Tantadel

enero 11, 2016

Para beber mejor… 2/2

A lo largo de mi vida he podido toparme con grandes escritores abstemios y notables literatos que no rechazaban una copa. Traté a unos y a otros, pero los que me parecieron admirables eran los que como Juan José Arreola, Juan Rulfo, Alí Chumacero, Andrés Henestrosa o José Revueltas bebían o fueron bebedores hasta que la familia y la salud frenaron sus carreras etílicas. En Wisconsin estuve una semana con Juan Bruce Novoa y el novelista norteamericano de origen cubano, Óscar Hijuelos, Premio Pulitzer 1990, por la aparición de su novela Los reyes del mambo tocan canciones de amor (título en español). Tomaba desaforadamente en compañía de una hermosa mujer argentina. Fueron días y noches de alcohol. Él pedía dos porciones de vodka y unas gotas de jugo de tomate. Yo whisky. Comenzábamos a beber y a eso de los cuatro de la mañana él confesaba su borrachera y se retiraba para al día siguiente recomenzar el rito. Murió realmente joven dejando una intensa obra literaria.

En mi generación (calificada como “de la Onda”, por la abstemia Margo Glantz) veneramos a los roqueros de excesos etílicos y de afecto por las drogas, acaso como herencia de una anterior, la Beat Generation, cuyo alimento había sido líquido. Sobresalimos José Agustín, Parménides García Saldaña y yo. El segundo murió muy joven víctima de las desproporciones. Agustín y yo hemos llevado una vida sin traicionar al alcohol ni al rock. Confieso que en lo personal he sentido una suerte de conmiseración o desdén por quienes no beben con fruición, del mismo modo que desprecio al borracho que rueda por el piso de un bar o en una fiesta o repite quince veces el mismo chiste de pericos.

No es mi deseo averiguar si el alcohol es bueno  o malo para la creación literaria. No me importa saberlo. Sé que ayuda, como me dijo alguna vez Juan Vicente Melo, a escabullirse de una triste realidad: la condición humana. Se bebe para divertirse, Alí Chumacero, se bebe por tristeza, Juan Rulfo, se bebe porque no se pudo derrotar al sistema político existente, José Revueltas. Siempre hay buen pretexto. Lowry hizo en tierras morelenses del mezcal una religión que lo obligó a extraviar mil veces su novela más notable, Bajo el volcán y reescribirla mil veces. Se brinda, por último en la guerra y en la paz y en los encuentros internacionales. Se alaba al Dios cristiano con vino en plena misa. El alcohol es pues un fenómeno universal y globalizador.

Algarabía, siempre con inteligencia y sentido del humor, nos brinda algunas reflexiones y anécdotas sobre aquellos narradores y poetas que se aficionaron a la bebida. En este libro hay datos y frases de celebridades sobre el alcohol y su consumo. Lo que cuenta es saber que en todas las grandes civilizaciones de una u otra manera llegaron a descubrir el alcohol y a beneficiarse en ritos religiosos y festejos cívicos. En la Biblia aparece la bebida con frecuencia, para bien y para mal, como en la mitología grecolatina. Añadamos que es posible producirlo con infinidad de plantas y granos y que los bares en el orbe crecen con rapidez y se convierten en sitios para famosos.

Para mí ha sido divertido. Recuerdo de casi niño haber leído la anécdota de un periodista norteamericano: “Amor, el alcohol te embellece. No bebo. Pero yo estoy ebrio.” Algunos críticos han señalado que mis libros chorrean alcohol. Es verdad. No sé conversar sin un whisky de por medio. No he buscado la evasión, sino una inserción plena en el mundo que me rodea. Mis amigos escritores y periodistas fueron bebedores infatigables e intensos enamorados de sus respectivos oficios. Eran además divertidos y simpáticos. Talentosos. La lista es larga. Los nuevos son abstemios y escriben light. Cuesta trabajo seguirlos en una conversación y son, para colmo, pomposos y doctorales. Aburridos, en una palabra.

Alguien, hace poco, me preguntó retador: Dígame cuáles son las tres mejores cantinas de México. Repuse: Ninguna, ahora todas son restaurantes, fondas y salones familiares. Donde no puede uno soltar palabrotas porque hay niños y “damas” y yo, digamos, imparto en una famosa universidad que cuenta con bar y la materia “Vulgaridades I y II”. Los meseros ya no son expertos en política ni exitosos psiquiatras como antes, los antiguos eran de sabios consejos en materias política y amorosa.

El alcohol tiene su lado divertido y su faceta trágica, puede minimizar a una persona y es capaz de dotarla de grandeza. Obra milagros y produce infamias. Pero siempre es clave para la vida y el desarrollo social e intelectual. Agustín Barrios Gómez decía que la mejor diplomacia se hacía con una copa de champaña. Vale la pena destacar que un tema complejo como el alcohol en el arte, en este caso es tratado, luego de una seria investigación bibliográfica y de campo, por Algarabía.

Mi deseo es terminar con una consigna inmortal: Borrachos del mundo, uníos, y un par de citas imborrables: Beber es vivir o viceversa. Toda alegría que no produce el alcohol es ficticia, atribuida a don Pedro Domecq.

Pero no olviden que “Nada con exceso”, expresión utilizada por el equipo olímpico de natación.



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