Tantadel

junio 29, 2015

La globalización del terrorismo

El pasado sábado, los titulares de la prensa escrita señalaban que el día anterior ocurrieron actos de brutal terrorismo en diversos países del mundo. Francia entre ellos. En efecto, el terrorismo ya no se produce en un solo país, se ha extendido del mismo modo que el Islam ha crecido más velozmente que otras religiones. La diferencia es que dentro de tal fe, hay sectores radicales que claman venganza por los daños que sus naciones han recibido. Bien observado el fenómeno, la globalización del terrorismo es el resultado de violentas acciones previas de las potencias occidentales, las que, primero las europeas, luego Estados Unidos, han golpeado una y otra vez a las naciones del Medio Oriente. Es, dicho de manera clara y tajante, una contra violencia y como tal, es despiadada. No justificable. Pero hay un momento en que pueblos como los situados en Medio Oriente, agobiados por la explotación e internamente divididos por odios ancestrales, se convulsionan y buscan una salida natural y muy criticada por los daños colaterales. Debido al poderío militar de sus enemigos naturales, principalmente EU e Israel, no quedan sino las acciones bárbaras.
No es tarde para saber quién o quiénes la iniciaron. Los más fuertes, los poderosos, los países que dominan al orbe entero y que buscan mantenerlo bajo control por medios que van desde la dominación económica hasta la militar. El Medio Oriente lleva siglos siendo un botín de las potencias en turno. Bastaría releer Los siete pilares de la sabiduría de T. E. Lawrence para notar que las guerras europeas también se dirimían en territoritos árabes. En tiempos recientes, los árabes siguen en busca de su identidad como una enorme nación-mosaico, pero no logran superar sus diferencias nacionales ni sus peculiaridades tribales, la misma religión es interpretada de mil formas y todas negativas.

EU siempre ha visto con codicia la riqueza petrolera del Medio Oriente y por esa razón los ha dividido e invadido. El poderoso ejército israelí cuenta, así como sus intereses por crecer y dominar a Palestina por completo. A la fecha se ha engullido con nuevos asentamientos más de la mitad del país y el costo de vidas palestinas es alarmante, equivale a un genocidio. Lo grave es que pocos se conmueven por tal situación. Ahora que el Papa ha reconocido a Palestina como Estado, la reacción de Israel es violenta, agresiva en boca de Benjamin Netanyahu. EU no dejará solo a Israel y eso complica más la situación del Medio Oriente. Un problema que fue resuelto por las potencias involucradas, firmando un acuerdo en 1945, aparentemente razonable, pero que a la larga creó multitud de dificultades que tardarán muchas décadas en ser resueltas.

Sólo en un amplio contexto internacional y no únicamente de la zona, es que el problema del terrorismo se puede comprender. La ONU, un organismo de escasa o nula participación, donde la Casa Blanca ejerce un serio y lamentable control, podría reorientar el tema, pero siempre contará con la negativa de la súper potencia norteamericana. La reacción en consecuencia, es lo que ahora llamamos terrorismo. Se ha extendido por la desesperación de varios pueblos. No será fácil eliminar la violencia desesperada y extrema buscando amplias y generosas soluciones que consideren las posturas y exigencias de los afectados. Bombardear pueblos e invadir países no funciona. Allí está, entre otros, el caso de Irak, para buscar “terribles armas de destrucción masiva” que Hussein se supone tenía, las tropas estadunidenses destrozaron el país y ahora disfrutan del negocio de la “reconstrucción”.

La única solución está en las manos de unos pocos países, los que se mueven en la lógica del capitalismo imperante, rudo y decidido. No hay duda, es lejana. La gravedad es que las potencias seguirán hundiendo a los países de Medio Oriente y allí seguirá brotando el terrorismo como una manera cruel de defenderse.

junio 28, 2015

Rulfo, el maestro

Emmanuel Carballo señaló que la humildad del autor de Pedro Páramo, fingida o sincera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de Paz y Fuentes, quienes amaron la publicidad y la utilizaron en su búsqueda de éxito y poder

Estuve bajo la tutela literaria de Juan RulfoFrancisco Monterde y Juan José Arreola, durante más de un año en el legendario Centro Mexicano de Escritores. No fue fácil. De pronto, Arreola se irritaba y dejaba su gracia natural para transformarse en un crítico demoledor o Rulfo se incendiaba y sabía ser mordaz, terrible. Sólo Monterde conservaba la serenidad. La lectura, entonces, se hacía nerviosa, tensa. Yo no padecí los enojos ocasionales y momentáneos del segundo. Sus palabras, a diferencia de las deArreola, no eran chispeantes, pero lograban mayor profundidad. Sabía dar en el punto exacto y mostrar los defectos y virtudes de un texto literario.
En términos generales, y como todo buen profesor, Rulfo no era agresivo con sus alumnos, tampoco complaciente. Se situaba en un razonable tono intermedio. No solía generalizar. Le gustaba recomendar lecturas según las aficiones y tendencias de sus alumnos. Mi generación fue injusta con Rulfo. Buscando una completa ruptura con lo predominante, lo rural, se fue hacia el otro extremo: Arreola y su mundo cosmopolita cercano a KafkaSchwob y Borges.
Rulfo era ajeno a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes amaron pasionalmente y utilizaron en su búsqueda de éxito y poder. Emmanuel Carballo señaló que la humildad de Juan Rulfo, fingida o sincera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Por todo el orbe, Rulfo disfrutó de homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra.
Pocas veces aparecí fotografiado con Rulfo. Recuerdo una, porque la revistaTiempo, dirigida todavía por su fundador, Martín Luis Guzmán, publicó un par de fotografías. Allí aparecemos un grupo de narradores mexicanos en torno a un editor español afamado: la casa es de Paco Ignacio Taibo I y estamos Huberto BatisEmmanuel CarballoFernando del PasoJuan Rulfo y Juan José Arreola, yo y alguien más que se me escapa. El dueño de la editorial nos invitaba a publicar. Comenzaba tal proyecto con Rulfo.
Concluida la beca del Centro Mexicano de Escritores, seguí cerca de Arreola, pero cuando podía me gustaba conversar con Rulfo en un café de Insurgentes. Las pláticas con él no eran intercambios de monosílabos como algunos han dicho, eran clases informales de literatura. Su conocimiento acerca de la novelística mundial era preciso. Una tarde me habló de autores brasileños. Comenzó con Joaquim Machado de Assis, padre del realismo en su patria. Lo desmenuzó situándose en su época. Concluyó con Jorge Amado João Guimarães Rosa. Del primero hizo énfasis en Capitanes de arena y del segundo, habló largamente de Gran Sertón Veredas. Eran monólogos enriquecedores. Hablaba con profundidad de AsturiasCarpentier o de autores europeos poco conocidos en México. Un maestro memorable y una clase magistral camino a su casa, sin mirar a la gente que caminaba a nuestro alrededor. No tenía la firma de Rulfo en sus libros. Para subsanar el error, en mi automóvil llevé por años El llano en llamas y Pedro Páramo en espera del encuentro que me diera su autógrafo. Jamás ocurrió el milagro. A cambio me regaló una foto suya con una hermosa dedicatoria.
Rulfo me hace reflexionar en sus formidables estructuras, en sus bien pensadas historias. Talpa, por ejemplo, un monólogo que apenas dura unos minutos, quizá no más de tres, lo que dura el llanto callado de Amalia en los brazos de su madre. Sin embargo, en este reducidísimo tiempo, encontramos una infinita riqueza de sentimientos y pasiones, un triángulo de perversiones y arrepentimientos, de amor-pasión y crueldad, que ocurre a lo largo de una dolorosa peregrinación en busca de alivio para el hombre que agoniza y debe morir para que florezca una nueva relación. Relatos de compleja estructura que normalmente requerirían de grandes extensiones, Rulfo los consiguió en pocas páginas.
El crítico estadunidense James E. Irby señaló la influencia de Faulkner en OnettiRevueltas y el propio Rulfo. Es probable, particularmente al leer los cuentos del norteamericano como Estos trece y Miss Zilphia Gant, obras breves de temas tormentosos, cuyos andamiajes ponen en entredicho la grandeza de las novelas-río. Le pregunté a Revueltas si ello, en su caso, era cierto y me dijo que en la época en que escribió sus obras iniciales, no leía inglés y Faulkner aún no estaba traducido al castellano. Pero independiente de las afanosas búsquedas de influencias que los críticos padecen, en Rulfo, un genio enigmático, se conjugan los méritos de muchos más narradores, propios y extraños y, sobre todo, la presencia de un universo profundamente mexicano.

