Tantadel

noviembre 30, 2015

Tlalpan, “lugar de paz y tranquilidad”

Estoy seguro que ya aburrí a mis escasos lectores con mis quejas de lo que ocurre en Tlalpan, no sólo las mías, sino las de un grupo de vecinos que vive de manera incómoda en una zona donde pagamos impuestos de primer mundo a cambio de servicios de quinto. El problema es que tenemos nuevas autoridades, ahora de Morena, y no sólo se han mantenido nuestros problemas sino que han aumentado. Omito el largo historial desde que llegó el primer perredista a la delegación de Tlalpan, el afamado Pino, y pronunció frases memorables: “Más vale un taquero que un ratero”, “No exageren, es lana p’al pollito”…, y la demagogia populista prosigue hasta el día de hoy.

A ver. Mi ejemplo es, desde luego, las calles que rodean mi casa en la Avenida Zacatepetl, entre Periférico Sur y Camino a Santa Teresa. A un lado de una elegante y descomunal iglesia, cuyo nombre es largo y extraño, estuvo un taquero que, al final, ya invertía en la Bolsa de valores, esto es, se hizo rico. Los permisos jamás le fueron negados pese a nuestras protestas. Las autoridades lo estimulaban elogiando sus productos que iban a parar a los festejos delegacionales. De pronto algo sucedió, lo cambiaron de lugar y ahora está a unos cincuenta metros de la iglesia, en espacio más modesto, pero ha colocado anuncios y hay “valet parking”. Los domingos, día de misa, coloca una sucursal, en la contra esquina. Un acierto, el otro día pude ver a las damas de una elegante novia detenerse a engullir tres de frijoles con chicharrón prensado, antes de entregar las arras. Pero hay más, este taquero posee una sucursal más, fija; para ponerla se robaron un pedazo de banqueta y le colocaron cemento al pasto. Eso es respeto a la ley.

Otro problema es el intenso tránsito vehicular. Zacatepetl, al llegar a la entrada del Bosque de Tlalpan, se convierte en una especie de embudo y quedan dos carriles en donde compiten pequeños restaurantes callejeros, puestos de jugos, vendedores de golosinas y productos chatarra, frutas, ropa deportiva y de vestir, hay un señor que bolea zapatos, una señora que regala periódicos y, para no seguir con la lista, acaba de instalarse un puesto que vende árboles navideños y nochebuenas, cuando del otro extremo existen dos más de flores. Tenemos, pues, un Perisur de los pobres. Recuerdo que en la época de López Obrador, se me ocurrió invitarlo, como luego lo hice con Marcelo Ebrard, hoy prófugo en París, a desayunar y a ir de compras, pero no a mi casa sino a cualquiera de los puestos de “sabrosos” guisados y antojitos. Las calles tienen letreros que dicen “Tlalpan, zona de paz” y “No estacionarse”, justo donde docenas de coches están detenidos y sus conductores comen plácidamente en cualquiera de los puestos. Ah, olvidé citar dos de atole y tamales. Por supuesto, ninguno aceptó mi suculenta invitación. Absurdo, porque los fines de semana las ofertas abundan. Hay un automóvil que se detiene en donde le da la gana y su conductor ofrece bolsos de piel italiana y acepta tarjetas de crédito. Vaya sofisticación. Dudo que los ambulantes, que no pagan impuestos sino dan sobornos, sean pobres.

Alguna vez, como funcionario de la UAM-X, me tocó recibir a la delegada Marisela Contreras y aproveché para explicarle el problema. Me dijo que vería qué podía hacer y fue generosa: quitó al puesto que estaba donde ahora, ya con delegada de Morena, está el de árboles de Navidad y que impide el paso peatonal. Los vecinos somos optimistas, pensamos que Claudia Sheinbaum, ahora en Morena, sería consecuente con nuestros ruegos y hablamos a la delegación. Una voz femenina respondió con aburrimiento y nos dio la lista de pruebas que se requerían para que la Delegación hiciera su trabajo. Incluía fotografías y selfis con los dueño de los puestos, todo con copia a López Obrador.

El problema aumenta cuando vemos que sólo de vez en cuando barren y la basura es recogida con dificultades y sin la debida regularidad. Esto lo menciono para que sepan el origen de las inundaciones y no nos echen la culpa a los simples ciudadanos de arrojar basura en cualquier esquina. Y vaya que de esta zona sale basura, incluida la de los usuarios del Bosque de Tlalpan.

Sé que la señora Sheinbaum vive en esta delegación que ahora comanda como antes lo hizo por corto tiempo su esposo, Carlos Ímaz; entonces pensamos que podría apiadarse de nosotros y ver de qué manera los que pagamos altos impuestos, podemos disfrutar de nuestras respectivas casas en lugar de barrer las calles o de luchar por entrar en nuestros garajes, siempre rodeados de coches de empleados de Elektra o de alguna otra empresa cercana.

Llama la atención que en la frontera de Tlalpan, en terrenos de Coyoacán, alrededor de Perisur, todo esté limpio y no haya ambulantes. En muy pocos años, los que lleva “la izquierda” en el poder del DF, nuestra zona se hizo un muladar.

La verdad es que, lo juro, ésta es la última nota que escribo sobre el tema, voy a renunciar a mi cargo de profesor universitario para poner un puesto de tortas en Zacatepetl y Santa Teresa, acabo de observar que hay un huequito, lo ocuparé y me haré rico.

noviembre 29, 2015

La ruta del suicidio

Creo que Yukio Mishima es buen ejemplo para entender las razones por las que alguien se mata. El escritor japonés lo hizo por honor.

