Tantadel

octubre 30, 2015

Cultura, antes y después

Una frase que siempre detesté fue la que de niño escuchaba: Todo tiempo pasado fue mejor. Implicaba, entre otras cosas, que los tiempos en que no había electricidad, agua corriente, automóviles, acelerados avances científicos, fueron maravillosos. Pero si nos referimos a la política, es posible que quienes la utilizan tengan razón en tan espinoso asunto. Si retrocedemos al siglo XIX, buena parte de la clase gobernante tenía lecturas, no sólo políticas sino literarias, hablaban correctamente y de pronto eran capaces de escribir libros o de conmoverse ante los hermosos sonidos de un concierto o una ópera. La situación actual es atroz. Vemos a los políticos hablando un lamentable castellano y dedicados a conmover espíritus banales fomentando el deporte y no la cultura, la educación. En defensa de la frase hecha, y refiriéndome a mi niñez y juventud, lo que a muchos mexicanos les provocaba nostalgias eran los tiempos de Porfirio Díaz, la larga paz de los sepulcros, una dictadura que no tuvo mucho de generosa (estar contra la democracia nunca tiene algo positivo). Para colmo, el cine se ha encargado de hacerla culta y virtuosa. La agitación y la violencia revolucionaria trajeron cambios positivos, pero para el conservadurismo nacional, los mejores tiempos fueron los pasados. Ahora muchos reviven la idea pidiendo que traigan los restos del general Díaz, el que murió en París, triste, claro, porque desde el destierro, todo pasado fue mejor.

En materia de cultura yo podría decir que acepto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. Mi generación, por ejemplo, fumó mariguana a placer y vivió una época de di sí a las drogas. Hoy escucho idioteces sobre su posible legalización o no, cuando el sensato Gabriel García Márquez propuso despenalizarla. Pero pensemos en libros, música sinfónica, ópera, exposiciones plásticas y arte en general.

En mi gaveta de buenos recuerdos, tengo uno extraño, pues yo he sido ajeno del poder, me inquieta y me aburre por anticipado platicar con un gobernador, un senador o algo peor, un presidente de la República, para no tenerlo que hacer con esos seres lamentables que pululan en el senado, en la Cámara de Diputados o en la Asamblea Legislativa del DF. Alguna vez, un ex presidente, Emilio Portes Gil, nos invitó a cenar a Juan José Arreola y a mí, muy joven, a su casa. Fue una noche inolvidable. Arreola y don Emilio, autor de muchos libros, mantuvieron el interés de los pocos invitados hablando de poesía. Fue un torneo espléndido. Uno recordaba un poeta, repetía sus mejores versos y el otro respondía de igual manera. Para mí, fue una clase magistral donde mucho aprendí de literatura.

La última vez que platiqué con un político de altura, fue con Luis Donaldo Colosio, en el cumpleaños de un querido compañero mío de generación, Jesús Salazar Toledano. En la fiesta predominaban los intelectuales. Colosio ya era candidato y estaba sentado entre Eraclio Zepeda y yo. Pensé que hablaríamos de política, pero digamos que a propuesta de Eraclio, comenzamos a platicar de literatura. Colosio recordó versos de “Los amorosos” de Sabines y por allí siguió el tema. Ah, también estaba Carlos Monsiváis, muy amigo de Jesús, Chucho, como solíamos decirle al anfitrión.

Digamos que eso fue el antes. Ahora y desde Ernesto Zedillo, pasando principalmente por los panistas, Fox y Calderón, la cultura huyó despavorida. No hemos tenido más gobernantes educados y capaces de leer a los clásicos y a uno que otro contemporáneo de talento. Pueden conocer algunos nombres de novelistas o poetas afamados nacional e internacionalmente, pero de eso a que los hayan leído, es otra cosa. El villano favorito de los “progresistas”, Carlos Salinas, es un lector serio y un hombre capaz de sostener una conversación literaria de largo aliento. Me tocó escucharlo en una reunión previa a la creación de Conaculta, convocada por mi maestro de Teoría del Estado, Enrique González Pedrero, entonces en el PRI. El candidato presidencial habló con docenas de escritores, pintores y músicos sin titubeos, sabiendo quién era cada uno de nosotros. Es pues un villano culto y que escribe con fluidez y buena prosa.