junio 26, 2015

¿Una cultura de izquierda?

El pensamiento socialista en México tiene una larga e intensa historia (vale la pena releer El socialismo en México, de Gastón García Cantú), y es la Revolución Mexicana la que permite un mayor avance cultural. Definida por don Jesús Silva Herzog y por los historiadores soviéticos N. M. Lavrov, M. S. Alperovich y B. T. Rudenko como un gran movimiento democrático burgués de acentuadas características nacionalistas y antiimperialistas, con celeridad encontramos uno de los mejores caminos artísticos y culturales: en el país disminuye la presencia de la cultura francesa (dominante en aquella época), se redescubre a sí mismo en las clases despojadas y en la lucha que dieron contra la dictadura y por una dignidad nueva. De este modo aparece la novela de la Revolución, la Escuela Mexicana de Pintura, el muralismo, y en la música y la danza surge un rico nacionalismo que le dará prestigio a México. En esos años los obreros eran escasos y sin formación ideológica, los campesinos una abrumadora mayoría que vivía alimentando el rencor y el deseo de cambio. Madero no era ciertamente Lenin, pero su levantamiento contribuyó a despertar las pasiones de una nación que dormía el inquieto y sórdido sueño de la paz porfiriana. A la Revolución Mexicana pronto se sumarían los aires positivos de una revolución de más empuje en su contenido social y político, en sus intentos de borrar el viejo sistema y de iniciar una vida nueva partiendo del año I del socialismo como lo señala el marxista Víctor Serge. México no podía ser ajeno a la Revolución Rusa. Los libros de Marx, Engels y Lenin habían llegado a muchas manos. De este modo, en 1919 nace el Partido Comunista, nace con los errores que venían de Rusia, con la notoria ausencia de obreros, pero con una fuerte presencia intelectual y artística. La personalidad recia de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros es prueba de ello. Su escuela estética, para 1924, es ya una hermosa realidad y la convierten en credo político. En este año, por ejemplo, el Sindicato de Obreros Técnicos Pintores y Escultores crea El Machete, una publicación legendaria dirigida por Rivera, Siqueiros y Xavier Guerrero. Poco más adelante se convertiría en el órgano del Partido Comunista. Si aceptamos los datos que muchos historiadores del tema ofrecen, El Machete llegó, en sus mejores momentos, pese a la persecución y al acoso, a un tiro de 50 mil ejemplares semanales.

Pero El Machete no estaba solo, ni las inquietudes de los artistas e intelectuales eran actitudes frívolas y de simple exhibicionismo. Fueron tiempos violentos y trágicos y los comunistas supieron dar la lucha y soportar la represión. Pronto otras organizaciones culturales aparecieron. Pese a los esfuerzos de los comunistas, en el PC se hallaban muchos artistas e intelectuales, académicos, hombres y mujeres de cultura, el gran ausente era, en efecto, la clase obrera. Pero el hecho de que ellos fueran militantes comunistas hacía que su influencia fuera muy amplia y repercutiera en la cultura nacional. La lucha política y económica la llevaban a cabo ellos mismos. Y aquí resulta curioso percatarse que el arte no era su mayor preocupación, lo era el transformar la estructura de México, modificar las relaciones de producción. En tal tarea ponen su mayor esfuerzo. En este sentido, recordamos más el trabajo de Tina Modotti como aguerrida militante comunista que como la notable fotógrafa que fue.

Otro problema son las confusas relaciones con el PCUS y con la figura dominante de Stalin. Si bien es cierto que la situación internacional obliga a cierta coherencia en la guerra contra el fascismo, hay que señalar que, en diversos momentos, el PCM se caracterizó por sus discretas actitudes independientes. En este punto se ha conservado una fuerte polémica a causa de la presencia y el asesinato de Trotsky en México. Sus camaradas y herederos siempre mantuvieron una total discrepancia con Moscú, mientras que los comunistas, cuyo origen venía de la Tercera Internacional, se aliaban con facilidad a los dictados soviéticos en una URSS que había sucumbido a la personalidad de una figura política controvertida y brutal como la de Stalin. No obstante las diferencias, la presencia del luchador ruso y su relación con Diego Rivera y Frida Kahlo resultan de enorme significado para la cultura nacional a causa de las posibilidades que abre. Allí está el célebre manifiesto “Por un arte revolucionario independiente”, fechado en México, DF, el 25 de julio de 1938, firmado por André Breton y Diego Rivera, y probablemente redactado por Trotsky y el propio inventor del surrealismo. Su repercusión fue significativa, sobre todo por sus aportaciones al análisis serio de una estética marxista derivada no de las aficiones personales de los dirigentes, sino del conjunto de la obra de Marx, de su método y sus grandes intenciones. Es un hecho, que de todos los marxistas (a excepción de Adolfo Sánchez Vázquez), haya sido Trotsky quien más agudamente trató los problemas del arte y la cultura. Explicó, por ejemplo, la imposibilidad de hacer un arte proletario a causa del breve periodo histórico que le correspondía y por la aspiración de eliminar las clases sociales, o rescató figuras que el estalinismo había condenado, como Céline.