Mi novela Réquiem por un suicida resultó de un proceso de investigación bibliográfica y de campo; fue un proceso complejo, largo, poco sabía sobre el tema. Durante la lectura pública del primer capítulo, una mujer, conmovida, se acercó y me dijo: No vaya a suicidarse. No, señora, se matará mi personaje. Tenía yo un tema atractivo y acaso el tono adecuado, ¿y el resto? Medité en todo lo que había escrito. El tema de la muerte voluntaria aparecía con regularidad. En mi novela anterior, La canción de Odette, el hermoso personaje femenino se libera, envenenándose, de los dolores y de la vejez que detestaba. No obstante, mi conocimiento sobre el tema era limitado. Me propuse averiguar más para continuar la obra.
A lo largo de diez años hurgué sobre el tema en novelistas, siquiatras, filósofos, laicos, creyentes, en las religiones, en el imaginario de los mexicanos y hablé con dolientes de suicidas. No muchos aceptaban la muerte liberadora. Pero mientras la sociedad y sus autoridades buscan contenerlo, el número de suicidios va en aumento por diversas razones. El pasado jueves leí una noticia oficial: los suicidios en México se incrementaron en 58 por ciento.
Quienes mucho me ayudaron en la novela fueron HemingwayMishimaHoracio Quiroga y Albert Camus. Los primeros con sus dramáticas muertes y el cuarto con sus reflexiones al respecto: el suicidio es un acto de libertad. El listado es inmenso, pero sólo recordamos a los artistas e intelectuales afamados. La historia poco se apiada de aquellos que mueren solos y miserables arrojándose a las ruedas del Metro. Concluí que la muerte voluntaria, asistida o no, es un derecho humano. Me interesan aquellas figuras de carácter fuerte que se matan. Las razones podrían ser diversas: indigencia, fracasos, desamor, soledad, crisis. La depresión, en su última fase, conduce al suicidio. Para combatirlo han inventado instituciones y frases baratas. El problema es que la gente piensa más en familiares y amigos que en la persona que opta por morir. Vale añadir que la novela fue finalista del Premio Planeta, apareció en España en 1993 y allí tuvo cuatro ediciones antes de publicarse en México.
La reacción aquí fue curiosa. Nadie me acusó de hacer una apología de la muerte voluntaria, salvo mi entrañable amiga Elena Garro a quien, por cierto, la novela está dedicada. En un artículo aparecido en Excélsior advierte a los jóvenes que no caigan en “mi invitación a matarse”. Pero la novela no es una apología del suicidio, es un alegato literario sobre la libertad de decidir por la muerte. Al contrario, he recibido y sigo recibiendo cartas y correos de personas que por esta ruta perdieron a un ser querido. Recuerdo las líneas de una madre que me explicaba que gracias a la obra había entendido la muerte de su hijo. Hace unos meses, en un homenaje a Óscar de la Borbolla, una mujer me dijo que miRéquiem le fue importante al tratar de explicarse la muerte voluntaria de su esposo.
Creo que Mishima, en tal sentido, es buen ejemplo para entender las razones por las que alguien se mata. Él lo hizo por honor, porque los valores en los que depositaba su fe habían dejado de existir luego de la Segunda Guerra Mundial. Mishima era realmente un samurái, el último que hemos visto y como tal murió no en combate sino por el afilado cuchillo que él mismo empuñó. Dejó una extensa obra artística fundamentalmente en prosa narrativa y diversos enigmas sobre su homosexualidad y patriotismo. Pudo no haberse dado muerte, pero era una hermosa forma de protestar públicamente, asistido por la lealtad de su “ejército”. El auténtico Mishima está no en su postrera lucha política sino en la intensidad de sus novelas y relatos. Su mente creativa y compleja convirtió su vida en una larga agonía cuyo lógico final fue el suicidio. Cuando se ha perdido el amor o el talento, cuando los sistemas políticos brutales se imponen, no existe otra ruta más que la muerte voluntaria, pareciera decir Mayakovski. No es un acto de cobardía como la gente común supone, es exactamente lo contrario. En las páginas de mi novela relato la experiencia que muchos han sentido al apurar el veneno, desangrarse, tirarse de un edificio o darse un pistoletazo en la sien. Imposible no pensar en el Hemingway incapaz de cubrir una guerra o de aventurarse en África en busca de grandes presas, disparándose con una escopeta para evitar los dolores preludio de un atroz final.
El poeta ruso Esenin debió reflexionar mucho sobre la solución última aun antes de percatarse de que los nuevos tiempos no eran los suyos. Por desgracia el genio de un creador no siempre es insensible a los vientos sociales, políticos o amorosos. Al contrario. Sabemos que no todos son felices desdentados y sin cabello, soportando dolores y el ingrato sabor de los medicamentos, arrumbados en una habitación, lejos de los ruidos e inquietudes mundanas. Si ahora hablamos de muerte asistida, algo hemos avanzado.
Lo extraño de Réquiem por un suicida es que el personaje Gustavo Treviño nace y vive exitoso, pero lleva, como Quiroga, los gérmenes de la inmolación, pues nunca será feliz. Así como en un cuento de Kafka, un hombre muere de hambre porque no le gustó comer, mi protagonista deja de existir porque no amaba al mundo y era incapaz de transformarlo.

noviembre 27, 2015

El DF, la joya de la corona

La visible decadencia y fracaso del sistema político permite vislumbrar mejor el caos que será 2018. Mientras la atención está centrada en los aspirantes presidenciales y los partidos buscan en sus filas e incluso fuera de ellas al candidato ideal para ocupar Los Pinos, son pocos los que reflexionan sobre el destino de una de las ciudades más populosas, desordenadas y conflictivas del mundo: la arrogante capital de México, corazón de un país condenado a la desigualdad y a la falta de real democracia.

