Tantadel

agosto 31, 2015

El "nuevo gabinete" de Peña Nieto

AMéxico le encanta el juego de las esperanzas perdidas, cree que en el fondo de la caja de Pandora yace un país fuerte, justo, sin corrupción, con una democracia de carne y hueso y un futuro esplendoroso. Creo que un símil barato puede ayudar: desde que la selección mexicana de futbol llega al torneo que permitirá un campeón, el mejor del mundo, los compatriotas lloran, sufren, festejan por anticipado, gastan fortunas en ir a ver los juegos en Japón o en Alemania, sobre todo rezan para que el “Tri” derrote a los demás equipos y nos traiga a casa el trofeo que nos hará “grandes”. Brasil se lo ha llevado varias veces y sigue siendo un país de pobres, muchos ricos y una burocracia inalterablemente corrupta.

Nos ocurre en futbol, pero lo grave es que nos ocurra en la política. Hemos tolerado por décadas la presencia de un PRI autoritario, majadero, corrupto y sin grandeza. Pero los demás partidos no están mejor y el torneo de las esperanzas perdidas se juega con rigurosa puntualidad. Cada votante piensa en que su partido salvará a la patria. Pero como casi siempre triunfa el Revolucionario Institucional, entonces, resignados, hacemos votos para que el presidente en turno se haga todo un estadista, un Churchill, un Roosevelt, un De Gaulle o un Lázaro Cárdenas. No, llega un hombre todopoderoso, adulado por todo el partido y exaltado por los medios. El culto a la personalidad en México existe en cada partido, pero en Los Pinos han optado por asesinar el espíritu crítico que nos ayudaría mucho para avanzar.

Si la llegada de Peña Nieto para la mayoría de los mexicanos fue vista con simpatía, luego de tres años, esa visión es borrosa y su popularidad disminuye. Los famosos “cambios”, que volvieron a crear imágenes triunfales, ya los vimos y analizamos. Fueron más enroques que el ingreso de políticos de alto rango decididos a entregar un trabajo histórico en bien del país que se ha negado a crecer. Hemos vuelto peligrosamente a la fantástica capacidad de los políticos nacionales para ocupar cualquier cargo a pesar de no tener idea de qué se trata. Basta con ver las hojas curriculares para darse cuenta que son todólogos. Hoy dirigen la secretaría de Fierros Viejos, mañana la que maneja los fierros nuevos y así al infinito. La idea que sobresale es la de administrar aunque no se tenga idea de qué es la diplomacia y cómo se maneja en estos tiempos complejos de globalización o ir a educación pública sin haber visto nunca un maestro y menos conocer a la aguerrida sección 22 o haber dado una clase o mirado por encima el libro de texto gratuito o conocer una escuela en una comunidad en la sierra de Oaxaca, donde no hay ni agua. La UNAM, el IPN, la UAM y demás instituciones de educación superior que para ellos son un lastre: el futuro mexicano está en las pomposas universidades privadas, un negocio que produce mucho dinero y prepara los cuadros que conducirán al país. Olvidan que la edificación de este país partió de modestas escuelas normales y llegó a las universidades públicas. Ahora un todólogo, proveniente de escuelas privadas al servicio de Peña Nieto nos dirá, luego de recortarnos el presupuesto, cómo conducirlas.

Al contrario de su paisano, Adolfo López Mateos, Peña Nieto ni tiempo tuvo de conocer a la nación; llegó al poder mediante una enjundiosa campaña del PRI y un decidido apoyo de medios electrónicos, ayudado por los errores de los demás partidos. El primero integró un gabinete de auténticos especialistas, se rodeó de intelectuales y los escuchaba y pese a sus defectos y errores, los propios de la época, fue un gobernante preocupado por el bienestar de su país intentando hacer historia. Una lista de sus conquistas arroja cifras benéficas que en los tres años que le faltan al actual mandatario, no alcanzará a heredarnos. Con los cambios que llevó a cabo en la soledad palaciega, no tomó ni siquiera en cuenta las voces de la nación, sus sentimientos, como decía Morelos. Lo principal es dotar al inefable PRI de aspirantes presidenciales, un puñado, sí, pero con la idea de que los mexicanos los conocieran y algo más ridículo, que ellos conocieran al país. Y verán los jóvenes genios lo que es enfrentarse a la sociedad cada vez más harta del autoritarismo y de la incapacidad de salir de la corrupción, la miseria y las injusticias.

Pensar en José Antonio Meade tan sólo porque ha sido panista y ahora es priista y ha pasado por cuatro secretarías en seis años, es aceptar que México es una buena broma. Será interesante verlo, egresado de escuelas particulares, defender a los millones de pobres que luchan por una vida digna, y por una alimentación adecuada, luego de visitar cancillerías distinguidas y conversar con personajes sofisticados. Lo mismo sucede con Aurelio Nuño, por citarlo azarosamente en un gabinete sacado de la chistera, donde todos llegan a aprender y ninguno a enseñar, quien con una formación parecida, tratará de enterarse cómo funciona de cerca la educación pública. ¿De este asombroso gabinete saldrá el candidato presidencial de Enrique Peña Nieto? Habrá que buscar la aguja en el pajar ciudadano.

agosto 30, 2015

De Quincey, Poe y Baudelaire, espíritus afines (2/3)

El resultado que obtenían los fumadores de opio era sorprendente. Algo más que limitarse a escuchar la orquesta e imaginar trazos.