Fueron tiempos de enormes inquietudes y avances culturales.

junio 24, 2015

Alicia Torres Garza, una bella voz rescatada

A pesar de diversidad de dificultades, choques desastrosos con una globalización que impone valores comerciales y oprime a las altas formas de cultura, la buena música y la gran literatura sobreviven. El libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, precisa la contradicción de manera sencilla y brillante. A esta obra, Gilles Lipovetsky responde aceptando lo fundamental, pero añadiendo que la definición de cultura, hoy en día, en el siglo XXI, debe ser más amplia que en el pasado e incorporar nuevas manifestaciones artísticas y revalorar el llamado arte popular. Es obvio que hay una banalización (frivolización, precisa Vargas Llosa) de los medios de comunicación y de los mismos Estados. El arte que podemos llamar clásico se ha defendido de manera individual, tratando de popularizar, de hacer masiva la ópera. Ése podría ser el principio que movió a los “tres tenores” a cantar con estrellas del rock, en medio de ruidosas actividades comerciales.

En México tenemos una situación particular, aquí la educación y el arte fueron desde casi siempre estimulados y fomentados por el Estado. El caso más evidente son los años posteriores a la Revolución Mexicana, cuando José Vasconcelos retoma principios de Justo Sierra y lleva a cabo una reforma profunda del sistema educativo y estimula la creatividad de músicos, artistas plásticos, literatos y bailarines. Los años siguientes fueron de cierto esplendor. Pero entre la fatiga de los herederos de la Revolución, convertidos en neoliberales y el derrumbe del mundo socialista, la idea de adelgazar al Estado se hizo poderosa. ¿Por dónde empezar? Por la cultura, la educación, las artes. El fenómeno ha sido funesto. El país, inmenso productor de grandes voces operísticas, vio cómo sus tenores, barítonos, sopranos y contraltos emigraban en búsqueda de mejores escenarios. México se estaba haciendo un país injusto con sus mejores representantes internacionales.
En la UAM-Xochimilco tenemos claridad del problema y sin tener muchas posibilidades económicas y de infraestructura, verbi gratia, no hay orquestas o grandes escenarios, ni siquiera escuelas para música. A cambio tenemos modestas coordinaciones de extensión que tienen la tarea de incluir la cultura en todas sus formas, tarea complicada cuando no imposible de llevar a cabo. Sin embargo, no somos insensibles ni ajenos a la ópera, en consecuencia, dentro de nuestras reducidas posibilidades, trabajamos para apoyarla. La mejor prueba son los discos que hemos editado, hasta el día de hoy son siete con espléndidos cantantes de talla internacional dentro del título “Grandes voces de la ópera en México”. Con el de Alicia Garza Torres, ya podemos hablar de la seriedad de nuestro apoyo. Comenzamos con el de Maritza Alemán y le siguieron Gilda Romo, Roberto Bañuelas (de quien estamos preparando un libro autobiográfico y un homenaje, puesto que parte de su obra literaria fue editada por la UAM-X), Oralia Domínguez, Guillermo Sarabia y Cristina Ortega. Para ello contamos con el apoyo del cantante Héctor Sosa, del INBA y de la Fonoteca Nacional.

El lunes pasado, la UAM-X y el INBA presentamos el disco compacto de Alicia Torres Garza, quien posee “una voz de soprano lírico ligero, de hermoso timbre, amplio registro y extraordinaria facilidad para filar y emitir en pianísimo”, indica Francisco Méndez Padilla en el cuadernillo que acompaña la grabación. La talentosa cantante hizo una larga y exitosa carrera interpretando óperas y operetas, en México y en Europa. Hizo papeles intensos al lado de Montserrat Caballé, José Carreras y Di Stefano. El mismo Méndez Padilla considera que algunos papeles, como el de Musetta, de La Bohemia, resultaron emblemáticos. Diarios como Excélsior y El Sol de México señalaron el talento de la distinguida alumna de la legendaria Fanny Anitúa. Hoy de nuevo es noticia, tal como lo señaló el diario La Crónica del pasado domingo 21, al destacar que este momento es para “rendirle un homenaje a la soprano Alicia Torres Garza por sus 55 años de carrera”, y señalar sus hazañas operísticas.

Para fortuna de la institución que represento, coincidimos con el admirable tenor Ramón Vargas, cuya carrera ha sido realmente fructífera, notable en el extranjero, quien ahora es director artístico de Ópera en Bellas Artes, su presencia le concede un fuerte impulso al bel canto nacional. La ópera en México reclama mejor trato para recuperar la dignidad de mejores tiempos. Para la UAM-Xochimilco, es muy grato participar en la medida de sus posibilidades, las que trataremos de incrementar con el apoyo de nuestra estación radiofónica.

Las arias no solo fueron seleccionadas por Héctor Sosa y su equipo, quienes realizaron una estupenda labor de recuperación de las grabaciones que encontraron de la soprano. Este valioso trabajo da una clara idea de la belleza vocal de Alicia Torres Garza, cuyo disco compacto nos llenó de orgullo al presentarlo en un recinto de larga historia cultural, como lo es la Sala Manuel M. Ponce.

junio 22, 2015

¿Qué tan difícil es pedirle perdón a un país?

Miguel Mancera acaba de hacer algo insólito: dio a nombre del GDF una disculpa por las víctimas del News Divine. No obstante que él entonces no gobernaba, hizo lo correcto. Algo semejante hay que pedir al gobierno federal, en manos priistas, que se disculpen por la masacre de Tlatelolco. De hacerlo, ganarían el respeto que les falta.

