renunció al cargo cuando Díaz Ordaz fue nombrado representante de México en España, retornando a la heroicidad contestataria de los tiempos en que visitó a los muchachos rebeldes en París 68. Su éxito hubiera convocado las envidias de ReyesVasconcelos,Guzmán



abril 17, 2015

Mujeres en el poder: Hillary Clinton

El imperio inglés nace realmente como consecuencia del paso de una mujer notable: Isabel I. En Rusia, Catalina hace otro tanto. Las mujeres en el poder no siempre han sido piezas decorativas o damas de compañía de grandes hombres. La lista es larga y fascinante. Las mayores tragedias son culpa de políticos situados en medios conflictivos creados por ellos mismos. Pensemos en las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Los líderes de las potencias en pugna eran todos varones en un planeta que se resistía a concederles el voto a las mujeres.

Algunas de las mujeres que han ocupado lugares de poder, lo fueron como descendientes de monarcas, otras ganaron su fuerza a base de inteligencia y trabajo, de cultura y arrojo. En América, pocas han llegado a la presidencia. Evita Perón se hizo leyenda y conquistó la inmortalidad de una manera peculiar e intensa. Otras como Michele Bachellet y Dilma Rouseff, personajes de izquierda, conquistaron sus altos cargos con esfuerzos descomunales. Su tiempo, el actual, confuso y complicado, oscuro y de capitalismo abrumador ha sido hostil. Cristina Kirchner se ha sostenido en una nación que ha sido más comprensiva con las mujeres.

Estados Unidos, donde todo parece cambiar gracias a la lucha entre dos partidos principalmente: uno de conservadores, el Republicano, y otro de liberales, el Demócrata, tiene ya un presidente afroamericano. Le falta darle la oportunidad a una mujer y ahora está cerca de tener esa posibilidad con Hillary Clinton, quien es de sobra conocida por su inteligencia, cultura y experiencia política. Tiene carrera propia y no ha sido solo la primera dama. Su personalidad es deslumbrante y seguro dará la pelea contra políticos del sexo masculino conservadores y de menos edad que ella. Para muchos siempre se necesita juventud. Debería prevalecer la idea de poseer cualidades como las que la señora Clinton posee. Es una mujer brillante y avanzada en un país que políticamente es atrasado y conservador. Su talento y fina sensibilidad le ayudó a su marido a hacer un muy buen gobierno. Frente a Obama, no tuvo el ímpetu que usó su rival, le faltó audacia y originalidad, había cometido errores, como apoyar a Bush en la devastación de Irak, y su programa o visión de EU no era tan brillante como lo es hoy luego de haber sido secretaria de Estado con Obama.

De otro lado, EU sabe o al menos presiente que las cosas no van bien en ninguna parte, ni en su propio territorio. El American Dream se esfumó, por más poderosa que sea su economía. En distintos puntos del orbe aparecen potencias emergentes y en Medio Oriente se fortalece gradualmente un enemigo inimaginable y profundamente agraviado por el poderío militar norteamericano. Obama no fue lo que esperábamos. Ni siquiera era merecedor del Premio Nobel de la Paz. Los republicanos son ciegos y torpes. Hillary brilla por su lucidez. Tiene claridad sobre el cambio climático, sobre los derechos humanos, el respeto por la comunidad latina y la necesidad de una profunda reforma migratoria, la certeza de que la población gay debe vivir sin problemas legales, sabe negociar, en fin, dentro del abanico de posibilidades políticas norteamericanas, donde hay aspirantes presidenciales de diversos niveles y tendencias, ella es sin duda la mejor opción.

Los rivales republicanos se aprestan a combatirla y desde luego a ganar la Casa Blanca, donde ella vivió ocho años, como dice la falsa cortesía mexicana, salvo mejor opinión, Hillary es la única solución a un país con grandes dificultades, nacionales e internacionales. Su historia brutal, de Destino Manifiesto a ultranza, sus deseos eternos de hegemonía, de potencia universal y eterna, la están llevando a un colapso ante el creciente poderío de China, la unidad Europea, los agravios cometidos en América Latina, en Medio Oriente y en Asia y los deseos de poder de Putin. Por citar un puñado.