¿Pero qué tienen que ver las drogas y el alcohol con la música y el arte en general? Pienso, basándome en las lecturas de Baudelaire y De Quincey, que son importantes porque, entre otras cosas, aguzan el oído y la vista y permiten multitud de interpretaciones distintas de lo escuchado o de aquello que los compositores imaginaron al escribirlas. No fueron las tesis de su contemporáneo, el notable musicólogo Eduard Hanslick (De lo bello en la música), que descartaba los sentimientos en la música y rechazaba la posible estética de los “sueños opiáceos”; tampoco las de Wagner, quien veía la poesía en la ópera ni las de Copland al recomendar cómo escuchar una sinfonía o un quinteto.
Al respecto, vale la pena cederle la palabra al propio De Quincey: “El difunto duque de Norfolk solía decir: ‘El lunes próximo, si el viento y el tiempo lo permiten, me emborracharé’; del mismo modo, yo solía fijar de antemano para un tiempo dado la frecuencia, cuándo y con qué circunstancias accesorias y detalles agradables perpetraría una incontinencia de opio. Esto me ocurría raramente más de una vez cada tres semanas, pues en aquella época no podía aventurarme a pedir a diario (como hice después) ‘un vaso delaudanus negus caliente y sin azúcar’. No; una vez cada tres semanas era suficiente; y el día elegido era un martes o un sábado por la noche; mis razones para ello eran éstas: martes y sábados eran los días en que durante muchos años se celebraban funciones nocturnas en el King’s Theatre, Opera House; en esas funciones cantaba la Grassini (Giuseppina Camila Grassini, contralto, 1773-1850) y su voz era para mí la más encantadora que había oído hasta entonces.., en aquel tiempo era con mucho el lugar de Londres donde se podía pasar más agradablemente una noche. La entrada de patio costaba media guinea, pero hay que añadir la molestia de la etiqueta. En cambio, por cinco chelines se entraba en la galería, menos incómoda que el patio de muchos teatros. La orquesta se distinguía de todas las orquestas inglesas por su dulce y melodiosa grandeza, aunque confieso que su composición era insoportable a mis oídos por el predominio de los instrumentos estridentes y, a veces, por la tiranía del violín. Estremecedor era el placer con que casi siempre oía a esta angélica Grassini. Me sentaba temblando de expectación cuando se acercaba la hora de su dorada epifanía; temblando me levantaba del asiento, incapaz de sosiego, cuando aquella voz celeste de arpa cantaba su propia y victoriosa bienvenida en el threttánelo-threttánelo del preludio. Los coros eran una divinidad y cuando la Grassini aparecía en algún intermedio, como ocurría a menudo, y vertía su alma apasionada como Andrómeda en la tumba de Héctor, yo me pregunto si algún turco, de todos los que han entrado en el paraíso de los opiómanos, pudo haber tenido la mitad del placer que yo sentía. Pero, en realidad, hago demasiado honor a algunos bárbaros suponiéndolos capaces de voluptuosidades semejantes a las intelectuales de un inglés. Porque la música es un placer intelectual y sensorial, según el temperamento del que la oye”.
De Quincey, pues, poseía una explicación filosófica de la relación entre el oído y la música. Qué significan los sonidos: “...basta con decir que un coro de armonía complicada despliega ante mí, como en un tapiz de Arras, toda mi vida pasada, no como si fuera recordado por un acto de la memoria, sino como si estuviera presente y encarnado en la música; sin ser ya penoso de contemplar, pues el detalle de los incidentes ha desaparecido, o aparece mezclado en una abstracción caliginosa, con sus pasiones exaltadas, espiritualizadas y sublimadas”.
El resultado que obtenían los fumadores de opio era sorprendente. Algo más que limitarse a escuchar la orquesta o las voces e imaginar trazos y arabescos. Puede ser utilizada para reconstruir y evocar. Se trata de un diálogo sui géneris entre la persona que escucha la gran música y aquello (la orquesta) o aquél (cantante o instrumentista) que la emite. Y en todo esto, al decir del hombre que escribió la más formidable versión de La monja alférez yLa rebelión de los tártaros (entre nosotros traducida por Salvador Elizondo), el opio o cualquier otro poderoso estimulante juega un papel destacado.Thomas de Quincey descubrió que un intelectual, un artista, puede valerse de las drogas para aumentar un goce estético más profundo al escuchar a los grandes maestros.
Los comentarios de Baudelaire machacan en la contralto favorita de De Quincey: “Eran los felices días de la Grassini. La música penetraba entonces en sus oídos, no como simple sucesión lógica de sonidos agradables, sino como una serie de memoranda, como los acentos de un embrujamiento que evocaba ante la mirada de su espíritu, toda su vida pasada. La música interpretada e iluminada por el opio, ésta era la orgía intelectual cuya grandeza e intensidad puede fácilmente concebir cualquier espíritu un poco refinado. Muchos preguntan cuáles son las ideas positivas que contienen los sonidos; olvidan, o más bien ignoran, que la música, bajo este aspecto es pariente de la poesía, representa sentimientos más que ideas; sugiriendo ideas, ciertamente, pero sin contenerlas ella misma…”.
Es posible recuperar esas imágenes oyendo al jazzista que, ensimismado e intoxicado, desgrana las notas tristes de un blues.