Los aztecas lo que encontraron no fue la región más transparente, sino el futuro escenario de los problemas de una nación que carece realmente de identidad y a la que la recién llegada globalización sobre un proyecto neoliberal ha abrumado por completo.

Capital gobernada por el peor partido durante décadas, hoy no está en mejores manos, sino en las que sus habitantes no exentos de ingenuidad creen ser las indicadas: las del PRD, el que si en 1989 fue esperanzador, hoy es una realidad aterradora. En especial, ahora que un ex priista y ex perredista ha construido su propio partido y su primer triunfo fue conquistar medio DF. El masoquismo capitalino no proviene de que vean en López Obrador un estadista glorioso y mesiánico, sino en el temor que el regreso del PRI produce. Lo que no observan los defeños es que la totalidad de los jugadores políticos han sido priizados; es decir, todos, panistas, petistas, perredistas y hasta morenistas, están hecho con el modelo del PRI. Nadie escapa a esas reglas impuestas a punta de garrotazos y frases comunes. Usando terminología religiosa, todos los políticos mexicanos están hechos a imagen y semejanza del PRI. Impresiona escuchar a jóvenes políticos o funcionarios haciendo política a la manera de tal partido. Si los comunistas intentaron hacer una política distinta, basada en el pensamiento filosófico de Marx, Engels y Lenin, hoy, tirios y troyanos carecen de ideología o de un soporte capaz de permitir que otras reglas conduzcan la búsqueda del poder. Pero no podría decir cuál de los partidos es el peor. Todos son iguales.

El DF que vemos está en manos de una masa gelatinosa que llamamos “izquierda”, por carecer de términos adecuados para calificarla. En estos momentos le pertenece a una extraña secta que en su mayoría fue priista, luego perredista y “ciudadana” y hoy se dividió como amiba en dos. El PRI no existe en la capital y al parecer tampoco les importa mucho.
Pero la política es movimiento y alguien dentro del gobierno de Peña Nieto recordó que el DF es una refulgente corona a la que el resto del país mira con envidia y malestar por el centralismo histórico que padecemos, y ahora se menciona con timidez el nombre de alguien que pueda recuperar la capital, escenario de las grandes luchas políticas. El nombre es de una mujer conversa quizá por una pesada jugarreta histórica: Rosario Robles, a quien Peña Nieto rescató y ahora mueve de un cargo a otro sin mucha idea de lo que es México y cuál es su manera de imaginar la política.

Rosario Robles es política natural. Jamás ha tenido un cargo de elección popular, pero ha sido afortunada. Cárdenas la tuvo cerca y le dejó por un tiempo las riendas del DF. Poco después viene una historia que ha sido magnificada y discutida hasta el hartazgo y al fin, la audaz mujer cae en un pozo que parece sin fondo, sin pensar que justo era como la caja de Pandora: tenía fondo y allí estaba la esperanza. Rosario regresó de entre los muertos y Peña Nieto tuvo el acierto de ponerla en un lugar clave para que ella pudiera mostrar sus habilidades aprendidas en el PRD: mitigar la miseria, entre otras.

Rosario dejó atrás los insultos de sus antes colegas “izquierdistas” y de sus caudillos y pasó a formar parte destacada del gabinete de Peña Nieto. Vistas las cosas a la mexicana, con pragmatismo barato, hizo un buen papel. Cambió de hábitos y vestimenta, se pasó de proyecto guerrillero a elegante y reflexiva funcionaria. Sin razón aparente y buscando un candidato para sucederlo, Peña la cambió de cargo. Para muchos analistas la degradó. Podría ser. Pero ahora que el PRI busca candidatos en silencio y jurando que no piensan en el 2018, aparece la persona indicada, a decir de algunos periodistas, para recuperar el DF: Rosario es la candidata ideal para enfrentar a perredistas, fanáticos de López Obrador y panistas. Para colmo, podría ser, en esta época de género, la primera mujer en gobernar la capital.

Cuando leí y escuché la muy anticipada nota o comentario, me desconcerté, pero pensándolo bien, es cierto. De esta manera el PRI, que podría perder Los Pinos con tales posibles candidatos como tiene, a cambio estaría en posibilidades de obtener la preciada y sobrepoblada ciudad de México. No es una idea descabellada. Además, conoce no sólo las entrañas de su ex partido, sino su modus operandi. Rosario tiene asimismo cierto toque de “independiente”, lo que facilita las cosas en un país que está harto de los partidos y que supone que la ansiada democracia y justicia social podría llegar por esta vía. Podría ser. Si El Bronco triunfó en Nuevo León y ya existen miles de broncos en cierne en toda la República, ¿por qué no pensar en darle el voto a Rosario Robles, una vez que Peña Nieto y su poco eficaz equipo se quiebren inútilmente la cabeza para no perder de nuevo un gran proceso electoral? No es mala idea, al menos debe intentarlo si nada de valor tiene en las manos.

noviembre 25, 2015

¡Leo… luego existo!