Hillary Clinton ha iniciado su campaña en pos de la presidencia, lo ha hecho de modo claro y contundente, mostrando que es una mujer distinta, más segura y experimentada que nunca. Sabe que está frente a su última oportunidad y no piensa desaprovecharla, cuenta con la asesoría inteligente de su esposo, supongo que también con la de Obama y en general del Partido Demócrata y de los sectores más avanzados. En el campo internacional goza de excelente reputación.

La ex senadora dijo en el video donde anunció el arranque de su campaña: “Cada día, América necesita un defensor, y yo voy a ser ese defensor”. Hillary Clinton apela a todos los votantes, con un golpe de audacia e inteligencia, de profundo conocimiento de los problemas norteamericanos y del nuevo mundo que los rodea. Es el tiempo de las mujeres y ella lo sabe y lo aprovechará.

abril 15, 2015

Mi amor por la brevedad literaria

En varios artículos he dejado claro por qué me desconcierta la disyuntiva: obra de gran aliento o brevedad. No he respondido. En los difíciles tiempos modernos, en el poco tiempo que dejan para leer, en los muchos competidores que la literatura tiene (cine, radio, televisión, pasquines, campañas políticas...), el ciudadano pierde horas para transportarse de un punto a otro; el del campo no encuentra una librería en varias leguas a la redonda. Y, como si lo anterior fuera poco, la crisis no tolera la compra de muchos libros al mes. Entonces: ¿por qué insistir en redactar obras de mil páginas o más? ¿No es esto una inconsecuencia o una grosería para los lectores? 

Repasando mis papeles me he encontrado con unos dedicados a Augusto Monterroso, sobre cuya argumentación quiero volver. Al parecer, y la idea estaba más desarrollada en notas anteriores, las grandes extensiones (que tanto fatigaron a Borges, que Marcel Schwob despreció y que Torri, Arreola y Valadés jamás quisieron abordar) impresionan a ciertos críticos y a la totalidad de los lectores. Tito Monterroso, de hermosísimos cuentos-gota en contraposición a las novelas-río, explicaba “que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos…” Me parece que, al revés, el autor de inmensas novelas inacabables en el fondo pretende redactar una historia de media página. La novela no es, como dicen algunos críticos malos, el género rey. Si la literatura fuera una ciencia estaría en el mismo nivel de popularidad Monterroso con sus pequeñeces geniales y Vargas Llosa con sus formidables novelas en dos tomos.

Personalmente, sin afanes críticos, ni como escritor que lo mismo he recurrido a la novela de trescientas cuartillas que al cuento de una línea, como simple lector, amo la brevedad, aunque este amor pasional no haya sido obstáculo para penetrar en mundos densos y totalizadores como los de Balzac, Víctor Hugo o Tolstoi. Considero que los textos cortos sugieren, despiertan la imaginación, lo hacen a uno meditar, reflexionar, paradójicamente, de manera larga y profunda, y esto entre nosotros lo ha probado en demasía el gran artista y maravilloso amigo Edmundo Valadés, quien escribió obras maestras del género breve y nos hizo conocer joyas universales de la síntesis. Ya en mi papel de narrador, a los entrevistadores siempre les he confesado ser más cuentista que novelista. Mi bibliografía, alrededor de 35 títulos, solamente tiene siete u ocho novelas, el resto son cuentos, la mayoría, más de trescientos, de unas cuantas líneas. Lo curioso es que comencé escribiendo un libro largo, Los juegos y al contrario de Juan García Ponce, he ido quitando páginas al texto literario, hasta dejarlo en un par de frases.