agosto 28, 2015

El presidencialismo mexicano hoy

El presidencialismo mexicano es justo la imagen de la antidemocracia. Es la cultura del “sí, señor presidente”. He oído mil veces que al Presidente de México es imposible decirle no. Como en la Revolución Francesa: él representa a la patria. Es, en ajustada síntesis, la herencia del caudillismo, de los dos emperadores que hemos tenido, de las dictaduras de Santa Anna y de Porfirio Díaz, de cientos, quizás miles de caciques de toda índole y, finalmente, proviene directamente de los caudillos de la Revolución Mexicana. Todos quieren un presidente fuerte, al parecer es nuestra salida al futuro como nación que desconoce lo que significa una auténtica democracia. El caudillismo no sólo se da en el PRI, se da en la oposición y cada caudillo resulta efímero y simultáneamente nos daña.
El presidencialismo nunca se ha ido, puede subir de tono o puede bajar, según la personalidad del mandatario en turno. Con Díaz Ordaz, Echeverría o Salinas, fue autoritario y severo. Con Miguel de la Madrid disminuyó de intensidad. El sistema arropa de forma escandalosa a cada presidente. Las discrepancias son de forma, no de contenido. Cuando se llega a la punta del poder, no es fácil compartirlo, con celeridad se aprende a no escuchar.
Por años tuvimos poca bibliografía sobre el presidencialismo. Sabíamos que lo alimentaban dos fuentes: la Constitución y la historia, la tradición. Dicho en otros términos, el Presidente tenía dos brazos fuertes: las leyes y las costumbres. Ni Fox ni Calderón intentaron modificarlo, lo dejaron vivo, sólo lo hicieron blandengue y timorato. Lo único que lograron fue perder respetabilidad. Cualquiera puede ahora agredir al presidente sin mayores problemas. El regreso del PRI fue, en este sentido, cauteloso, pareció cambiar y lo hizo al estilo gatopardista. Hace unas semanas, en vísperas como estamos del tercer informe, el que por tradición era el momento de mayor fuerza del llamado primer mandatario, el PRI resucitó de entre los muertos y vio que para mantener el poder debe mantener, como antes, una estrecha colaboración partido-Los Pinos. Se acabó la pretendida sana distancia, de nuevo el partido oficial trata de reagrupar los restos dispersos de su antiguo poderío, aprovechando la incapacidad de los partidos restantes, todos en busca de caudillos.
Los tiempos han cambiado y Peña Nieto no es Miguel Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos o Díaz Ordaz. Se le arropará, se le dirá que sí a todas sus reformas, pero será un presidencialismo sin huesos. O una calavera de Posadas que a nadie asusta. Manlio Fabio Beltrones abandera el regreso del presidencialismo, protegerá al primer mandatario con fiereza. No lo dudo. Es el filme que quiero ver: Un sonorense entre mexiquenses. Desde que Peña Nieto llegó al poder, pensó en la sucesión, esto es inevitable porque es la mejor muestra de fuerza que un presidente poderoso y escasamente democrático puede mostrar. En su lista sólo había mexiquenses y un inquieto y nada eficiente hidalguense, Miguel Ángel Osorio Chong. Manlio Fabio Beltrones ha sido capaz de avanzar sin grupo, pero con una habilidad cercana a la del gran estadista, una característica que brilla por su ausencia dentro del sistema político nacional. Por ahora defenderá las acciones de Peña Nieto, es su deber, pero ¿qué clase de partido conformará, el mismo aparato pesado, rígido y servil, incapaz de críticas positivas, o el más moderno, con una militancia activa y crítica que pueda intervenir en las decisiones del mandatario en turno? Siempre situado en el centro, la nada, los cero grados decía Duverger. Para colmo, los demás también pugnan por el centro, cargados a la derecha.
No habrá que esperar mucho. El Grupo Atlacomulco muestra nula eficacia. Si es verdad (y nada prueba lo contrario a pesar de la campaña publicitaria del tercer informe) que la popularidad de Peña Nieto y la de su gabinete ha disminuido, va a requerir el respaldo de un partido fuerte sí, dotado de una capacidad para moverse con agilidad y no esperar a que desde Palacio Nacional venga la línea, sino dictarla. De lo contrario, el PRI volverá a ser errático, corrupto, una oxidada máquina electoral y no una escuela para formar cuadros políticos de alto rango. Los actuales gobernantes saldrán de Los Pinos y se refugiarán en el Estado de México. Hasta hoy no les hemos visto, como dicen los amantes de los lugares comunes, el músculo por ningún lado. Más pifias que logros y una retórica fastidiosa incapaz de atraer a los jóvenes y a los medios críticos. Hasta hoy el PRI ha tenido varias etapas, pero nunca una ideología seria y formal, lo que lo mueve son las ideas vagas de cada presidente y sus asesores consentidos. El PRI es muy terco: todos los días se da puñaladas en la espalda. Puede hacer y ganar porque los demás partidos están peor y la sociedad no acaba de despertar.

agosto 26, 2015

Gerardo Cantú y Cuevas, humoristas del arte

Gerardo Cantú es grabador, pintor y dibujante de talento peculiar y dotado de un excelente sentido del humor, un sentido del humor agudo que le permite observar a su alrededor y captar lo grotesco, lo ridículo, lo hermoso y lo dramático. Es un artista juguetón, aunque de pronto, como en muchos de sus óleos, donde el color juega un papel importante, su visión de la vida cambia y adquiere la seriedad de tiempos carentes de imaginación y llenos de gran carga de estupideces. En términos generales, como ha dicho Arturo Cantú, agudo escritor, brillante ensayista, fallecido hace algunos años: “Gran parte de la pintura y los dibujos de Gerardo Cantú suscitan de inmediato la simpatía cordial del espectador. La vida se revela amable...” Uno puede estar atento a sus obras, tan llena de detalles de aparente intrascendencia, pero que en el conjunto del arte y de la vida juegan un papel importante.
Ver la obra gráfica de Cantú es sumergirse en un mundo aparentemente imaginario, pero real. Lo que cuenta, en todo caso, es la visión del artista, la forma llena de imaginación que el artista posee para mirar la vida y los objetos, el amor y el prodigioso cuerpo de la mujer. Yo podría estar horas mirando un cuadro de Cantú, atrapa, hipnotiza. Sus trazos juguetones, su arte deliberadamente cotidiano, no busca el impacto, como el trabajo de Siqueiros, Orozco o Rivera, prefiere el detalle. La línea que juega, el trazo caricaturesco. Y cuando usa color, cuando las líneas son protegidas o simplemente usadas con mayor fuerza, la grandiosidad del arte de Cantú aumenta.

La obra de Cantú se encuentra ya en colecciones distinguidas. Y entre sus muchos trabajos fundamentales podemos citar La cena de los apóstoles, algunos de sus autorretratos, La Celestina o Maternidad. Y aquí he citado solamente telas al óleo con una riqueza fantástica: de trazos de tendencia clásica se pasa abruptamente al desenfado y a la idea juguetona. Un estilo tan suyo, tan ajeno a los demás artistas, que uno no puede más que sorprenderse de su alto nivel estético.

Yo poseo una aceptable colección de obra gráfica, he adquirido cada trabajo porque algo me dice, algo en cada una de ellas me hace verla constantemente, pero en el caso de Gerardo Cantú me siento impelido a acercarme y a estar un largo rato frente al cuadro, sus detalles son fascinantes, hay que estudiarlos, apreciarlos, gozarlos. Sus personajes son a veces dulces, otras difíciles, duros, sus escenas son grotescas y tiernas. La ironía del artista destaca, también su macabro sentido del humor, al que no se le escapa ni siquiera la dudosa respetabilidad de la unión sexual en la cama, como esa obra donde un gordo como Rivera y una mujer como Frida hacen el amor o quizá sólo tratan. A veces pienso en el raro Orozco humorista o quizá satírico o en el mundo alegre de Franz Halls con borrachos entusiastas o en la vida cotidiana ridiculizada de Posada o en todo ello junto para tratar de explicarme quién es Gerardo Cantú y por qué pinta, dibuja y graba así, con una mirada irónica, crítica y lúcida. Lo que me impresiona más de su trabajo, aquello que me despierta mayor admiración, es que parece siempre la obra de un jovencito impetuoso e irreverente, lleno de un talento peculiar y mayúsculo, revolucionario en todos sus matices.