El INBA tiene entre sus actividades un programa que es sustantivo: la motivación por la lectura, cuyo objetivo principal es, desde luego, fomentar la lectura. Lo lleva a cabo todo el año y lo celebra, básicamente, con universidades públicas, en distintos estados de la República. Sin duda, ha alcanzado notoriedad y relevancia por la generosidad de sus propósitos y porque participan actores de altísimo rango: Ignacio López Tarso, Carlos Bracho, Edith González, Lilia Aragón, Arturo Rosales, La Catrina, Juan Ignacio Aranda y muchos más.

Como es normal, la fama de estos actores y actrices legendarios atrae al público y la lectura despierta pasiones que yo desconocía. Este mes, noviembre, donde a la mitad es mi cumpleaños, el INBA me dedicó las lecturas y de este modo han leído relatos míos en distintos puntos de la República. El lunes comenzaron en Tlaxcala, Acapulco (me dicen) y en Pachuca, donde tal programa es acogido con entusiasmo desde siempre. Allí, la Universidad Autónoma del estado de Hidalgo lo comparte con verdadero placer. Vale la pena señalar que Corina Martínez, promotora cultural infatigable, les da especial importancia. Sabe, como el INBA, que vale la pena para fomentar el hábito de la buena lectura.

Pues sí, hasta Pachuca fui a dar, ciudad que se ha hecho entrañable para mí. Curiosamente, no hace mucho, me correspondió presentar un soberbio libro sobre las esculturas que Sebastián acaba de instalar en distintos puntos de la ciudad. Uno de los ensayos sobre las obras de mi estimado amigo me correspondió redactarlo. Para colmo de bienes, en la universidad hidalguense, la UAEH, cuando cumplí 50 años como escritor, me organizó uno de los más emotivos homenajes que he recibido en mi vida, presidido por el rector Humberto Veras Godoy. Baste decir que su Orquesta Sinfónica interpretó en mi honor obras de Mozart y Schubert y el discurso de presentación, que me dejó impresionado, estuvo a cargo de la maestra Rosa María Valles, autora de múltiples libros.
En esa ciudad que crece de manera armónica y bella, durante la mañana, un grupo de alumnos y profesores, encabezados por la maestra Valles, me entrevistaron largamente con el objeto de llevar a cabo un libro y un video. Será un paso en el acercamiento de escritores e intelectuales a esa casa de estudios. En la tarde, fue la lectura de cuentos míos, una selección de relatos breves a cargo de Arturo Rosales, La Catrina, en uno de los magníficos recintos de la UAEH.

El acto para mí fue grato y sorpresivo. Cuando dieron la tercera llamada, por la puerta principal entró el actor, maravillosamente ataviado como la figura que popularizaron Posada y Diego Rivera, cantando “Bésame mucho”, se paseó por todo el teatro ante jóvenes y personas adultas y ya en el estrado hizo comentarios de un alto sentido del humor y con cautela fue preparando el terreno para llevar a cabo la lectura de relatos míos de distintas épocas. Con elegancia y sofisticación y sin suspender las ironías cordiales, La Catrina comenzó a leer. Entre cada texto hacía alguna broma e interactuaba con el público. En realidad su trabajo lo lleva a cabo con una seriedad completa: hay que provocar el entusiasmo del público por los libros.

La selección de cuentos que hizo fue peculiar: arrancó con los más breves, lo que ahora llaman minificciones o microrrelatos, y entre lecturas se dirigía al público incitándolos a reír y a gustar de las historias. Con plena honestidad, mis cuentos adquirieron un valor que desconocía. En su voz y actuación profesional, cada lectura era una obra de arte y los aplausos iban en aumento. De pronto La Catrina se levantaba de su asiento y le rogaba al público admiraran sus ropajes, los modelaba, se ajustaba el sombrero y se retocaba los labios. Miraba fijamente a una jovencita y le decía: Por Dios, corazón, presta atención a la lectura y déjate de jalar los pelos, ellos solos crecerán sin que tires de ellos. Volvía parsimoniosamente a la lectura: Ay, éste es de mis favoritos… La gente aplaudía con entusiasmo.

Al concluir y con voz melodiosa dijo: Ahora los voy a examinar, no tengan ningún temor, sólo quiero saber si aprovecharon la lectura de René Avilés Fabila y comenzó por la primera fila, de uno en uno, a recoger opiniones y comentarios. La mayoría lo felicitó por las brillantes interpretaciones que él-ella supo leer con genio y simpatía. En lo personal he tenido pocas experiencias con actores-lectores de mi obra. Una vez en Bellas Artes, en la sala Ponce, Jacqueline Andere y Carlos Bracho leyeron fragmentos de mi novela Tantadel. Pero es una novela de tonos dramáticos amorosos. En el caso de La Catrina, la selección fue de cuentos con fuerte sentido del humor, y cada uno adquirió una peculiar brillantez.

