Tantadel

enero 04, 2016

La memoria de los pueblos

No conozco cómo opera y es conservada la memoria en muchos pueblos del mundo subdesarrollado, pero debe ser tan lamentable como la de México, o acaso contradictoria como sucede en estos países de compleja historia. Siempre me ha llamado la atención que sea tan selectiva. Apenas unos escasos estadistas como Benito Juárez o Lázaro Cárdenas, unos cuantos militares notables como Villa y Zapata, unos cuantos escritores que parecen ser los únicos y algunos pintores recientes que lograron obras monumentales. Los demás no existen en el imaginario nacional. Y es de tal manera porque los medios de comunicación, menos eficaces en tal sentido (el de preservar la memoria) en la medida en que se consolidan los avances tecnológicos, han seleccionado, según sus intereses y las simpatías personales de sus directivos, a un puñado para elogiar cotidianamente. Luego llega la muerte y comienza la gloria gubernamental.

Lo pienso así porque a la cultura oficial se le olvidó un homenaje a uno de los integrantes de la muy celebrada (por la pertenencia de Octavio Paz) generación Taller. Todos los que la conformaron, nacidos en 1914, fueron festejados en orden de importancia y sin realmente valorar sus méritos literarios: primero, obviamente, Paz, para, luego en pequeño paquete incluir, más por la presión de amigos y familiares, a José Revueltas y Efraín Huerta. El tono y los recursos invertidos para ambos disminuyeron sensiblemente. Quedaba fuera de los que crearon la revista Taller, Rafael Solana: novelista, cuentista, dramaturgo, periodista y en el momento clave de tal generación, un pilar sólido para que el grupo alcanzara notoriedad.

Hubo por allí algunos festejos desangelados más hechos por admiradores que por instituciones, en cuyo calendario no figuran que los nombres de siempre. Solana, por desgracia, pese a su prestigio, no estaba en esa lista. Elena Garro, la mejor escritora junto con Rosario Castellanos y María Luisa La China Mendoza (aún viva), no reciben los homenajes que les corresponden. Hace unos días, un joven escritor poblano que trabaja en una tesis doctoral sobre la literatura del 68 me dijo que luego de leer y releer cuidadosamente la bibliografía al respecto, no veía a ningún otro narrador de la magnitud de La China Mendoza al escribir la novela Con él, conmigo, con nosotros tres. Sin embargo, nadie cesa de mencionar y premiar la obra periodística de Elena Poniatowska, que ha recibido la acusación de plagio de otro escritor destacado de tal zaga, Luis González de Alba, autor de Los días y los años.

Es posible que la ausencia de una tabla axiológica en manos de las autoridades culturales para tener una idea de quién es quién en la literatura mexicana sea culpable. Rubén Bonifaz Nuño, uno de los mayores poetas del siglo XX, no recibió el homenaje que su inmensa obra merecía. El gran festejo vino de la UNAM, la casa de estudios donde se formó e hizo su espléndida obra, en lugar del Palacio de Bellas Artes. En cambio, Carlos Monsiváis fue velado allí mismo, convertido en sucursal de Gayosso.

Algo me intriga: ¿de qué o de quién dependen los grandes homenajes en México? Elena Poniatowska recibe junto con el diario de sus preferencias un doctorado honoris causa, mientras que la muy talentosa creadora y mala para las relaciones públicas, María Luisa Mendoza, permanece en su casa esperando un contrato que le devuelva la vida a sus memorables libros, todos agotados.

Entiendo que el criterio o la decisión le corresponde a las autoridades culturales, pero mucho me temo que estén contaminadas por la “crítica especializada” de los medios de comunicación. Si uno aparece en ellos con regularidad, participa en la eterna sección de los “abajofirmantes”, protesta contra Peña Nieto un día sí y otro también, entra al círculo de los elegidos por las masas. De lo contrario, les aguarda el anonimato. Más bien, el olvido.

María Luisa Mendoza ha escrito libros fundamentales, como antes lo hicieron Elena Garro y Rosario Castellanos. Sus recuerdos no son muy venerados. Es posible que también los olvidos y descuidos se deban a la mala fortuna. Cuando Bonifaz Nuño fallece, Bellas Artes estaba en reparaciones. Elena Garro está enterrada en Cuernavaca y la noticia de su muerte no produjo consternación nacional. A Rosario Castellanos le fue mejor porque era amiga personal del presidente Luis Echeverría.

Cuando murió José Revueltas, estudiantes, académicos y luchadores del 68 lo despedimos en la UNAM. Durante el entierro acudió un representante del mismo Echeverría, el secretario de Educación Pública. No le permitimos hablar. No era el camino a la gloria para un marxista.

No es fácil en México distinguir la gran literatura de la común. El escritor, en términos generales, cuenta con su simpatía personal, su encanto con los pocos lectores literarios y los muchos seguidores de periódicos o medios electrónicos para triunfar y obtener un sitio en la historia patria.

En el caso de La China Mendoza estamos a tiempo de corregir un lamentable descuido. Vive y sigue escribiendo bellos artículos sabatinos. Ha dicho que no desea escribir más su innovadora literatura. Ojalá la naciente Secretaría de Cultura elabore una política cultural en donde sean eliminados tales descuidos que a la larga pueden ser muy graves para el desarrollo cultural de México.

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