Mi respeto a la brevedad no es reciente. En 1970 existía una notable asociación, la Comunidad Latinoamericana de Escritores. El presidente era Carlos Pellicer, y en el resto de los cargos estaban Demetrio Aguilera Malta, Pedro Frank de Andrea, Carlos Solórzano, Ernesto Mejía Sánchez, Manuel Mejía Valera y Fedro Guillén. Para su boletín (el número siete) confeccioné una diminuta antología del cuento breve del siglo XX en México. Al efectuarla descubrí que no abundaban los textos cortos, aun así pude hallar valiosos trabajos de Alfonso Reyes, quien inicia la antología, y de otros como Julio Torri, Juan José Arreola, Ricardo Garibay, Eduardo Lizalde, Andrés Henestrosa, Salvador Elizondo, Carlos Valdés, José Emilio Pacheco y José Agustín. El investigador Lauro Zavala la ha citado como la antología mexicana inicial.

En el año de 1958, José Agustín y yo habíamos descubierto a Rulfo y Arreola y pronto tuvimos en las manos el primer libro de Tito Monterroso: Obras Completas (y otros cuentos). Desde el título estábamos impresionados gratamente. La lectura nos sumergió en un tipo de literatura fantasiosa, de enorme precisión y exactitud, donde las palabras ocupan su lugar adecuado y nada está de sobra. Un finísimo humor complementa la obra. El volumen de cuentos, rápido, llegó a la segunda edición, pero después transcurrieron los años y poco sabíamos del quehacer literario de Monterroso; ocasionalmente sus colaboraciones en revistas y suplementos culturales nos lo hacían presente. Si mal no recuerdo, lo conocí en casa de Manuel Mejía Valera, en una fiesta magnífica en donde estaban José Luis Cuevas, Óscar Chávez y Jaime Torres Bodet.

Diez años después de aparecido su trabajo inicial, Monterroso volvió a publicar: esta vez fue un libro muy importante, La oveja negra y demás fábulas. Utilizando géneros tan antiguos como la misma literatura, Tito creaba algo novedoso: textos que invitan al goce artístico y a la reflexión, siempre en medio del buen humor. Más adelante aparecieron Movimiento perpetuo (1972), Antología personal (1975), en donde el prólogo tiene seis líneas, Lo demás es silencio (1978), La letra E (1987). Los tengo dedicados por el autor, a veces fueron firmados en mi casa, otras en la suya, en un bar o en algún tedioso encuentro de escritores. Buena parte de su trabajo es mezcla de géneros: fábula (rompiendo la forma tradicional), ensayo, cuento, autobiografía, juegos de palabras endiabladamente ingeniosos y la totalidad de esta literatura coloca a Monterroso como a un verdadero grande de las letras, aunque él prefiriera escribir que era pequeño desde pequeño.

Para que esta nota quede completa, añadiré que Augusto Monterroso, a quien no le gustaba el Paraíso (“lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”), me trajo de La Habana, hace años, mi más breve libro editado como una sorpresa para mí por la Casa de las Américas, Los fantasmas y yo: una antología de algunos de los cuentos más pequeños que he escrito sin querer, pues me encontraba absorto pensando en lo  hermoso que sería redactar un libro de mil páginas.