Al final, entró un trío a cantarme las típicas mañanitas por mi cumpleaños y una versión de las mañanitas huastecas muy hermosa. El resto fueron sesiones interminables de fotografías. Todos querían retratarse con Arturo Rosales, La Catrina. Le agradecí la lectura, su talento y sentido del humor, sus capacidades histriónicas y su manera efectiva de promover la lectura. Ahora espero nervioso el evento, que con el mismo propósito Bellas Artes hará el próximo domingo 29, donde Ignacio López Tarso, Edith González y Juan Ignacio Aranda leerán cuentos míos.

noviembre 23, 2015

La cultura en el capitalismo

Nada, en apariencia, suena más incompatible que hablar de cultura y negocios. Pero si observamos bien las cosas, en tiempos remotos los nobles, con frecuencia adinerados, solían proteger a los escritores, músicos y literatos. Aquel fenómeno se calificó como mecenazgo y fue sumamente provechoso para el desarrollo de las artes. La Iglesia católica se especializó en cuidar de las haciendas de los grandes pintores y de los músicos sobresalientes porque tenían un fin concreto: promover la religión entre el mayor número posible de personas. Las grandes catedrales tuvieron murales soberbios y cuadros sublimes y en sus interiores la música de Bach, Beethoven o Mozart, conmovía a los fieles.

En México, se prefirió, luego de la Revolución Mexicana, darle al Estado poderes para promover las artes. Esta tarea quedó en manos de la naciente Secretaría de Educación Pública y más adelante en el Instituto Nacional de Bellas Artes. En otros países, en los socialistas, por ejemplo, mientras existieron, mantuvieron una tenaz situación al respecto. Las autoridades estimulaban la creación o la frenaban, según sus intereses políticos. Eso retrasó el avance artístico. La cultura se hizo panfletaria y la libertad de creación se vio dañada. El arte al servicio del Estado fue un desastre en términos generales. Acaso hubo avances musicales, pero eso se debió al carácter abstracto de tal arte.

En México se agotó el arte con mensajes protegidos por el Estado. Fueron muchos los artistas plásticos y literarios que rompieron con esa escuela que encabezaron Rivera, Siqueiros y Orozco, orientando a muchos pintores y grabadores. Fue Carlos Mérida, pintor de origen guatemalteco, amigo personal de Klee, Picasso y Modigliani, el primero en caminar hacia el caballete y hacia el abstraccionismo, antes de que la generación denominada de la “Ruptura” hiciera de lado al arte con mensaje social.

El resto es complicado y al final los caminos del arte fueron muchos y diversos y el Estado agotó su papel rector de la cultura a pesar de que Conaculta es una fuerte realidad y Peña Nieto ha prometido una Secretaría de Cultura.

Al margen de esta situación o quizás por ella, no han sido muchos los empresarios poderosos que deciden apoyar a las artes. Carlos Slim, Jumex y Banamex, por ejemplo, actúan en tal sentido, pero los resultados no son suficientes. Y más bien lo hacen con el fin de deducir impuestos. Es importante que, dentro de un mundo globalizado en el que ha triunfado, no sin resistencias, el capitalismo, se sigan los ejemplos que le han dado prestigio a países como Gran Bretaña y Estados Unidos, donde los grandes museos y las mayores salas de conciertos, son el resultado de empresarios o patronatos de personas que han logrado hacer grandes fortunas y al mismo tiempo saben el valor de la cultura. En la entrada de esos sitios casi siempre hay una lista de benefactores o de agrupaciones privadas que mantienen la vida y el trabajo de esos recintos. No hay necesidad del Estado. Incluso la edificación o ampliación de un museo, es obra de particulares. Unos los edificaron en vida, otros dejaron recursos para universidades existentes o para la creación de nuevas.

En esta nueva era, en pleno siglo XXI, México se debate en esta discusión. Es tiempo de finalizar y de estimular a los empresarios y apoyar la cultura. México sería mejor receptor de recursos e inversiones si se le ofrece al turismo y a los propios mexicanos, una larga cadena de empresas culturales y educativas. No es tiempo de mirar la tradición en tal sentido, el Estado se agotó. Lo inteligente es mirar el futuro y apoyarse en los países que han tenido éxito en esta idea de invertir en la cultura. No se trata de comprar cuadros para tener en casa, que es posible hacerlo, sino de impulsar al país invirtiendo en cultura.

También la cultura puede ser lucrativa. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía la cultura aporta al PIB 2.7%, lo que equivale a casi 400 mil millones de pesos, cifra semejante a la de España. Además agrega que los mexicanos gastan en cultura cerca del 4% del consumo total de bienes y servicios al año.

El universo de empresas que pueden formarse alrededor de la cultura es muy diverso e incluye: teatro, editoriales, venta de instrumentos musicales, comercio de arte, prensa, radio, televisión, cine, video, publicidad, diseño gráfico, de interiores, arquitectura, danza, literatura, artes plásticas, museos, galerías, comercio de antigüedades, consultoría, turismo cultural, gastronomía, entre otros. También están las actividades vinculadas a la ciencia e innovaciones tecnológicas. Según datos de Eduardo Cruz, hasta 2009 se contabilizaban 185 mil micros, pequeñas y medianas empresas culturales en México.

El mundo se globalizó con reglas capitalistas que dominan al mercado y relegan el papel del Estado. Habrá que replantear la cultura, pues ya no es en México el único en promoverla a través del gobierno y de las universidades públicas. En materia editorial, por ejemplo, han surgido docenas de editoriales de todos tamaños, más abiertas que el Fondo de Cultura Económica, siempre en manos de un amigo del presidente en turno y cuya pluralidad es inexistente. Prevalecen intereses personales. Entonces, ¿para qué alarmarse ante una cultura en manos de promotores privados y empresarios? Los artistas, al no hallar las puertas culturales del Estado, buscan sus propias formas de trabajar.

noviembre 22, 2015

Las mujeres que más he amado

Las recuerdo, yo niño y ellas jóvenes. Luego, la nada; borré el cine mexicano: las actrices de hoy parecen hechas con el mismo molde.