Los criminales nunca fueron juzgados. Descansan, se dedican a sus negocios particulares, siguen en activo o han tenido la muerte piadosa que a los muchachos les negaron el 2 de octubre. Ninguno, al parecer, sufre cargos de conciencia. Nadie hace luz respecto a los trágicos sucesos de Tlatelolco y su secuela de venganzas y castigos. El poder los une. Para que el asesinato no vuelva a repetirse hay que recordar la historia.

Pero si nunca hubo un tribunal de hombres justos para juzgar a los asesinos, las letras se encargaron de ello. La llamada literatura del 68, los libros que reflejan al movimiento estudiantil-popular, como lo denominara Valentín Campa, ha sido la responsable de la magna tarea. Aún no ha sido debidamente jerarquizada y analizada por sus méritos literarios y políticos. No aparece el crítico que se encargue de ese trabajo con rigor y objetividad. Quizá porque en México no existe la crítica literaria en tanto cuerpo especializado. Acaso también porque los acontecimientos aún sangran. No importa que esta literatura testimonial o periodística no esté adecuadamente valuada, el público-lector la ha aceptado y esto es lo importante.

Es probable que no contemos todavía con la gran obra sobre el 68; no obstante, hay un puñado de libros que a veces, sin preocuparse mucho de la estética, reconstruyen a su manera y con sus recursos el año de 1968. En todo caso, parafraseando alguna idea de Borges, podríamos pensar que la literatura del 68 es una sola y su autor es anónimo. Lo que importa en este caso es que la memoria del pueblo no se pierda y sepamos que las luchas por la libertad tienen un precio frecuentemente alto.

Entre los libros aparecidos en México destacan los de Luis González de Alba (Los días y los años), María Luisa Mendoza (Con él, conmigo, con nosotros tres), Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco), Carlos Monsiváis (Días de guardar), Carlos Fuentes (Tiempo mexicano), Octavio Paz (Posdata), el mío (El gran solitario de Palacio), Gerardo de la Torre (Muertes de aurora), Federico Campbell (Pretexta), Arturo Azuela (Manifestación de silencios), Fernando del Paso (Palinuro de México), Gonzalo Martré (Los símbolos transparentes), Alfredo Juan Álvarez (La hora de Babel) y Vilma Fuentes (Ayer es nunca jamás). Los escritores dejaron constancia de su inconformidad por la matanza.

Poco después de 1968, influenciado por el fatídico panorama, tomé la decisión de abandonar México. Obtuve una beca y me fui a París, en donde permanecí tres años. Allí escribí El gran solitario de Palacio. La primera edición fue en Buenos Aires, septiembre de 1971. Mis compañeros de colección eran, entre otros, Haroldo Conti, Carlos Droguett, Antonio Di Benedetto, y Clara Silva. La historia de este libro es curiosa. Lo escribí en París sobre notas que llevaba de México. Me apoyé en apuntes de la matanza de Tlatelolco que presencié y que serían el centro de la novela. La redacté de corrido. Uno de los capítulos, el que narra la muerte de unos estudiantes a manos de soldados, a bayoneta, lo hice durante un viaje en tren de París a Madrid. Al cabo de seis meses estaba terminado. La idea era enviarlo a la Ciudad de México, pero recibí en ese momento una oferta de Buenos Aires; además de la publicación me invitaban a presentarla. Sin titubeos acepté. El título El gran solitario de Palacio, proviene de una frase del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien en plena tormenta política se calificó como un solitario en Palacio Nacional. Me limité a ponerle el adjetivo. Los tiranos siempre están solos dentro de un bestial autoritarismo.

Concebí el libro como un mural. No se trataba solamente de hacer una crónica novelada del 68 ni un testimonio, mi intención era repasar los sesenta años de “revolución institucional” y analizar con ironía la lamentable parodia en que se convirtió. Martín Luis Guzmán la anticipó con genialidad en La sombra del caudillo. Algo más: equiparar a los gobiernos “revolucionarios” con las tiranías latinoamericanas. Crear a un dictador eterno al que cada seis años lo transformaban dándole nueva apariencia y un programa distinto. Antes de escribir la novela releí la escasa bibliografía sobre dictadores: Tirano Banderas, (1927), de Ramón del Valle Inclán y El señor presidente, (1946), de Miguel Ángel Asturias. Luego de 1973 aparecerían Yo el supremo de Augusto Roa Basto; El recurso del método, de Alejo Carpentier y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez.

Peña Nieto y sus asesores deberían pensar e imitar la conducta de Mancera.


junio 21, 2015

Del socialismo utópico al socialismo literario

La Comuna de París fracasó, Marx y Lenin la estudiaron; el segundo organizó una revolución encabezada por un partido proletario.

