Tantadel

enero 08, 2016

Para beber mejor… 1/2

En memoria de Marco Aurelio Carballo,
juntos brindamos sin fatiga

Escribí un prólogo destinado al libro Destilados a fondo. Para beber mejor, divertido y serio, de Fernando Montes de Oca Sicilia, editado por Algarabía. Allí sinteticé mi aprecio por la bebida. El tema es complejo y largo, me ha llevado toda una buena vida conocerlo. Viví una gozosa juventud y disfruto la madurez sin haber conocido nunca la abstinencia. Huyo de quienes detestan, por una o por otra razón, el alcohol. Los mejores momentos de mi vida los pasé, por ejemplo, con Ricardo Garibay, quien disfrutaba pasionalmente descorchar una botella de vino francés. Y tengo cordiales recuerdos de Francisco Toledo, con el cual tomé un litro de mezcal, a lo largo de una noche en la que apenas dijo “salud”.

Retomo el prólogo y lo complemento.

Mis credenciales, escritas por un infatigable bebedor Andrés Henestrosa, al rebasar los 80 años: “En la esquina opuesta —Brasil y González Obregón— se encuentra una vieja cantina, en los tiempos de los que vengo hablando, llamada ‘La Elite’, en las que me tomé en 1922 unas copas con el profesor Gildardo F. Avilés, abuelo de René Avilés Fabila, el muy famoso escritor y periodista. Allí celebré por años, la fecha de mi llegada a México. Más adelante lo hice con su padre y por último con él mismo. Tres generaciones de Avilés”.

El arte, la literatura, están poblados por seres enigmáticos cuyo talento, genio y conflictos internos los han conducido al alcohol. No son un puñado que busca diversiones, es algo más profundo porque a la par que intentan darle sentido a su creatividad, buscan eliminar los atroces fantasmas que los acompañan.

La lista de bebedores asiduos es inmensa. Todos han encontrado en el whisky, en el vodka o en el mezcal la solución a sus problemas y no son pocos los que han conseguido mitigarlos. No es cosa de sentir piedad por ellos, los santos bebedores, diría Joseph Roth, sino de entender que el alcohol abrevió sus vidas, pero asimismo las dotó de grandes y dolidas pasiones. En EU a Hemingway, a Capote o a Bukowski y Fitzgerald. En Francia a Verlaine, en Rusia a Dostoievski, en México a dos Revueltas, Silvestre y José. Naturalmente que los ha habido abstemios, tal como los definía Wilde, aquellos que no fuman ni beben. No se trata, pienso, de disculpar a quienes han encontrado un punto de inspiración (que no existe, es el talento del borracho o no, lo que finalmente admite su redención) o un escape a sus problemas. Curarlos es un error impiadoso. Siempre he dicho que si a Poe le hubieran quitado el alcohol, hubiera escrito Mujercitas y no El cuervo o “El fantasma de la rue Morgue”.

Hablando de Joseph Roth, a él sí le gustaba del alcohol. En el epílogo de la edición española de La leyenda del Santo Bebedor, novela por la que tengo especial aprecio, escrita en París en 1939 y publicada de manera póstuma, su amigo Hermann Kesten explica: “Yo quería mucho a Roth. A lo largo de doce años había pasado con él buena parte de mi vida. Me sentaba, totalmente sobrio a escribir junto al Roth de la mañana, que, cuando escribía no bebía. Y me sentaba, totalmente sobrio, junto al Roth borracho de la noche, quien seguía bebiendo hasta la madrugada, y escuchaba, tan divertido como conmovido, su cordura del día y su locura de medianoche. Porque su locura poseía el sabor de la poesía”. Un autor de esta clase no podía sino escribir una obra sobre borrachos alegre, festiva, llena de inteligencia y buen humor. Su personaje es un clochard, uno de esos seres simpáticos que beben y viven, supongo que es el orden, bajo los puentes de París. Los recuerdo bien. Ingeniosos, agudos, suelen hacer mofa de los cuerdos y abstemios que transitan por las hermosas calles de un París que se acaba bajo el peso de la subcultura norteamericana: Mc Donald’s y coca-colas sustituyen a los bistrôts, al vino y a las costumbres francesas. Una guapa maestra mía en Ciences Politiques tuvo la humorada de explicarme que los clochards eran filósofos y personas exitosas que habían dejado la vida mundana para beber en las calles. La novela de Roth parecería darle la razón. Pero no se trata de elogiar ni al clochard ni de contar la novela de Roth, sino de exaltar las virtudes del alcohol. Y deben ser tales en algunos casos que Roth concluye la novela al expirar Andreas, personaje de aires autobiográficos, así: “Denos Dios a todos nosotros bebedores, tan liviana hermosa muerte”.

Muchos escritores han aceptado el alcohol como fuente de salvación por distintas razones, todas ellas para apagar el fuego interno y limar sus enormes distancias con la sociedad. De las pocas veces que entré en una casa de millonarios, resultaron abstemios y me ofrecieron una taza de té y galletas. La madre de mi amiga me dijo: René, ésta es su casa. Lo dudo, repuse, en la mía hay whisky y tequila y los bebemos con regularidad. No volví a poner un pie en aquella residencia detestable. Pensé como Frank Sinatra: El té no es más que agua caliente.

 Hace muchos años, cuando estaba en formación, traté de escribir borracho. Al día siguiente miré mis cuartillas: nada coherente puse. Mi generación en sus inicios era bebedora y algo más. Todos fueron dejando el alcohol y creo que hoy en día pocos toman, han sentado cabeza, obligándome a buscar nuevos amigos entre las generaciones más recientes. De cualquier forma, escribo siguiendo el consejo de José Revueltas: escribo sobrio y el alcohol lo reservo para la compañía de mis amigos no abstemios. Por otro lado, no fumo ni me gusta el café. Así que mis errores y aciertos se deben a la sobriedad.

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