En cambio, hoy en día, los gobernantes están empeñados en correr los cien metros planos, medios maratones, maratones completos, nos quitan la sal de la mesa y nos cuidan la dieta. De acuerdo, es su deber mantenernos saludables. Pero y la literatura, por ejemplo. Peña Nieto y Mancera, digamos, ¿no podrían organizar torneos literarios y maratones culturales? No importa que no lean, a la nación le hará bien. Ellos pueden seguir en la oscuridad cultural, México no. ¿Por qué no recibir en Los Pinos a escritores destacados, en lugar de únicamente a deportista ignorantes que patearon un balón en nombre de la patria? Ya no me cabe duda: los tiempos pasados fueron mejores.

octubre 28, 2015

México en plena globalización informativa

Hace un par de semanas un periodista radiofónico afamado se quejaba de que predominan entre nosotros las noticias locales y siempre distante aparece alguna información de carácter internacional. Éste es un problema en el que he pensado. En los tiempos muy severos de la “dictadura perfecta”, cuando me iniciaba en el periodismo, un sagaz jefe de prensa me dijo: René, si usted quiere ser un periodista crítico, concéntrese en temas internacionales. Diga cosas severas pensando en México, pero no lo mencione. Puede incluso atacar con dureza a personajes como el embajador de EU en México o al eterno secretario general de la CTM, poderosa entonces, Fidel Velázquez. Pero nunca al Presidente de la República.

Algo más, en esos años América Latina tenía un patológico número de tiranías, mientras que nosotros parecíamos ser libres y democráticos por más que el PRI ganara de manera aplastante con votos hasta de los muertos. Así que era posible y correcto políticamente criticar a las dictaduras latinoamericanas o a los violentos norteamericanos que pasan de una guerra a otra como si fueran juegos deportivos. Finalmente, la izquierda, entonces principalmente comunista, hablaba de “solidaridad proletaria” y cada vez que EU agredía un pueblo inerme como Corea o Vietnam, más adelante países árabes, uno podía desgañitarse en contra del “imperialismo”, palabra en boga consolidada por Lenin, en lugar de la que hoy utilizamos: globalización, donde unos globalizan y otros somos globalizados en detrimento de valores propios.

Fueron días en los que la crítica sobre los distintos países del mundo floreció. Parecía que nuestra vocación era de internacionalistas de izquierda, siempre atentos a las canalladas que cometían las potencias. Eran, además, años de Guerra Fría, intensos y brutales. EU concentraba su bestialidad militar en Vietnam, mientras que el rock and roll se había hecho contestatario, contracultural, como la poesía Beat.

Pero vino la transición democrática o algo así y los mexicanos al fin pudimos criticar al sistema político mexicano y al mismísimo presidente del país. Desde Vicente Fox hasta Peña Nieto, los mexicanos nos hemos envalentonado y no pasa un día sin que en las redes sociales no insulten, a veces gratuitamente, a los integrantes del poder que parecen asustados ante la avalancha de mentadas de madre que reciben. Dicho en otros términos, ahora EU puede bombardear alguna aldea árabe, los israelís masacrar palestinos sin que ningún periodista que se ufane de sus posturas “izquierdistas” diga una palabra, todo se concentra en el país. No más “internacionalismo proletario”, no más defensas a los países agredidos por las potencias occidentales. Japón y Alemania se rearman discretamente; Rusia vuelve a las acciones bélicas ahora a favor de sus intereses y aquí los comentaristas se han hecho expertos en lo más fácil, en criticar a los políticos nacionales, pobres diablos que valen poco. Es muy raro que de pronto haya manifestaciones estimuladas por los medios y las redes a favor de los palestinos, una población que diariamente es brutalmente golpeada. Si antes un taxista o un peluquero o un compañero de oficina se quejaban de las perversiones internacionales porque la censura les impedía tocar asuntos domésticos, ahora es justo a la inversa. Cómo podemos machacar con los 43 desaparecidos de Guerrero, mientras los crímenes que cometen las potencias con naciones débiles, pasan desapercibidos. Hay, entonces, una especie de nacionalismo informativo, que siempre busca el rating y la politización de los medios, porque tampoco les importan los hermanos que cumplían con su trabajo en Puebla y que fueron quemados por una muchedumbre.

No deja de ser curioso que en el momento en que más información internacional recibimos, no hablemos de sucesos que conmueven en otras latitudes. Medios y redes nos agobian con los temas nacionales y no es que ello esté mal, sino que nos margina de la verdadera globalización. Lo adecuado, pienso, es reflexionar sobre ambas situaciones y en los dos casos participar, mostrar que nos preocupa lo que le sucede al mundo. No somos un caso aislado y el único con graves problemas. Si antes éramos capaces de conmovernos por el estado crítico de los países árabes y africanos en general, ahora lo ignoramos, apenas tenemos una idea y en cambio nos hemos metido en laberintos nacionales por excesos de información falsa y de argumentaciones partidistas. Habría que buscar una posición razonable, pues somos parte de la globalización y lo que ocurra en China o en EU nos afecta.