También José Luis Cuevas ha sido un excelente humorista, lo interesante de este artista es que lo mismo ha pintado y dibujado que escrito. Su periodismo cultural de primera época fue demoledor con sus rivales de la Escuela Mexicana de Pintura. En una segunda etapa podemos verlo escribiendo sobre el mundo inmediato que lo rodea, habló de sus amores, de sus pugnas, de sus luchas sociales y siempre era gracioso y lleno de ingenio. Del mismo modo ha producido obras gráficas que destilan su buen sentido del humor, su ironía. Alguna vez le pedí un búho para ilustrar el suplemento del mismo nombre que aparecía en Excélsior y me dio una tinta soberbia que tituló Mujer búho. No es fácil imaginarla, hay que ver esa pieza. Está en la Fundación René Avilés Fabila y cuando me asomo a saludarla, la encuentro no espantable sino lúdica y llena de imaginación y sentido de la ironía. Es una obra, dibujada por el célebre “Gato macho”, en su etapa más impetuosa, que desconcierta a quienes se acostumbraron a ver autorretratos frecuentemente humorísticos o amorosos.
En fin, el tema, que en las artes plásticas universales da para mucho, en México se constriñe. Tenemos gozosos caricaturistas que están en lo suyo y saben zaherir, pero no hay muchos que en términos de rigurosas artes plásticas se concentren en una pintura divertida, graciosa.

Oswaldo Sagástegui ha sabido trabajar ambas tendencias, pero con frecuencia ha separado la abierta caricatura de la abierta obra plástica de mayor enjundia.

agosto 24, 2015

Tlalpan: de paraíso a páramo

Cuando me mudé a Tlalpan un vecino me dijo, como si fuera Alfonso Reyes: ha llegado usted a la región paradisiaca de la capital. Y así me sentía: había cierto orden, limpieza, no existían los ambulantes y las autoridades parecían tomar en serio a los habitantes del lugar lleno de árboles y casonas vetustas bien conservadas. Pero un día llegó el PRD y con este organismo donde gobernaban Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, comenzó la debacle. En pocos días, merced a la demagogia populista y los proyectos asistenciales, la delegación más arbolada y de discreto encanto, se hizo infernal.

Los ambulantes aparecían como hongos y el derribo de árboles comenzó en aras de una modernidad imaginaria. Cada delegado del PRD era peor que el anterior. Del primero, los vecinos fuimos a quejarnos. Era el célebre Pino, quien ha ocupado todos los cargos imaginables dentro de lo que ahora llamamos izquierda. Nos comunicamos con el ingeniero Cárdenas y él, atento, nos envió con Rosario Robles quien era la imagen viva de Rosa de Luxemburgo, pero sin el talento de la marxista. Nos regañó con violencia, nos dijo que no toleraría “campañitas” contra su partido y salimos desolados. Supuso que éramos millonarios en lugares de clasemedieros con algún tipo de crédito. Había que castigar a los ricos y el PRD sería el instrumento. Ah, qué diferencia entre la Rosario Robles “revolucionaria” y la funcionaria de Peña Nieto. Su voz se ha hecho pausada y serena. Cita cada tanto al “señor Presidente” y se viste como rica, ya lejos del disfraz proletario.

Así la situación, el Pino teorizó sobre la situación de su delegación y nos dijo: “Primero un taquero que un ratero”. No, pos sí. Y comenzó Tlalpan a poblarse de construcciones irregulares, proyectos de ciudades médicas, ambulantes a montones en cada esquina y una buena ausencia de barrenderos y basureros. El Metrobús acabó de tajo con los negocios habituales de un buen tramo de Insurgentes. Las calles no creadas para cientos de vehículos resultaron un tapón en la zona y pronto seguimos el camino de Coyoacán, el convertirse en una verbena popular cotidiana para malestar de los que viven allí.

Los perredistas pasaron a ser, como bien lo dice el columnista de Excélsior Adrián Rueda, émulos de Chucho el Roto: les quitaba dinero a los “ricos” para dárselo a los pobres y de este modo, con programas asistenciales a pasto, Tlalpan y en general el DF, fue sometido a dos cosas fundamentales: programas absurdos y una corrupción notable. De la priista pasamos a la de los salvadores, a los de la “resistencia”, como se veían ellos en la cima del poder capitalino, olvidando que el combate se da contra quienes dominan, desde abajo, quienes la padecen. En este caso, los ciudadanos simples, somos la resistencia real.

Pero lo que llama la atención es el proceso de modernización de aquellos tímidos ambulantes que desesperados por la miseria buscaban una esquina. Luego de llegar a acuerdos con las autoridades perredistas, crecieron de manera espectacular. Algunos tienen mesas, meseros y valet parking, en calles por donde sólo es posible caminar individualmente, hay que transitar por el arroyo vehicular. Para colmo, muchos reciben el pago con “todas las tarjetas de crédito”. El tránsito se hace en momentos intolerable, imposible pasar ante las filas de automovilistas que buscan desayunar o comer. Comienza el torneo de bocinazos y la aparición de franeleros que disputan los lugares para que se estacionen los comensales. Al concluir el arduo día, nadie levanta la basura. Uno mismo sale a medio barrer un pedazo de calle, olvidando que son nuestros dineros los que utiliza el gobierno capitalino para consolidar todo este desastre.

Dudo que por más buenas intenciones que tenga Morena en Tlalpan, terminen los proyectos “asistenciales” que se confunden con la tolerancia hacia quienes utilizan las calles en su propio beneficio, adueñándose de amplias zonas. Un recorrido por Tlalpan muestra fácilmente la cantidad de ambulantes que existen y la manera en que la delegación pierde vegetación y adquiere características de amplio muladar. Los verdaderos ricos han emigrado o se han amurallado, cerrando calles que debieran estar abiertas a todos. Los servicios públicos, como en el resto de la capital, son pésimos, porque el dinero es utilizado para pagos de infinitas nóminas clientelares y, desde luego, para asegurar la supervivencia de cada uno de los funcionarios que han pasado por Tlalpan.

Pues no llegué nunca al Paraíso, llegué a un purgatorio que, sin mayores trámites, a menos de que ponga un enérgico alto al deterioro avanzado, conduce al infierno o a cambiarme de zona, de delegación, ¿pero a dónde, a cuál?