abril 12, 2015

Paz, rey sol en país de sombras

El poeta debe mantener distancia con el príncipe

Hace unos días apareció un reportaje crítico sobre Octavio Paz, insólito en la historia reciente, donde el Premio Nobel ha sido ensalzado hasta la fatiga y con instrucciones de la estructura política mexicana, que de muchas formas encabeza Peña Nieto, sin reparar en gastos. El trabajo (publicado en Emeequis, suscrito por Jacinto Rodríguez Munguía) se refiere a su falsa dimisión del servicio diplomático, la que le abrió las puertas al héroe político, a quien combatió al comunismo de modo enfermizo, confundiendo marxismo con estalinismo. Sin embargo, las “izquierdas” contribuyeron a su glorificación, olvidando las incisivas críticas que Enrique Semo le hizo a Paz en Proceso.
En 1968 escribí por vez primera sobre Octavio Paz, señalé que no había renunciado al cargo diplomático, pidió ser puesto en disponibilidad. Díaz Ordaz, tirano rotundo, lo despidió con soberbia. Adelante, con Paz ya como teórico de Salinas, señalé algunas de sus contradicciones. “Octavio Paz hablaba de que la buena literatura debe ser (es) para la minoría. Pocos lectores son capaces de apreciar un buen texto poético. Imposible estar en desacuerdo. El arte es de élite. Lo que significa que únicamente un puñado entenderá cabalmente a PoundJoyce, y al propio Paz. Tal teoría no es novedosa. Antes de él muchos la han expuesto con largueza. Es difícil que un libro de KafkaProust o Durrell sea cabalmente comprendido por las mayorías, ni en los países socialistas que mejoraron sus niveles educativos. La élite fue mayor, pero el arte jamás ha sido plenamente para las masas.
“En contradicción consigo mismo, Paz se ha empeñado en buscar cada vez más amplios círculos de lectores. Aparece en televisión, es anunciado hasta la saciedad y sus libros están incluso en las tiendas de autoservicio, en cafeterías y restaurantes como Sanborns y hallamos publicidad de sus libros en las mesitas de los bares de esta cadena. Vive obsesionado con la publicidad y no es criticable: es la ambición de todo creador: ser conocido y respetado. Las editoriales que lo publican parecieran no tener más autor que él: impresionadas por su éxito internacional y su peso político en México, lo promueven con un bombardeo salvaje. Una prestigiada empresa anunció en 1994 como ‘novedad’ El laberinto de la soledad, obra de 1950 que mucho le debe al olvidado Samuel Ramos. Acusado de plagio por Edmundo O’Gorman y Emmanuel CarballoOctavio respondió lacónico: El lobo se alimenta de corderos. Cambió de opinión y ahora desea millones de lectores por más incapaces que sean de comprender su poética, a veces compleja. El intelectual dijo: el poeta debe mantener distancias con el príncipe. Lo hizo porque el poder no deseaba su cercanía. Cuando las cosas cambiaron y los sucesivos mandatarios lo atrajeron a fuerza de elogios, el poeta se dejó acariciar y terminó dándole su apoyo a un mandatario perverso: Salinas. No olvidemos que durante su primer informe presidencial mencionó la entrega del Premio Nobel como si fuera parte de su gestión administrativa. Octavio Paz ejerce el poder. Pocos le reprochan tal metamorfosis. Despedaza a sus críticos apoyado por un séquito servil; carece de amigos, tiene súbditos y le temen y aman, como a un brutal dictador. Sus corifeos aparecen lo mismo en medios oficialistas que en los progresistas. Cada cumpleaños, cada fecha que a Paz se le ocurre, es motivo de festejos populares. Esto se llama culto a la personalidad. ¡Pobre de aquel canal televisivo o suplemento cultural que no loe al poeta laureado, pobre del escritor que ponga en duda sus tesis políticas! Recibirá su furia. A este respecto, ver la polémica entre Paz y Jorge Hernández Campos y Ulalume González de León en el diario unomásuno. APaz no lo rodea el cariño y el respeto, lo protege el miedo. No existe otro símil que Stalin. Como el dictador rechaza las críticas, no acepta otras opiniones. Busca la adulación. Ante un puñado de críticos, es incapaz de un acto de humanidad, pleno de soberbia, los ironiza e intenta destruirlos (pienso enVíctor Flores Olea y Carlos Fuentes). ¡Qué pena que alguien tan colmado de honores no una a la inteligencia mexicana, la divida!”.
Murió como jefe de Estado: el presidente Zedillo dio la noticia y comenzó el duelo nacional acentuado al cumplirse cien años de su natalicio. He podido ver a las mayores figuras de la cultura fatigando libros en busca del Paz indigenista, del Paz politólogo, del Paz melómano… Las universidades públicas decretaron duelo nacional para venerar a un enemigo de aquellos que defienden los intereses políticos de las mismas. Somos un país sin espíritu crítico. Señalar errores y defectos de una persona no significa ser su enemigo, sino un enamorado de la verdad. Hallarlo perfecto es una idiotez: eso no existe, todos, en mayor o menor medida, somos de claroscuros.
El poeta debe mantener distancia con el príncipe y algo más: seguiré viendo a Paz como un brillante intelectual reaccionario y anticomunista.