Tratando de poner orden en mis libros, qué dejo y qué elimino, encontré listas de mujeres que he amado intensa y pasionalmente. Hice los recuentos muchos años atrás, sin embargo, pienso que podría repetirlos. En lustros no he dado con una mujer que me atormente como lo hicieron las enlistadas. Uno de los capítulos lleva por título Las mujeres inalcanzables y lo inicio con El nacimiento de Venus deBotticelli, a quien vi por vez primera en Florencia, en la Galería de los Uffizi, en 1970. Adquirí una copia y, desde entonces, la he tenido cerca. Mi devoción hacia esa belleza compite con una que pintó ModiglianiDesnudo acostado. Son cuerpos hermosos y distintos, la primera es virginal y la segunda erótica. Pero es laVenus de Milo la que más he amado. He publicado minificciones en libros y en internet donde, pese a las diferencias de edades, narro mi amor por ella.
En la cinematografía también he tenido pasiones mayores. No en filmes mexicanos, aunque debo hacer una precisión: si bien no idolatraba a María Félix ni a Dolores del Río, por extrañas perversiones no podía dejar de lado los horrendos dramones campiranos o arrabaleros donde disfrutaba a Sofía ÁlvarezElsa Aguirre (a quien Rafael Solana me presentó alguna vez), Rosita Quintana yMaría Elena Marqués. Las recuerdo, yo niño y ellas jóvenes. Luego, la nada; borré el cine mexicano: las actrices de hoy parecen hechas con el mismo molde, carecen de la distinción de aquellas divas que tenían poderosas personalidades. Pocos han dejado de impresionarse con el rostro de la Félix fotografiado por Gabriel Figueroa.
Las soberbias mujeres vistas en los grandes cines, como el Roble, Manacar o el Palacio Chino, que me dejaron huella indeleble fueron otras: me soñé besando a Kim Novak o bailando con Cyd Charisse o con Ginger Rogers. Cuánto quise ser Fred Astaire para tomarlas de la cintura y moverme siguiendo cadencias memorables. No compartí la devoción de los Kennedy por Marilyn Monroe. Escribí: “…tuve la fortuna de enamorarme de Jean Harlow y no de Mae West, deMary Pickford y no de Theda Bara”. Al contrario de Carlos Fuentes, no me gustaba Gloria Swanson o de Bonifaz Nuño, quien le regaló versos luminosos a Lucía Méndez. Otros han sido mis gustos, otra mi idea de belleza femenina e incluye siempre sensibilidad y audacia para no esperar órdenes de los varones o disposiciones sociales. Me fue suficiente con ver a Claudia Cardinale y a Audrey Hepburn, tan opuestas, en filmes basados en novelas de Moravia y de Capote.
Los milagros no son frecuentes y en mi mundo no existen, nunca pude ver a esos amores. Pero en París los portentos ocurren: una vez, cruzando el jardín de Luxemburgo (con Iris, mi hermana), en una banca, estaba sentada la perfecta Catherine Deneuve, quien me cautivó al verla en Belle de jour, de Luis Buñuel. Mi descripción viene de esos días: “Hierática, imperturbable, perfecta, con estupendos problemas sexuales. Estaba sola, con las manos juntas, como una escultura de mármol cubierta por un chal rojizo y una larga falda negra… Su belleza era aún mayor que en la pantalla. Nadie se acercaba a ella. Ni siquiera sus compañeros. No me pasó por la mente la posibilidad de pedirle su firma en mi cuaderno escolar. Sólo la miré hasta que el sueño concluyó y Catherine desapareció lenta, elegantemente, majestuosa, con rumbo a la salida del jardín, hacia un automóvil oscuro. No maldije mi timidez, me bastó verla a corta distancia durante eternos minutos, que para mí fueron años, siglos”. Una amada reciente es Michelle Pfeiffer, aun madura, me encanta.
Si he de ser franco, en esta apretada síntesis, las mujeres que más he amado son aquellas que están en las páginas de la gran literatura. Amo, digamos, a Emma Bovary, a la Karenina, a lady Chatterley y a Lolita, adolescente perversa. A todas ellas les he puesto otras caras y diferentes cuerpos distantes de las actrices que las interpretaron y, cuando alguna “heroína” aparece en mis novelas, suele ser a mi gusto y siempre es bella, de cuerpo perfecto, morena, sensual, cabello sedoso… Son mis creaciones, puedo ponerlas como me dé la gana y así me placen.
La mujer que más admiro es hechura de Goethe: Clara. Su hermosura va de la mano de su sinceridad y coraje. Es capaz de enfrentar las críticas sociales y familiares y decirle a Egmont: “¡Oh!, dejadme morir, dejadme; no hay mayor goce que éste.” Pero Clara va más lejos cuando oye que su madre le reprocha el amor por el noble: “¿No es bastante mi dolor que seas una perdida?”, Clara, audaz, se defiende con argumentos distantes de su educación aldeana: “¡Una perdida! ¡La amante de Egmont una perdida!... ¡Qué princesa no envidiaría a la pobre Clara ese puesto en su corazón!... Madre, por Dios, no hables así… Querida mamá… sé indulgente… ¡Mamá!... Vaya con lo que el pueblo piensa y charlan los vecinos… este cuartito, esta casa es un paraíso desde que la habita el amor de Egmont”. Este momento de grandeza amorosa me cautivó. Goethe había creado una mujer distinta.
Desde niño pensé en mujeres, ignoro si todas eran como las recuerdo, guapas, deseables, pero al escribir sobre ellas he tratado de darles no sólo hermosura física, sino también cultura, inteligencia y la dignidad que otros autores les han restado.