De Quincey, Poe y Baudelaire: espíritus afines (1/3)

Los sufrimientos de estos tres genios por razones explicables de la época y vidas azarosas se vincularon a las drogas o al alcohol.

Siempre me han llamado la atención los espíritus afines, las almas gemelas o las vidas paralelas, según la terminología de Plutarco. No es frecuente encontrarlas. Podrían ser algunos casos de amistad entrañable y semejanza cultural como los de Liszt y WagnerKafka y Max BrodBorges y Bioy CasaresMarx y Engels, donde las similitudes espirituales e intelectuales eran de hecho muy parecidas. Un caso notable es el de Edgar Allan Poe,Thomas de Quincey y Charles Baudelaire. Las suyas son realmente vidas paralelas: todas de hondura poética, de complejo y rico pensamiento, historias trágicas amparadas por las drogas y el alcohol. Pareciera que el centro de esa relación distante en lo físico, cercana en lo espiritual, es Baudelaire. Él tradujo a Poe y escribió un dolido libro sobre la muerte de Thomas de Quincey.
Baudelaire nació en 1821 y murió paralítico y afásico en 1867. Su vida, como la de Poe y De Quincey, no fue la mejor. Las deudas y los problemas económicos lo agobiaron buena parte de su existencia. Su prodigiosa obra literaria (Las flores del malParaísos artificiales y Poemas en prosa…) le atrajo persecuciones y escándalos. Poe fallece joven en 1849, igualmente perseguido por la pobreza y el alcohol. Mientras que De Quincey, el más enigmático de los tres, se extingue en 1859, dejando tras de sí aprietos y carencias. Es decir, Baudelaire los sobrevive y, de hecho, es quien escribe sus últimas palabras, sus epitafios. Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno de ellos fue incomprendido en su propio país.
De Quincey escribió, entre otros, dos libros memorables: Confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato como una de las bellas artes. El primero, de 1821, es una dramática autobiografía, el minucioso y desolado relato de una vida atormentada. En esta obra su novedoso sentido del humor, su capacidad para la sátira refinada, desaparece para dar paso a una serie de reflexiones duras e inteligentes sobre su tiempo. Al saber de su muerte, un apesadumbrado Baudelaire escribió Un comedor de opio para explicar la dimensión de la pérdida, tal como en su momento lo hizo con Poe: “Así que Poe se fue a Richmond; pero al ponerse en camino se quejó de escalofríos y de debilidad. Al llegar a Baltimore seguía encontrándose bastante mal, y tomó algo de alcohol para reanimarse. Era la primera vez desde hacía meses que ese maldito alcohol mojaba sus labios; eso bastó para despertar al demonio que dormía en él. Una jornada de excesos le llevó a un nuevo ataque de delirium tremens, su viejo conocido. Por la mañana, unos policías lo recogieron del suelo en estado de estupor. Como no le encontraron ni dinero ni amigos ni domicilio, le llevaron al hospital; y en una de esas camas fue donde murió”. 
Si en Confesiones de un inglés comedor de opioDe Quincey relata de los sorprendentes efectos de la droga en materia musical, en el texto apologético, el poeta francés resalta esa cualidad del opio. No sólo es capaz de prolongar los sueños más allá del reposo, sino que estimula su llegada y los embellece; son las flores del mal. De Quincey elogia el opio, le concede cualidades como la exaltación del espíritu y la agudización de los sentidos, algo semejante a los producidos por drogas modernas como el ácido lisérgico, conocido como LSD, y que tanto éxito tuvo en la llamada “década prodigiosa”, cuando el rock and roll llegó a sus más altos niveles de importancia, distante de los vulgares aspectos comerciales y en afanosa búsqueda de otros valores, poéticos y sociales.
Baudelaire no juzga al opio (que él mismo consumió), más bien señala sus grandes posibilidades para desarrollar facultades poco utilizadas. Más adelante, Aldous Huxley llamaría a este fenómeno Las puertas de la percepción y sus efectos de modo especial en los ojos, en los ricos matices y luminosidad de los colores.
Los sufrimientos de estos tres genios por razones explicables de la época y vidas azarosas se vincularon a las drogas o al alcohol, como en el siguiente siglo lo hizo Joseph Roth, que escribió La leyenda del Santo Bebedor (1939).  En México algo similar le sucedió al talentoso Silvestre Revueltas, muerto en 1940, y cuyo alcoholismo justifica su hermano José en un libro conmovedor:Apuntes para una semblanza de Silvestre (1966), versión dramática que me reconfirmara el músico Luis Herrera de la Fuente. Sin dejar de lado a temperamentos notables de las letras contemporáneas que permitieron la seducción, por una razón u otra, por las drogas y la bebida, tales son los casos de los norteamericanos de la Beat GenerationCharles Bukowski y Truman Capote, quien llegó al extremo de confesarse sin temores adicto al alcohol y a los estupefacientes. La lista es interminable, pero no es el objetivo de este texto. Es vislumbrar las temibles relaciones entre los estimulantes más agresivos y la sensibilidad artística que, por ejemplo, desataron la poética de Paul Verlaine. Particularmente en BaudelaireDe Quincey y Poe, tres inmensos literatos que abonaron las flores del mal con alcohol produciendo obras de luminosa eternidad.

agosto 21, 2015

¿Qué fue primero: el empresario o el político?

El muy tonto empresario Donald Trump puede ser candidato presidencial por el Partido Republicano. Sus posibilidades de tener éxito e instalarse en la Casa Blanca son más remotas. Lo grave es que su pensamiento fascista ha encontrado eco en millones de norteamericanos. Extraño que pese a lo avanzado de Estados Unidos, de pronto se descubra el verdadero rostro norteamericano, el del arrogante anglosajón que guiado por el Destino Manifiesto ha llegado a ser el amo del planeta, el modelo a imitar.

En esa nación de América, no es frecuente que un empresario de pronto decida convertirse en político. En México sucede a la inversa: los que arrancan como políticos terminan sus días como exitosos empresarios, gracias a los hurtos realizados o a las componendas efectuadas. Trump, gane o pierda, seguirá siendo muy rico e influyente. Dicho en otros términos, su dinero lo hizo en los negocios y supongamos que de manera decente.

Para los mexicanos, la política no es como quería Max Weber, una vocación de servicio público. Es simple y llanamente el camino para ser rico, hacer negocios al amparo del poder. No existe partido nacional del que los políticos no salgan dueños de empresas. A veces son discretos, pero sin duda, siempre ocultan el origen de sus fortunas. Unos comenzaron vendiendo aguas frescas, otros dulces, unos fueron boleros, otros más vendieron tacos de canasta, pero con el paso por los cargos políticos pueden retirarse con los bolsillos repletos y con una familia que desdeña la función pública y opta por los negocios y las especulaciones. Lo mismo sucede en el PRI, en el PAN, el PRD y en los partidos pequeños.

Eso nos llevaría a suponer que todo político es corrupto. Posiblemente no sea así, pero los pocos honestos que ocuparon altas tareas y no se hicieron multimillonarios son vistos por el imaginario colectivo como tontos que desaprovecharon la oportunidad. Somos, como EU o Gran Bretaña, por ejemplo, un país que ve el éxito en el número de millonarios que posee y en su capacidad para generar empleos. En tal sentido, México es un caso raro, mientras el gobierno trata inútilmente de mitigar el hambre de millones de mexicanos, podemos observar que en las listas mundiales de grandes millonarios, muchos son connacionales. Ni siquiera hay que mencionarlos, sabemos de sobra sus nombres. Algunos de ellos no desdeñan la oportunidad de convertirse en gobernadores o en representantes “populares”, para mejor posicionar sus inversiones. Por más que los políticos mexicanos hablen de su vocación de servicio, lo que desean es terminar siendo parte del prestigiado club de multimillonarios. La política es un paso hacia esa meta gloriosa.

De igual manera, debemos reflexionar cuando nos hablan de candidatos ciudadanos. Ninguno hasta hoy lo es y si alguien llega, dejará de ser un simple ciudadano, para ejercer su cuota de poder y obtener ingresos más abultados. Un caso. En los países más desarrollados un rector de universidad prestigiosa no suele, al concluir su mandato, retornar a la vida académica, pasa a la esfera empresarial a través de contratos que le piden a cambio de su información y bagaje cultural. Entre nosotros, los rectores de universidades públicas, venidas a menos dentro del mapa de la ruta hacia el poder, una vez que agotan sus posibilidades burocráticas universitarias, buscan ser secretarios de Estado o quizá subsecretarios. Cuando me dicen que tal o cual político exitoso, que antes fue académico, regresará a sus tareas docentes, me muero de risa. Una vez que el académico o el político o el intelectual prueban las mieles del dinero y del poder, nada los hará retornar a sus actividades originales y dignas. Comer con Carlos Slim es mucho mejor que hacerlo con Miguel León Portilla, al menos más utilitario.

La frase famosa de uno de los mayores soportes históricos del actual grupo en el poder, Carlos Hank González, en la cual solía valorar mucho el dinero en la tarea política, tenía razón. A eso se enfrenta el candidato ciudadano a cualquier puesto de elección popular, a la falta de dinero para su campaña.

Siendo realistas, los políticos mexicanos, en su abrumadora mayoría, comienzan como ciudadanos y cierran su vida contando su dinero tal como lo hace Donald Trump. Una de las mayores o más ridículas pruebas de ingenuidad la di en un cumpleaños de mi entrañable María Luisa La China Mendoza, al quedar junto a un ex gobernador del Estado de México, por cierto tío de Peña Nieto, pregunté: ¿Y ahora a qué se dedica? El tipo me miró irritado y me dijo: A lo mismo de siempre, amigo, un político nunca deja de ser político.

Pude haberle respondido, entonces me habla de ser rico. No quise ser de nuevo simplón. La respuesta se anticipaba: Mi fortuna es el producto de algunos negocios que comencé de niño, primero vendía tacos y luego junté dinero y compré unas pipas para transportar gasolina de Pemex.

No más, por piedad.

La conclusión es obvia: el empresario y el político son los beneficiarios del sistema.

agosto 19, 2015

El PAN en tiempos de crisis

El decano de los partidos políticos, que alguna vez fue el Partido Comunista, fundado en 1919, perseguido y criticado, ahora es el PRI, le sigue el PAN, creado por la reacción y el miedo al comunismo en 1939, cuando el general Lázaro Cárdenas lleva a la Revolución Mexicana a la cúspide. La lucha del conservadurismo organizado en Acción Nacional fue larga y tenaz. Enemigo a toda costa del PRI, supo realizar un largo camino hacia el poder. Ganó la Presidencia de la República no tanto por sus proyectos y grandes propuestas, sino porque todos estábamos hartos de los excesos impiadosos del priismo, tan lleno de corrupción y por completo carente de razones éticas.

Le tocó a Vicente Fox, un hombre de escasas luces intelectuales, sacar al PRI de Los Pinos. Comenzó una hipotética transición. Luego le siguió Felipe Calderón, pero ya con dos periodos presidenciales los mexicanos quedamos convencidos que los panistas podrán ser excelentes empresarios, pero no políticos, hombres empeñosos en buscar el bien común. Ahora vemos a un PAN atolondrado, dividido, carente de propuestas, con poca credibilidad y con desafíos que superan sus mermadas fuerzas. El poder los consumió.

El PAN ahora trata desesperadamente de salvarse de la quiebra total. Si alguno sabe de los ideales conservadores de sus creadores, Gómez Morín entre ellos, es mero golpe de fortuna. Pelean como han peleado los perredistas que ahora viven en un frágil cascarón que sus caudillos y corrientes crearon en lugar del partido que imaginó Cuauhtémoc Cárdenas.

En la lucha no por reorganizar al PAN, sino por mantener una máquina electoral que les dé poder y recursos, Ricardo Anaya barrió con el señor Javier Corral, siempre disfrazado de progresista y siempre engañando a universitarios de buen nivel. Eso pone las cosas en su lugar. Con Corral fuera de la competencia, aislado por sus golpes de charlatanería, quizá el PAN pudiera recuperar algo del vigor que tuvo. Muy al estilo de López Obrador, Javier Corral dijo que fue víctima de un fraude electoral. ¿Puede serlo un triunfo de Anaya que obtuvo el 81 por ciento de la votación?