Hay, sin embargo otra posibilidad: los asuntos internacionales se han hecho complejos y el mundo se ha convertido en muchos más países de los que había en 1945, luego de la Segunda Guerra Mundial. Para colmo otras partes como en España, Cataluña y el pueblo Vasco, o en la Gran Bretaña, Escocia e Irlanda, desean su independencia. Los asuntos planetarios son complejos. ¿Por qué un país diminuto como Corea del Norte reta al coloso estadunidense? Esto es, la globalización ha multiplicado los problemas en lugar de reducirlos. Mientras que en México todo es muy simple. La culpa de todo la tiene Peña Nieto. No es un estadista, ni su gabinete tiene genios, pero de allí a que su gobierno haya mandado matar normalistas de Guerrero hay distancia, sobre todo cuando nadie ignora que los mataron directamente perredistas, en complicidades múltiples con otros “izquierdistas” y ante la incapacidad del gobierno federal.

octubre 26, 2015

Con la zarzuela por dentro

Con altas y bajas, la pasión por la zarzuela en México fue intensa, parte esencial del pueblo español que nos ha quitado pero asimismo nos ha legado y ha sabido esparcir su cultura. También, habrá que aceptarlo, ha tenido sus detractores. Pero el llamado género chico en general ha vencido y convencido. Salvador Velarde, de padres españoles, nacido en Buenos Aires, escribió una espléndida obra al respecto: El mundo de la zarzuela. En ella nos narra sus tres siglos de historia, desde los remotos orígenes allá por 1620, con Lope de Vega y Calderón de la Barca, dos monstruos del Siglo de Oro, hasta llegar al convulso siglo XX, donde parece naufragar, luego de conocer sus momentos de mayor excepción, alrededor de 1940, pasando por soberbias épocas.

El género que tanto impresionara aun a músicos “serios” como Manuel de Falla, encontró la colaboración de grandes escritores. Pienso en el notable autor de sainetes, Carlos Arniches, un hombre que supo recoger el habla popular y el gracejo madrileño. La música española, y la zarzuela en particular, es algo profundamente propio. Su peso y sus sentimientos son tales que no importa si el creador es nacido en esas tierras de apasionado folklore y de provincias llenas de personalidad, o si es, como Glinka, Mussorgsky, Bizet o Tchaikovsky, extranjero, sus aires inalterablemente delatan la presencia de un pueblo lírico que suele expresar sus sentimientos en coplas, canciones y, desde luego, en zarzuelas.

Salvador Velarde dice: “Es la zarzuela con su azarosa existencia, sus periodos brillantes de vida cortesana, su alegre reinado en los corrales donde hace las delicias del pueblo; la zarzuela con sus victorias y sus derrotas, con sus apariciones y sus eclipses, la que nos intriga y apasiona, como una mujer coqueta que conoce el poder de su atractivo. A medida que vamos conociendo su historia, le vamos perdiendo el respeto, pero no la admiración y el cariño. Muchas de sus joyas y galas sabemos que no son suyas, pero ¿qué importa si las luce con tanta naturalidad y elegancia, que parece que las llevó siempre, heredadas de sus mayores y no tomadas del vecino?”.

La zarzuela más de una vez ha parecido derrotada y siempre ha vuelto a un plano destacado. El citado Velarde explica que, luego de un periodo de éxito, la zarzuela pierde terreno ante nuevas manifestaciones musicales, algunas venidas del extranjero, y antes de aceptar la derrota emigra al Nuevo Continente. Explica, de este modo, digamos, la salida del maestro Moreno Torroba, Penella y Balaguer, hacia Buenos Aires, alrededor de 1934, en busca de un clima más propicio para el género. En esta parte es cuando la zarzuela comienza a viajar con mayor intensidad, pues va de la mano de sus autores y mejores intérpretes y brinda, más adelante, la presencia de Moreno Torroba en México y de tal suerte la llegada de Pepita Embil y Plácido Domingo, padre, a tierras nacionales.