noviembre 20, 2015

El discurso político-universitario

Hace unos cincuenta años, los revolucionarios cubanos luchaban con todas las armas para defender y promover su inmenso movimiento social. Siempre recurrían a la terminología ideológica marxista. Si se hablaba de arte y literatura, utilizaban un lenguaje político, si era de arquitectura o de medicina, igual lo hacían. Cualquier camino nacía e invitaba a seguir su ruta. Pero el lenguaje se gastó y hoy apenas lo usan para defender algunos logros. En México ha sido igual con el idioma surgido de la Revolución de 1910. Para el medio siglo, ya era tedioso, pues uno veía claramente que los políticos nada tenían que ver con el movimiento social épico y sí mucho con la demagogia. La Revolución Mexicana había muerto y alrededor del féretro aparecían palabras nuevas vinculadas a un capitalismo cínico y brutal. El camino hacia la derecha se consolidó.

Los rectores de universidades públicas son académicos, a veces notables, otras no tanto. Pero suele existir una costumbre: al concluir su mandato, no regresan a las aulas, a sus investigaciones. Por regla general buscan un alto empleo para continuar sus carreras políticas. Sobre todo en los estados donde las universidades públicas están vinculadas al gobernador y en general al aparato político. La rectoría es un paso en el camino hacia el poder.

En su lucha por adquirir un alto cargo, prometen, políticos y académicos, infinidad de mejoras y la superación de los problemas que las instituciones de alta educación padecen en buena medida por la ineptitud del poder en cualquiera de sus niveles. Inalterablemente los discursos iniciales están repletos de compromisos difíciles de llevar a cabo. Despolitizar a las universidades, tratar al menos de que los partidos políticos no intervengan en las tareas académicas, es algo imposible. Las universidades, no sólo las públicas, sino también las privadas, están penetradas por los partidos, de una u otra forma, están allí, dentro, haciendo su trabajo político (recordemos lo sucedido a Peña Nieto en la Iberoamericana). No dejemos de lado que allí estudian millones de jóvenes y rara vez carecen de postura política. Los gobernantes no ven estudiantes como tales, cuentan como votos y para hacer proselitismo.

La UNAM, por sus dimensiones colosales, es un blanco perfecto para el trabajo de los políticos y funcionarios militantes o no, la revoltura es impresionante. Pero el caso es que los problemas crecen y van desde el cada vez menor apoyo económico hasta vicios y costumbres que son obsoletos por completo. A las universidades, más que despolitizarlas, hay que permitirles una auténtica y real modernización. No son cotos de caza para aprovisionar a los partidos ni al poder económico y político. En apariencia las posturas ideológicas son muy claras, a diferencia de las instituciones académicas privadas que pretenden aparecer casi impolutas. No obstante, en unas y otras, se tejen los entramados que permiten el acceso al poder. Unos piensan en la autonomía (¡Ug!), otros en el presupuesto y algunos hasta intentan limpiar de personas que se dedican al narcomenudeo y a la venta ambulante. Tienen razón. El problema es eliminar problemas que para las universidades privadas son inexistentes. Están diseñadas para evitarlos y saben vender sus productos e investigaciones, no le temen a la iniciativa privada y menos les preocupa la globalización y el capitalismo salvaje, es lo suyo. Saben que ellas son las que ahora poseen la ruta del oro, es decir, hacia el poder político y económico. Buena parte de los actuales gobernantes proceden de universidades particulares.

Me parece, lo digo como profesor universitario con más de cincuenta años de laborar en la UNAM y la UAM, que debemos hacer un trabajo serio, responsable y profundo para mejorar los niveles educativos, limpiar sus campus de vendedores ambulantes y buscar un sistema que nos permita modernizarnos sin alejarnos de los principios sociales que nos dan fundamento. Para ello es indispensable dejar de preocuparse por los vínculos con los partidos políticos, con gobiernos de cada estado y del poder federal. Es tiempo de replantearse el camino sin llorar por el pasado. Se fue y no volverá o cuando regrese, si es que lo hace, tendrá características distintas a las que hoy estamos empeñados en darle.

Estamos de acuerdo con las palabras del nuevo rector de la UNAM, pero no dejemos de lado que son las mismas que han dicho todos sin excepción. Lo deseable es una universidad moderna, eficaz, que produzca los mejores cuadros para que el país recupere u obtenga al fin un éxito abrumador, como el que tuvo la misma UNAM hace varias décadas, antes de que el gobierno se inclinara a la derecha y nosotros cayéramos en manos de charlatanes y corruptos que se formaron en un partido que por décadas ha edificado, y muy mal, a la nación. Para ello es deseable que los rectores vivan de tiempo completo para su tarea y al concluirla, no busquen la presidencia del país ni una secretaría de Estado, sino que regresen a su vida académica. Los necesitamos por su experiencia y para poner a salvo a la nación. Hay que reorientar el rumbo y eso se podrá hacer si dejamos de depender éticamente del gobierno.

