Tantadel

enero 22, 2016

Rafael Bernal, literatura y política en México

Cuando El complot mongol cayó en mis manos en 1976, sólo había escuchado el nombre de su autor: Rafael Bernal. Era uno de los muchos que se pronunciaban en mi adolescencia, pero jamás me había suscitado la inquietud que otros más sonoros como Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Efrén Hernández, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Juan José Arreola y José Revueltas. Me sorprendió: ¡una novela policiaca en el castellano de México! Al parecer, Bernal y María Elvira Bermúdez fueron los primeros en escribir una obra de tal género en nuestro país.

Como otros grandes escritores, Rafael Bernal vivió con discreción, lejos del ruido y de los escenarios literarios, esos que tanto atraen a quienes recién llegan. Trabajó para radio y más adelante fue diplomático. Nunca dejó de escribir. En 1915 nace y la muerte lo alcanza en 1972, realmente joven. Aunque El complot mongol ha tenido hondas repercusiones en nuestras letras, Bernal ha seguido siendo casi un desconocido entre novedades, best-sellers, escándalos políticos y una literatura periodística plena de mal gusto, vulgaridad y facilismo.

Memorias de Santiago Oxtotilpan es otra novela suya, divertida, contada por el propio poblado. Recuerda cómo se fundó y cuáles han sido sus mejores días, quiénes lo han habitado y se queja de que allí no se llevó a cabo ninguna gran derrota como para merecer el título de H., es decir, de Heroico. Por ese pueblo modesto pasa la Colonia, la Independencia, las luchas de Reforma y la Revolución y todo queda intacto o nada más encalan algún edificio. Es, en buena medida, un lugar como en Al filo del agua, de Agustín Yáñez, donde la Revolución da un rodeo. Anticipa a Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, y, como precisa el prologuista Francisco Prieto, a la Elena Garro de Los recuerdos del porvenir. De muchas maneras Memorias de Santiago Oxtotilpan es la antítesis de la novela de la Revolución Mexicana que en conjunto muestra la gesta épica. Aquí se presenta el lado desolado, el de la demagogia infinita, el ruido y la corrupción. México, visto históricamente, es un país que, como dijo Juan Pablo II, sabe cantar, reír, bailar y gritar, sobre todo gritar, frecuentemente sin ninguna razón seria o justificada. En la novela de Bernal, el capítulo destinado a la visita del Presidente a Santiago es memorable, la mejor parodia de una realidad que se repitió el PRI hasta el delirio y cuyos resultados son vistos con claridad e ironía. Las confusiones ideológicas son parte de ese México que quedó en las peores manos. Los discursos, los poemas de corte cívico, el servilismo, el gusto por la bebida y las mujeres. Nada falta en la novela. Están todos los elementos de la demagogia y ninguna razón para que el nivel de vida de los pobladores sea elevado. Como buen humorista, Rafael Bernal resulta un moralista. Es normal, entonces, que el final sea una metáfora de López Velarde que va con nosotros y resulte actual: la “tristeza reaccionaria” pareciera una consecuencia lógica de todas las revoluciones fracasadas. A veces se expresa como en la obra de Bernal, con sarcasmo; otras es brutal tragedia: citemos 1984, afamada obra de Orwell.

No deja de ser graciosa y terrible la visita del Presidente que le dicta a un infatigable escribano las cantidades que va prometiendo en su gira, a sabiendas que jamás las cumplirá. Cien mil pesos para una escuela; ya la tenemos, responden las autoridades; bueno, no les sobra otra, insiste el Presidente, al estilo de Echeverría y López Portillo. Es que no tenemos niños suficientes. Ah, deles otros cien mil pesos para hacer niños. No hay obstáculo para el populismo desatado que hoy vuelve a estar de moda y se ha convertido en fuente de absurdas esperanzas para miles de capitalinos. El Distrito Federal de López Obrador, Ebrard y Mancera, el México de Fox, Calderón y Peña Nieto son muy parecidos al Santiago Oxtoltipan de Rafael Bernal, a quien visiblemente le irritaban la demagogia y las promesas baratas.

Bernal tenía el don de narrar, para ello utilizaba un lenguaje no rebuscado, limpio, de frases puntuales y profunda ironía. Como tantos, hizo literatura para que su existencia fuera menos ingrata. Su vida de diplomático y creador diferente a los escritores “oficiales” debió ser parecida a la del famoso Tlacuache, César Garizurieta, quien inventara frases célebres como aquélla de que vivir fuera del presupuesto era vivir en el error; gracejadas que al final lo condujeron a un callejón sin salida ante un régimen autoritario. Digo esto porque Bernal se sabía solitario aun en medio de las ruidosas fiestas de embajadas. Y cómo no estarlo si era un hombre distinto a los escritores de su tiempo, que veían en la Revolución Mexicana una fuente de posibilidades positivas. La de Bernal era una visión contraria, menos optimista. Hace notar que los campesinos siguen pobres y rencorosos, que una y otra vez fueron engañados y que al final les endilgaron la famosa educación socialista y sexualista, lo que únicamente consigue que un tipo liberal y progresista sea obligado a casarse por la iglesia.

El prólogo de Memorias de Santiago Oxtotilpan, del citado Francisco Prieto, es inteligente y fino, posee agudas reflexiones que contribuyen a ver con mayor claridad el trabajo de Bernal. Hasta hoy lo habíamos admirado como el autor de un solo gran libro, ahora tenemos la certeza de que es uno de nuestros narradores mayores.

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