Tantadel

enero 29, 2016

Verdades y mentiras en la literatura

El notable intelectual francés, Michel Tournier, hace poco fallecido, en un libro inteligente y hermoso, El vuelo del vampiro, se refiere a los géneros de ficción y los contrapone a los que, como la autobiografía, las memorias, los diarios, etcétera, son cercanos al documento, a la historia o al periodismo. Tournier precisa: “Aquí conviene hacer una distinción importante entre las obras de ficción ¿la novela, el teatro, la poesía? y las no inventadas (documentos, tratados, memorias). A mi ver, sólo las primeras son intencionadamente creadoras, dado que las segundas remiten a una realidad externa de la que pretenden ser imagen veraz, vale decir servil. Como a pesar suyo, niegan la parte de creación que le es propia, de acuerdo con un argumento cuya ambigüedad guarda algo de mala fe. ‘Yo no invento nada; sólo reproduzco las cosas tal como son o como fueron’, afirman a coro el historiador, el físico, el doctrinario. (Esta misma actitud la encontramos en el fotógrafo, quien al tiempo que reclama la paternidad de sus fotografías, afirma su fidelidad a lo real así como era en el momento en que lo fotografió)...”.

Los géneros de prosa narrativa se reducen a dos: cuento y novela, y quedan sin duda dentro de la ficción, lo que los ingleses denominan prose fiction, para distinguirla del ensayo, la crítica, los diarios, las autobiografías y los libros de memorias. Son, independientemente de su extensión, una sucesión de hechos que pueden ser producto de la fantasía o que han sido tomados de la realidad, pero en ambos casos predomina la ficción, han trascendido a las personas y hechos que les dieron nacimiento y son una realidad literaria. Esto lo ha precisado Mario Vargas Llosa en su célebre texto “La verdad de las mentiras”. No importa cuántos préstamos un novelista le deba a la realidad, finalmente se impone la ficción; no cuenta que alguien señale sus relaciones con determinado suceso: se ha convertido en arte. Y lo mismo ocurre con las novelas construidas a partir de hechos históricos. Por ejemplo, en Noticias del Imperio, a veces encontramos a un Benito Juárez imposible de aceptar, tampoco la verdadera historia de Carlota pareciera coincidir con la del personaje creado por Fernando del Paso. Los datos exactos carecen de interés, estamos dentro de la literatura, no dentro de la historia, las licencias son válidas. Esto, al parecer, queda claro. Nadie puede decir que la Tina Modotti de Elena Poniatowska no corresponde al personaje histórico. Se trata de dos Tinas. Una es histórica, la otra literaria.

Michel Tournier parte de un supuesto falso: que los libros de memorias, los diarios y las autobiografías corresponden puntualmente a la realidad; es decir, no mienten como los cuentos, las novelas, las obras de teatro y los poemas. Estamos de acuerdo con esto último: los literatos mienten, engañan, distorsionan la realidad para mejorarla (¿dónde quedó el marinero, Alexandre Selkirk, que dio origen al soberbio héroe de Daniel Defoe, Robinson Crusoe?), transforman personajes históricos; pero no en lo primero. También los diarios, las autobiografías y las cartas pueden pertenecer (aunque ése no sea su propósito) a cierto grado de ficción. En un libro memorable, Edgar Allan Poe, Cartas de un poeta (1826-1849), la editora Bárbara Lanati escribe lo siguiente a pie de página: “La escritora inglesa Angela Carter trabaja sobre la figura de la máscara de Edgar Allan Poe, ofreciendo una biografía de ficción del escritor estadunidense (¿pero qué biografía no lo es, en cierta medida?)…”. Lo más interesante es que al publicar la correspondencia del enorme escritor norteamericano, se ponen de manifiesto los embustes que Poe escribía en sus cartas, por una u otra razón. Y en el caso de la historia hay alguna analogía. También puede ser ficción. Dos ejemplos, distantes en el tiempo: qué pasa con el Ave Fénix, suponemos que existió porque el llamado padre de la historia, Herodoto, así lo consigna en su obra Los nueve libros de la historia o Historias, según la edición. Algo parecido ocurre con la lectura de Bernal Díaz del Castillo. En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España acepta que sus triunfos militares no se deben tanto al hierro y al caballo, sino a la ayuda divina, aunque no tan clara como la veía Francisco López de Gomara (Cf. capítulo XXXIV). Tampoco la famosa objetividad prevalece en el estudio de ciertos personajes de talla. Napoleón Bonaparte en Europa, Benito Juárez en América. ¿Dónde colocamos al segundo: dentro de las páginas de Francisco Bulnes y José Vasconcelos que lo detestaban o en las de Ralph Roeder y Héctor Pérez Martínez que lo admiraban? ¿Esto es historia, una ciencia, o podemos aceptar que la obra de muchos de ellos resulta semejante al texto literario y acepta las falsedades o, para decirlo en términos cordiales, la interpretación y la reconstrucción? Aquí cabe una conclusión sobre el tema de Raymundo Ramos: “Recordar es un arte difícil”. O tal vez esta otra del propio Ramos: “El énfasis de una autobiografía suele estar en la ficción o en la forma”

* Fragmento de un amplio trabajo sobre el tema.

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