Tantadel

enero 24, 2016

Malraux y Sartre, literatura y política

Si uno recuerda aquellos convulsos años, ambos autores estaban en trincheras opuestas, al menos diferentes. Eran realmente antitéticos.

Entre la infinidad de literatos franceses que amo están dos del siglo XX: André Malraux y Jean-Paul Sartre. El primero me permitió, entre otras cosas, saber que es posible escuchar Las voces del silencio y algo más: acariciar mis fantasías juveniles al verme a su lado volando un avión caza durante los infelices años de la Segunda Guerra Mundial y derribar fascistas alemanes y japoneses. Al mismo tiempo observaba al guerrero que en los momentos de reposo escribía novelas impresionantes como La condición humana y La esperanza. Pocos como él representaron el imposible ideal de mi vida: combinar la vida intelectual, el arte, con la acción.
El segundo llegó a mis manos porque, cuando tenía yo 18 años, el existencialismo se puso de moda, no el de Kierkegaard, sino el de Sartre. Su libro El muro, leído muy pronto, me impresionó y alguna vez traté inútilmente de escribir un texto a su manera para crear un pequeño infierno como en la obra A puerta cerrada. Como crítico literario probaría sus muy altos méritos con trabajos principalmente sobre Baudelaire y con un libro polémico e inconcluso acerca de Flaubert. Cuando llegué a París a estudiar en 1970 acababa de transcurrir el Mayo francés y en las calles resonaban los gritos del combate estudiantil que modificó la vida del orbe.Sartre buscaba afanosamente una solución al impasse que vivía la Francia reinventada por De Gaulle. Imaginaba (eran también los tiempos de la Revolución Cubana, Fidel y Guevara, de las revueltas juveniles, del rock comprometido y la contracultura), que los estudiantes podían ser la mecha que produjera la explosión revolucionaria. Intentar algo que las circunstancias políticas parecían aceptar: la unión de estudiantes y obreros, como aparece en la conversación que Sartre mantiene con el dirigente estudiantil Daniel Cohn-Bendit, publicada en Le Nouvel Observateur, allí son tercas la referencias a un probable acuerdo entre el movimiento estudiantil y la clase obrera, dejando de lado la intermediación del anquilosado Partido Comunista Francés. Lo escuché hablar con los sindicalistas de la Renault y enfrentar las críticas a su sueño de buscar la libertad vía la revolución. Su concepción de existencialismo lo había acercado al pensamiento marxista. Lo acompañaba Simone de Beauvoir, escritora extraordinaria, tan libre como él lo era.
Con Malraux lo más que conseguí fue verlo y escucharlo en varios segmentos de una entrevista televisiva. Escuchar sus relatos de guerra, luchas políticas contra los nazis y sus ideas estéticas fue una experiencia impresionante. Era un héroe de guerra, como también lo fue Saint-Exupéry, un escritor de inmensa valía que alcanzó el cielo con El principito. Al cesar los combates armados, Malraux había optado por ser ministro de Cultura en el último gobierno de Charles de Gaulle.
Si uno recuerda aquellos convulsos años, Malraux y Sartre estaban en trincheras opuestas, al menos diferentes. Eran realmente antitéticos. En algún libro o en una revista, no sé dónde, leí una sorprendente declaración del primero: “Mientras yo me batía contra los nazis en diversos frentes, Sartre exhibía sus obras teatrales en París”. No supe cómo reaccionar. Pensé en aquella severa crítica y al fin llegué a una conclusión que me sugirió, por otros motivos, José Revueltas unos meses antes de morir: “Uno da la lucha en la trinchera que selecciona. Pero la da”. Me quedo con tal idea. Los caminos del combate son diversos, simplemente hay que emprenderlos. Por cierto, ni Malraux ni Sartre tuvieron el Nobel de Literatura, la diferencia es que el segundo se dio el gran lujo de rechazarlo.
Pero Sartre fue asimismo dogmático, en su inmenso e inacabado ensayo crítico sobre FlaubertEl idiota de la familia, uno de sus afilados puntos de vista para afectarlo, es la ausencia de reproches a Napoleón III y sus secuaces (a quienes tanto criticó Víctor Hugo en su obra Napoleón el pequeño), porque no condenó a quienes asesinaron a los comuneros, muchos de los cuales fueron fusilados sin juicio en el Mur des Fédérés, situado en el célebre Cementerio de Père-Lachaise, justo donde inhumaron en 1911 a dos personajes del comunismo: Paul Lafargue y su esposa Laura Marx, hija de Karl MarxSartre vio más al zoon politikon que al artista y esto último era justamente Flaubert, en consecuencia el compromiso político no era parte de su compleja educación de literato.
En tal sentido, la polémica ha sido infinita, aburrida e idiota (para usar el término del propio Sartre). Una reflexión valiosa sobre arte y compromiso político la hizoMario Benedetti al decir que nunca dejaría de admirar a Borges (“será una estupidez irremediable”), mientras que al mismo tiempo sería políticamente su eterno crítico. Fue una reacción a la postura cubana y sus seguidores de invalidar al escritor porteño. Pero la discusión se hizo añicos o en el mejor de los casos banal. Ahora estamos seguros, eso parece, de diseccionar la obra de arte sin hacer lo mismo con el autor. Basta distinguirlos con  inteligencia, como entre nosotros dijo Augusto Monterroso. Por años, el francés Louis Ferdinand Céline fue señalado por su afinidad con el nazismo arrumbando su obra literaria. Hoy a pocos les importa la ideología del talentoso novelista, es suficiente leer su literatura, en especial Viaje al fin de la noche, un libro fundamental e inclasificable en las letras del siglo XX.

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