Tantadel

enero 06, 2016

La barbarie que vino del norte

El título de estas líneas pudiera ser atribuible a José Vasconcelos, es más bien una modesta reflexión hecha en un viaje a San Antonio, Texas acompañando a Sebastián para señalar sus aciertos escultóricos. Allí tuve en las manos, no lejos del monumento a Francisco I. Madero y a tres o cuatro calles de El Álamo, un libro de antiguas fotografías de la época en que la Revolución Mexicana arrancaba. Predominaban, como es natural, los retratos de Villa y sus tropas. Las fotos que no eran bélicas, pertenecían a corridas de toros: rollizos matadores utilizaban su habilidad para eludir la carga casi ciega de la bestia. Eran parte de un muestrario de las costumbres de esos tiempos convulsos de una frontera que nunca ha dejado de inquietarme: fascinante mezcla de polos opuestos. Varias fotos tomadas en Ciudad Juárez, de un raro salvajismo, me atraparon largo rato: toros luchando contra tigres o leones, en una más un toro y un búfalo estrellaban brutalmente sus cabezas dentro de una plaza, repleta de mexicanos y norteamericanos que mostraban un indecible júbilo, un placer extraño e incomprensible al menos para mí. Cuando tenía once o doce años de edad, fui, en la ciudad de México, a presenciar el combate entre un león y un toro en la remota plaza El Toreo, aquello estaba a reventar, después de la hora citada no había forma de conseguir un boleto. Presencié un desastre: un león viejo y desdentado gruñía y amenazaba, inmóvil, y un toro igualmente aterrorizado e incapaz de embestir. Me llamaron la atención la algarabía y los gritos del público que alentaban indistintamente al toro o al león con tal de ver acción y sangre, la muerte de uno de ellos. Nada ocurrió. Pero salí aterrado y no pude compartir el entusiasmo de mi compañero, un niño de edad semejante a la mía. Al día siguiente las autoridades formalmente prohibían este tipo de encuentros. De tal forma que cuando miré las fotos de San Antonio no pude más que regresar a esa fecha y pensar que la parte ruda de romanos y españoles había encontrado fértil campo en la frontera norte de México y de allí había pasado a su capital.

Las fotos del general Villa me trajeron a la memoria las de Emiliano Zapata. Fueron amigos y camaradas, representaban el mismo bando: el de los desarrapados que se levantaron en armas esperando inútilmente la reivindicación. El encuentro de ambos generales legendarios fue realmente de dos mundos: el norte y el sur. Villa era alto, poderoso físicamente, arrogante, seguro, venía de la parte más desarrollada de México y frontera con EU, bien armado y con una impresionante caballería cuyas cargas fueron el terror de sus enemigos. Zapata era taciturno, callado, tímido más bien, su armamento era menos moderno y no abundaba, la caballada era flaca. Las preocupaciones de ambos militares tampoco eran exactamente las mismas: los zapatistas venían del largo y profundo problema de la tierra, de allí nacía su necesidad de justicia social, de reparto agrario. A los villistas, que amaban los enormes desiertos norteños y las cabalgatas brutales, no les preocupaba tanto; querían un México distinto, de mayores igualdades y oportunidades laborales, pero no lo fincaban en la tierra, pues sabían que nadie quería ser dueño del desierto o de las frías montañas del norte.

El norte reciente no ha sufrido modificaciones profundas: se ha desarrollado más, es confiado, orgulloso, cercano a EU, potencia dominante y aficionada a las drogas; su imperio virtual es global o casi y su idioma y cultura no le son desconocidos a nadie. En cambio —oh determinismo geográfico— el sur tiene otros problemas e inquietudes. Aquí los indígenas son eternamente rebeldes porque eternas han sido las injusticias en su contra. Más humillados que los habitantes del norte, los sureños volvieron a recurrir a las armas, quizá siguiendo de modo intuitivo aquella consigna maoísta de que el poder nace del fusil y que llevó a Fidel Castro y a Ernesto Guevara a una guerra para recuperar Cuba y al EZLN a declararle la guerra al gobierno mexicano.

Las viejas fotografías que tuve en mis manos en San Antonio, Texas, son imposibles de encontrar en el otro extremo de la República. Tenemos, pues, dos Méxicos claramente distintos. El sureño tiene como característica el respeto a sus valores tradicionales y la suavidad para hablar, una dulzura de carácter que es muy posible les hubiera impedido organizar y presenciar atroces combates entre un tigre y un toro. Quizá por todo ello, el narcotráfico es una realidad más norteña que del sur.

El encuentro de estos dos extremos tuvo lugar en el centro, en la capital, sitio donde nunca se ha llevado ninguna batalla decisiva, salvo aquella distante y trágica donde se derrumbó el sorprendente Imperio Azteca. Zapata llegó por el sur y Villa por el norte. Las escenas muestran a los zapatistas tomando café y pan dulce en el Sanborns de los azulejos, tímidos, recelosos, abrumados por los palacios y la gran cantidad de hombres y mujeres que recorrían las calles sin detenerse a reflexionar. Los villistas, en cambio, alardeaban sus combates, su arrojo, su temible puntería y la violencia y temeridad de sus generales. No fue accidental o mera cortesía el que Zapata le cediera la perversa silla presidencial a Villa. Tampoco reverencia. Era un temor justificado a lo que ha representado, según pudimos apreciarlo en el notable filme de Elia Kazan, ¡Viva Zapata!, con Marlon Brando y Anthony Quinn.

Fueron tiempos épicos que por fortuna quedaron inmóviles en fotografías que ahora nos llenan de nostalgia.

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