Zarzuelero o zarzuelista no es, como indica cualquier diccionario: aquél que escribe zarzuelas; con más rigor se trata de un magnífico intermediario entre el pueblo y la música, entre el ingenio popular y el gusto más refinado, alguien que en suma supo entender las necesidades artísticas de naciones enteras de habla española. Sus obras reflejaron épocas espléndidas llenas de encanto y candor, de música elegante y letras agudas o poéticas. Dicho en palabras de Antonio Villa, en la desaparecida revista Jueves de Excélsior: “Ese género chico que es un modelo del buen hacer, buen decir y buen cantar. En ese reducido espacio de una hora se han conseguido joyas que hoy tienen rango universal, sobre todo en género tan difícil como el sainete, que es espejo de la vida misma.” Cómo olvidar La verbena de la paloma; Doña Francisquita; Gigantes y cabezudos; La del manojo de rosas; Las leandras y, obviamente, la obra más representada en la historia de la zarzuela, Luisa Fernanda, de Federico Moreno Torroba, obra favorita de Plácido Domingo y Pepita Embil.

Cierto, en los nuevos tiempos la presencia de la cultura popular anglosajona ha hecho estragos y diezmado tradiciones. La benéfica influencia de España, como la de Francia, se ha visto disminuida. Recuerdo que durante mi adolescencia solía escuchar zarzuelas en casas de amistades de españoles emigrantes. No sólo ello, más de una vez, en aquellas fiestas de infinita cursilería de quince años donde se bailaba un vals para presentar a la joven en sociedad, algunos padres decidían sustituir el tradicional número de baile, por un trozo de zarzuela.

En México tenemos el libro Plácido Domingo y Pepita Embil. Lo abren Rafael Tovar, presidente de Conaculta y Pepita Serrano. El afamado tenor Plácido Domingo, hijo, y su hermana, María José Domingo, nos cuentan sus recuerdos sobre sus padres y hablan largamente del género. La obra concluye con una breve historia de la zarzuela, un recorrido de varios siglos y una lista detallada de las principales zarzuelas que va del año 1629 a 1975, que nos hace notar no sólo la presencia de músicos excepcionales, asimismo la parte escrita: de Lope de Vega y Calderón de la Barca a Juan Ramón Jiménez y Antonio Gala. Vale la pena leerlo. No es malo estimular la nostalgia.



octubre 25, 2015

Relatos de próxima aparición

Conocí a la Venus de Milo en 1960, tenía menos de treinta años y ella poco más de tres milenios. Sin importarme la diferencia de edades, me enamoré de esa mujer.

