Tantadel

enero 13, 2016

Mario Vargas Llosa en Crónica

Cuando Mario Vargas Llosa obtuvo el codiciado Premio Biblioteca Breve en 1962 con su novela La ciudad y los perros, literalmente saltó a la fama. Recuerdo que en esos años, los jóvenes que integrábamos la persistentemente llamada Generación de la Onda, dijimos: las letras de América Latina han recibido raudales de aire fresco. Antes, en 1958, a los 21 años, publicó su libro de cuentos, Los jefes, con la cual recibió el premio internacional concedido también en España, Leopoldo Alas. A partir de esos momentos, nada se interpuso en su carrea hacia el éxito. Lo leímos con entusiasmo. El comentario frecuente era decir que revitalizó el lenguaje y le dio una fuerza explosiva a la estructura novelística. Este trabajo nos impresionó como pocas obras latinoamericanas: rompía cánones y abría rutas. Sus demás obras hasta El sueño del celta o El héroe discreto, han servido para confirmar su genio valorado por multitud de lectores en todos los idiomas. Sus dificultades con la actual izquierda francamente son razonables. Hoy es la mayor figura de las letras del castellano y un intelectual universal, como lo prueba la multitud de premios, homenajes y reconocimientos que ha conquistado con absoluta comodidad y limpieza.

Vargas Llosa no sólo es un enorme literato, es asimismo un periodista agudo y desde luego crítico. Uno podrá estar o no de acuerdo con sus brillantes conceptos, pero será imposible restarle méritos a un periodismo memorable y por fortuna polémico. Ahora tengo la fortuna de escribir en un diario en cuyas páginas colabora.

Sin embargo, debo confesar algo penoso. Periodísticamente yo comencé hace 50 años, poco después de iniciada mi carrera literaria. Desde entonces he leído la mayoría de los trabajos de Vargas Llosa: literarios, ensayísticos, académicos, periodísticos… Es un polígrafo cabal y un polemista que puede ser severo, como en México cuando habló con claridad y se refirió a los gobiernos priistas como “la dictadura perfecta” o gentil y erudito como en el caso de su “enfrentamiento” al pensador francés Gilles Lipovetsky, durante la presentación de su espléndido libro La civilización del espectáculo.

Bien. Cuando estuvo en la UAM (hice aquí una breve reseña de su visita), me correspondió entrevistarlo para la televisión universitaria. El asunto, pensé, sería algo sencillo: conozco bien su obra. De cualquier manera (la entrevista no es un género que practiqué), decidí llegar preparado y escribí una batería de doce preguntas muy meditadas sobre su obra literaria y sus opiniones políticas. Cuando fuimos presentados, noté su aplomo, resultado de una larga e intensa experiencia y ello me volvió tímido. Recordé que cuando yo no tenía obra alguna publicada, me tocó en la embajada de Francia en México, entrevistar públicamente a mi maestro Juan José Arreola. Aquello, luego de la primera pregunta sobre literatura francesa que le formulé, recibí una conferencia de experto, aquel diálogo se transformó en un monólogo. Arreola poseía un conocimiento desbordado de las letras francesas y hablaba un francés estupendo. No podía permitirme esa tragedia de nuevo, llevaba mi “acordeón”, pero al quedar frente a Vargas Llosa y darle la bienvenida a la UAM, me percaté de dos cosas: una, había dejado la hoja con las preguntas, dos, el celular estaba encendido en el bolsillo de mi pantalón y corría el riesgo de sonar. El nerviosismo, mejor dicho, el terror, me invadió.

Ignoro si Vargas Llosa se percató de mis preocupaciones o no, pero fue gentil ante las preguntas que le iba formulando. Para colmo, ni siquiera las había memorizado. Me limité, pues a interrogar sobre sus novelas y personajes. Fueron los minutos más largos de mi vida. Para colmo, las autoridades de la UAM nos rodeaban junto con el equipo de televisión y alguno me daba instrucciones para mirar hacia una cámara u otra. Al concluir, interpreté la sonrisa de Vargas Llosa como signo de aprobación. Le solicité que me firmara un par de sus obras recientes y nos dirigimos a la sala donde impartiría una aguda y brillante conferencia magistral: “Poder y educación superior”.

Un fragmento de aquella complicada entrevista para mí, aparece en mi página web y debo decir que a pesar de mi inexperiencia en el género, con la ayuda de una figura de la talla de Vargas Llosa, no salió tan mal. Añadamos que Vargas Llosa es severo con instituciones y costumbres, con sistemas atrasados, en sus obras por lo regular hay componentes políticos poco ortodoxos, lúcidos y rotundos. No brinda mensajes obvios, sino formula críticas de fondo a lo caduco. Políticamente estamos ante un hombre asaz polémico, pero su sinceridad y apertura de pensamiento, su claridad y osadía para decir las cosas, permiten más admiradores que enemigos. Pienso que sobre su arte, no hay polémica: es un escritor portentoso, enamorado de su trabajo, apasionado por la literatura que se da tiempo para el periodismo, la academia y para una vida gozosa. Es, en suma, un notable humanista con sentido del humor.

Para mí es un altísmo honor tenerlo de compañero en estas páginas.

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