Utopía es un lugar ideal e inexistente. Moro lo hizo célebre al escribir en latínUtopía  en 1516. El mundo idílico, imposible, dentro de una humanidad imperfecta, suele ser calificado como tal. Es un estado imaginario donde todo funciona bien. Diseñar sitios de completa perfección no es una idea renacentista. En la Grecia clásica, Sócrates habló de ellos y Platón hizo lo mismo en la República, una soberbia obra que marcó a los siguientes grandes filósofos políticos. Por los años en que Moro escribió su hipotética nación,Tomaso Campanella y Francis Bacon prosiguieron con la tarea de crear lugares donde todo era perfecto, sin contradicciones sociales, bajo el predominio de la igualdad y sin tiranos. El primero escribió La imaginaria ciudad del sol; el segundo, Nueva Atlántida, obras imbuidas de un generoso cristianismo inicial. Moro alcanzó mayor notoriedad que otros pensadores utópicos. Todos esos libros están bellamente escritos: una vez que caen en nuestras manos es difícil abandonarlos. Maquiavelo dijo de las utopías: “Repúblicas que no se vieron ni existieron jamás”.
Si aceptamos que en el principio existió el comunismo primitivo, donde la propiedad privada no existía, sino hasta que el primer listo de la historia cercó un terreno o se apropió de una caverna para usos personales, por qué no aceptar la posibilidad de un socialismo utópico, una sociedad donde el bienestar se diera a plenitud y no prevalecieran las desigualdades e injusticias típicas del capitalismo. Novelistas de profesión siguieron esa ruta ante una sociedad intolerante con las propuestas que rompían el orden establecido. Un caso notable es la obra de SwiftLos viajes de Gulliver. Es más evidente en el recorrido de su héroe por el país de los Houyhnhnms, donde los equinos han sabido organizarse de manera ejemplar y diferente al modelo imperante en la Europa del siglo XVIII. Algunos han calificado esos viajes como antiutopías. Los personajes son caballos que carecen de manos prensiles, herramientas, cuando podrían ser monos, que sí las tienen. Swiftparecía intuir la osadía de Darwin, quien editaría El origen de las especies, 1859. El caballo, de gran utilidad a los humanos, es un animal hermoso. El chango, en el mejor de los casos, es gracioso. Difícil aceptar que descendemos de los primates.
Marx y Engels estudiaron las utopías y al descubrirlas admirables avanzaron en sus investigaciones. El segundo lo precisó en su libro Del socialismo utópico al socialismo científico. Aquí, el autor indica que Saint-SimonFourierOwen alcanzaron mayor claridad y fueron capaces de precisar, sobre todo este último, las características que debe tener un nuevo sistema sin clases ni contradicciones. Pero se siguen moviendo en el espíritu de las utopías. No será sino hasta la aparición de las obras de Marx y Engels que se dará el gran salto hacia el socialismo científico, mediante una serie de pasos concretos que harán surgir, de la mano de la clase obrera, una sociedad igualitaria, sin el Estado represor. Varios europeos pensaron que hubo utopías en la América que destruyeron: incas, mayas o aztecas.
Las utopías son variadas. El pedagogo estadunidense Burrhus Frederic Skinner, señala en Las utopías (Salvat, 1973): “Después de todo, el cielo cristiano es una especie de sueño utópico, pero interesa lo suficiente como para que la gente piense en él. San Agustín construyó su utopía (La ciudad de Dios) basándose en la idea del cielo. Cada vez son más las personas que se echan a andar por sí mismas e intentan iniciar un nuevo estilo de vida. Las comunidades hippies tienen, desde luego, ese carácter, pero no duran porque no tienen futuro…”. Sobre el atractivo tema también escribieron WellsUna utopía moderna, y Huxley en Un mundo feliz, pero eran proyectos dentro de una visión capitalista. Orwell destruyó las utopías más recientes al editarAnimal farm y 1984. El socialismo científico rompió con los socialistas utópicos (incluidos ProudhonOwen y Fourier), porque no expresaban en la práctica cómo combatir el capitalismo, aunque reconocieron la importancia del análisis crítico al libre mercado durante la Revolución Industrial.
Cuando llegó el momento de pasar de un socialismo a otro, comenzaron los problemas. La Comuna de París fracasó, Marx y Lenin la estudiaron y el segundo optó por organizar una magna revolución encabezada por un partido proletario. El proyecto triunfó en Rusia, pero lo modificaron tanto que nació imperfecto. No obstante, estuvo cercano al sueño de utópicos socialistas y anarquistas y que apreciamos en la novela Noticias de ninguna parte, de William Morris, 1891, donde aparece una versión de la utopía marxista. Cuando se derrumbó el socialismo soviético, quedaron expuestos los errores y equivocaciones del proceso.
Al ver el pensamiento de MarxEngels y Lenin, bajo el triunfo apabullante del capitalismo a escala mundial, queda como una de las bellas utopías que arrancaron cuando la humanidad se percató que era posible construir un mundo ideal. El socialismo científico, basado en el materialismo dialéctico, hoy es un sueño deslumbrante.

junio 19, 2015

El eterno Juan Rulfo

Juan Rulfo recibe homenajes cotidianos con cada lector que lee sus cuentos o su novela. Provoca deslumbramiento. No requiere festejos oficiales. Nada detiene a esos dos maravillosos, soberbios libros que nos legara el escritor taciturno, de pocas palabras, sombrío, enigmático, de una gran cultura silenciosa, permanente inconforme, riguroso en extremo. Rulfo jamás ha sido olvidado. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa ?y esto es algo fascinante? que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, a José Hernández. En México, pienso, elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos.

Juan Rulfo es un autor que desde el principio impresionó a escritores, críticos y público en general. Joseph Sommers expresa que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino”. En este aspecto, el valioso crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca estudiaron a Rulfo, insiste: “...los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le da universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos. Álvaro Mutis, por su parte, ha contado con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer Pedro Páramo, de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad.” Era, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que apareciera el tema Rulfo. ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de Comala. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura torpe. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Sin embargo, Juan Rulfo sigue siendo enigmático. No he leído muchos trabajos que hablen de él como discreto trabajador del viejo Instituto Nacional Indigenista, desde donde se empeñó en mostrar el dolor de los indígenas y tampoco aquellos que señalen las tareas del Rulfo gremialista, de su labor por defender los derechos autorales en la Sociedad General de Escritores de México, al lado de Rafael Solana, José María Fernández Unsaín y Luis Spota. Y algo más grave, pocos se han ocupado del maestro, del que formó docenas de escritores en el legendario Centro Mexicano de Escritores. Todo se ha concentrado en su complejo universo literario y en su natural tendencia fotográfica. Dicho en otras palabras: hacen falta más investigaciones sobre el genial Rulfo para llegar al corazón del inmenso narrador jalisciense.


junio 17, 2015

Preguntas sin respuesta a Mario Vargas Llosa

e pronto apareció la entrevista anhelada. Me dijeron en la UAM que Mario Vargas Llosa estaba invitado para dictar una conferencia magistral y las autoridades me solicitaban interrogarlo. Polémico hasta en su vida amorosa, como ahora lo vemos, intimida con su talento literario y sus posturas de intelectual crítico, libre de ataduras. Aunque la entrevista era para la televisión de mi universidad, podría transcribirla. Tendría asegurada la primera plana de La Crónica y acaso las puertas del periodismo internacional abiertas. Tal posibilidad me inquietaba. No podía ser apabullado por el novelista, le mostraría lo que Vicente Leñero decía del género entrevista: es un duelo de inteligencias, de cultura. Así que me preparé releyendo a Vargas Llosa. Lo hice con cuidado y anoté las preguntas que yo podría leer sin problemas, puesto que los camarógrafos sólo me tomarían del pecho a la cabeza, el cuestionario estaría en mis piernas. Llegué al estudio donde estaba Mario Vargas Llosa. Lo saludé y con tono pomposo (mamón, realmente) inicié hablando de la importancia de la UAM. Cuando un seguro premio Nobel esperaba las preguntas, me percaté: ¡Carajo, las olvidé en una mesa distante y para colmo no había apagado mi celular! El nerviosismo se adueñó de mí. Temblaba. Perdí la brújula y como pude arranqué. (Parte de la entrevista aparece en mi página web.) Pero las preguntas, oh las preguntas, se extraviaron. Ayer martes las encontré y me dije lleno de valor, las daré a conocer, las dejo como prueba de que sí me preparé, como les recomiendo a mis alumnos, para realizar una aceptable entrevista.

