Tantadel

enero 18, 2016

Sobre héroes y villanos

Hace lustros, de visita en la Universidad Autónoma de Sinaloa, un amigo escritor me llevó a conocer un pequeño altar, rodeado de flores y misivas modestas, escritas en papel estraza a modo de muestras de veneración y gratitud por milagros concedidos, suerte de retablos. Una tosca figura de yeso quizás, culminaba la base asimismo rudimentaria. Era la de un ranchero tosco, desagradable.

 Es Malverde, explicó mi compañero. Se supone que fue un criminal bueno que ayudaba a los pobres, como Chucho el Roto o Robin Hood para ser cosmopolitas. La gente sencilla le ha dado calidad de santo. Lo ven, pues como San Malverde, protector de los humildes. A veces, he encontrado personas de edad rezándole, pidiéndole favores. Otros me han jurado que se los concedió.

 El pequeño relato no me impresionó gran cosa. Pero a lo largo del tiempo he visto sus efigies en multitud de sitios por todo el país, incluso en la ciudad de México. Poco a poco, Malverde ha ido ocupando un lugar relevante en el imaginario popular. Como la Santa Muerte, cuyos adeptos o fieles crecen en número. Ahora, luego de dos semanas insufribles, donde los medios de comunicación a gran escala, nacional e internacional, los partidos políticos, el gobierno federal y políticos interesados en ganar un poco de discutible prestigio, felicitan al presidente Peña Nieto por la captura de Joaquín alias El Chapo Guzmán. La insistencia en el tema es un verdadero fastidio. Nadie se ha escapado de dar su punto de vista, lo que incluye hogares, escuelas, universidades privadas y públicas, cafés, bares, peluquerías, salones de belleza y un largo etcétera. Todos hablan y repiten lo mismo, además de inventar necedades, aventuras y conjeturas descabelladas en las redes sociales.

 El Chapo y los suyos, como los pistoleros del viejo Oeste, son ya figuras popularizadas y convertidas en héroes, víctimas del sistema o verdugos de la sociedad, por tediosos periódicos y escritores en busca de tema morboso: las leyendas ya están allí. Hemos aprendido a exaltar o deslumbrarnos por los criminales, fatigamos el escándalo. Noticia no es la persistente miseria y sus causas, el creciente número de millonarios, la inmensa corrupción política y empresarial. Lo que padecemos también es pobreza en la comunicación, lo que prueba una idea de Vargas Llosa: no hay periodismo de investigación y sí apego por el amarillismo y la nota roja. Nos han martillado con duros golpes de mazo con la vida del Chapo, su fuga, su poderío, sus amistades importantes. Ahora la gente comienza a verlo como un héroe, es, para colmo, un romántico que se mensajea con una hermosa actriz y conversa con uno de los mayores actores del mundo: Sean Penn. Arranca el culto al hombre que ha retado una y otra vez al sistema, está a punto de pasar a los altares, arriba de Malverde. ¿No es admirable un hombre osado que ha burlado la justicia de México y de EU, un país de incómoda relación con el nuestro? Es ya, gracias a medios escritos y electrónicos, un personaje, alguien audaz que merece ser llevado a las pantallas, al teatro, a la literatura. De origen humilde es ahora hasta dueño de imaginarios submarinos, aviones poderosos y dinero a pasto. Para colmo, es ayudado por manos misteriosas, quizás de amigos o de probables colaboradores a buen sueldo. Hay una chapomanía, que incluye la compra de camisas similares.

 El caso es que tanto han tocado el tema del Chapo Guzmán que ya quisiera un alto funcionario o un intelectual aparecer como él una y otra vez, interminablemente. Los locutores le conceden horas al asunto, como si nada pasara en las zonas desprotegidas del país, como si la atroz corrupción que nos corroe fuera una puntada más indigna de comentar.

 El daño está hecho. Puede ser que como Al Capone, El Chapo muera encarcelado, víctima de alguna enfermedad o de muerte natural o en una reyerta entre prisioneros. Pero el hecho es que ya su fama internacional está consolidada y en la medida en que pase el tiempo y aparezcan películas, corridos y canciones sobre sus golpes de audacia y sus corruptelas con el poder, pasará a ser un santo, un hombre que nació pobre, se hizo multimillonario y ayudó a muchos. Es él el que triunfó y no el sistema político nacional. Entre los medios morbosos y las pésimas formas de informar del Estado, El Chapo está ya en un cómodo sitio e irá haciéndose más y más célebre y llegará el día en que nadie recuerde que vendía drogas, asesinaba y disponía de un imperio de terror. Lo recordarán como un hombre dispuesto a enfrentar el poder de las fuerzas armadas, que consiguió escaparse varias veces de penales de alta seguridad. Lo imaginarán apuesto, capaz de enamorarse de una belleza cinematográfica que le respondía sus mensajes y en esencia habrán convertido en mártir a un rufián de la peor calaña.

 Para las nuevas generaciones no será un vulgar villano, sino un hombre valiente y arriesgado que enfrentaba a gobiernos corruptos que mucho han hecho por arruinar al país. Es posible que El Chapo Guzmán no acabe de percatarse, pero con la nueva aprehensión y su explosiva fama internacional, en estos momentos hay infinidad de escritores sin imaginación trabajando libros sobre él, malos, pésimos, regulares, y ya preparan series televisivas, videos y filmes sobre su vida. Podrá seguir preso y morir encarcelado, pero ha pasado a la historia, algo que muy pocos políticos, escritores y periodistas conseguirán.

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