La mujer perfecta me ama
La mujer de perfecta hermosura que ni el tiempo impiadoso ha podido matar o deteriorar, aunque lo ha intentado, me ama. Ha perdido los brazos, pero sigue viva, orgullosa, sabiéndose admirada por millones de personas en las magnas escalinatas de El Louvre.
Conocí a la Venus de Milo en 1960, yo tenía menos de treinta años y ella poco más de tres milenios. Sin importarme la diferencia de edades, me enamoré perdidamente de esa mujer y en lo sucesivo una de mis ocupaciones más gozosas fue imaginarla sin túnica, me veía acariciando su bella cabeza y besándole los labios, los muslos y los senos mil veces para darles el calor que no tienen. Desde entonces, cada dos o tres años regreso a París y corro al museo a buscarla. A veces tengo celos: he podido observar entre la muchedumbre a tipos, igual que yo, apasionados por Venus, disfrutarla por horas y luego, lujuriosos, comprar tarjetas postales y réplicas suyas para ponerlas en la intimidad de sus alcobas. No me ha importado, porque estoy seguro de algo: ella es mía, me corresponde, cuando me acerco sus ojos pierden frialdad y se iluminan, como en los tiempos en que era una modelo y su creador, su primer amante, esculpía su cuerpo con delicados golpes de cincel en las maravillosas carnes de mármol.
Regreso al hogar
Apreciable lector, pongo dos opciones, seleccione por favor la de su agrado.
1: No tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una esposa insufrible, dos hijos latosos y un perro que sólo al verme gruñía agresivo. Por ello decidí cederle el paso al impetuoso ferrocarril. Fue una decisión afortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me quedé del otro lado de la ciudad para siempre.
2: Tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una maravillosa esposa, dos hijos encantadores y un perro que me adoraba. A pesar de mis deseos, fui respetuoso con el ferrocarril y no traté, también por precaución, de adelantármele cediéndole el escandaloso paso. Fue una decisión desafortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me quedé del otro lado de la ciudad para siempre.
Pero si usted ha quedado insatisfecho con ambas posibilidades, le brindamos una tercera:
3: No quería regresar, tanto su esposa, hijos, como el perro y la casa, le eran detestables, pero, hombre afecto a la legalidad y al orden, necesitaba recuperar sus documentos de identidad, credenciales, pasaporte, licencia para conducir, tarjetas de crédito y chequera, olvidados en el escritorio. Se propuso, entonces, pasar rápidamente y sin consideraciones o formalidades, recogerlos. El problema es que todos los días, cuando intentaba el retorno, un tren infinito le impedía el paso.
Mal negocio
El acuerdo de venderle el alma al Diablo, no es más un buen negocio como antaño lo fue. Hoy resulta riesgoso: a cambio de riquezas o de la vida eterna que puede conceder el Demonio, entregas una basura y ello es inequitativo para el Mal que busca un mínimo de pureza.
La masificación del pecado y su consecuente globalización han abaratado el espíritu, en nuestra época, es misérrimo. Cualquier día de estos veremos al Señor del Mal o a cualquiera de sus representantes cambiando sin éxito almas nuevas por viejas, en las calles de las grandes y nuevas babeles, donde al revés de la original, todos hablan una lengua común y nadie se entiende.
¿Qué es un fantasma para un fantasma?
¿Qué significa un fantasma para un fantasma? Justo lo contrario que para nosotros. Para la figura etérea las personas de carne y hueso somos quienes le inspiramos terror. Tal es la explicación por la cual apenas unos cuantos humanos hemos podido contemplar un fantasma: se ocultan en escondrijos imposibles de hallar, huyen en cuanto sienten nuestra presencia: provocamos espanto en las almas en pena, en los espíritus errabundos, en esas sombras que cruzan las paredes sin necesidad de puertas y que sufren o buscan venganza por alguna razón enigmática para la mayoría.
Los fantasmas suelen vivir en completa soledad, habitan en grandes y antiguas casonas o castillos medievales, góticos de preferencia: son sus lugares favoritos porque tienen muchas habitaciones e infinitos recovecos para ocultarse. Pero si uno se lo propone es posible encontrarlos y provocarles pánico. Muchos de ellos han muerto de espanto al toparse con un hombre. ¿Por qué?, podría preguntarse uno con dosis de ingenuidad. Porque somos terribles y monstruosos, destructivos y rencorosos. Pero ¿cómo es posible que un fantasma muera? Lo es, sólo que de manera distinta: ellos al fallecer de miedo, resucitan y quedan condenados a vivir eternamente. Éste es un castigo peor que simplemente morir.

octubre 23, 2015

Luciano Pavarotti en el cielo

Cuando hace años recibí la noticia del fallecimiento de Luciano Pavarotti, sentí tristeza. Era una voz privilegiada que a diferencia de otras encontró la época adecuada para perpetuarse a través de la tecnología, en este caso el disco y el video. Los dolidos comentarios oscilaban entre el elogio fácil de los medios comerciales que celebraban su actitud de vulgarizar la ópera, hasta aquellos que decían que no debió hacerlo, que el lugar natural de la ópera no es un estadio de futbol sino la sala de conciertos. Es difícil tomar partido entre ambas posturas. Se debe pugnar por llevar la música culta hasta donde sea posible. Jamás, por desgracia, llegará a las masas, a las multitudes, como todo arte, es de minorías. La cultura popular, apoyada básicamente por los medios electrónicos de comunicación no necesita más apoyo, por ahora cuentan con un soporte decidido y produce un placer estético dudoso. El gran arte, por desgracia, está destinado a una elite. Lo mismo ocurre en el capitalismo triunfante que en el socialismo que vio sus mejores momentos en la extinta Unión Soviética, donde no competía con el espectáculo que Vargas Llosa desdeña y todo mundo podía entrar al Bolshoi.

Como si fueran pocas las críticas a la “vulgarización” de la ópera por Pavarotti (más bien de ciertas arias), varios críticos señalaron que no sabía solfeo, que en las partituras que colocaban sobre el atril figuraban las letras, pero no así las notas.

Pavarotti era un tenor de nuestra época, una época marcada por el escándalo y por la tendencia a la frivolidad, cantó con la espléndida soprano Joan Sutherland, pero también lo hizo con las Spice Girls y Liza Minelli. Fue parte básica del famosísimo conjunto los tres tenores (para mí el de mejor voz) con Plácido Domingo y José Carreras. Se dio gusto a sí mismo cantando con todas las estrellas de la cultura pop. Lo hizo con Bono de U-2, Meat Loaf, Michael Bolton (que sí tiene pretensiones de tenor), Zucchero, Ricky Martin (uf), Elton John, Stevie Wonder, Michael Jackson, Sting y Bryan Adams; más de uno sonrió con cínica vergüenza al notar, junto a la suya, los alcances de la voz educada del tenor. Nunca quedaba un sitio disponible cuando se presentaban Pavarotti y sus amigos, todos ellos cantantes famosos que pertenecían a un mundo ajeno al del tenor que era capaz de alcanzar las notas más altas. Los discos se vendían a granel, quizá sigan siendo muy exitosos ya no tanto por quienes lo acompañaron sino por el recuerdo bonachón del cantante italiano. Los defensores de esta faceta del tenor alegaban que difundía la ópera, la ponía al alcance de las mayorías, hacía pedagogía operística ante las multitudes. Sin embargo, sus críticos observaban, un tanto conservadores, que la ópera es para sitios cerrados, no es un espectáculo mezclado con manifestaciones populares y finalmente es algo reservado para quienes la conocen y aman. Que, en todo caso, aquélla era su faceta de artista banal y exhibicionista, muy lejana del tenor memorable que fue.

Gonzalo Alonso, un hombre que vio a Pavarotti de cerca a lo largo de su carrera escribió algo ejemplar: De los tres tenores, “la voz de Luciano era impresionante por el volumen y el brillo. Era la del típico tenor italiano: soberbio el agudo, cálido el centro… Así lo comprendieron Joan Sutherland, Richard Bonynguey y la DECCA cuando lo invitaron a grabar sus primeras óperas completas: Beatrice di Tienda, La hija del regimiento, etcétera. Más discos, actuaciones en vivo y un poco de publicidad hicieron el resto: Pavarotti se convirtió en el rey de los tenores. Un reino compartido con Plácido Domingo, con el que mantuvo una rivalidad real —de la que fui testigo— hasta que el dinero y Carreras les unió. Desde aquel terrible concierto de los tres tenores en Caracalla de 1989, se transformaron en amigos rivales. He escrito terrible porque fue el concierto que hundió la ópera. Justificado como un intento de acercar al género a los grandes públicos, lo que sin duda logró, tuvo un efecto perverso. Tenores y sopranos de primera fila descubrieron que se podía ganar mucho más dinero con un concierto bien promovido que cantando una ópera en un teatro. Para colmo no necesitaban estar ensayando durante un mes. Nunca en la historia se habían dado carreras como las de hoy, con una Renée Fleming que sólo canta un par de óperas al año y el resto son recitales. Y las casas de discos, cansadas de no vender estos, decidieron participar en los conciertos y dirigir las carreras en vivo de sus artistas. Un gran cambio y nada positivo para el género.”

Cuando falleció Pavarotti, Arturo Reverter dijo en un breve pero contundente artículo (“Entre el descaro y la hermosura”): “No era un belcantista, lejos, desde luego, de un Kraus, pero su arte, algo primario, su timbre mediterráneo, serán recordados durante años”.

Es complicado saber cuántos de quienes fueron a escucharlo cantar con roqueros afamados se aficionaron a la ópera completa. No es lo mismo escuchar dos o tres arias atractivas que resistir una ópera completa de Wagner o de Verdi.

Pese a la polémica, Pavarotti estará en los cielos cantando el “Ave María” de Schubert, coreado por ángeles, querubines y serafines que jamás pusieron un pie o una alita en el conservatorio, todos mal dirigidos por el Señor.

octubre 21, 2015

La UNAM en vísperas del cambio

La UNAM, en México, es la Universidad por excelencia. Ha edificado en gran medida al México moderno. Explicar a la nación sin su presencia es imposible. De sus aulas han surgido algunos de los mejores hombres y mujeres del México contemporáneo. La lista de quienes estudiaron allí es infinita. Cómo no amarla o respetarla aunque hayamos estudiado en otras casas, nacionales o extranjeras. Pese a los descuidos gubernamentales, sigue siendo una fortaleza para la defensa de sus grandes valores. Allí estudié y me hice profesor. Sólo el nacimiento de la UAM-X me hizo buscar nuevas posibilidades educativas. El sistema modular, la negativa a ser una institución masificada, el contribuir a crear un proyecto distinto, me hizo salir de la UNAM, en la que incluso ocupé la extinta Dirección General de Difusión Cultural.

Ahora la UNAM, por razones normales, se agita en busca de un nuevo rector, una vez que han transcurrido los periodos del Dr. José Narro, otro amigo respetado. La lista de posibles sucesores pareciera larga, no lo es. Son muchos los que tienen cualidades para ocupar tan distinguido cargo y tratar de avanzar lo más posible en un México desconcertado, mal gobernado, en manos de personas que carecen de pasión por la educación pública, no la entienden, ignoran el papel que juega y las inmensas posibilidades de desarrollo que tiene. La nueva clase gobernante oscila entre la creencia de sistemas muy distantes de la vocación mexicana y la más ordinaria demagogia que imagina ser de “izquierda”. Entre ambas tendencias, la UNAM sufre las consecuencias.

La UAM ha tenido rectoras. Sólo en Xochimilco han gobernado dos y han hecho un buen papel. La actual, Patricia Alfaro, ha permitido un trabajo serio y hemos podido realizar buenas tareas. En lo personal, mi trabajo al frente de Extensión Universitaria, donde se trabaja por la difusión cultural, ha tenido apoyo suficiente. La UNAM sólo ha tenido rectores. Podría ser el momento, ahora que se insiste en la igualdad de género, de darle la estafeta a una mujer. Si en la política la equidad ha sido forzada, antinatural, en la UNAM podría ser lo contrario. Por ejemplo, Rosaura Ruiz goza de un bien ganado prestigio. En los cargos que ha ocupado, me señaló una excelente investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas, ha rendido buenas cuentas. Es pues, una mujer, a quien no conozco personalmente, pero que ha cumplido escrupulosamente con la llamada Máxima Casa de Estudios.

El programa de Rosaura Ruiz, actual directora de la Facultad de Ciencias, apoyado con su abultado currículum, debe ser leído con atención y revisar su vida laboral. Entre las propuestas de Rosaura destaca un hecho: la Universidad debe permanecer como un baluarte de la educación pública, laica, gratuita y de calidad, como un derecho del pueblo mexicano y el eje principal es elevar la calidad de la educación, en todos los niveles, que atiende la Máxima Casa de Estudios.

Para ella, la autonomía universitaria ampara la libertad de decisión, movimiento, pensamiento y expresión, en el ámbito de la docencia, la investigación, la divulgación del conocimiento y la administración interna, pero también implica la soberanía para regular y dirigir las relaciones que la Universidad mantiene con el mundo externo, gobierno, sociedad y sector privado. Asimismo considera que en la Universidad no deben tomar decisiones basadas en criterios partidistas; que ni los partidos ni los gobiernos traten de intervenir en la vida interna de la institución, aunque algunos la vean cercana al PRD y a Morena.

Ello es importante ahora que los principios neoliberales se han entronizado y que han entrado en pugna, sobre todo en las instituciones públicas, con la infinita charlatanería de una izquierda distante de serlo realmente. La UNAM debe buscar su propio camino y de nuevo recuperar los grandes valores que siempre ha mantenido aún en los momentos difíciles como fue el 68.

Su programa es claro y razonable, ataca las partes más débiles con el objeto de brindar una educación de calidad y que de nuevo la UNAM sea una poderosa institución, lejos de la fatiga que por ahora muestra. Por ello hay puntos clave relativos al fortalecimiento del bachillerato, acaso la parte más endeble, las licenciaturas y desde luego el posgrado. En materia cultural, un aspecto un tanto descuidado, Rosaura Ruiz plantea: “Aquí me propongo consolidar las funciones que actualmente ejercen la Dirección de Divulgación de la Ciencia, de la Coordinación de la Investigación Científica, la Dirección de Divulgación, de la Coordinación de Humanidades, y la propia Coordinación de Difusión Cultural.” Del mismo modo, su proyecto se ocupa de la educación a distancia para bien aprovechar las nuevas tecnologías. Sin duda habrá que estudiar la visión que tiene cada uno de los aspirantes y sobre todo ver sus carreras dentro de la UNAM, así como realizar comparaciones académicas y, ni remedio, también políticas.

octubre 19, 2015

Parménides García Saldaña, autor de culto

Los autores “malditos” son de culto. Nunca han sido muchos. Empezaron por ser diferentes a los demás, a la sociedad misma que los rodeó. Murieron por regla general en el anonimato o leídos por unos cuantos seres afines que apreciaron su literatura. Estaban predestinados, o eso suponemos, a obtener el reconocimiento después de la muerte. Sus huellas, sus señales, fueron seguidas y al final, lograron el reconocimiento que en vida no tuvieron. Es entre nosotros el caso de Parménides García Saldaña.

De mi generación fue el primero en morir. Si hemos de aceptar el terminajo de la Onda, impuesto por Margo Glantz, él era el que más se ajustaba a esa palabra, que de ninguna manera es capaz de designar a una generación compleja, variada y de importancia apenas estudiada, todavía vista con dosis de desdén. En un país sin crítica literaria, no hay mucho por hacer sino aguardar a que el tiempo cubra el hueco histórico. Parménides tenía una obsesión principal: escribir, hacer cuentos, crónicas y novelas de todo lo que veía y le gustaba del mundo. Pero el suyo, era otro mundo y su estilo muy peculiar, se tomó muy en serio los indicadores que aparecieron en el tiempo en que fuimos jóvenes: el rock no comercial, las drogas, el alcohol, ciertas literaturas vanguardistas y autores que de muchas formas le atraían, la naciente Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam...

 Parménides era distinto incluso a nosotros mismos. En su futuro no estaba formar una linda familia ni conformar un patrimonio ni acariciar una mascota. Él vivió su futuro en el presente, no dejó nada salvo una apasionada literatura. Sus amigos estábamos imposibilitados para seguirlo. Platicar con él era hablar con el mejor representante de una época breve pero brillante, audaz y rebelde, acaso soñadora. Poco a poco fue dejando páginas memorables y muy personales, su estilo literario era inconfundible, natural, había nacido con él. Muerto, por lustros lo dejamos en una gaveta. Pero Parménides era demasiado inquieto y aún muerto, en plena soledad, tendría que salir al aire. Sus pocos amigos de verdad y su hermano Edmundo, dimos la pelea y ahora los libros de mi aguerrido camarada vuelven a circular, de la mano de su hermano Edmundo y Valentín Galas.

En el tiempo que estuvo oculto, sus lectores aumentaron, los nuevos lo leen esperanzados. No todo está perdido, es posible soñar y vivir de otra manera. Esto es, los jóvenes más impetuosos lo han convertido en un autor de culto. Al principio con ignorancia y timidez, ahora Parménides ha resucitado con vigor. Representa como ninguno de nosotros la más intensa actitud contracultural que México ha vivido en la literatura. Supo crear su propio lenguaje, su manejo natural del inglés y del español lo situaba en una cómoda posición para entender y explicar a su tiempo.

Cuando murió, yo dirigía el suplemento cultural El Búho, del diario Excélsior. Busqué a un buen periodista, Enrique Montes García, y le pedí que hiciera un reportaje sobre su muerte. Resultó un trabajo memorable: “Parménides: rey criollo, rey de la onda” y más adelante lo publiqué en forma de libro en la UAM-X. Es una investigación que muestra al Parménides de sus últimos meses, quien podía estar físicamente deteriorado por los excesos, pero su espíritu era vigoroso. El autor del reportaje decía que el mito crecería hasta hacerse un escritor legendario. Era visto como un escritor maldito y el más fiel representante de una época que muchos han denominado La década prodigiosa, la que va, más o menos, del momento en que aparecen los Beatles, los Rolling Stones y Bob Dylan, a las muertes de muchos de los integrantes de esa generación que revolucionó la vida cultural del planeta, por ejemplo Janis Joplin y Hendrix. En el 68, por ejemplo, hemos olvidado que las canciones de muchos de ellos, figuras icónicas ya, eran cantadas en las grandes marchas, en París y en México.

Políticamente Parménides era un joven de izquierda, de la histórica, donde campeaba el marxismo y la figura del CheGuevara, recién asesinado en su intento por transformar el mundo. Tenía lo mejor de los sistemas posibles. Por eso era difícil de entender. Recuerdo una de las últimas comidas que como generación tuvimos, Parménides recién había fallecido y yo hice un brindis en su memoria. Otro compañero, ahora afamado, me refutó con violencia: para él, Parménides era un miserable. El silencio de los demás, nos dejó en plena polémica y de pronto un vaso se rompió. Sin ser creyentes ni supersticiosos, la discusión siguió. Yo dije: cuidado, Nacho, Parménides está aquí, está molesto y es aguerrido. Pedí otro vaso con whisky para su espíritu y cambiamos de tema. Con esta historia simplona, trato de señalar que aún dentro de nosotros mismos, no era entendido cabalmente.

Hoy ha vuelto y su cara jovial, sonriente, cordial, su apostura resistió el tiempo y la muerte. Sus libros circulan, en diversas editoriales, y los lectores lo descubren o lo redescubren. No era un hombre fácil, pero nunca fue capaz de perversión alguna. Simplemente, insisto, era en verdad distinto de todos nosotros y de una enorme e intensa lealtad a los valores que asumió como propios. Parménides no descansó en paz y regresó de entre los muertos, con valores y méritos indiscutibles y ajenos a las muchedumbres.