Ya entrado en un torneo, donde no hay rivales, los panistas ven un futuro promisorio e ilusorio. El PAN capitalino, como el PRI, nada o muy poco tienen qué ver con el DF: no son queridos. Sus habitantes son en su mayoría personas avanzadas y convencidas que no son priistas ni panistas los que salvarán a su ciudad. Mauricio Tabe fue reelegido para seguir en el PAN-DF y ya hace cuentas alegres: ganarán varias delegaciones y hasta competirán cerradamente por la jefatura del DF.

Si recuperaron la delegación Miguel Hidalgo fue por el desastre del perredismo, tan turbio como incapaz, no por los méritos de una panista-empresaria. Benito Juárez es milagrosamente su gran bastión, en el resto de la ciudad no se ve un panismo fuerte y decidido, a lo sumo jóvenes inexpertos que ahora quieren “acercarse a la gente”. Los panistas han tenido más buena fortuna que talento político. Si hubiera que nombrar a un político brillante en sus filas, habría que buscar con lupa. Basta con ver a Madero y percatarnos de los niveles políticos del conservadurismo. Hasta hoy, su gran tarea sigue siendo la muy fácil de criticar al PRI, un partido milagroso que triunfa con los peores candidatos y con un historial negro. Y lo hace por una razón, lo han enfrentado caudillos y no ideas.

El PAN habla y habla y tiene razón, la política en México es oratoria, demagogia, charlatanería. Luego de décadas de tolerar al priismo, de nuevo lo vemos recuperar su viejo discurso y hablar con un optimismo digno de mejor causa. El presidencialismo ha vuelto y a pesar de su larga existencia, herencia del caudillismo nacional, está en pañales. Ahora el tema es la cercanía del partido con el mandatario. Dudo que eso sea una ideología o un conjunto de propuestas inteligentes para hacer que México avance. Pero el asunto es la crisis de la reacción nacional, la que afanosamente buscaron sus militantes. Ya la tienen y que con su PAN se la coman.

agosto 17, 2015

Peña Nieto, la eterna soledad palaciega

El recién designado presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones, es ahora el hombre a vencer. Si antes no aparecía en las encuestas presidenciales (manía perversa por antonomasia), ahora ya estará. En este nuevo encargo lo acompañará Carolina Monroy, del grupo mexiquense y familiar por añadidura de Peña Nieto. Dicho en otras palabras, el presidente sigue rodeado por personajes del afamado e invisible grupo Atlacomulco. Los demás mencionados en las encuestas son figuras menores ante la experiencia y habilidad política de Manlio Fabio. Cuando fue asesinado por el propio aparato político Luis Donaldo Colosio, él pensó de inmediato en su fin y lo dijo a los medios: “La bala que mató a Colosio también mató mi carrera política”. Pero con tenacidad y talento, la rehízo y ahora es la figura fundamental en un partido que tiene únicamente personas de tercer orden y ahora se convierte en un aspirante natural a Los Pinos.

Hace años, por invitación de Enrique Mendoza, los viernes nos reuníamos un grupo raro e interesante: Gastón García Cantú, Ricardo Garibay, María Luisa la China Mendoza, Raúl Moreno Wonchee, Miguel González Avelar, muchos políticos retirados o desempleados y yo. Las conversaciones eran cordiales y amenas y de pronto había algún invitado más. Entre ellos estuvo Manlio Fabio Beltrones, quien mostró inteligencia y cultura política. Recuerdo mis preguntas: una fue sobre el candidato presidencial Enrique Peña Nieto. Sin mucho pensarlo dijo lo que esperábamos: Es un gran candidato.

Manlio tenía razón, pero de “buen candidato” Peña Nieto pasó sin transición a un candidato tímido e inseguro. Tenía el camino sembrado de minas e ingenuamente pisó varias: su desconcertante visita a la Universidad Iberoamericana quizás pensando que estaba entre los suyos y luego la pregunta sobre sus libros favoritos. El buen aspirante presidencial vino a menos, pero los mexicanos en su mayoría no tenían interés en un panista luego de dos sexenios trágicos y las llamadas izquierdas tenían como representante a un hombre que no acababa de convencer: AMLO.

El joven mexiquense ganó y pasó a ser un mal Presidente. Pierde ante cualquiera. Sin nada qué ver con tragedias como Ayotzinapa y Tlatlaya, acostumbrado, como buen priista a que sus colaboradores cercanos lo protejan, ahora cae en todas las trampas que le ponen a su paso. ¿Era tan complejo para Peña y los suyos, enfrentar públicamente a sus detractores? Claro que no. Ahora es demasiado tarde. Sus mejores momentos son los encuentros con mandatarios internacionales, a base de discursos hechos, con palabras elogiosas y buenos deseos para todos. ¿Y las dificultades internas, aquéllas que otros cometen y se las endilgan a él con el apoyo de las redes sociales? ¿Acaso sus jóvenes colaboradores no pueden llevar a cabo una defensa o una contra campaña? Les urge un curso de manejo de crisis.

Ello lo ha hecho cauto en exceso. No se presta a ser entrevistado por periodistas críticos, lo sobreprotegen, y para colmo, en un momento estelar se fuga El Chapo poniendo al descubierto la cloaca que es México. Antes habían aparecido las propiedades de Videgaray y de su propia esposa, lo que contribuyó a la baja de popularidad. Según datos de Reforma, únicamente el 34% de los mexicanos aprueban su gestión. En las redes sociales es el villano favorito para ensañarse. Todo sin que su equipo de asesores y de comunicación social haga algo inteligente y audaz. A lo sumo lo cuidan en exceso y eso lo aleja de la población.

En tal contexto ceñido, se necesitaba que al PRI llegara un hombre experto y de tal forma aparece Manlio Fabio, quien, según dicen los medios, tiene una amplia popularidad aún entre los rivales de su partido. Sin duda tratará de enmendar el rumbo, lo que no es fácil. El DF no será en el corto plazo una plaza priista, seguirá en manos del PRD y de Morena. La idea de eliminar la “sana distancia” establecida por Zedillo entre el partido y Los Pinos llega tarde y hasta hoy no veo que produzca emoción popular. Lo único que desean los priistas es darle apoyo a Peña Nieto, que tampoco es un hombre de partido sino resultado de un carisma ya exhausto.