1: Mario: Borges parecía creer que se nace escritor, como un rey nace monarca, ¿usted nació escritor, pues a eso de los 15 escribía y a los 20 años ya publicaba y jamás ha dejado de hacerlo. ¿Cuál es el nacimiento de su vocación literaria, se la dejó la cigüeña o se enamoró de ella a través de la lectura temprana?

2: No hay prácticamente libro suyo, novela, cuento o ensayo, donde no aparezca la política, usted mismo escribe artículos periodísticos sobre el tema, ha sido un decidido crítico de la izquierda y un osado que buscó la presidencia en Perú, como en Venezuela lo hizo con relativo éxito Rómulo Gallegos. ¿Cómo entiende el famoso compromiso político del intelectual?

3: ¿Encuentra una tajante frontera entre la literatura y el periodismo o como piensa Antonio Gala y afirman los teóricos del Nuevo Periodismo son parte de un destino común? Cuando escribe una novela, ¿deja de lado el lenguaje periodístico y a la inversa?

4: Entre Los jefes y El sueño del celta, pasando por La ciudad y los perros, La fiesta del chivo, La casa verde, Conversiones en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La guerra del fin del mundo…, para sólo citar obra narrativa, existen obsesiones y fantasmas que lo siguen, hay notas distintivas que alejan a un libro de otro. ¿Usted se influye a sí mismo, son otros autores que lo estimulan, los hechos que lo circundan y lo impresionan, cómo es el proceso creativo en Vargas Llosa?

5: Me queda muy claro por qué escribió La verdad de las mentiras, allí hay explicaciones, secretos suyos, respuestas, como en Cartas a un joven novelista, ¿pero qué oculta la creación de un hermoso libro como La utopía arcaica, la justa revaloración de José María Arguedas, su punto de vista sobre el indigenismo en Perú como una profunda reflexión política. Para mí al menos es un libro enigmático y de una intensa lucidez sobre un autor poco común. Profundo y poético como sus ríos. ¿Es una vuelta a sus orígenes, cuando de adolescente pensaba con piedad sobre los años de dominación europea sobre el continente? En El sueño del celta hay una crítica elegante y dura al colonialismo o a la explotación de las naciones débiles por las potencias.

6: Con sospechosa frecuencia, críticos y lectores ven al autor y no distinguen su obra de la persona física. Usted lo consigue según se desprende en Cartas a un joven novelista, cuando habla de su admiración por dos obras fundamentales de Céline, El viaje al final de la noche y Muerte a crédito, al tiempo que señala la repugnancia que le produce su antisemitismo y su racismo en general. A Borges muchos dejaron de leerlo a causa de su anti-peronismo y enemistad con el comunismo. ¿Cómo evitar esta lamentable confusión entre la persona y su obra que daña el buen desarrollo de la literatura, al menos dentro de los lectores no muy agudos o excesivamente pasionales en lo ideológico?

Justo en el momento en que Vargas Llosa se puso a mi disposición únicamente atiné a iniciar el diálogo señalándole que su obra estaba teñida de política. Me respondió. “No sólo hablo de política, también del amor y eso me parece más importante.” El resto desapareció de mi maltrecho disco duro.

Al concluir, le di las gracias, le pedí me firmara un par de libros suyos, desaparecí y le pregunté a un amigo qué le había parecido la entrevista. Bien, me respondió como para deshacerse de mí. Si vieran ustedes, amables lectores, lo bien que me siento escribiendo artículos de fondo.

junio 15, 2015

La lucha de la “izquierda” por sobrevivir

Andrés Manuel López Obrador creó su propio partido (de él y de nadie más) para ir nuevamente en pos de la presidencia de la República. Inteligente no es, menos culto, pero posee un agudo instinto político y algo que por ahora no existe en México: audacia, romper reglas con tal de triunfar. Los demás, en especial los priistas, siempre amaestrados dentro de un presidencialismo trasnochado, viven tratando de no saltar las reglas como aquella añeja estipulada por el líder sindicalista Fidel Velázquez: el que se mueve no sale en la foto. Ahora es a la inversa, justamente, el que se queda quieto jamás aparece ni en las selfie.

No hay político que no sueñe con llegar al más alto cargo: la silla presidencial. Pero la abrumadora mayoría declara que le basta con “serle útil a la sociedad”. Una mentira más dentro de un sistema por completo obsoleto, aburrido y escasamente democrático, sobre todo cuando descubrimos que la voluntad suprema viene de una suma de partidos políticos poco escrupulosos. Somos sus peones dentro de un ajedrez rudimentario y de mal gusto.

López Obrador fue un priista recalcitrante, lo que no es grave a los ojos de un imaginario colectivo sin memoria. Lo ven atrevido, retador, dueño de unas cuantas frases y tenaz. Saltó del PRI al PRD y de allí, harto de no ser obedecido ciegamente, formó su propio partido, donde le dicen lo que quiere escuchar. Convirtió al PRD en un cascarón en pugna vejado en su plaza fuerte, el DF. Para ello rompió leyes y atemorizó a las autoridades electorales y federales, a los partidos restantes, con casi una “revolución”. Ahora mira al perredismo y aliados como sus mayores enemigos porque ya no lo aclaman ni lo siguen como autómatas.

Seguido por un puñado de leales se lanzó a la gran aventura política y en la primera elección obtuvo algunos triunfos significativos, sobre todo en la ciudad capital, que ha concentrado su odio en el priismo y es natural: al ser una megalópolis y centro de los poderes, se le pasó la mano en la férrea conducción que utilizaba en sus mejores tiempos. AMLO conquistó delegaciones que estaban en manos de su antiguo partido. Eso deslumbró a ingenuos analistas. ¿Cómo no iba a obtener tantos votos en el DF si lleva años trabajando aquí, si los capitalinos lo ven como a un dios que promete castigos pero también muchos premios a través de un populismo ramplón? Quien diga que el éxito de Morena es un milagro miente o no ha pensado bien en la situación que vive la ciudad donde sus habitantes han sido convencidos de una utopía: la izquierda nos salvará, la izquierda ahora es AMLO, luego él nos sacará del atraso y nos hará justicia social y alejará de la corrupción.