noviembre 18, 2015

Yo, en San Juan del Río, Querétaro

El viernes pasado, grupos de jóvenes escritores de San Juan del Río decidieron hacerme un reconocimiento. Para hablar de mi literatura, invitaron al legendario Gonzalo Martré y al talentoso joven narrador Ulises Paniagua. Por alguna razón extraña. Tanto uno como el otro se centraron en mi primera novela, Los juegos. Gonzalo Martré, irónico y desenfadado como siempre, la señaló como “la mejor novela satírica del siglo XX”. Gulp. Dio sus razones. No había remedio. Me centré en tal libro. Ya en casa, encontré un largo artículo sobre Carlos Monsiváis escrito hace diez años y que nadie ha querido publicar. Tomo un pedazo:

“En 1967, escribí y publiqué mi primera novela, Los juegos. Qué escándalo. La historia ha sido repetida una y otra vez y yo he procurado esparcirla con cierta insolencia. En ella, una obra contracultural, critiqué a un grupo destacado de intelectuales, quienes se llamaban a sí mismos La Mafia y aunque eran una suerte de broma pesada para México, tenían un poder que ofendía el desarrollo armónico de la cultura nacional. Es curioso, y quizá Vicente Leñero me lo advirtió, las cosas no han cambiado un ápice. A lo sumo uno o dos de los mafiosos de aquella época (razones naturales) se han muerto de vejez o de inanición literaria. Es decir, nada ha cambiado desde entonces a pesar de que el PRI perdió el control del país, los medios de comunicación lograron hacerse más o menos independientes y los periodistas formados en aquella época oscurantista y represiva pasaron de sumisos a “independientes y rebeldes”, algunos hasta progresistas son hoy. A los intelectuales les sucedió algo semejante y se convirtieron en héroes de una izquierda ilusoria aplaudida por una sociedad en pañales.

En esa “mafia” destacaba un hombre un poco mayor que yo, que ya era famoso por haber sido un niño particularmente arrogante, fue niño catedrático y dueño de una memoria sin duda prodigiosa. Era Carlos Monsiváis, heredero de las glorias de todo grupo o persona que aspiraba a ser dueño de México o al menos a tener la razón por encima de todo. Con mi generación, que a pesar de la escasa diferencia de los años, tres o cuatro, no se entendió. Nos miraba con desdén y nosotros nos negamos a recibir sus consejos y directrices. José Agustín le hizo las primeras bromas hirientes no exentas de perversión: ‘Monsiváis a donde vais ni lo sabéis ni lo buscáis.’ Ante esta ironía de carácter infantil, Carlos respondió con fuego de alto calibre: nos desdeñó y, con la ventaja de no tener mayor respuesta (fuimos una generación desunida, a diferencia, por ejemplo, de la del Crack), precisó que habíamos ‘plebeyizado’ la literatura. Quizá tenía razón si el punto paradigmático era su propia generación: García Ponce, Gurrola, Pacheco, Arredondo, Melo, Elizondo…, pero nosotros éramos —guste o no— un grupo que veía las cosas de manera diferente a aquellos pretenciosos que todavía suponían que Europa era única e irrepetible.

Parménides García Saldaña fue el punto extremo. Es verdad, éramos distintos de la generación anterior, sin embargo, fuimos incapaces de ser tan amigos y solidarios como fueron por ejemplo Monsiváis, Pacheco, Fuentes, Benítez y Poniatowska. A la fecha, poco veo a mi entrañable José Agustín y cuando algo sé de él es porque está elogiando a otro distante del grupo original, pero me queda una idea suya, una certeza generacional: fuimos incapaces de ser unidos. Hasta donde sé, ninguno de nosotros logramos fumar la pipa de la paz (la mota de la paz). A Carlos Monsiváis que no fumó niDelicados con filtro, le dedico este trabajo, escrito a casi cincuenta años de distancia de la primera vez que, según sus amigos, lo “ofendí” o, digo yo, lo critiqué o lo describí. Es un sobreviviente único, inmortal, cada día que pasa su fama es mayor e imposible de refutar. Me gustaría haber puesto en la página inicial ‘A Carlos, por lo que ya sabe, total hemos conversado, comido, estado de acuerdo más de una vez y viajado por Europa y Estados Unidos’, pero me limité a dar mi opinión sobre estas cinco décadas de represión cultural, como diría sor Juana, yo, el peor de todos. Quizá el único que ha sido constante en el rechazo a todo tipo de tiranía, política o cultural y al que no le importaron jamás los riesgos que ello ha conllevado. El gran poeta Dionicio Morales dijo hace poco como conclusión de una época: Si René no hubiera escrito Los juegos, hoy casi sería respetable y tendría un éxito más amplio y muchas menos aversiones.”

Al concluir el homenaje queretano, el propio Martré me preguntó retador: ¿Te arrepientes de haber escrito Los juegos? No, repuse. Como la Piaf, no me arrepiento de nada. La novela no corrió con tan mala suerte y tuvo cinco ediciones. Es en efecto contracultural y crítica, políticos e intelectuales de genio salen mal librados. Escribirla fue divertido. El editor Joaquín Diez-Canedo me dijo: “Quémela y le publico lo que quiera”. Al aparecer, medio México me odió, pero como el otro no me conoce, sólo he tenido que soportar a lo largo de cinco décadas la aversión de los “puros”, los “cultos”, los “correctos”. Pero no me quejo. Fue muy grato ironizar a los más afamados artistas e intelectuales de México y con el paso del tiempo ver cómo, en efecto, se ponían al servicio del poder y ganaban todos los premios posibles.

Moraleja: Es preferible hacer una buena broma, aunque pierdas amigos y premios políticos.