El PRI siempre ha protegido al presidente en turno, hasta Díaz Ordaz recibió un decidido respaldo. Pero es una maquinaria gastada, oxidada, demodé, que no marcha bien. Ha obtenido triunfos más por los errores de sus opositores que por sus aciertos. El discurso oficial está trillado y es como el de Peña Nieto, tedioso y repetitivo. Se requieren golpes de audacia, un sincero arrepentimiento por los muchos desatinos cometidos y propuestas innovadoras. Reformas las hay, pero no sabemos si nos conducirán a ser como España o quedaremos como Grecia, endeudada y en manos de una plutocracia imbatible.

Me parece que la llegada al PRI de Beltrones es un acierto que obtiene más por sus méritos personales que por la generosidad del partido y de Peña Nieto. Esperemos que un sonorense se entienda con los mexiquenses, quienes hasta ahora sólo han mostrado una total inexperiencia y muy pobres aciertos.

agosto 16, 2015

Rafael Solana y Verdi

Su arrebato por la ópera llevó al escritor mexicano a salir de sus terrenos fundamentales, la prosa narrativa y la dramaturgia.

Durante sus mejores momentos económicos, Rafael Solana, hombre generoso, solía escribir un libro para regalo navideño a sus más cercanos amigos; de este modo aparecieron Leyendo a LotiLeyendo a QueirozLeyendo a Maugham y Oyendo a Verdi. Fui, a pesar de mi juventud, uno de los afortunados en recibir tan maravilloso obsequio firmado por el autor. En 1969, Raymundo Ramos, poeta agudo y ensayista perspicaz, quien ocupó un sitio importante dentro del Fondo de Cultura Económica, me dijo: “Publiquemos un libro de Rafael Solana”. No recuerdo si él mismo propuso seleccionar Leyendo a LotiLeyendo a Queiroz y Oyendo a Verdi bajo un título unificador: Musas latinas o si el propio Solana sugirió la idea. Fui el intermediario. Solana escribió el prólogo y me lo entregó. El libro apareció como volumen especial de Letras Mexicanas, colección donde originalmente fue editada su novela El sol de octubre.
Oyendo a Verdi, don Rafael lo calificaba con excesiva modestia: “Comentarios y juicios personales”, pero el ensayo rechaza sus propias palabras: es una obra que muestra facetas poco tratadas sobre el ilustre compositor italiano. Prueba innegable del conocimiento que tenía Solana de la ópera y, en particular, de la italiana. Verdi es observado por Rafael Solanacon los asombrados ojos de un literato, semejantes a los que utilizó Romain Rolland para analizar a Beethoven.
El libro es un relato ameno, lleno de datos y de experiencias que Rafael Solana tuvo con la obra del italiano. Considera —haciendo una amable ironía de Alexis Carrel, autor de Verdi, ese desconocido— que no hay compositor más famoso que él: “¡Pero si es el más conocido de los músicos! Más queBeethoven y que Mozart, y que Bach. ¿Quién no ha oído Trovador o Traviata? Personas que serían incapaces de identificar algún trozo de Chopin o deTchaikovsky, de Brahms o de Wagner, reconocen inmediatamente La donna è mobile y la marcha triunfal de Aída; el brindis de Violeta y el cuarteto deRigoletto son más populares que las canciones folklóricas en algunos países. El mismo nombre de Verdi es célebre en todas partes, y hay estatuas suyas en muchas plazas del mundo”.
Rafael Solana era asiduo a la ópera y cuando tenía la oportunidad de viajar a Europa, desde México compraba boletos para La Scala de Milán o para L’Opera de Paris, particularmente si había cantantes notables. Escucharle la crónica verbal o leerla escrita era una delicia, pues de pronto brotaba el ingenio y la gracia que ponía, sobre todo, en sus cuentos y comedias.
Vale la pena observar la amorosa devoción de Solana por Verdi y la presencia de diversos escritores en su trabajo: “Con motivo del cincuentenario de la muerte de Verdi, algunas de sus obras más raras fueron exhumadas; yo tuve ocasión de conocer, en ese tiempo, una de ellas, Juana de Arco, que la Compañía del Teatro San Carlo de Nápoles llevó a la ciudad de París, y que con curiosidad fui a escucharla a la Sala Garnier, seguro de que otra oportunidad de oír tal obra tardaría en presentárseme. Es muy posible que los napolitanos hayan escogido esta ópera, para llevarla a la capital de Francia, como un homenaje, por tratarse de un personaje francés: en realidad dentro de la obra de Verdi no cuesta trabajo encontrar obras que en alguna forma atañan a los franceses, o por su asunto o por la firma del autor que inspiró el libreto: hay óperas de Verdi que están basadas en obras de Víctor Hugo; aunque alguna vez pensó en escribir Cromwell, se decidió finalmente por Hernani, y, muy posteriormente, de la obra de Víctor Hugo Le roi s’amusehizo su celebérrimo RigolettoAlzira está basada en una tragedia de Voltaire; pero La Doncella de Orléans (un personaje que, como ‘Luisa Millar’, que sacó de Kabale und liebe, y como I masnadieri, que se basa en Die Täuber, tomada de Schiller) parecía más adecuada figura para un homenaje a los franceses, quienes tuvieron la cortesía de aceptar las muchas licencias que el libretista se tomó con esa heroína, que en la época en que la ópera se escribió ya había subido a los pedestales, pero todavía no a los altares; una de esas licencias es la que consiste en hacer morir a Giovanna no en la hoguera, como la historia cuenta, y como han respetado los comediógrafos y aun los autores de las películas, sino en una batalla; pero esto no causó ningún escándalo, sino que fue amablemente tolerado por el público de París, en aquellos días de 1951 muy entremezclado con los turistas que visitaban la feria comercial.”
Oyendo a Verdi es un apasionado estudio donde hace un recorrido por su vida y sus más importantes obras. Allí encontramos al Verdi artista: un compositor italiano analizado por un escritor mexicano, ópera tras ópera, brillantemente, con una cultura y conocimiento musical que asombra. El creador y su innegable vocación musical. El arrebato de Solana por la ópera y, en especial, por Verdi lo llevó a salir de sus terrenos fundamentales, la prosa narrativa y la dramaturgia, para introducirse de lleno en el campo operístico. Vale la pena leer el libro, mucho más escuchar a Verdi, para cuyo talento fue escrito el largo ensayo.
Y no olvidemos que Solana fue el alma de la generación Taller. Pero al nacer en 1915 no lo incluyeron en los festejos de PazRevueltas y Huerta. Es momento de reparar la omisión.