Del otro lado, el PRD, la otra parte de la “izquierda” protesta con timidez o cobardía y se defiende de las brutales críticas de los morenos. No atina a reaccionar ante los votos que perdió a causa de años de la terca corrupción de sus delegados y legisladores. Si bien dentro del espectro “izquierdista”, Morena ya tiene candidato presidencial, no así el PRD. Miguel Ángel Mancera sigue obstinado en decirse “ciudadano”, como El Bronco que luego de militar siglos en el PRI y de ocupar diversos cargos políticos se presenta en calidad de virginal ciudadano y todos le aplauden, como si en realidad acabara de salir de la escuela y empezara en calidad de gobernador sin mayor experiencia política y en consecuencia impoluto.

Mancera tendrá que dejar la pureza del manto protector “ciudadano”, convertirse en el gran líder del partido que lo cobija y ser el dirigente que la izquierda espera para modernizarse y ser vanguardia ideológica. De lo contrario será barrido por la escoba de Andrés Manuel y el PRD verá todavía más reducido su capital político. No quiero decir que Morena vaya a ganar Los Pinos por tener en sus manos media ciudad. Perdió, por ejemplo, Iztapalapa, donde tenía especial interés por su alto número de habitantes (votos) y se ubicó en los últimos lugares en los estados donde estuvo en juego la gubernatura. ¿Qué nos hace pensar que ahora sí llegará a la presidencia en 2018?

Sus rivales de “izquierda” perdieron porque no hicieron un buen trabajo y porque la corrupción los hizo cometer muchos errores. Pero también los tontos aprenden algo y para las elecciones presidenciales, los partidos sobrevivientes tendrán que reorganizar sus huestes y dar mejor pelea, no tanto con reglas sino con una ideología que nos sorprenda y convenza de que en efecto representan a la izquierda y con una moral diferente.

Sin duda todo dependerá, en la llamada “izquierda”, del propio Mancera cuando se decida salir del clóset de “político ciudadano”. En el PRD no hay mucha tela de donde cortar y sí mucho por limpiar. Ahora si Mancera y el PRD no escuchan los claros pasos de López Obrador tras la presidencia y los de Ricardo Monreal en pos del gobierno capitalino, ya serán pisoteados por Morena y adiós PAN, PRI y todos los demás partidos. Comenzará la era de un hombre patológicamente obsesionado por el poder.

junio 14, 2015

Carson McCullers y la literatura sureña 3/3

Describió personajes de una gran complejidad sin recurrir a muchas palabras, sólo ateniéndose a los gestos y movimientos de manos.

Los mexicanos nos sorprendemos del éxito local que pronto alcanzaron algunos de nuestros narradores. Pero Carson McCullers a los 22 años era una celebridad. El corazón es un cazador solitario la reveló como una novelista de talla internacional. Los siguientes títulos sirvieron para confirmar la opinión y extender su fama con traducciones múltiples y versiones cinematográficas.
No es un caso único. Raymond Radiguet falleció poco después de los 20 años. Meses antes había escrito El diablo en el cuerpo, y Rimbaud, sin cumplir 30, enmudeció: todo lo había escrito ya. La perdurabilidad de McCullers se debe no tanto a sus historias terribles como a su fuerza expresiva. En Reflejos en un ojo dorado, dentro de una escena violenta, el capitán Penderton va del tono frío (“Me das asco”) al iracundo (“¡Te mataré!”); Leonora “se quitó el jersey, hizo una bola con él y lo arrojó a un rincón. Luego, con toda intención, fue desabrochándose el pantalón de montar y se lo quitó. En un momento se quedó desnuda junto a la chimenea. Su cuerpo resultaba magnífico frente al fulgor dorado y naranja del fuego. Sus hombros eran tan rectos que las clavículas formaban una línea preciosa y pura. Entre sus pechos redondos había venas azules y delicadas. Pronto alcanzaría su cuerpo la plenitud de una rosa de sueltos pétalos, pero ahora la suave redondez estaba sujeta y disciplinada por el deporte. Aunque permanecía allí de pie muy quieta y plácidamente, había en todo su cuerpo una vibración sutil, como si al tocar su carne rubia se pudiera llegar a sentir el lento y vivo fluir de su sangre lozana”. Una descripción de un fino erotismo, que continúa mientras la extraña mujer se pasea desnuda por la casa con movimientos lánguidos y sensuales, observada a través de la ventana por el perturbado soldado Williams, el personaje más oscuro de McCullers.
Poco más adelante, en la hermosa y sorprendente descripción de la señora Penderton, McCullers escribe: “Leonora Penderton no temía a los hombres, ni a los animales, ni al diablo. A Dios no le había conocido nunca. Si oía el nombre del Señor se acordaba de su padre, que algunas tardes de domingo leía la Biblia. Dos cosas recordaba de aquel libro con claridad: una, que Jesús había sido crucificado en un sitio llamado Monte Calvario; la otra, que en alguna ocasión había tenido la ocurrencia de montar una burra”.
Uno, como escritor, se esfuerza  porque los principios y finales de cada historia sean contundentes, convenzan al lector. Carson McCullers los hacía de manera natural, sin frases grandilocuentes, con una elegante sencillez. Veamos el final de Reflejos en un ojo dorado: “El cuerpo del soldado tenía incluso en la muerte un aire de bienestar cálido y animal. No se había alterado su rostro grave, y sus manos morenas yacían con las palmas hacia arriba sobre la alfombra, como si durmiera”.
La manera en que concluye La balada del café triste, una suerte de epílogo, pues antes hemos dado por concluida la historia de una patética Miss Amelia en un pueblo desolado, donde no hay buen licor y las almas se enferman de aburrimiento, es a la vez desconcertante y mágico: “¿Quiénes son estos hombres, capaces de hacer una música así? Sólo doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos de este condado. Sólo doce mortales que están juntos”.
Los aspectos sicológicos son resaltados con maestría por Carson McCullers. Lo hace, como ha dicho el crítico Straumann, como una sorprendente mezcla de “casos virtualmente clínicos y de una franca narración de horror. Un capitán del ejército sureño que tiene ‘un delicado equilibrio entre los elementos masculinos y femeninos, con las mismas susceptibilidades de ambos sexos y sin las potencias activas de ninguno de los dos’, mata a un soldado a quien lo une una mezcla de amor y de odio, y que durante semanas enteras ha estado observando por la noche a la mujer del oficial”. ¿Y qué decir de la enfermiza relación de Miss Amelia y el jorobado? Quienes han visto en esto una estética del horror no están lejos de la verdad. Como en Poe, lo enfermizo, lo morboso sirve para crear una novedosa y soberbia narrativa.
McCullers puso su enorme talento al servicio del reino de la imaginación y el sur de EU se pobló de figuras fantasmales, inasibles, que vagan por las páginas memorables de una autora tímida, de grandes ojos nostálgicos que, como decía Borges, la sabían escritora. Su obra no tolera otra lectura que la estética. Es probable que con el paso del tiempo el sur haya modificado su apariencia, lo que a nadie le importa; lo que ha quedado para siempre es el misterioso universo que creó con los elementos que le dio su natal Columbus, Georgia. Imágenes como la siguiente, nunca se repetirán: “Era agosto, y el firmamento había estado ardiendo toda el día sobre el pueblo como una sábana de fuego”. Como tampoco el arte prodigioso de una mujer que describió personajes de una gran complejidad sin recurrir a muchas palabras, sólo ateniéndose a los gestos y movimientos de manos, a los impulsos del alma y a rostros como máscaras de gran infelicidad.

