Tantadel

enero 31, 2016

Poesía de la revolución (I)

“A todos los que se murieron de aburrimiento en el colegio, o a los que su familia hizo llorar, que durante su infancia fueron tiranizados por sus maestros, o apaleados por sus padres; dedico este libro”.

Sólo unos cuantos privilegiados, literatos o no, de talento poco común y sensibilidad especial, colocados por la historia en el lugar adecuado, han podido fusionar la poesía y la revolución. Esos seres poseen algo en común: jamás tuvieron en sus manos poder alguno: de sobra sabían que éste corrompe, acaba con la pureza.
A cambio, han conseguido tener los más honrosos sentimientos y pasiones: el amor por el arte, el coraje, la capacidad de indignación, el espíritu crítico y el placer por la subversión en todos los aspectos de la vida. Es posible señalar algunos nombres tomados al azar: Jules VallèsPaul LafargueJohn ReedMayakovskiAndré BretonErnesto Guevara.
Principiemos con John Reed. “Para Reed —escribió Max Eastman—, la poesía no era sólo cuestión de escribir palabras sino de vivir la vida”. Y su gran biógrafo,Robert A. Rosenstone, cierra la monumental obra Un revolucionario romántico con estas palabras: “El impulso revolucionario en John Reed tenía profundas raíces en premisas que él jamás formuló con claridad. Una parte central de sus ideas de la revolución era la creencia de que debía impedirse que la sociedad —en cualquier orden social— encerrara a la gente en formas rígidas de conciencia, en valores que no se cuestionaban. Desde esta perspectiva, las vocaciones poéticas y revolucionarias tienen mucho en común. La poesía es una manera de ver el mundo con ojos nuevos, creando una visión de verdad que otros no pueden compartir. La revolución es un intento de llevar la visión a las barricadas, de crear una nueva clase de verdad social. Ambas nacen de la idea de que en alguna forma la vida puede ser más grande y significativa que la rutinaria existencia cotidiana habitual para la mayoría de la gente”.
Los poetas de la revolución, cualquiera que sea su vocación inicial, concluyen
inevitablemente sus vidas luchando con el fusil por sus ideales en las calles o en las cárceles, como Miguel Hernández. Aun cuando el movimiento popular, la insurrección, triunfe y un nuevo orden aparezca sobre las ruinas del antiguo, rápidamente se convertirá en burocracia.

Las revoluciones son grandiosas y efímeras. Esto es, quizá lo más hermoso: que los héroes, sigo la terminología de Carlyle, prosigan con tenacidad la lucha más allá de lo humano. Cuando otros revolucionarios consiguen el poder y se transforman en burócratas, aquellos continúan combatiendo.
Los que miraron atentamente a John Reed saben perfectamente que su vida, sus grandes fracasos y sus inmensos aciertos fueron la mejor concepción poética y revolucionaria que alguien haya podido producir. Muerto a los treintaitrés años, enterrado en la Plaza Roja de Moscú, junto a Lenin y otros revolucionarios, Reed no ha sido cabalmente comprendido en su enajenado país. Sin embargo, hay más receptores ideales en el mundo de lo que suponemos. Para ellos Reed es un símbolo y tal vez una meta.
Contemporáneo de Paul LafargueJules Vallès también se sumerge en el gran sueño de la Comuna de París. Su bellísimo libro El niño tiene en la página inicial una dedicatoria que por igual impresionó a Jorge Semprún y a Michel Tournier y sin duda a miles de lectores inteligentes y sensibles: “A todos los que se murieron de aburrimiento en el colegio, o a los que su familia hizo llorar, que durante su infancia fueron tiranizados por sus maestros, o apaleados por sus padres; dedico este libro”.
Para Semprún el libro y especialmente la dedicatoria están enlazados con el movimiento de mayo 68, cuando en los muros de París, alrededor de La Sorbonne, aparecían consignas subversivas: Seamos realistas, pidamos lo imposible. Podemos estar tranquilos: dos y dos ya no son cuatro. Prohibido prohibir. Basta de tomar el metro, tomemos el poder. Durmiendo se trabaja mejor: Formad comités de sueños.
Todo el lenguaje revolucionario de los muros franceses “tiene mucho que ver —explica Semprún—, en profundidad, con las tesis de Paul Lafargue, en su obra El derecho a la pereza, y con una frase del propio Marx, demasiado olvidada, y según la cual, ‘no se trata de liberar al trabajo, sino de suprimirlo, o sea de transformarlo en necesidad del vivir y no del desvivirse’”.
Dudo que Lafargue y Vallès se hayan tratado, sus rutas no son coincidentes sino fortuitas. Es probable que se vieran durante el movimiento de la Comuna de París. Pero así como BaudelairePoe y De Quincey fueron espíritus afines, ellos tenían en común más de un aspecto: eran revolucionarios y enormes poetas. Ambos amaban la vida y su tiempo, aunque uno (Vallès) haya padecido dolorosos exilios, miserias que encogían el corazón y persecuciones, y el otro (Lafargue) se haya suicidado junto con su esposa, Laura Marx.

No hay comentarios.: