Tantadel

enero 04, 2016

Julio Cortázar, modelo para armar 2/2

Julio Cortázar comenzó escribiendo cuentos breves que pronto se alargaron hasta convertirse en novelas ambiciosas y deslumbrantes. Fue al mismo tiempo un traductor de altos vuelos que puso en magnífico castellano a Edgar Allan Poe, a quien Baudelaire dio a conocer en París en notables traducciones al francés. También, tradujo a Gide y a otros, pero la de Poe fue una tarea monumental, poemas, ensayos, cuentos y críticas quedaron en dos volúmenes corregidos varias veces que han circulado ampliamente.
Su fama como escritor se consolidó internacionalmente cuando Antonioni hizo una película extraordinaria: Blow Up, con David Hemings y Vanesa Reedgrave, basándose en un cuento suyo: Las babas del diablo. Con su nueva celebridad mundial a cuestas, Cortázar nunca asumió las actitudes arrogantes que conceden la fama y el éxito y fue sabio y discreto.
Políticamente vivió su época y en ella, cómo no amar a la naciente Revolución Cubana y su desmesurado proyecto de transformar al llamado Tercer Mundo. Se trataba de incendiar al resto de América Latina, África y Asia a fin de crear el “hombre nuevo”. Este amor fue intensamente correspondido: cuando Julioviajaba a la Isla caribeña era recibido como jefe de Estado. Durante el affaire Heberto PadillaCortázar inicialmente se puso del lado de los críticos de Fidel Castro, luego —por medio de un poema desconcertante y bello, Policrítica a la hora de los chacales— reanudó sus relaciones apenas interrumpidas por algunos intelectuales que aprovecharon el momento para desligarse del compromiso con Cuba. Tal es el caso de Mario Vargas Llosa, contrario al de Gabriel García Márquez quien, pese a las críticas, entre otros, de Susan Sontag, nunca rompió con el gobierno de Fidel Castro.
Aquellos momentos fueron de confusión, resultado de la Guerra Fría. Había muerto el Che Guevara y en Vietnam los bombardeos estadunidenses se acentuaban, sobre todo en Hanoi. El mundo padecía un asombro permanente. El mayo 68 de París —y luego las rebeliones juveniles en Praga, Estados Unidos y México—, vaticinaban una amplia revuelta contra la sociedad de consumo. Los partidos comunistas tradicionales mostraban resquebrajaduras y el rock and roll se sumaba a los aires de subversión planetaria. Dentro de este mundo que se globalizaba alrededor de un proyecto socialista ante la histeria anticomunista estadunidense, los intelectuales franceses y latinoamericanos, debido a la revolución cubana, discutían su papel en el compromiso político. Como prueba existe una foto de Korda tomada durante una conversación de SartreBeauvoir y el Che. Las posiciones más obvias eran aquéllas que convertían al escritor en un autor de panfletos al servicio del partido o de la Unión Soviética. Cortázar mostraba una tenaz rebeldía ante esta postura que hoy se antoja extraña y servil, pero que tenía raíces complejas. En algún momento de la intensa discusión política, donde Borges había sido excomulgado por los cubanos y los escritores que se habían vinculado estrechamente a CastroCortázar habló de tomar una decisión (de hecho ya la había tomado) y explicó con una metáfora guevariana su postura: estaría al lado de los movimientos revolucionarios, pero sin entregar el arte a la consigna simplista y ruidosa que todavía prevalece en algunos sectores como el académico. Si Guevara, entre la profesión médica y la guerrilla, optó por la segunda, él, Julio Cortázar, se inclinaría por la literatura, entendiendo por ella una completa libertad de creación y asimismo política. Tal vez pensando así escribió El libro de Manuel.
Su polémica con José María Arguedas clarificó sus posiciones políticas: no era necesario permanecer en América Latina para dar la batalla contra el enemigo. Uno tiene el derecho de enfrentar a los rivales desde cualquier sitio del mundo.Cortázar había seleccionado París como trinchera, a diferencia del novelista peruano que insistía en permanecer en la tierra de origen. Por desgracia, poco después de la discusión, Arguedas optó por el suicidio dejando un hueco de hondura poética en las letras latinoamericanas.
La literatura de Cortázar es amplia y rica en matices, siempre en permanente exploración. Por ejemplo, un crítico agudo como lo es Noé Jitrik señala que a la luz de Rayuela, es posible encontrar mayor densidad en sus primeros cuentos, algo que revitaliza a la obra en su conjunto. Y Luis Gregorich explica que “Cortázar ha desandado inteligentemente los intrincados caminos de la literatura fantástica, sicológica, realista, que forma la totalidad de su tradición, en busca de algo que a la vez fuese más y menos que la literatura. No ha de ser así: al final de la ruta está, otra vez, la literatura. Y el mayor mérito de la obra de Cortázar es que esa nueva literatura está ya contenida en aquel desandar la literatura vieja que, de este modo, en sí misma halla su superación.”
Es natural que uno cite Rayuela como ejemplo de experimentación literaria, de una intensa búsqueda formal, pero asimismo en el collage La vuelta al día en ochenta mundosCortázar inventa y vuelve a inventar, recurre a la literatura fantástica y le da nuevos sentidos, se apoya en la escritura automática y, desde luego, en sus recuerdos.
Entre aquellos que sobrevivirán del siglo XX, está Julio Cortázar, no importa si los premios llegaron o no en la cantidad necesaria, si José Saramago era capaz de cederle su premio Nobel o si su amistad con la Cuba de Fidel Castro perjudicó su aspecto de crítico político.
Cortázar fue un revolucionario de dos frentes: el artístico y el político.

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