junio 12, 2015

Roberto Vallarino, alguien peor que yo

A Roberto Vallarino lo conocí cuando fundamos el Unomásuno. Era joven, agresivo, de mal carácter y arrogante, pero a cambio tenía mucho talento literario y un ojo crítico agudo para las artes plásticas. En algún momento, cuando todo marchaba y el diario crecía en prestigio y calidad, le obsequié mi libro Fantasías en carrusel, una reunión temática de mis cuentos cortos. Hojeó y ojeó el libro y me dijo: “lo leo y te entrevisto”. Cuando días después apareció el trabajo de Vallarino, lo leí con temor. Tenía una amplia entrada cordial y una entrevista breve, pero con preguntas agudas.

Con el tiempo, y a pesar de las diferencias de carácter y grados de violencia, nos hicimos amigos. Bebíamos y yo tenía que tolerar un ego peor que el mío, desatado. Juntos viajamos por el país. Alguna vez supe de una estancia suya en España, donde todos los que trataron con él habían quedado aterrados por sus excesos y disposición para ordenar al que se dejaba.

Pero si como poeta era suave, de bellas imágenes, como ensayista era polémico, claridoso, podríamos decir de modo coloquial, y como articulista o columnista era demoledor, en ocasiones cruel y conseguía aversiones por montones. Le encantaba ser un monstruo aterrorizante. Sin embargo, su poesía y su trabajo sobre pintores y escultores impresionaba. Recuerdo dos ensayos suyos, ambos escritos de manera poco ortodoxa, uno sobre Sebastián, el otro sobre Byron Gálvez, extraordinarios. Las artes plásticas vistas desde la perspectiva de un poeta talentoso que convierte las metáforas visuales en imágenes literarias.

En otro momento, fuimos a Pachuca a un homenaje a Byron Gálvez, nos citamos en algún café de la Condesa y comenzamos a beber, otro tanto hicimos en el trayecto y al final, luego de hablar del trabajo artístico de Gálvez en presencia del gobernador en turno, fuimos a un camerino del teatro donde fue el acto y agotamos otra botella. Yo regresé al DF entre brumas, siempre conducidos por un chofer al servicio del gobierno hidalguense. Roberto se quedó con un grupo de amigos más suyos que míos que años después me topé en Bogotá, músicos encabezados por Jorge Reyes y Ariane Pellicer…

Al final de sus días, todavía joven y enfermo de los riñones, Roberto seguía igual, ni sus males lo detenían, era más bravucón todavía y no se controlaba ante una botella de calidad. Recuerdo que una vez estábamos en casa de una actriz, bebiendo whisky, y yo, por hacer una frase, dije: La gran literatura mexicana no es Carlos Fuentes, sino Juan García Ponce. Eso fue el detonador de un extraño impulso en Roberto, quien sentía una desmedida admiración por esa generación integrada, entre otros, por Juan Vicente Melo, Juan José Gurrola e Inés Arredondo. Tomó el teléfono y marcó. “Juan, Juan, estoy con René Avilés Fabila, quiere decirte algo”. Y me pasó el teléfono. “Hola”, dije con voz tímida a un narrador que tenía tiempo de no ver. Del otro lado de la línea me contestó una voz absolutamente incomprensible, era la de Juan García Ponce ya muy grave y literalmente incapacitado para hablar. Le comenté algunos de sus libros recientes y repetí la idea que había desatado aquel absurdo encuentro y me despedí. Le regresé el auricular a Roberto, quien le dijo que estaba de acuerdo con mi idea y colgó. “Que gracias, que tienes razón”. Seguimos bebiendo.

No era un amigo fácil. Su tendencia era la de crear enemigos, algo que parecía disfrutar. Cuando colaboró conmigo en El Búho, en Excélsior, tuvo una columna escandalosa que tituló “Misantropías”, allí madreó escritores y ofendió a la mitad intelectual del país. Cada domingo yo recibía el periódico y una larga lista de reclamos. Un quejoso fue Ignacio Solares, amigo querido, compañero de generación.

La última vez que bebimos juntos fue un jueves, lo sé bien porque ese día grababa un programa radiofónico en IMER y a Roberto le correspondía ser entrevistado. Fue una plática notable, estaba de buen humor e hizo alarde de cultura y agudeza. Respondió con inteligencia y se burló de cuanto escritor pudo. Concluimos a la una de la tarde y me invitó a tomar una copa a su casa. Oye -lo defendí de sí mismo-: no hace mucho te operaron, tu esposa te dio un riñón, cómo vas a beber. “El whisky no me hace daño”, replicó con los lugares comunes de quienes gustamos del alcohol. “Una vez José Revueltas me dijo que el vino blanco no le afectaba”. “Sí, Pepe, una copa o dos, no tres botellas”. Pero me dejé arrastrar a su casa en Coyoacán y le advertí que sólo estaría hasta las tres de la tarde. De acuerdo. Llegamos a su casa y en minutos acabamos con la botella, pasamos al anís y fumamos mariguana. A las tres en punto, Rosario tocó la puerta y yo, conforme a lo establecido, me despedí de Roberto Vallarino. Cuando abrí la puerta y salí hacia el coche de mi esposa, pude ver cómo abría los ojos y ponía cara de terror: “¿Qué hiciste, qué bebiste? Nos vamos a casa. Imposible ir a la comida”.

No volví a ver a Roberto, supe de su muerte por algún amigo común. De entre tantos colegas y amigos, enemigos o falsas amistades, él era de una enorme sinceridad y su tono brusco era una forma de defenderse de un medio francamente hostil.